10.6.13

Échale la culpa a Río

En los años 60, los relatos y cuentos de Rubem Fonseca ya tenían la marca indeleble del frenesí urbano, y la mezcla de registros y voces de la más variada fauna social. Fractura del clasicismo y firme pulso narrativo pueden apreciarse en la oportuna reedición de El collar del perro, donde a pesar de las marcas de época se mantiene intacta la furia de una ciudad en plena transformación

Rubem Fonseca, autor brasileño de El collar del perro/pagina12.com.ar


“Ah, ahora entiendo, pensé; Río estaba cambiando”, observa el narrador del primer cuento en la segunda página de El collar del perro. Reeditado por El Cuenco de Plata, el segundo libro de cuentos y relatos del gran Rubem Fonseca (publicado originariamente en 1965) retrata con un lenguaje virulento y coloquial las modificaciones demográficas que en la década del ‘60 estaban transformando las costumbres afrancesadas y portuguesas que habían hecho de Río de Janeiro una ciudad cosmopolita y europeizada, hasta convertirla en el famoso torbellino que es Río. El largo aliento de la mayoría de los cuentos le permite a Fonseca concentrar y sintetizar los estados anímicos de sus personajes como si fueran pequeñas novelas comprimidas. Reducidos a una línea, los cuentos de Fonseca pueden parecer esquemáticos, pero su complejidad radica justamente en su carácter híbrido, en sus texturas rugosas y bruscas (que afortunadamente nos llegan en una muy buena traducción al rioplatense).
Su modelo no es el cuento clásico, donde las pasiones que inundan el relato se construyen en función de la trama y del efecto; los cuentos de Fonseca avanzan caprichosos, movilizados por las afecciones de sus personajes, pasan de un estado a otro del mismo modo que los contextos cambian como por corte cinematográfico, sensación de inestabilidad emocional que marca la deriva de sus acciones por la ciudad. Todos los personajes se mueven como perfectos anónimos; son anfibios urbanos, anhelan respirar el aire viciado, pero al mismo tiempo conservar la húmeda sensación de individualidad y el sobrevalorado privilegio de la soledad. Como en “La fuerza humana”, donde un veterano fisicoculturista narra en primera persona los pormenores y detalles de su entrenamiento en el gimnasio cuando un negro de musculatura perfecta empieza a sumarse al equipo de entrenamiento; sin embargo, la llegada no marca un conflicto sino que la diferencia queda saldada en una competencia de pulseadas sin ningún clímax. O en “Informe de Carlos”, donde un abogado gasta una fortuna en complacer a una amante a la que ni siquiera desea (aunque lo niegue), y en el ínterin conoce a otras mujeres.
Diez relatos largos y dos cuentos relativamente cortos le permiten a Fonseca pintar diferentes estratos sociales a la manera de frescos, probar diversos registros de voz, y hasta cambiar los puntos de vista en un mismo cuento de una oración a otra. Todo parece confluir en este libro: la sexualidad, el gusto insólito por la plata, la música, el lenguaje técnico de un gimnasio, el voley y la playa, el tecnicismo de la policía y de las leyes. A la vez, Fonseca disemina diversas referencias a la cultura clásica: Persio, Hipócrates, Ovidio, Epícteto, las citas no dan un estatuto de legitimidad sino que parecen ejercidas desde un sentido inverso; como si la alta cultura occidental fuera arrojada a las calles de Río para ver cómo funcionan en el barro.
Portada de la reedición de El collar del perro
 
La literatura de Fonseca también está abierta a los avances tecnológicos y sus impactos en las vidas ordinarias, como en “El grabador”, donde un adolescente entabla una relación amorosa por teléfono con una mujer casada, esquivando el momento del encuentro físico. O en “La opción”, donde un estudio sobre un/una transexual altera las concepciones físicas de los médicos que tienen que armar un informe clínico.
El último cuento, del que el libro toma su título, marca el rumbo de la literatura más conocida de Fonseca: el género policial. Ex abogado, empleado público de la policía y comisario de Hacienda en el distrito de San Cristóbal, Fonseca empezó a escribir pisando casi los cuarenta años. Y toda su experiencia como abogado se vio volcada en su narrativa policial, en especial en la saga del detective Mandrake, que le dio fama y renombre a nivel mundial. El cuento “El collar del perro” sorpresivamente se sale del registro experimental y ofrece una narración clásica, directa; un estilo heredero del hard boiled norteamericano. Un asesinato en un colectivo es el punto de partida para que el doctor Vilela investigue el caso y se meta en un mundo de soplones y policías corruptos por necesidad básica. Su viaje a los bajos fondos es un viaje también a las transformaciones demográficas y urbanas, a los cambios que tuvo Río cuando recibió miles de migrantes internos que llegaban a la ciudad en busca de trabajo y comenzaron a poblar las favelas en los morros. Es la zona por la que Fonseca establecerá el perímetro de su literatura más conocida, y donde refundará los códigos del género policial, ya que, como le asegura un comisario veterano al doctor Vilela que acaba de entrar en la jurisdicción: “Esta no es la policía de Inglaterra, doctor”.

30.5.13

Muertes en Venecia

Las ciudades y la novela negra

Góndolas en el embarcadero./elpais.com
"Durante más de mil años, Venecia fue algo único entre las naciones, mitad oriental, mitad occidental, mitad tierra, mitad mar, situada entre Roma y Bizancio, entre el cristianismo y el islam, un pie en Europa, el otro en Asia. Se llamaba a sí misma La Serenísima e incluso llegó a tener su propio calendario, en el que los años arrancaban el 1 de marzo y los días empezaban por la noche". Esta frase, con la que Jan Morris arranca su libro sobre la ciudad, resume perfectamente lo que representa Venecia. Su ensayo no hace concesiones a la nostalgia: "Venecia es lo que es", asegura al describir la presencia invasora del turismo de masas. "¿Se puede llegar a amar un lugar así?". La respuesta para cualquiera que haya tenido la suerte de pasear por la ciudad, aunque solo sea una tarde, es obvia. 
No importa cuántos millones de turistas la visiten cada año; ni que los transatlánticos, que atracan cerca de la Plaza de San Marcos, se hayan convertido en una presencia invasora; ni siquiera que las máscaras de carnaval se hayan transformado en un icono kitsch o que sea más fácil encontrar un restaurante de comida rápida, que ofrece pizza chiclosa, que unos genuinos boquerones en escabeche. Venecia sigue siendo Venecia. Basta con doblar una esquina, salir de una calle principal, toparse con una plaza inesperada, para encontrarse en otro mundo. Venecia es un ecosistema frágil, imposible de mantener intacto (y no se trata solo del peligro de inundaciones), pero sigue siendo la única ciudad que no se parece a ninguna otra y atesora una densidad literaria sin competencia, ni siquiera en Italia.
"Mientras avanzas por estos laberintos, nunca sabes si persigues alguna meta o huyes de ti mismo, si eres cazador o presa", escribió Joseph Brodsky en Marca de agua, un impresionante poema en prosa sobre la ciudad (existe una estupenda traducción castellana de Menchu Gutiérrez en Siruela). La frase del premio Nobel ruso se aplica bastante bien a Guido Brunetti, el protagonista de la serie de novelas negras (publicadas en España por Seix Barral) de Donna Leon, una escritora estadounidense que hace casi tres décadas decidió convertirse en veneciana.
Tras trabajar como profesora en países como Irán o Arabia Saudí, se instaló en La Serenísima en los años ochenta pero no comenzó a publicar las historias del comisario Brunetti hasta los noventa. Se estrenó con Muerte en la Fenice, en la que unía la literatura con su otra pasión cultural: la música barroca. Desde entonces ha escrito sus novelas al ritmo de una al año y acaba de aparecer la número 22, El huevo de oro. Como es normal en una serie tan larga, hay entregas mejores y peores. Esta última es excelente, de las mejores, por el oficio con el que Donna Leon construye la intriga tras una muerte aparentemente accidental: la de un muchacho sordo que se ha atiborrado de pastillas para dormir, por accidente o voluntariamente.
Los relatos de Donna Leon son profundamente venecianos, tanto que existe una guía de la ciudad a través de Brunetti –Paseos por Venecia, de Toni Sepeda–, incluso un libro de recetas –El sabor de Venecia, de la propia autora junto a Roberta Pianaro–. Pero, a la vez, la escritora utiliza la ciudad como metáfora de Italia y de Europa. Al igual que el sueco Hening Mankell o el siciliano Andrea Camilleri, Donna Leon se sirve de la novela negra para despedazar el mundo actual. Y, como ocurre con el padre del comisario Montalbano, cada día está más cabreada. 
"Porque, al fin y al cabo, todos estamos en la misma situación: el sistema, que no tiene pinta de cambiar, nos vapulea a todos por igual; los que están en la cima y hacen exactamente lo que les da la gana, nos pisan el resto", asegura un policía en la última entrega. Donna Leon trata numerosos temas en su serie pero hay uno que está en el corazón de todas: el poder del Leviatán para que las cosas no cambien. Por eso, nunca se acaba de saber totalmente si el honesto comisario Brunetti es cazador o presa del sistema.
PD. Otra autora estadounidense, Patricia Highmisth, ambientó en Venecia una de sus mejores novelas, El juego del escondite. Y John Berendt, el autor de Medianoche en el jardín del bien y del mal, escribió un estupendo relato sobre Venecia, La ciudad de los ángeles caídos, que en parte es una novela negra en torno al incendio de la Fenice. Más allá de la literatura, el gran relato policiaco ambientado en la ciudad es Mujeres en Venecia, una obra maestra del gran Joseph L. Mankiewicz, una versión contemporánea y, sobre todo, muy veneciana de Volpone.  

27.5.13

Crímenes familiares

En El último coyote, Michael Connelly, que se revalida como un maestro del suspenso, somete a su detective Harry Bosch a la difícil prueba de resolver el asesinato de su madre

Porta El último coyote de Michael Connelly
A mediados del siglo XIX, Emile Gaboriau, pasante en una escribanía de París y asiduo lector de relatos espeluznantes, tuvo la suerte de encontrarse con los cuentos de Edgar Poe, traducidos por Charles Baudelaire. Más allá de esas historias de angustia y terror, lo conmovió la figura del caballero Auguste Dupin. La inteligencia y sagacidad de ese detective privado le hicieron recobrar una vieja vocación: abandonó su trabajo en la escribanía y se ocupó de crear a Monsieur Lecocq, un singular detective de la Sureté. En 1866, con L'Affaire Lerouge , la primera de las diez novelas que protagonizaría, fundó el folletín policial en Francia. A finales del siglo XX, Michael Connelly vivió una historia parecida. No era pasante en una escribanía de París sino periodista de The Angeles Times y no fue Poe sino Raymond Chandler quien le despertó la pasión por la literatura de crimen y misterio. Sus años de estudio de narración literaria en la Universidad de Florida cerraron el círculo: en 1992 publicóEl eco negro, novela en la que aparecía por primera vez Harry Bosch, un detective de la policía de Los Ángeles, con rasgos similares a los de Philip Marlowe. En 1993 Harry Bosch se enfrentó a un nuevo caso en una nueva novela:El hielo negro. Al año siguiente tuvo que resolver el enigma de La rubia de hormigón . Era la tercera novela que lo tenía por protagonista, pero aún Connelly repartía su tiempo entre el thriller y el periodismo. Por fin, con El último coyote , su cuarta novela, abandonó definitivamente el periodismo y se dedicó de pleno a contar las aventuras y desventuras de Harry Bosch, bautizado Hieronymus Bosch en homenaje al pintor holandés del siglo XV.
En las pinturas de Hieronymus Bosch, llamado El Bosco, aparecen diferentes historias entremezcladas. En las novelas que tienen por protagonista al detective, llamado Harry, sucede algo parecido. En Cauces de maldad, Harry Bosch conoce a Rachel Walling, agente del FBI, a quien se la ve leyendo El poeta , la novela anterior de Connelly que ella misma protagoniza. En El vuelo del ánge l, Bosch ve el póster de Blood Work , la película dirigida e interpretada por Clint Eastwood, basada en la novela de Connelly Deuda de sangre . Escéptico y solitario como Philip Marlowe, Harry carga más infortunios que el detective de Chandler: es hijo de un padre desconocido y de una madre prostituta a la que asesinaron cuando Harry tenía 12 años. Fue criado en diversos orfanatos, luego se alistó para pelear en Vietnam y a su regreso a Norteamérica ingresó en la policía de Los Ángeles. Las relaciones con sus superiores distan de ser cordiales. En El último coyote sufre una baja temporal y lo obligan a acudir periódicamente al consultorio que la psiquiatra Carmen Hinojos tiene en el centro de Chinatown.
Las sesiones de terapia hacen que Harry Bosch decida investigar un crimen irresuelto que le toca muy de cerca: el de Marjorie Phillips Lowe, su madre. El 30 de noviembre de 1961 se encontró un cadáver de mujer que, según el informe policial, "fue transportado posteriormente al cubo de basura situado en un callejón entre Vista y Gower. La ropa interior de la víctima fue hallada desgarrada". Las circunstancias son casi idénticas a otro crimen, en este caso verdadero: el de la madre de James Ellroy. Se sabe que el célebre escritor quedó huérfano a los 11 años. En su novela La dalia negra , Ellroy recrea esa tragedia y para ello se basa en otro homicidio real, el de Elizabeth Short, una joven mujer asesinada del mismo modo en que lo fueron la madre de James Ellroy y la madre de Harry Bosch. Hasta hoy, James Ellroy no logró descubrir al asesino de su madre. Por el contrario, Harry Bosch descubre al asesino de Marjorie Phillips Lowe. Para saber cómo llega hasta el criminal y de qué modo resuelve el enigma es necesario leer El último coyote , una novela que deja en claro por qué a Michael Connelly se lo sitúa entre los grandes maestros del thriller .

El último coyote 

Michael Connelly

Roca
Trad.: Javier Guerrero
365 páginas

25.5.13

Piglia: "Hablamos en contra de un mercado que todavía no hemos construido"

Mientras cuenta detalles de su nuevo libro, un trabajo autobiográfico que saldrá a la venta en agosto, Piglia responde sobre las colecciones que dirige y las que quisiera dirigir, sobre su tarea de divulgador (o canonizador) y sobre el auge del policial. Además, celebra el trabajo de las editoriales chicas frente al avance de los grupos concentrados

ALGO PERSONAL. Las historias de Piglia no esconden cierto origen autobiográfico./Revista Ñ
Esta entrevista fue hecha en el vértigo de la Feria del libro, de un modo exprés, al paso, como la mayoría de los encuentros que ocurren en ese espacio infernal. Ricardo Piglia llegaba a La Rural casi corriendo, y en los pocos minutos que restaban para su presentación, se sentó a charlar con nosotros, Revista Ñ, para luego sí rumbear hacia su acto, enfocado en la Serie del Recienvenido la colección que él mismo dirige y que publica Fondo de Cultura Económica (FCE). Sus títulos, entre otros Nanina (Germán García), Minga! (Jorge di Paola)  o El mal menor (C. E. Feiling) hablan por sí solos, pero Piglia los respalda con su autoridad. Recupera autores que cayeron en el olvido, o que no tuvieron la circulación que merecían y para ello usa como criterio su valoración personal. Aunque esta sea una entrevista exprés, al frente está uno de los grandes referentes de la literatura argentina, y entonces los temas se disparan solos, se superponen. El autor de Respiración artificial ya no enseña en Princeton, pero su hiperactividad es envidiable. Televisión, prólogos como el que acaba de escribir para los Cuentos completos de Rodolfo Walsh, colecciones como la de FCE, charlas y una nueva novela que saldrá en agosto. “Es una autobiografía de Renzi, un personaje que aparece en mis libros. Se va a los Estados Unidos y allí vive una experiencia que lo marca. Entonces escribe esa novela que es el rastreo de esa experiencia, que en algún punto es la mía”, dice. Y empezamos a lamentar que está sea una nota exprés.
¿Qué significa para vos haber puesto de nuevo en circulación y lectura estos libros?
Yo creo que hay un déficit en la reedición de textos. Hay un doble déficit. Estos textos deberían haberse reeditado hace mucho tiempo. Pero el mercado funciona de una manera errática, muy sobre el presente, con esa idea de que un libro publicado hace seis meses ya es viejo. Si tenemos un libro de los 60 o de los 80, parece que habláramos del siglo XIX. La colección, básicamente, está integrada por los libros que a mi me gustaría leer o releer, me guió por mi propio gusto. Tienen una capacidad de construcción estilística que le da a la narración la potencia que debe tener.
¿Son superadoras de lo que ves en el presente?
Son textos que, publicados en otra época, resuenan hoy. Es como si se hubieran conectado con el presente. Pero también me gustaría encarar una colección de primeras novelas. Soy un lector de primeras novelas bastante continuo, y eso me mantiene al tanto de lo que se está escribiendo. Lo interesante es que todavía no son escritores quienes las escriben. Están en una escena incierta, escucho una voz nueva cuando las leo.
Y no van a tener un gran lugar en este mercado acelerado y sobredimensionado…
Sí, y nosotros nos quejamos mucho del mercado con razón, pero en un sentido conceptual. Porque en Argentina no hay un mercado. Me parece que hablamos en contra de un mercado que todavía no hemos construido. Deberíamos construir un espacio de circulación de la literatura que permitiera las reediciones, que hiciera lugar a textos que no están en la velocidad de la circulación. Por el momento lo que encontramos es una renovación de los catálogos y de las mesas donde los libros se exhiben a una velocidad tal que es muy difícil hacerse una idea de qué está sucediendo en esta producción un poco abrumadora por momentos.
Esta colección, quieras o no, entra en la misma vorágine, ¿qué espacios hay para sortear esa encerrona?
Miro con mucho interés y simpatía lo que hacen las editoriales chicas o independientes, una alternativa a la concentración de los grandes grupos que trabajan con criterios globales y no se ocupan tanto de los escritores nuevos o de los poetas. Allí editoriales como Mansalva, Entropía, La bestia equilátera, Eterna Cadencia, que hacen un trabajo muy interesante en la línea de lo que venimos hablando.
¿El acto de leer se parece cada vez más al de mirar televisión?
Vos sabés que Macedonio hablaba del lector salteado, allá en los años 30. Hay algo de eso, pero yo creo que tenemos dos prototipos de lector, el que se encierra, se evade, el modelo de la isla desierta, como si solo se pudiera leer en una isla desierta porque no hay otra cosa que hacer. Y por otro lado estamos los que leemos mientras hacemos cada vez más cosas. Miramos televisión, contestamos mails. Yo creo que esa lectura interferida, intervenida, es un poco la lectura contemporánea.
Se dice, más bien se sabe, que has hecho mucho por muchos autores. Quizá Saer sea el mejor ejemplo de esto, empujaste la difusión de su obra.
Lo que más ayudó fueron los libros que escribió.
Claro, pero ¿sentís un peso de canonizador a la hora de hablar de otros autores?
Todos los escritores, como lectores, leemos un libro que nos gusta y se lo queremos pasar a un amigo. Entre los escritores funcionamos así, con una actitud de generosidad en estas actividades que nos gusta compartir. Después otra cosa es el efecto que eso pueda tener ¿Qué es la canonización? Y es una problemática que surge para ordenar el mercado. Es una respuesta a esta circulación acelerada de la que hablábamos.
Pero puede haber una canonización virtuosa…
Sí, pueden ser de toda índole. Hay tantos canones que ya, prácticamente, cada uno tiene el suyo.
Perdón que insista con esto, pero otro autor con quien tuviste una relación de este tipo fue con Andrés Rivera, cuya obra, a pesar de ser conocida, no alcanzó la magnitud de Saer. ¿Sentís que podrías haber hecho más por algunos autores?
Nunca lo he hecho a modo de política, sino a partir del entusiasmo que me despertaban los libros que estaba leyendo. En el caso de Saer éramos muchos los que pensábamos que era una injusticia. Venía escribiendo textos extraordinarios desde hacía 20 años y sólo un grupo pequeño de lectores estaba al tanto. Pero sí, está esa sensación de que es preciso divulgar algunas obras. Después, los escritores hablamos de aquéllos autores que tienen algo en común con nosotros, con lo que hacemos. No es una cuestión de generosidad abstracta. Eso está muy claro en Borges, que defendía a escritores muy menores porque no quería ser leído con el modelo de la novela de Tomas Mann. Entonces hablaba de Chesterton, Stevenson, la novela policial, y así estaba ayudando a que sus textos tuvieran otro contexto, que no fuera el de Dostoievsky o Mann.
El policial parece haber hecho pie entre los autores argentinos. Recuerdo una entrevista con David Viñas, en la que él me dijo. “Viejo, mirá si estará mal la literatura, que hasta Piglia escribe policiales”. Se refería a Blanco Nocturno, creo, pero vos ya lo hacías desde Respiración artificial…
(Risas) Sí, claro. Pero yo recuerdo la época en que nos veíamos muchísimo con David, a él, pese a que en un momento escribió policiales para ganarse unos pesos, no le gustaba ese asunto. Consideraba que la literatura policial, con tanta violencia, tenía algo de fascista. Y esa visión circulaba mucho en algunos sectores de la izquierda. Nosotros leíamos los policiales justamente al revés, como una gran literatura social. Esos textos tienen un elemento cínico, pero es un elemento cínico romántico, de alguien que ha perdido las esperanzas, como Marlowe. Pero en este tiempo el policial ha encontrado otro espacio, se incorporan al género autores que no escriben en inglés, los nórdicos, los franceses, italianos. Ha empezado a universalizarse el género.
¿No tendrá que ver también el mercado?
Si no entendemos el mercado siempre como una especie de maldición. Porque hay estrategias y estrategias en el mercado. Ahora pareciera haber un público que no tiene las características del lector de policiales en los Estados Unidos, que es un público que por lo general sólo lee policiales.  
Escritor, divulgador, profesor, ¿con cuál de estos roles si es que se pueden separar ten sentís más cómodo?
Circulo por ahí. Es una característica de los intelectuales y escritores en la Argentina. Hacemos periodismo, damos clases y nos ganamos la vida como podemos. Me parece que todo eso que a primera vista puede señalarse como algo que interrumpe el trabajo creativo, finalmente lo alimenta.
¿Revindicas entonces la figura del escritor intelectual, muy venida a menos?
Yo la reivindico. Me gustan esa clase de escritores. Pero sabés que soy un gran admirador de la literatura policial, donde los escritores pueden ser un maquinista de tren, un nadador profesional. El escritor puede hacer lo que sea para ganarse la vida, pero después hay que ver los libros que escribe.
Pero ahora el escritor que sale de Letras, con formación académica, no tiene ya ese perfil, quizá sí unos juegos lingüísticos, otros recursos…
Pero esa tradición, la del escritor intelectual, es muy argentina. Desde el siglo XIX, incluso en el XX, con Borges mismo, a quien podemos considerar un intelectual en el sentido más amplio. Ahora, la tensión entre los escritores surgidos de un ambiente académico y los otros, la hablamos en otra entrevista.

22.5.13

Vuelve Brunetti a las aguas turbias de Venecia

El Huevo de Oro, El que tiene mucho, desea de más

Portada de El huevo de oro, de Donna Leon. Última novela con el comisario Brunetti./elpais.com
Nada es lo que parece. El ser más respetable puede esconder secretos inconfesables, incluso crueldad. El comisario Aldo Brunetti vuelve a las aguas venecianas para adentrarse en una compleja investigación en torno a lo que, en un principio, parece una simple muerte. El descanso de Brunetti ha sido corto. No ha transcurrido ni un año desde su última aparición y ya está de nuevo aquí. Donna Leon, la escritora norteamericana afincada en Venecia, sabe que sus lectores esperan con pasión las andanzas de este policía veneciano y no les defrauda, aunque, de vez en cuando, ella misma se da un respiro y mira hacia otro lado. Como con su anterior obra, Las joyas del paraíso, novela de suspense en torno a la música barroca para la que se inventó al personaje de Caterina Allegrini y se alejó momentáneamente de su amado Brunetti. Su última incursión en la comisaría que dirige el vicequestore Giuseppe Patta, ese hombre apuesto y de noble porte pero algo misterioso y oscuro, se titula El huevo de oro y sigue a la que publicó en 2012, La palabra se hizo carne.
El huevo de oro (Seix Barral), cuyo primer capítulo te avanzamos aquí, subtitulado 'El que tiene mucho, desea más', que estará en las librerías a partir de mañana, parte, como siempre en la literatura de Leon, de una imagen, una conversación. Lo explicó la propia autora en una entrevista con este diario. “La idea me vino de una persona que ni siquiera aparece en la novela, al que todos tenían por muy respetable, pero me enteré de que no era en absoluto como parecía”, explica Leon.
Aunque es Brunetti el pilar de esta saga que nació en 1992 con Muerte en La Fenice, no podemos olvidar la figura de su esposa Paola, esa mujer aristocrática, crecida en una familia adinerada y educada con nurses inglesas, pero con los pies en el suelo, que se emplea a fondo con el lenguaje y la cocina. Con una personalidad libre y poderosa, Paola es la causante, en esta ocasión, de la historia a la que se lanza el comisario y todo su equipo. Es ella la que le pone en la pista al comentarle la muerte de un hombre sordo y con minusvalías psíquicas que ayudaba en las tareas de la tintorería cercana al domicilio familiar. Lo que, en principio, comienza con unas llamadas de Brunetti para calmar la inquietud de su esposa, se convierte en una compleja investigación cuando el comisario descubre que el hombre fallecido por una sobredosis de pastillas no figura en ningún registro y que todo aquel con el que habla tiene algo que ocultar.
Y entre viajes en vaporettos, atardeceres con los últimos spritz de la temporada otoñal, comidas caseras –a Brunetti parece gustarle todo, desde el carpaccio de remolacha, rúcula y parmesano o los involtini de pechuga de pollo- y encargos políticos y poco claros de su jefe Patta, el comisario va desentrañando el complicado asunto, pero siempre con la ayuda de sus queridos colaboradores (la signorina Elettra, Rizzardi, Vianello o Pucetti). Una vuelta a las turbias aguas de Venecia de un Brunetti en estado puro.

13.5.13

Padura: "Si hubiera habido un asomo de Trotsky en Cuba, hubiera sido el Che"

 Su novela El hombre que amaba los perros sobre Trotsky y su asesino, causó impacto en nuestro país

POCO DIVULGADO. "El Che tuvo una relación muy cercana con un grupo de trotskistas cubanos", aseguró Padura./Revista Ñ
La última vez que Leonardo Padura estuvo en la Argentina fue en 1994. Todavía hacía ruido la caída de la URSS, el período especial arreciaba en Cuba  y aquí nos hacían creer que un peso era igual a un dólar. El cubano apenas había publicado las primeras historias de su detective Mario Conde en La Habana y paseaba por esta feria como un perfecto desconocido. “Yo era otro escritor” dice ahora, en esta entrevista. Gran parte de ese salto a la fama se lo debe a El hombre que amaba a los perros. Publicó ese libro en 2009, y desde allí no para de ganar lectores y premios, en Cuba y en Francia, en México y en España. Pero aquí ha ocurrido algo curioso, la difusión de esa obra se hace de boca en boca. Así, Padura es hoy el autor más vendido de Tusquets en esta feria, superando a Milan Kundera, a Henning Mankell o el mismo Haruki Murakami. Cubano mata japonés, sueco y checo también.
En su libro más celebrado, Padura desanda los caminos del asesinato de Trotsky. Indaga este hecho crucial para el siglo XX a través de la víctima y su victimario, Ramón Mercader. Lo hace desde una perspectiva cubana, la suya, un autor que siempre vivió en La Habana. Pero es un libro universal. “Me llevó 5 años escribirlo, con una búsqueda documental intensa y extensa. De Trotsky había abundante información, de Mercader casi nada”, recuerda. ¿Por qué eligió contar esta historia? Padura dice que allí puede haber algo de nostalgia, pero también del resentimiento que le provocó encontrar a los culpables. “De pronto entendí algunas de las razones por las que se pervirtió la utopía. El papel del stalinismo, la herencia de su figura, fue algo terrible”, dice, y lo asume en carne propia. Está hablando de una revolución traicionada cuando cuenta la muerte de Trotsky.
Para motorizar la historia, Padura inventó al escritor Iván Cárdenas Maturell, quien en 1977 conoce a un tal López, un enigmático personaje que pasea por la playa dos hermosos galgos rusos, un hombre dispuesto a confiarle los detalles más profundos de la vida de Ramón Mercader, el verdugo de Trotsky. Trotski tiene perros, Mercader los tiene, también Iván, ¿qué son los perros, Padura? “Recursos que utilizo para ir por encima de las perspectivas históricas y encontrar elementos de permanencia”, dice. Y habla de otras dos novelas suyas, una anterior donde el personaje es el poeta José María Heredia y de Herejes, su nuevo trabajo que verá la luz en septiembre y que está enfocado en Rembrandt, el pintor. “Me identifiqué con Heredia cuando descubrí que le gustaba un plato cubano que también me gusta a mí. La sopa de quimbombó. En el caso de Rembrandt me acercó el hecho que sufriera dolores de muela, de que no tuviera casi dentadura, porque le gustaba comer caramelos en Holanda”. Perros, guisos, dolores de muela. Así se mete en los personajes Padura. Así y con mucha investigación bibliográfica.

Mientras investigaba para este libro, iba sumando bronca el cubano. “Encontré un documento que me conmovió. Un editorial de un periódico mexicano comunista de los años 30, stalinista claro, celebraba la muerte de Sandino. Decía que había muerto como un pequeño burgués, y solo como un perro, porque la visión de Sandino violaba los códigos que se querían imponer a través de la Tercera Internacional. Cuando ví esa mezquindad empecé a preocuparme por esas historias perversas”.
 Esa perversión, es ceguera la refleja Mercader en la historia. Una ceguera que arrasó a figuras como Andreu Nin, el trotskista español que timoneó el POUM, a Erwin Wolf y a los mismísimos hijos de Trotski, entre tantos otros. A través de Iván, el escritor cubano que timonea la historia, Padura busca explicar a Mercader al mismo tiempo que se va acercando a la figura de Trotsky cuya magnitud lo envuelve y enamora a la vez. Liev Davídovich Bronstein, Trotsky.
 Sostiene Padura que uno de los problemas que tiene la literatura cubana es su falta de universalidad. Esa es su gran preocupación, algo que aprendió de Alejo Carpentier, que a su vez lo había tomado de Miguel de Unamuno. Celebra que en la isla la literatura tenga hoy un espacio mayor que la prensa en Cuba. Pero sufre la falta difusión. “Cuando alguien en el año 2040 lea una de mis novelas y lea un periódico Granma va a pensar que se trata de dos países diferentes. Y creo que el país mío se parece más a la realidad que el del periódico”, advierte. Y suma que ese es un problema que el propio Gobierno cubano critica. “Conozco poco el fenómeno de los blogs, pero allí hay un embrión para hacer un periodismo diferente”, sugiere. Y dice que su independencia como escritor, quizá radique en que  nunca militó en la Juventud Comunista. “Ellos no me quisieron”, aclara y dice que pasó mucho tiempo hasta que notó la importancia de ese hecho. Hoy, Padura tiene mejores condiciones de vida que la mayoría de sus compatriotas. Y celebra algunos de los cambios que se están produciendo, aunque la cambia la cara cuando cuenta que está encerrado en trámites burocráticos para comprarse un auto: “No pueden darse una idea”.
 
¿Hay dos Paduras, un autor de policiales y otro que hace un trabajo más documental y periodístico?
No. Mi obra tiene una preocupación fundamental, la búsqueda de los orígenes. En los policiales hay una búsqueda, la de la verdad. Y en novelas como El hombre… también utilizo ciertas estructuras de la novela policial para hacer más marcada esa búsqueda de una verdad que puede ser filosófica, histórica o política.
Conde, el detective de sus policiales, e Iván, el escritor que desovilla la historia de Mercader, tienen puntos comunes entonces…
Conde es la expresión de mi generación, una figura metafórica, pero Iván es un personaje simbólico, al que le agrego elementos que lo superan como individuo. Tiene una vida tan llena de frustraciones y contradicciones que traspasa lo verosímil. Yo necesitaba esa vuelta de tuerca, para que ese solo personaje significara lo que pudo haber sido la frustración de un pensamiento, de una vocación de las ideas de una persona en Cuba.

¿Iván, o Padura, siente compasión por Mercader?
Se siente tentado a la compasión. Y es posible que la sienta, pero no estoy seguro. Ese fue un matiz que discutí mucho conmigo mismo y con los amigos que siempre leen mis libros. En el fondo Mercader también fue una víctima, pero fue un hombre que obedeció y en esa obediencia llegó a la perversión ética más elemental. No le sirvió de nada, porque lo destinaron al ostracismo, primero en Moscú y luego en Cuba, viviendo bajo otra identidad. Quizá eso mueva a compasión, pero no tengo la respuesta todavía.

Me permito una crítica, los espías rusos, la NKVD, parecen tomados de una película de Hollywood
Los espías son parecidos en todo el mundo. Es un trabajo sucio en el que tienes que mentir, utilizar a los demás, esa esencia es común. Pero no niego que pueda haber una influencia de John LeCarré. Sus espías, hombres infelices e incompletos, me fascinan.

¿Hubo un Trotsky en la revolución cubana?
No lo creo. La culpa del giro político de Cuba, para muchos, la tiene la política norteamericana. En aquéllos años los Estados Unidos estaban acostumbrados a gobernar América latina de una manera, y la revolución les rompió los esquemas. En esa época Che Guevara empieza a hacer desde el poder de sus cargos determinadas lecturas y declaraciones que, vistas en perspectiva, resultaban antisoviéticas. Si hubiera habido un asomo de Trotsky en Cuba, ese hubiera sido el argentino. Se cuenta que el Che tuvo una relación muy cercana con el grupo de trotskistas originales cubanos. A principio de la revolución la proyección socialista del gobierno cubano no estaba definida. Pero sí había allí un grupo de revolucionarios trotskysta con quienes el Che se relacionaba. Llegó un momento en el que el Che salió de Cuba y cuando regresó habían sacado de sus puestos a muchos de estos trotkystas. Y gracias al Che muchos recuperaron sus puestos. Es quiere decir que había un conocimiento y una simpatía hacia el pensamiento trotskysta.

La Habana, Cuba, es un imán para el mundo, ¿corre con ventaja escribiendo desde allí?
Siempre la cultura cubana ha sido más grande que la geografía de la isla. Escribir desde La Habana es tener cierta ventaja. Como Buenos Aires, tiene una tradición cultural reconocida.
¿Qué rescataría de su experiencia para el futuro de la vida socialista?
Hay una experiencia que considero fundamental, tanto que a ella le he dedicado mi última novela. Es la de poder realizar su libertad individual. El individuo que no puede ejercitar su propia libertad no puede construir una sociedad libre. Hay que resolver los problemas individuales para luego resolver los colectivos. Uno de los problemas del socialismo es que se hizo al revés. Si a una persona creyente le dices que tiene que dejar de creer ya para esa persona ese mundo no es mejor.

11.5.13

El pasado no perdona

La amarga y sangrienta realidad colombiana de la reciente historia sigue siendo  explorada con visos de novela negra

Portada de Casi nunca es tarde, de Juan David Correa./Laguna libros.
Juan David Correa, es un escritor que he seguido desde su Todo pasa pronto, ópera prima que recuerdo vivamente  una frase de esa novela, se resuelve una condición muy paisa, que se pone en situación de vida o muerte toda lógica de convivencia.
Ahora nos llega con su segunda novela Casi nunca es tarde,  donde logra entregarnos una versión muy  panorámica del endémico conflicto armado colombiano, valiéndose del asesinato enigmático del rector de un liceo, recurso viejo del esquema policiaco.  En un tono casi seco y conciso nos cuenta las minucias de Juan, y su padre Samuel, un activo sindicalista desaparecido, por causas ideológicas.  Mientras su madre, Amanda Rey descree del país, Colombia; odia a Bogotá, su suciedad, su gente. Se sienten pinceladas muy poéticas de sus calles, y los lugares donde transitan los personajes. En esto el autor le da un viso casi sociológico a esa condición de los colombianos que reniegan y creen que es mejor vivir en un país extraño que en el propio; y se enfrenta desolada y árida al obligado autoexilio francés pero regresa al acontecer de la realidad más  brutal de las bombas del narcoterrorismo de Pablo Escobar en los aciagos días de 1989.
Y Correa se adentra con rigor y vigoroso en los personajes que son llenos de vida, con profundas contradicciones existenciales y morales. Amanda que tiene su mente en París, y el orden y la limpieza francesas, enfrentada al subdesarrollo ramplón y chambón de los colombianos; y al descubrimiento de su nueva condición sexual con una amiga. Juan, el joven que es acusado pero que  se le siente en profundidad la culpa y el dolor con el recuerdo perenne de su padre desaparecido.  Los detectives, Henry Lizarazo, Olimpo Piedrahíta;  para mí, el mejor personaje de la novela, por su humanidad, y no sé si se deba a su origen campesino,  y Luis Carlos López. El autor nos da vistazos de esas vidas cruzadas de sangre y convividores de las violencias más crueles, que tienen la ternura a flor de piel frente a sus propios hijos y por los animales. Aunque el autor se resuelve por contarnos desde el omnisciente dios todopoderoso de la tercera persona.  En un ritmo ágil y ameno va desatando el nudo gordiano de las andanzas sangrientas e intringulis de todos los actores armados del conflicto que seguimos padeciendo desde hace cincuenta años, donde el pasado no perdona…

Casi nunca es tarde
Juan David Correa
Laguna  Libros
249 páginas