13.1.12

'Y que la 'veldá' pueda 'llegal' a tu alma, Conde'

Mario Conde, desencantado como nunca, investiga en el Barrio Chino habanero

El novelista cubano Leonardo Padura. foto: Antonio Moreno. fuente:elmundo.es

La verdad es que nunca se fue, pero el caso es que nos sentimos como si hubiera vuelto. Y ha regresado (La cola de la serpiente. Leonardo Padura. Tusquets Editores) todavía mas desencantado, hastiado y comemierda. Más cabrón recordador, que diría su amigo el flaco Carlos.

Mario Conde nos vuelve a llevar a La Habana de 1989, la de Pasado perfecto, cuando aún era teniente de policía y lo de abandonar la Brigada Criminal y dedicarse a los libros antiguos todavía quedaba muy lejos. Investiga la muerte de un chino porque así se lo pide su compañera Patricia Chion, una china mulata con uno de los culos más exultantes del Caribe a la que el Conde se quiere templar desde hace demasiado tiempo, potenciado, sin duda, "por aquél botón de la blusa siempre abierto al filo del abismo".

No es esta la mejor historia del Conde ni mucho menos, ni falta que hace, aunque le venga a huevo a Padura para mostrarnos dos fotografías en blanco y negro que nos llevan, reptando, por la estela de la citada serpiente: en la primera vemos a un tipo cansado y cansino, de vuelta de casi todo sin haber llegado a ninguna parte, al que cada vez le resulta más difícil vivir que morirse, mortalmente herido de desesperaciones y de amores, que intenta ser policía y al mismo tiempo sufre por el mero hecho de serlo, que sigue en pie, y al que no parece que el ron le conceda el alivio del olvido.

No es esta la mejor novela de las protagonizadas por Mario Conde, ni falta que hace.

En la segunda imagen contemplamos, y así nos lo cuenta Padura en el epílogo, la desgarradora historia de los chinos que emigraron a Cuba, prácticamente esclavos y víctimas propiciatorias de la soledad, el desprecio y el desarraigo, a los que no salvó ni la madre que los parió ni mucho menos la patria del socialismo.

Con esos dos daguerrotipos (lo de la muerte del chino casi es lo de menos en este caso y se resuelve en unas pocas cuartillas), vamos recorriendo las páginas tristes de una triste historia que tiene en el Conde al paradigma del perdedor sin excusas, del soñador al que le han arrebatado los sueños, al que la realidad le ha robado demasiados trozos de sí mismo y que bordea el abismo recorriendo "lugares tristes y percudidos, maltratados y agonizantes".

Y si lo de la muerte del chino no es lo realmente importante ("Es una cosa de paisanos que hacen 'blujelías de neglos y de neglos que hacen blujelías con cosas de chinos'", le dice al Conde un compatriota del asesinado) si lo es el trasfondo de las conversaciones chinocubanas en torno al detective. Cada persona, le vienen a decir, llega a este mundo con su propio camino diseñado, con su propio tao, con su alma repleta de finísimas partículas materiales llamadas "tsin tsi" que llegan y se van dependiendo de la limpieza o suciedad del órgano de pensar, el "tsin". "Limpia tu tsin, Conde, limpialo bien, pala que la veldá, pueda llegal a tu alma".

Lo que faltaba que le dijeran a este jodido recordador, que limpiara su "tsin". Él, que siempre estaba buscando lo que no encontraba, cansado de habladeras de mierda, de amores que arrasan, de sentimientos crecientes; él, que no paraba de pensar en lo que ha hecho y estaba haciendo con su puta vida, y en la soledad y en el miedo que a ésta le tenía. El Conde, que se desmontaba por el sexo caliente de la china Patricia o por el erotismo desbocado de la pelirroja Karina, pero que única y exclusivamente pensaba en Tamara cuando la nostalgia apretaba sinmisericordia y creía necesitar un ancla en su lamentable existencia.

Tamara, que lo dejó desarmado y desalmado cuando se fue, "en estado de indefensión psicológica y hormonal", jodido como nunca pero como siempre, ha vuelto y lo está buscando. Y para qué carajo lo quiere ver. "¿Solo para hacerlo sufrir con la contemplación de aquellos ojos color avellana, siempre húmedos, y el movimiento de trapiche moledor de caña de su retaguardia prodigiosa que enloqueció, enloquecía y enloquecería a Conde?".

Tamara, viejo amor del instituto, ex de un alto cargo del régimen ya muerto y novelado, le ha dicho ven y él acude presto al llamado porque no hay otra; porque no hay forma de deshacerse de los amores que matan, porque se desmonta ante ella, porque siempre la va a estar esperando, porque es especialista en estas pendejadas, porque se pasa la vida pensando, "aunque no resuelva nada de lo que piensa".

Y en medio de tanto olor a chino muerto, que se pega en las entretelas del Conde como un sobrepaso más, el todavía policía alcanza una vez más la meta; y lo hace como siempre, con dolor, cansado y jodido por las historias siempre sórdidas que salen a su paso; porque nada debería ser como es, porque hace sufrir al que no debe.

"Vivimos", le dice el Conde a su pez Rufino, que deambula por la pecera, en una declaración de intenciones que suena casi a epitafio, "todo el tiempo dando vueltas en el agua sucia, hasta que nos jodemos. Aunque siempre habrá otro dispuesto a empezar a girar...".

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