16.12.14

Una infancia marcada por la súplica dulce y caliente de la venganza

Hay autores que uno se encuentra casi por casualidad y que sabe tras unas cuantas páginas que le han atrapado, posiblemente para siempre

John Hart, autor estadounidense de  No hay cuervos. /elpais.com
Autores que lees y no paras de preguntarte dónde habrás tenido la cabeza para no descubrirlos antes, escritores que construyen un mundo que te toca la fibra, unos personajes que te llegan. Me ha ocurrido con John Hart  (Durham, Carolina del Norte, 1965), autor de No hay cuervos (Pàmies, traducción de Cristina Alegría), una novela sobre una infancia perdida, sobre el mal como maldición del alma, sobre la violencia intrínseca al ser humano, sobre la desesperación. Una acertada mezcla de Huckleberry Finn y lo mejor de las novelas de Daniel Woodrell que no deja a nadie indiferente.
Hart ganó el Edgar de novela negra por este libro. Ya lo había obtenido con su anterior obra (Down River) lo que le convierte en el único autor que ha conseguido este galardón por dos novelas consecutivas. Ahora les daré algunas pistas del porqué. No lo olviden, lean y disfruten.
En el prólogo de No hay cuervos, un niño extraño y solo atraviesa Carolina del Norte en autobús, de noche, entre el recelo y la indiferencia de sus compañeros de viaje. Busca algo, cueste lo que cueste, y la crudeza del relato de su empeño en conseguirlo marca al lector para el resto de la novela.
El niño es Johnny Merrimon, tiene 13 años y su vida está destrozada desde que 12 meses atrás desapareciese su hermana melliza. Vive y sufre cosas que ningún niño debería sufrir, pero no desiste y pelea. Su madre, consumida por la pena, ahoga el dolor en las pastillas y las drogas y se deja arrastrar por un novio rico y poderoso, un depredador cocainómano que la maltrata y la hunde. Su padre, huyó ante el peso de las recriminaciones y el dolor. A Johnny todo esto le consume pero sigue adelante, se escapa de casa cada noche, busca con su bicicleta y el mapa de los delincuentes sexuales de la zona un rastro de su hermana. Leer cómodamente en casa, al abrigo de la seguridad del hogar, la descripción de esas vidas en descomposición vistas por los ojos de un niño de 13 años roto para siempre genera desazón. Lean, si no:
“Mucha gente no está bien. En eso tiene razón el policía. Johnny había husmeado a través de más verjas y ventanas de las que podía recordar. Había llamado a puertas a distintas horas y había visto lo mal que estaban algunas personas.  Había visto las cosas que hacían algunos cuando creían estar solos y nadie les veía. Había visto a niños esnifando droga y a ancianos comer comida tirada en el suelo. Una vez vio a un predicador en ropa interior con el rostro encendido, gritando a su mujer mientras esta lloraba. Todo aquello no debería ocurrir. Pero él no era ningún idiota. Sabía que los locos pueden parecer gente normal, así que procuraba no llamar la atención y se encargaba de llevar los cordones de los zapatos bien atados y una navaja en el bolsillo. Era prudente. Y también inteligente”.
La desaparición de otra niña lleva la histeria a Raven County, zona ficticia basada en Rowan County, donde creció el autor. Un universo lleno de desigualdad, violencia y espiritualismo, descrito por Hart con un lenguaje duro, parco en adjetivos, certero y a veces brutal. La búsqueda de esta otra niña pone en escena a Clyde Hunt, hasta antes de la desaparición de la hermana de Johnny, Alyssa, un padre de familia modélico, policía de prestigio, ahora hundido en una vorágine interminable de frustración y huida hacia delante. Sabes que su lucha es justa, que hace lo correcto aunque sea equivocando los medios, pero no puedes evitar la congoja de verlo hundido y acorralado.
No conviene contar mucho más. Sólo recomendar una novela llena de fuerza, con un niño que ha perdido la fe en todo, que no cree, que sigue movido por “la súplica dulce y caliente de la venganza”, que busca en su amigo Jack y su espíritu aventurero un ancla para no hundirse del todo.
Hart fue agente de bolsa, piloto de helicópteros, abogado y barman en un pub de Londres. Por entonces ya escribía, pero asegura que no se encontraba entre los privilegiados que tienen el don de trabajar y escribir luego hasta las cuatro de la mañana. Por eso decidió dejarlo todo y ponerse a escribir y a cuidar de su familia. Qué gran decisión. Cómo lo celebramos. No quería terminar sin subrayar la labor de editoriales pequeñas como Pàmies, que nos traen estos pequeños hallazgos con una determinación casi suicida. Vive le noir!

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