21.8.10

Los asesinatos se venden mejor en verano

Las novelas de género negro son las más solicitadas durante los meses de vacaciones. Las novelas ambientadas en el lugar a visitar sustituyen ahora a las guías de viajes

Se lo que estais pensando. Novela debut de John Vernon.foto.fuente:elheraldo.es


Del género negro o de aventuras, que cueste entre 19 y 20 euros, y "que enganche a la primera". Durante el verano, eso es lo que se busca en un libro, según los datos de las principales librerías zaragozanas. Todas coinciden en estas características, y también en que el grande entre los grandes durante está siendo 'Sé lo que estás pensando', de John Verdon. Aunque a la hora de escoger otros 'best sellers' veraniegos, los títulos son muy variados.

"Las personas se olvidan de la narrativa y optan solo por el entretenimiento", señalan en El Corte Inglés. Ahí, la gente ha comprado mucho 'La biblioteca de los muertos', de Glenn Cooper. El texto, traducido a 29 idiomas, cuenta la historia de un asesino que envía a sus víctimas una postal con la imagen de un ataúd y la fecha en la que van a morir. Toda la policía le busca sin éxito, porque no saben que la respuesta al enigma se encuentra en una profecía escrita mil trescientos años antes.

"Se busca la novela negra, el suspense, porque estos días lo que se quiere es alejarse de la realidad", explica León Vela, de Cálamo, quien explica que entre los títulos más solicitados en su librería están dos ejemplares de tramas policíacas: 'Crimen en directo', de Camilla Läckberg, y 'Dos crímenes', de Jorge Ibargüengoitia.

"La explosión de este género se debe a la saga de Stieg Larsson, porque este es un fenómeno que viene desde antes del verano", asegura Vela. Y aunque las listas de los más vendidos demuestran que eso es cierto, también desvelan que a más calor, más historias de asesinos se buscan: nombres como Arturo Pérez-Reverte, que presidió el ranquin de ventas durante las últimas 18 semanas con 'El asedio', ha sido superado en verano por títulos del género negro.

"Las que no pierden lectores son Julia Navarro, con 'Dime quién soy', y María Dueñas, con 'El tiempo entre costuras", cometan en la Librería General. Las dos españolas han estado entre las más vendidas todo el año y se mantienen, aún sin ser novedades. Si la tendencia continúa, podrían colarse en la lista de los más vendido del año, mejorando los datos de 2009, cuando los primeros cinco puestos fueron ocupados por obras extranjeras.

"Piense en un número"
Un hombre recibe una postal donde le solicitan que piense en un número. Luego le piden que abra el pequeño sobre que acompaña al texto, y dentro está el número que segundos antes había pensado. Así arranca 'Sé lo que estás pensando', el bombazo literario de la temporada.

Es la primera novela de John Verdon, hasta hace poco solo conocido por sus campañas publicitarias. Y tiene todo lo que requiere un libro de verano: acción, misterio y enganche. Basta con ver su trailer (http://tinyurl.com/ 2vku6cy) para darse cuenta.

"Me fui de vacaciones en julio y al volver me encontré con esta sorpresa", admite César Muñío, de la librería París, quien confiesa que cada verano hay uno de estos grandes éxitos, pero que el de este año ha superado las expectativas.

Añade que gracias a esos libros, las ventas se han mantenido a pesar de la crisis, y en ese sentido también destaca los libros de bolsillo, que siempre cumplen en los meses de vacaciones. En su establecimiento, como en El Corte Inglés, la Librería General y Cálamo, además se ha notado otro fenómeno: en vez de los tradicionales libros de viaje, la gente ha comenzado a usar como guías las novelas ambientadas en los lugares que visitarán.

"La gente ojea mucho y si no les gusta la historia, lo dejan. Las guías no tiene trama, por eso prefieren algo que se pueda leer", afirman en El Corte Inglés. Obras del Nobel Orhan Pamuk como manuales para recorrer Turquía o 'Historias de Londres', de Enric González, para descubrir la capital británica, se usan como guías turísticas.

20.8.10

El mito fabulado


A partir de la invención de un mito primigenio, se desarrolla la fabulación de una saga cosmológica, que nos lleva de la mano hasta la ciudad de Aydebarke: ciudad de ciudades, donde se condensan las formas de la arquitectura humana de las más diversas culturas. Recrea, en buena parte, el mundo de la selva, de los Iseike, la última tribu nómade primitiva cuyo descubrimiento causa sensación en un grupo de investigadores, desde periodistas hasta la propia iglesia. El relato se va contando, con una prosa clara, precisa, impregnada de un lirismo en clave cuyo narrador se desdobla en varias voces narrativas que cuentan la fusión desde los más remotos orígenes de la humanidad a los más intrincados mundos tecnológicos de la ciencia ficción, donde el mito primigenio y su naturaleza está latente como una fuerza metafísica y de conversión de los tiempos históricos de la realidad a un mundo fantástico.

Un ejemplar de esta fabulosa novela- porque realmente lo es- llegó a nuestras manos bajo una serie de episodios intrigantes para deleitarme con su lectura. El autor pareciera otro ser salido de la propia entraña del relato que ofrece al lector, "porque afirma haber nacido en la segunda mitad del siglo XX. Vivió entre las sombras, las luces, los sonidos y los olores de las selvas y las montañas donde no se conocen las fronteras trazadas por el hombre. Sin embargo, en la actualidad, es un peatón anónimo en las grandes urbes del mundo donde se solaza y sufre con la cultura global".

SACRILEGIO

Simón Jánicas

Diente de León Editor

276 páginas

49.999 pesos

www.simonjanicas-sacrilegio.blogspot.com

Puedes adquirir la novela en el Portal de la Librería de la U

19.8.10

Leonardo Padura trabaja en el guión de 'Siete días en La Habana'

El escritor cubano declara que participa en un película en la que están implicados siete directores

Leonardo Padura Fuentes, autor de Adiós, Hemingway, metido a guionista.foto:archivo.fuente:elpais.com


Siete días en La Habana es el título de la película en la que trabaja el escritor y guionista cubano Leonardo Padura . El autor de Adiós, Hemingway, ha adelantado esta mañana su participación en el proyecto, que comenzará a rodarse el año que viene, desde la Universidad Internacional Menéndez Pelayo donde imparte un curso de novela policiaca.

La película, una producción de Morena films, consta de siete historias diferentes, bajo la mirada de "seis directores internacionales y uno cubano", según ha explicado. Padura está trabajando en el guión de dos de esas historias junto a Juan Carlos Tabío y Benicio del Toro .

El autor de El hombre que amaba a los perros ha revelado también que "un importante director y productor norteamericano" se ha interesado por la adaptación al cine de su serie de novela policiaca protagonizada por el investigador Mario Conde, pero no ha querido revelar el nombre, ya que "hace 12 años" que acaricia la idea de ver alguna de estas obras en la gran pantalla y no quiere gafar el proyecto.

18.8.10

La nueva Lisbeth Salander

Rooney Mara se convierte en la cara de la protagonista de la trilogía Millennium en Hollywood

Hollywood prepara su Millennium con Rooney Mara en el papel de la carismática Lisbeth Salander..foto AP.fuente:lavanguardia.es

"No sé si Noomi Rapace habla inglés, pero ella ha sido la única razón para ver las películas que se han realizado hasta el momento de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. ¿Por qué buscar a otra actriz para encarnar a Lisbeth Salander si Rapace está disponible?". Así de airado se muestra en la red Stu Freeman, de Brooklyn, junto a muchos otros comentarios negativos que ha suscitado el reciente anuncio de la sustitución de la actriz sueca (de origen español) que encarnó a la carismática hacker punk en la primera adaptación cinematográfica de la obra de Larsson. Su sustituta, según Columbia, la productora de la nueva trilogía de Millennium que se prepara en Hollywood, será la norteamericana Rooney Mara.
Efectivamente, la adaptación de la primera novela de Larsson, realizada por el danés Niels Arden Oplev, era más que competente: era brillante. Una limpia traslación –resumida– de la obra literaria. Sin embargo, el genio cinematográfico que pudiera tener el filme lo aportaba, por sí misma, la composición inesperada, vital, enérgica de Noomi Rapace como Lisbeth, una mujer aparentemente frágil, desvalida e impotente. Capaz, no obstante, de convertirse de manera creíble en un ángel vengador frente a los desmanes de quien osara cruzarse en su camino...

Y ahora Rooney Mara, la nueva Lisbeth. ¿Quién es esa chica? De momento, una desconocida. Una joven de 24 años, nacida en Nueva York, a la que se puede ver en en el remake de Pesadilla en Elm Street, de reciente estreno entre nosotros. Ha estudiado psicología, política internacional y gestión de organizaciones no gubernamentales, según reza su hagiografía, publicada en Wikipedia. Pero lo único cierto es que ella será la protagonista femenina de la inminente La red social, de David Fincher, el director de Seven, El club de la lucha y Zodiac, por citar alguno de sus títulos más conocidos. La red social tiene previsto su estreno en otoño y toma como punto de partida la fundación de Facebook.

Fincher, además, será el responsable de la futura nueva trilogía de Millennium, que él se encargará de dirigir, empezando por la primera entrega de la serie, Los hombres que no amaban a las mujeres, cuyo estreno está previsto para diciembre del 2011. Y él debe de haber sido el factor determinante en la elección de Rooney para un proyecto que ya cuenta en su reparto con nombres tan conocidos com Daniel Craig y Robin Wright Penn. Lo cierto es que para la nueva Lisbeth sonaban, desde hace meses, actrices tan reputadas como Natalie Portman, Ellen Page o Emma Watson, y, sin embargo, el papel ha sido para Rooney. ¡Ojalá acierte Fincher! Aunque viendo la imagen de la actriz, tan dulce ella, uno no puede por menos que, de entrada, dar toda la razón a Stu y sus amigos.

Stieg Larsson, autor de la trilogía 'Millennium'

16.8.10

Todo bien, Ma. Sólo estoy sangrando

El alemán Peter Handke, el francés George Simenon y los norteamericanos Richard Ford y James Ellroy son cuatro autores duros curtidos en el policial y el desasosiego. Pero también, en un momento de sus vidas, debieron enfrentar el abismo insondable de la enfermedad, el asesinato, la agonía y la muerte de sus madres

fotos.fuente:pagina12.com.ar

Casualmente (o no), los libros que les dedicaron a ellas, ajenos tanto a la ficción como a la no ficción, fueron editados o están a punto de ser reeditados en Argentina. Guillermo Saccomanno se sumergió en ellos para explorar el modo en que esas relaciones umbilicales forjaron universos literarios densos, cargados de crimen y dolor.

1 En 1971, siete semanas después del suicidio de su madre con una sobredosis de somníferos, Peter Handke enfrenta el duelo. Tiene treinta y dos años. Ha ganado fama, como su admirado Thomas Bernhard, de escritor polémico. Escribe contra la corriente, contra las prosas estandarizadas y las ideas tranquilizadoras. Supo declarar: "La veneración por la literatura se fue al carajo. Ya nadie respeta a los escritores. En principio porque ellos se han perdido el respeto".

Frente a la ausencia y el duelo, el escritor se plantea, tarea ardua, no hacer literatura. Pero empieza con dos acápites, uno de Bob Dylan: "He not busy being born, is busy dying", correspondiente a "It's all right, Ma. I'm only bleeding". Y otro de Patricia Highsmith: "Dusk was falling quickly. It was just after 7 p.m., and the month was October", de "A Dog's Ransom". Durante dos meses, renegando contra la literatura, se agarra de la construcción de una historia. Anota: "Quisiera ponerme a trabajar antes de que la necesidad de escribir sobre ella, que en el entierro fue tan fuerte, se convierta de nuevo en embotamiento, aquel quedarse sin habla con que reaccioné a la noticia de su suicidio". Teme, en este embotamiento, quedarse estúpido martillando una sola letra. Intenta escribir. Lo asalta el vértigo, pero en el vértigo se siente mejor que en la parálisis. "Por fin se acabó el aburrimiento", anota. De entrada se prohíbe la compasión. Empieza copiando la necrológica publicada en el diario local, un pueblo de Carintia. Los estados por los que pasa se caracterizan por el estupor y el desconcierto. Un suicidio es siempre un enigma. Además, interpela.

"Heredé de mi madre estas pulsiones. Bebí, consumí drogas y fui de putas con el descaro de quien cuenta con complicidad y es perdonado. La suerte y una prudencia de cobarde me impidieron caer en el abismo." James Ellroy

"No hay palabras, se dice a menudo en las historias, o bien: no se puede describir", y las más de las veces considero que esto son excusas para la pereza; sin embargo, esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje. Trata de momentos en los que la conciencia, de puro pavor, da un brinco; de estadios de espanto, tan breves que para ellos el lenguaje llega siempre demasiado tarde; de procesos oníricos tan horribles que uno los vive de un modo físico, corporal, como gusanos que estuvieran en la conciencia." Una infancia miserable de aldeana sometida, la de su madre. Una ideología del ahorro, de las privaciones. Después la juventud, como un letargo. El nazismo, un estallido que la anima. El trabajo se vuelve deportivo. Y la mujer se siente, por fin, que tiene algo, que es parte de algo. La guerra le arrebata dos hermanos. La posguerra, dos conyugalidades fallidas: la primera porque su hombre, un empleado de correos, la abandona. La segunda, con un suboficial de la Wermacht, luego mecánico, borracho y golpeador. "Era muy fácil humillarla", anota Handke. También están los hijos. Y los abortos. Frisando los cuarenta la mujer se vuelve socialista. También lectora: Dostoievski, Faulkner, Wolfe. "Los libros los leía como si fueran una descripción de su propia vida, los vivía; con la lectura salía de sí misma por primera vez en su vida, aprendía a hablar de 'ella misma', con cada libro se le ocurría algo más sobre sí misma. De este modo, poco a poco fui conociéndola." De pronto, el relato se encamina, fluye. Pero el fluir es engañoso. Escribir la madre, también lo sabe, puede ser escribirse. Handke no se deja engañar. La reconstrucción de la vida de la madre lo mantiene en un alerta constante de sí: "A partir de ahora tengo que poner atención para que la historia no se cuente demasiado por sí misma". La conciencia alerta todo el tiempo. "A veces, trabajando en esta historia, me he hartado de tanta franqueza y de tanta honradez, y he deseado ardientemente escribir algo en lo que pudiera mentir un poco y en lo que pudiera disfrazarme, por ejemplo, una obra de teatro."

El lector puede cuestionar: si Handke no quiere hacer literatura, ¿con qué intención publica esta escritura? ¿No es acaso una teatralización darlo a una editorial? ¿Siente el dolor o lo actúa? Contradiciendo sus reparos, el relato no se detiene: confesión, crónica, biografía y, por qué no, catarsis. "El horror es algo que pertenece a las leyes de la Naturaleza: el horror vacuo de la conciencia. La representación se está formando en estos momentos y de repente advierte uno que no hay nada que representar. Entonces esta representación se cae como un personaje de dibujos animados que se da cuenta que lleva mucho tiempo andando por los aires." Si bien es cierto que todo relato testimonial comparte los elementos retóricos de la narración y que Desgracia impeorable –así se titula este libro–, lo es lo que escribe Handke, contra su intención, puede ser leído como una novela.

Una promesa incumplida termina el relato: "Más adelante escribiré algo más preciso sobre todo esto".

"¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no. Mi madre y yo nunca estuvimos unidos por la culpa, la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que éste fuera fiable y lo fue." Richard Ford

2 "En el fondo, estamos solos nosotros dos, afrontándonos en cierto modo. Tú tienes noventa y un años, pero, para mí, no has envejecido. Siempre has tenido ese rostro fino, esa tez mate, esos labios que a veces se estiran." Georges Simenon, el autor prolífico de novelas policiales que llegó a enriquecerse produciendo una por mes, escribe a los setenta años su Carta a mi madre, en 1974, tres años y medio después de su muerte en un hospital de Lieja. "Nunca te llamé 'mamá', sino 'madre' como tampoco llamaba 'papá' a mi padre. ¿Por qué? ¿A qué se debió esto? Lo ignoro." Desde el vamos, la pregunta clave: ¿por qué escribir una carta a quien no la leerá ni la responderá? Sus preguntas aumentan.

Simenon es hijo de pobres: su madre era la decimotercera de una familia venida a menos. De chica la familia la consideraba el "pajarito para el gato". Su hijo habrá de definirla como "una extranjerita". Se casó con Desiré Simenon, un empleado público. Una vida signada por las estreches. Cuando pudo ser propietaria de una casa, alquiló habitaciones a estudiantes, viajeros, corredores. Cuando su hijo, ya escritor millonario, la invita a sus residencias lujosas, ella lo visitaba casi andrajosa queriendo, además de recordarle su origen humilde, irritarlo. No lo consigue. El hijo, aun en la opulencia, no esconde su origen humilde. Por el contrario, refiriéndose a su barrio de infancia anota: "Empleados, encargados, viudas con pensión, lo que yo llamo gente humilde y, aún hoy, me considero uno de ellos". Si se analiza su literatura se verá que sus protagonistas son realmente gente humilde. El ciclo de novelas del comisario Maigret trata de crímenes pequeño burgueses, de clase baja y lúmpenes. No requieren una deducción sofisticada. Las novelas unitarias, independientes de Maigret, más sagaces y penetrantes, se concentran en tramas de seres anodinos que no son tan atractivas como sus personajes y sus climas. En la carta que escribe a su madre, para comprenderla, procura aplicar esa mirada que inspecciona y domina a los humildes. Quiere comprenderla: "Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí".

Viajero curioso, compañero de juergas de Lacan, mujeriego célebre, sabedor de todas las mezquindades, observador de la gente que nunca saldrá en un diario si no es en la página de policiales o necrológicas, para él comprender a su madre es una investigación que supera la perspicacia del comisario Maigret. Las preguntas se le multiplican al internarse en la escritura. Se vuelven tan obsesivas como infantiles. Un Simenon apichonado retorna una y otra vez a la infancia obsedido por secretos cuya revelación no lo consuelan. Se pregunta si alguna vez, como hijo, fue querido por su madre, y le consterna comprobar que ella hubiera preferido que muriera antes él que su hermano Christian. Se pregunta si ella amó a su padre, y le azora comprobar que su padre fue apenas un partido conveniente. Se pregunta cómo ella, tras enviudar, pudo casarse por segunda vez con un viejo y confirma que lo hizo esperando enviudar nuevamente y quedarse con una pensión.

"Sufrías la vida, no la vivías", anota Simenon. Preguntas y preguntas. Las que encuentran respuesta pintan cada vez peor a una neurasténica que muele a patadas a su hijo, una avara que rapiña y recela del prójimo, aunque de tanto en tanto suele hacerse la caritativa ayudando a algún menesteroso. "Era necesario, era indispensable que te sintieras buena." Ocho días pasa Simenon en Lieja visitando a su madre en el hospital: "Seguías siendo una extraña para mí", anota después en su carta. "Mientras viviste nunca nos quisimos, bien lo sabes. Los dos fingimos." Aunque la carta empieza: "Querida mamá", sobre el final, el hijo atormentado por la culpa se esfuerza en una reconciliación y afloja: "Querida mamita", escribe. "¿Cómo podría guardarte rencor?", se pregunta. "Seguí pensando. Seguí intentando comprenderte. Y comprendí que durante toda tu vida habías sido buena." Después concluye: "Como ves, madre, eres una de las personas más complejas que he conocido".

"Los libros los leía como si fueran una descripción de su propia vida, los vivía; con la lectura salía de sí misma por primera vez en su vida, aprendía a hablar de 'ella misma', con cada libro se le ocurría algo más sobre sí misma. De este modo, poco a poco fui conociéndola." Peter Handke

3 "En 1973 mi madre descubrió que tenía un cáncer de pecho", escribe Richard Ford. "La muerte se toma un largo tiempo antes de culminar su tarea. Y en ese tiempo, en su esencia misma, hay una vida que debe vivirse eficazmente. Es lo que hicimos. Había siete años por delante, pero no lo sabíamos. Así que continuamos de la misma manera. Volvimos a estar lejos. A visitarnos. A insistir en que la vida es estar vivo, en la convicción de que muy difícilmente podía ser menos. Charlas por teléfono, visitas, viajes, amigos, acontecimientos. Una necesidad más acusada de saber 'cómo estaban las cosas' y una voluntad de que resultaran perfectas para el momento presente."

En el marco de una literatura, como la norteamericana, signada por la búsqueda del padre, donde lo primero que un joven escritor suele publicar es el recuerdo de cuando su padre lo llevó a cazar o pescar, Mi madre es rara avis. Escrito cuando Ford tiene cuarenta y tres años, publicado en 1988 en una editorial de Portland, el relato apela al registro de crónica intimista y persigue un examen de conciencia. Al describir el origen de su madre en un rincón de Arkansas, un territorio duro, Ford aclara: "No hago hincapié en estas circunstancias por sus posibilidades novelísticas ni porque piense que otorgan a la vida de mi madre ninguna cualidad especial, sino por la impresión que dan de pertenecer a una época remota y un lugar lejano e inaccesible. Y, sin embargo, mi madre, a quien amaba y conocía muy bien, me vincula a ese territorio extraño, a eso otro que fue su vida y de lo que en realidad no sé ni supe nunca demasiado. Es una cualidad de la vida de nuestros padres que a menudo nos pasa inadvertida y por consiguiente no le damos importancia. Los padres nos conectan –por encerrados que estemos en nuestra vida– con algo que nosotros no somos pero ellos sí, una amenidad, tal vez un misterio, que hace que, aun cuando estemos juntos, estemos solos". Sin embargo, aun cuando Ford dice no estar interesado en las "posibilidades novelísticas", Mi madre sigue las reglas clásicas de una nouvelle realista. Por más que se propone evitar la literatura, no puede dejar de lado la técnica que lo consagró como uno de los novelistas importantes hoy en Estados Unidos. Pero, cabe reflexionar, la desconfianza en lo literario de su intento, un cierto menosprecio de la literatura en función de la vida misma, puede también leerse de otro modo cuando incorpora en el libro fotos familiares: se insinúa una cierta desconfianza en el narrar con palabras, como si las fotos pudieran expresar aquello que las palabras no pueden. Si por un lado Ford ha enunciado que conocía muy bien a su madre, por otro habla de lo extraño que fue "eso otro", eso que tal vez puedan aportar las fotos, un indicio. La soledad y el extrañamiento son prerrogativas de la relación padres e hijos. "Tengo que recomponer la vida de mi madre a partir de fragmentos", anota. Y acostumbra, después de cada anécdota, extraer alguna conclusión. Cada dato de la experiencia, sugiere, deja una enseñanza. Al dar con una presunta verdad después de cada recuerdo, la memoria se vuelve ejercicio moral. Lo que tiene una razón de ser: esa presunta verdad, esa moral, alivia la culpa, la culpa de lo que se ignora del ser querido, la culpa que se filtra entre líneas a lo largo de una trama que, en su eficacia, hace presumir que por más que se acomoden los hechos en una prosa impecable, la culpa viborea por debajo.

"Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he recordado cosas de las que no hablo hoy. Algunas he tratado de volcarlas en novelas. He escrito cosas y las he olvidado. He contado historias. Y había más, una vida es más." Una vida, entonces, la vida de su madre, se le escurre: no hay certezas. Unicamente una soledad espesa: "Y aún juntos estábamos solos", machaca Ford. Recuerda la muerte de su padre, un vendedor y corredor. Recuerda después un amante de la madre viuda. Recuerda también sus propias aventuras de adolescencia, en ocasiones cruzando la barrera de la ley. Hay un diálogo seco entre madre e hijo. Pocas palabras, las necesarias, siempre con un tono de sentencia. Daría la impresión de que Ford entonces es Clint Eastwood. Y la madre, su heroína templada: "No la vi muerta, ni quería hacerlo, simplemente atendí la noticia del hospital cuando me llamaron para decírmelo. Aunque ese mes la vi afrontar la muerte una y otra vez, y por eso creo que ver afrontar la muerte con dignidad y valor no confiere una cosa ni la otra, sino sólo lástima, desamparo y miedo. Todo el resto es privado: momentos y mensajes cuyo conocimiento no mejoraría el mundo. Ella sabía que yo la quería porque se lo dije bastantes veces. Yo sabía que ella me quería. Eso es lo único que ahora me importa, lo único que debe importar. Y para terminar. ¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no. Mi madre y yo nunca estuvimos unidos por la culpa, la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que éste fuera fiable y lo fue. Siempre nos encargamos de decirlo –'Te quiero'– como si, inesperadamente, pudiera llegar un momento en que ella o yo quisiéramos oírlo, o cada uno de nosotros quisiera oírse a sí mismo decirlo al otro, pero por alguna razón no fuera posible. Entonces el daño sería inmenso: confusión, ignorancia, una vida incompleta".

Una vida voluntariosa que superó con estoicismo las dificultades con unas pocas certezas, casi higiénicas. Eso, la parte de arriba del iceberg. "Pero de alguna manera hizo para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto." Es decir, la madre como personaje literario, la evocación traducida en novela. Conviene volver al principio y subrayar la contradicción: "posibilidades novelísticas". Y si fuera así, qué. Cada uno elabora como puede este dolor. En su esfuerzo por prolijar el tumulto de sentimientos, pretendiendo dominar su complejidad, Ford realiza un tour de force al narrar su madre. No sólo rescata la historia gris, chata y conformista de una pobre mujer convencional de clase media baja. También parece decirnos que cada uno hace con la muerte de la madre lo mismo que con la escritura: no lo que se quiere sino lo que se puede.

"Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí." Georges Simenon

4 Es el otoño de 1993, cuando Art Cooper, el editor de GQ, invita al escritor James Ellroy al The Four Seasons, un restaurante para potentados en el centro de Manhattan. El editor es un fan. Ellroy ha publicado, entre varias novelas, una tan realista como sombría, La Dalia Negra. Narra el asesinato de una chica que fue a Hollywood con el sueño de ser estrella y terminó envuelta en el porno, secuestrada, torturada durante dos días y cortada en dos. El caso quedó sin resolver y se convirtió desde entonces en una de las tantas manchas roñosas de la meca del cine. Al editor Cooper le fascinan las historias de crímenes de Hollywood de los '40 y '50. "Bueno, estoy obsesionado con un crimen sin resolver", le dice Ellroy. "Mi madre fue asesinada cuando yo tenía diez años. Había estado chupando en un bar y se marchó con un tipo. Encontraron el cadáver en una carretera de acceso, cerca de un instituto. La habían estrangulado. Nunca se encontró al asesino."

Cooper le propone a Ellroy escribir sobre el asesinato de su madre. Al revés de otros escritores, que empiezan en las revistas y desembocan en los libros, Ellroy acepta gustoso colaborar en la GQ. En su búsqueda del tiempo perdido, la magdalena de su operación narrativa es un cadáver, el de su madre. Educado por un padre busca de los sumideros de Hollywood, James fue un adolescente descarriado, voyeur y ladrón de poca monta que entraba en las casas a oler bombachas. Pasó nueve meses –todo un período de gestación– en cárceles locales. Su prosa tiene el vértigo de esta etapa desenfrenada. Un modo de narrar espasmódico, como de cámara en mano, que oscila entre el párrafo de frases comprimidas y el corte intempestivo. En algunos tramos se tiene la impresión de estar escuchando al locutor en off de una de esas series documentales de forenses que cautivan a los norteamericanos. Una prosa tajante y seca que tiende a la descripción impasible de la sordidez. Sus personajes, estén del lado de la ley que estén, son víctimas sociales. A Ellroy no se le escapa que su narrativa, impregnada de un ansia justiciera, proviene de ese lugar llamado madre. Ellroy abomina eso que denomina, burlón, "la palabrería psico-pop". Pero admite: "Heredé de mi madre estas pulsiones. Los prejuicios sexuales me favorecían: los hombres pueden fornicar indiscriminadamente con mujeres y contar con mayor aprobación por parte de la sociedad de la que gozan las mujeres para hacer lo mismo indiscriminadamente con hombres. Bebí, consumí drogas y fui de putas con el descaro de quien cuenta con complicidad y es perdonado. La suerte y una prudencia de cobarde me impidieron caer en el abismo".

A los cuarenta y seis años Ellroy vuela a Los Angeles para revisar el expediente de esa mujer asesinada a los cuarenta y tres. Antes que escribir un artículo, una crónica, hacer literatura, Ellroy se fija resolver un caso. El pasado que vuelve. Al cumplir diez años, hijo de padres separados, la madre se muda a El Monte, en la periferia de Los Angeles. Calles de tierra, viviendas deprimentes, basura blanca y latinos. El chico no quiere vivir con su madre y se lo dice. La madre le pega. El chico la llama borracha y puta. La madre le pega más. Todos los fines de semana los pasa con el padre. Una noche de domingo, de vuelta de la casa del padre, al bajar del colectivo, frente a la casa materna, ve coches de policía blancos y negros, uniformados y agentes de civil. Una vecina lo señala al verlo venir: "Ese es el chico". Un policía lo lleva aparte: "Hijo, han matado a tu madre". James no llora. Otro policía le da un caramelo. Un fotógrafo de prensa lo lleva a un cobertizo y lo fotografía con un taladro en las manos. Esa foto se difundirá, años más tarde, cuando el chico sea un escritor.

Ellroy inicia la investigación. Acude a la Oficina de Homicidios de East L.A. Aquí conoce al sargento Bill Stoner, un policía veterano. El expediente de su madre es un revoltijo de sobres, anotaciones, cintas de teletipo, transcripciones de interrogatorios. Su "primera impresión es que esto refleja el caos que había sido la vida de Jean Ellroy". El detective le insinúa que puede no mirar todas las fotos. Ellroy las mira todas: "Contemplé las imágenes de mi madre muerta. Vi la media en torno del cuello y las picaduras de insectos en los pechos. La lividez había engordado sus facciones. No se parecía a nadie que yo hubiera conocido en mi vida". Con una distancia absoluta, que en algún momento le hace temer que un peso inmenso le caerá en la cabeza, Ellroy revisita cada uno de los pasos de la investigación del asesinato. Reconstruye aquella noche. Imagina al hombre moreno con el que su madre salió del drive in. Más fotos: fotos de sospechosos, tipos duros, miradas hoscas, tatuajes. La foto de un asesino sexual ejecutado en 1959. Los arbustos junto a la calzada donde fue encontrado el cadáver. Una foto de su padre. Pero ni una pista. Repasa los testimonios de una camarera y unos clientes. La madre y el tipo habían salido del local pero volvieron más tarde. Chispeados, borrachos. Y volvieron a perderse en la noche. Este dato sugiere algo, pero no lo puede transparentar todavía.

El sargento Stoner acompaña al escritor en el recorrido de su barrio de infancia, contempla los cambios en la construcción, los lavados de cara y los nuevos descampados. Uno de los policías que habían investigado el crimen ha muerto. Otro, amnésico, tiene ochenta y seis años. Ellroy se pregunta si este viejo será el policía que le dio un caramelo esa noche de cuando tenía diez años.

Esta noche, en el hotel, después de una ducha, Ellroy piensa en el asunto. Los nuevos datos contradicen lo que había creído hasta entonces. "Siempre había pensado que a mi madre la mataron porque no había querido tener relaciones sexuales con un hombre. Era la coda infantil al horror: una mujer que muere defendiéndose de una violación. Pero no. Mi madre hizo el amor con su asesino. Una testigo presenció los momentos posteriores al coito. Volvieron al drive in. Y después sí se perdieron en la noche. El hombre quería librarse de aquella mujer desesperada con la que había cogido y continuar su vida. La combustión se produjo porque ella quería más."

El asesino de mi madre supera los límites de una simple crónica. Descenso impiadoso en aquello que aterra de la memoria, cavar a ver hasta dónde se resiste, Ellroy cree escuchar el mandato de Geneva Hilliker Ellroy: "Pensé que las imágenes me herirían. Pensé que me devolverían a mi antigua pesadilla. Pensé que tocaría el horror literal y, de algún modo, conmutaría mi pena a cadena perpetua. Estaba equivocado. La mujer se negó a concederme una suspensión de sentencia. Sus razones eran sencillas: Mi muerte te ha dado una voz y necesito que me reconozcas más allá de la explotación que haces de ella".

Contado en primera persona, el relato es por instantes una cámara en mano que busca desesperada en la memoria y reflexiona sobre el arte doloroso de escribir. Sobre el final, una sentida oración fúnebre: "Su dolor era superior al mío. Su dolor define la lejanía que hay entre nosotros. Su muerte me enseñó a mirar hacia adentro y a mantenerme a distancia. El regalo del conocimiento me salvó la vida. No había terminado. Mi investigación continuará. Salí de El Monte con un regalo nuevo. Me siento orgulloso de llevar los rasgos de su personalidad. Geneva Hilliker Ellroy: 1915-1958. Mi deuda crece. Tu terror final es la llama a la que acerco la mano. No haré que disminuya tu poder diciendo que te quiero".

El relato se publicó en GQ en agosto de 1994. Art Cooper cuenta que fue "uno de los más elogiados de los que se publicaron ese año. James ampliaría más adelante el relato de su biografía, Mis rincones oscuros. James me escribió en mi ejemplar de Mis rincones oscuros: '¡Ella vive!'".

5 En principio, qué novedad, problema de género y no sólo, no es la misma la relación que establecen los escritores masculinos con sus madres que con sus padres. Abundan cuentos, relatos y novelas que, incluyendo la rivalidad y el parricidio, se centran en la tensa dialéctica padre/hijo. La bibliografía al respecto es profusa. Pero tratándose de la madre, las estrategias narrativas masculinas se suavizan. Las novelas, ficciones puras, suelen desplegar un tono que oscila entre la epopeya y la elegía. Los autores que elegí, en cambio, no pertenecen al rango de hijos complacientes. La elección no es arbitraria: rebelándose contra la literatura lo que persiguen, en superficie, es no tanto ficcionar como un acto de escritura donde lo que se juega es la verdad.

Pretenden, como dije, rehuir la "literatura", es decir, no "ficcionalizar", como si hacer "literatura" fuera incurrir en la mojigatería y el melodrama, sensiblería femenina. Buscan, por supuesto, apartarse de la constante nostálgica de un género que se distingue por el amor filial. Intentan narrar la madre con una distancia clínica. Hurgan en sus propios sentimientos a menudo contradictorios. Además de narrarse en la ausencia, narran sus madres: las describen, las retratan. En algún momento de escritura establecen una fuerte identificación con ellas. Handke lo dice así: "Es especialmente en los sueños donde se hace palpable la historia de mi madre: porque allí sus sentimientos se convierten en algo tan físico que los vivo como si fuera su doble y me identifico con ellos, pero son precisamente estos momentos de los que ya he hablado en los que la extrema necesidad de comunicación coincide con la extrema falta de lenguaje", escribe Handke. En más de una oportunidad me pregunté si estos relatos no podrían leerse como variaciones sobre la temática del doppelgänger. ¿Acaso la problemática del doble no es la de otro yo?

Si bien estas escrituras son en primera persona –y entonces lo que se impone es un yo que todo lo prisma: la ternura, el odio, los celos, la desolación–, en su cosa confesional, terminan encontrándose con aquella de la que huyen: la ficción. La verdad, esa verdad deseada no es sino la escritura: en consecuencia, contra su terquedad, novelaron a sus madres. ¿Por qué no inferir entonces que la "literatura del yo" –si es que esta etiqueta tiene un sentido– empieza con una palabra y que ésta es "mamá"?

Guillermo Saccomanno
La canción de Roland

7.8.10

Ricardo Piglia: La épica de la novela policial

Un ménage à trois, una fábrica en ruinas, un asesinato y un policía loco puesto a resolverlo son algunos ingredientes de "Blanco nocturno", la primera novela en 13 años del autor de "Plata quemada". Aquí, habla del sentido de la experiencia, de literatura argentina y de por qué "todos somos sospechosos de demencia"

NARRATIVA. "La narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el significado que tienen" dijo Piglia.foto:fuente: Revista Ñ

"¿Ahí va bien?", pregunta el hombre asomado al ojo de buey que mira diluviar so­bre Buenos Aires desde un cuarto piso del microcentro. Clic clic, con­testa el fotógrafo en señal de apro­bación. Las imágenes se toman sólo con la luz escueta que la tor­menta filtra por las ventanas, una semi penumbra homenaje al títu­lo de su nuevo libro, Blanco noc­turno, y Ricardo Piglia –profesor de literatura latinoamericana en Princeton University y escritor ar­gentino devenido en clásico desde Respiración artificial, su primera novela–, al principio dirá que no quiere verlas ("si las miro no me gustan") y después se entusiasma­rá como un chico con el resultado, ante el espejo imantado de la cá­mara digital ("¡buenísimo!").

El libro, editado por Anagrama (que publica a Piglia en España desde 2000, con éxito fenomenal de crítica), comienza a distribuirse esta semana en la Argentina. Es la primera novela que el autor de Formas breves publica desde Plata quemada

Ese triángulo erótico aceitará los engranajes del chisme y servi­rá de "motor" para contar el resto de la historia familiar que incluye un abuelo coronel, dos hermanos varones, Lucio y Luca, dueños de una fábrica en ruinas y tatuados por la tragedia, un padre ovillado en una silla de ruedas y abando­nado por dos mujeres –la primera huyó con un director de teatro; la segunda se ha encerrado a leer de matiné a trasnoche–, y las versio­nes aumentadas y corregidas de sus andanzas, relatadas por los parroquianos en el Club Social o en el almacén de Madariaga. Los Belladona atraerán la atención de los medios nacionales cuando Du­rán es asesinado y la investigación queda en manos del comisario Croce, pesquisa a juicio de mu­chos "un poco tocado".

"Novela de personajes", según él mismo la define, Piglia recupe­ra en Blanco nocturno a Emilio Renzi, que lo acompaña desde sus primeros cuentos en La invasión (1967), quien llega al pueblo en­viado como cronista de El Mundo y que para ratificar su fetichismo por las pelirrojas cae "enamoradí­simo" de Sofía: "Renzi como per­sonaje es cada vez más arcaico y eso me divierte. Está armado en un tipo de cultura que lo hace in­teresante: todo lo relaciona con la literatura", apunta el autor. Como para acentuar el tono de la tarde, Piglia pide un vaso de agua antes de ponernos a conversar en uno de los salones de la editorial, ro­deados de ejemplares de la nove­la: 299 páginas que pueden leerse simultáneamente, como la inves­tigación de un crimen, como una historia de amor imposible, como una reflexión sobre la verdad y la imposibilidad de conocerla del to­do o como la tragedia de un hom­bre, Luca, que quiso salvar un sueño y descubrió el precio agrio de hacerlo a costa de los propios principios.
-Sus ficciones nunca esconden cierto origen autobiográfico. ¿"Blanco nocturno" cumple con ese rito?
-Sí, es parte de la historia de la familia de mi padre. Mi abuelo efectivamente fue a la guerra, y estuvo a cargo de una estación de ferrocarril en un pueblo que se construyó alrededor de ella. Uno de mis primos, que yo conocí de chico y que me hacía unos jugue­tes mecánicos maravillosos, tuvo una fábrica que vivió una serie de tragedias. Es extraordinario cuando uno ve a alguien que tie­ne una idea, que por momentos parece una idea artística, pero que también puede leerse como una obsesión. La novela se construye a partir de ese personaje, Luca, importante para mí, en el senti­do de que tiene una historia casi épica. Y luego empiezan a tejerse las tramas que giran alrededor de un pueblo, que jamás se mencio­na, pero que tiene mucho del re­cuerdo de mis veranos de infancia en Bolívar. Una historia que uno también puede considerar muy argentina: gente que ha perse­guido cierto tipo de ideales que el contraste con la realidad elabora de distintas maneras.
- Entró y salió muchas veces de esta novela, ¿qué le hizo sentir que era hora de contarla?
- En general trabajo así. Escribo un primer borrador y después de­jo que decante, trato de que vaya desarrollando su propia lógica. Busco que cada libro no se parez­ca a los anteriores. Eso tampoco es una virtud. Hay escritores que uno admira mucho y que siempre escriben las novelas más o menos del mismo modo, como Onetti, y eso es sorprendente. Pero en mi caso siempre necesito una experimentación nueva. Aquí había una serie de cuestiones que me interesaban. Por un lado, trabajar una novela de personajes: cómo hacer para escribir una novela cuyo centro sean los personajes, qué tipo de relaciones establecen esos personajes. Otro desafío era buscar un estilo preciso y rápido. Nunca se consiguen las aspiraciones del estilo, pero me parece importante que uno tenga cierta música, cierta idea de cómo sería el tono, el ritmo. Yo traté de salir de una escritura que me surge naturalmente, cierto barroquismo, una sintaxis un poco más lenta.
- Vuelve en este texto a las notas al pie, un recurso que había utilizado en los 70 en "Nombre falso". ¿Qué finalidad narrativa les asigna?
- Me interesaba darle al libro un subsuelo de información relacionada con el lector. Lo que circula por abajo del texto son cosas que los personajes saben, que dan por sentadas y de las cuales no hablan. Si uno pudiera usar una metáfora sería la de una ventana a través de la que uno mira y ve un fragmento de algo, fragmentos de información que intentan dar la pauta de la complejidad que supone reconstruir una situación: un crimen o la quiebra de una fábrica en esta novela. Y después hay un chiste ahí...
-...que no le voy a permitir que no me cuente...
(1997), y ya se perfila co­mo uno de los hitos editoriales de 2010. En ella, la vida de un pueblo de provincias se altera en 1972 por la llegada de Tony Durán, portorri­queño, mulato y jugador, valijero forrado en dólares negros y ajenos (cualquier contacto con la política argentina reciente corre por cuen­ta de las intuiciones de la ficción), enrolado en un flirt a tres bandas con dos hermanas gemelas, Ada y Sofía Belladona, niñas bien del lugar, con apellido y talante de al­caloide, tan idénticas entre sí que tienen "igual hasta la letra".- Un maestro mío, Enrique Barba, un historiador muy extraordinario que había en La Plata, decía algo que a mí siempre me divirtió: "Todo libro de historia que no tiene cinco notas al pie por página es una novela." Y es la mejor definición de novela que conozco, ¿no? Todo libro que no tiene notas al pie es una novela. Me propuse entonces tratar de contradecir ese género que se identifica por no tener notas al pie.
-Broma al margen, en "Blanco nocturno", ese relato fuera del relato es tan relevante que el título sale de una nota al pie.
-Es cierto. Es que cuando yo empecé a pensar en el libro, se conectaba con algo que estaba sucediendo en la Guerra de las Malvinas: la noticia de que los ingleses tenían infrarrojos que permitían una visión nocturna del campo de batalla. Yo había pensado en situar la novela en ese momento, y después me pareció que era un poco demagógico. Entonces, elegí el año 72 porque hay pocos momentos neutros en la historia argentina y aunque éste no lo sea del todo –no se sabe si Perón va a volver o no a la Argentina, los movimientos de izquierda todavía no han entrado en lo que después fueron las acciones armadas propiamente dichas, etcétera–, otros años –el 73, el 76– tienen una carga, ¿no? Ese fue uno de los movimientos que tuvo el libro: cambiarle la cronología.

Sigue lloviendo como si eso fuera lo único que sabe hacer la tarde. Piglia cuenta que estuvo "entrampado" 20 minutos a la altura del Obelisco y hablamos un rato de impermeables, taxistas y botes salvavidas. Le gusta conversar; ante las preguntas tiene el gesto generoso de pensar en público sin temerle a la vacilación. Algo de ese ejercicio compartido de reflexión asomó en un curso que dictó recientemente en el Malba, donde rescató la narración como práctica social. "La experiencia de narrar es cotidiana", reafirma ahora. "Somos narradores y receptores de historias desde la infancia. Esa circulación de relatos es el contexto natural de la literatura y todos sabemos cuándo una historia funciona: los mejores relatos son los que no podemos olvidar". Esto, recuerda Piglia, fue estudiado con gran originalidad en Language in the Inner City, por el sociolingüista estadounidense Robin Lakoff, al investigar el lenguaje de los negros en Harlem en los años 50. "Cuénteme el día en que su vida estuvo en peligro, les pedía Lakoff, y comprobó que esos relatos espontáneos manejaban elementos clásicos de construcción narrativa y dosificación de los datos, que administraban el suspenso, etcétera.", confiesa, se cuidó para que Renzi no apareciera escribiendo su diario, práctica que el escritor alimenta desde hace décadas y que le pegó a su personaje, quien llevaría bien el apogeo de Twitter, la red social que exige ajustar cada pensamiento a 140 caracteres. "Los diarios trabajan con fragmentos, anotan situaciones sin desarrollarlas. La idea de poner un rastro y de tratar de trabajar sobre el presente es un punto de contacto con esta tecnología. Claro que el diario es siempre un experimento sobre la relación entre lo íntimo y lo público, lo íntimo y lo político, lo íntimo y la cultura. El diario de Pavese y otros que uno lee muestran, además, que con el tiempo los diarios también se modifican, habría que ver qué pasa con Twitter si es que son otros los datos que se incorporan, otras las formas de acercarse al presente.
- Hablamos ya de Luca. ¿Qué desafío le plantearon los personajes de Ada y Sofía?
- Mi intención con ellas fue ver si era posible contarlas como habitualmente, por prejuicios quizá, se cuenta a los hombres: en las novelas argentinas generalmente los únicos que toman decisiones son ellos y las mujeres están como si fueran un punto de referencia, esperando. Sofía y Ada, en cambio, son muy activas. Ellas son el motor de la trama, a partir de su relación con Tony Durán. La intriga gira alrededor del dinero que él lleva al pueblo y qué sucede cuando lo matan. Avanzado el libro, encontré además, el procedimiento del diálogo que Sofía tiene con Renzi, que en realidad comienza cuando él va a la casa de la familia, pero que aparece en la novela previamente, anticipándose. Eso también me permitió crear un contraste, porque es un poco el relato de Sofía, su versión de los hechos.
-Otra noción que explora la novela es la cercanía entre genialidad y desvarío. La locura como nombre que le damos a modos de percibir que se nos escapan.
- Es un tema que me interesa mucho. Siempre existe el problema de los límites de la percepción, lo que se puede ver en los rastros: en las caras de las personas con las que uno trata o en los elementos que uno percibe en la realidad. A mí me gusta mucho la expresión "sospechoso de demencia". Todos estamos por momentos en actitud de sospechosos de demencia, porque vemos demasiado sentido, porque creemos que todo tiene relación con todo; esos momentos donde aparecen datos que muchas veces son de lucidez pero amenazados por cierto delirio, como un exceso de significación.
-Me está hablando del comisario Croce...
-Es que yo tenía desde hacía mucho tiempo la idea de escribir un relato policial con un detective que estuviera loco, para romper un poco la tradición del género que siempre ha trabajado con el detective súper lúcido, alguien que produce los hechos por su propia dinámica, por su fuerza física, por su práctica con un costado de reflexión, como sería el caso de Marlow. Croce vino a encarnar una fórmula narrativa que yo estaba buscando: la idea de un comisario que resuelve muchas cosas por intuición, por casualidad, sin seguir todos los pasos de un protocolo de investigación. En el caso de Luca, la locura es el efecto que le produce la derrota; él no puede mantener su criterio de realidad luego de las cosas que le pasan en torno a la fábrica, a su padre, su hermano, ahí encuentra un punto de fuga.
-Renzi le pone un nombre a esas sensaciones y habla de un nuevo género: la "ficicón paranoica". ¿Tiende "Blanco nocturno" a eso?
- Sí, en parte. Yo siempre he tratado de abrir esa discusión. Porque uno conoce muchas ficciones donde los paranoicos son los delincuentes o las víctimas, que nunca se sabe si son realmente perseguidas o si se sienten amenazadas. Esa inminencia de alguna catástrofe forma parte de la tradición del género desde su origen. La ficción paranoica tendría que ver con el momento en el que también el detective queda incorporado a ese universo donde no hay un afuera, un espacio donde las cosas estarían normalizadas.
- ¿De dónde viene su fascinación por el policial?
- El modelo de relato como investigación me interesa mucho porque trata de reconstruir una historia que está fuera de la esce na, fuera de la superficie de la narración. Mis libros han tenido en común esa cuestión, con mayor o menor nitidez. Pero en este caso, por primera vez, si no me equivoco, aparece un protagonista que se asimila al género en un sentido explícito: es alguien que cumple la función que el género le da a los investigadores. - Es, por otra parte, un género que garantiza cierta intensidad. - Sí, el policial tiene la capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación, que todos conocemos porque siempre estamos investigando algo que no terminamos de entender y construyendo hipótesis que nos permitan descifrarlo. El género convierte eso en un elemento peligroso, de amenaza, de muerte, de crímenes. También está la idea de trabajar con la épica. El policial no tiene personajes...
-...planos?
-...planos, chatos. Son historias con una dimensión de peligro, de muerte. Todas estas son cosas que uno dice con algo de vergüenza, porque son aspiraciones más que realidades. Pero la idea de trabajar una historia que tuviese algún contacto con la épica formó parte de las decisiones previas. Yo vi a Luca como un personaje que tenía la estatura de un personaje que enfrenta situaciones que parece que fueran su propio destino.

Toda entrevista tiene sus derivas y ahora, café y agua mediante, hablamos un poco de viajes, lecturas y proyectos. Piglia cuenta que está leyendo unos relatos de Rudyard Kipling, que comparten la mesa de luz con 120 historias del cine, el libro de Alexander Kluge, y que a fin de mes regresa a los EE.UU., donde da clases desde 1986. La mención de Casa de Ottro, la novela de Marcelo Cohen que figura entre sus lecturas recientes ("su proyecto narrativo es muy sólido") le dispara una serie de reflexiones sobre cómo la literatura aventaja a otras artes a la hora de reflejar pensamientos: "Ahí también hay una intriga, ¿no? Uno desconfía de su propio sistema de pensamiento, porque a veces se pierde e imagina si los otros también tendrán pensamientos mínimos, que van y vienen. En cierto sentido la literatura viene a responder a eso porque en las novelas sabemos qué piensan los personajes, en tanto que con el resto de las personas, por más cerca que estemos, nunca podemos saberlo del todo". Cuando no lee, escribe.Trabaja en una serie de cuentos, aún sin título definitivo: "Quisiera escribir unos ocho y a lo mejor retomo algunos casos de Croce", dice. Otra idea que lo ronda desde hace años es la de contar la historia de un tío suyo, que en algún momento empezó a sentir que tenía algo en la cara –"una mancha, una deformación, nadie sabe"– y a taparse con una toalla ante los demás.

-¿Algo qué ver con su primo, el de la fábrica?
-No, éste era de la familia de mi madre.
-Su familia da para mucha literatura...
-(Se ríe). Sí, historias tengo muchísimas y espero poder contar ésta alguna vez. Para mí, lo más divertido, que creo es un poco lo que sucede en el mundo de la novela, es que nadie se asombraba en mi familia de esas reacciones. Era algo cotidiano. La familia normalizaba la circulación de esos relatos. Por el hecho mismo de estar encuadrado en esa especie de tribu, era un modo posible de funcionar.
-En su ensayo "El último lector", habla de la interrupción, de la interferencia como el gran tema de Kafka. Si fuera posible esa síntesis en relación con su obra, ¿cuál diría que ha sido el suyo?
-La voluntad de entender. Siempre hay algo en mis libros que tiene que ver con un personaje o varios que intentan comprender algo de lo que se está narrando que nunca se termina de descifrar. Eso está conectado con algo muy intenso en mi propia experiencia de vida: querer saber. Me interesa mucho la gente que sabe algo específico, esas cosas que alguien hace muy completamente: arreglar relojes, por ejemplo. Recuerdo que unos amigos que tenían una casa en el Tigre me invitaron un día a pescar. Yo había pescado en Mar del Plata, pero es distinto pescar en el río. Entonces me compré un manual de pesca.
-¿Aprendió a pescar en el libro?
-Fue suerte, pero leí el libro para aprender y después fui a pescar y ese día, por azar, yo pesqué más que los viejos pescadores de río. Esto sería para mí un ejemplo cómico de esa relación entre hacer algo y saber algo sobre lo que se hace.
-Hay algo de eso en las frases sobre la experiencia que escogió hace 30 años para abrir "Respiración artificial" y ahora para "Blanco nocturno". ¿La literatura es para usted un intento de poner en común el deporte individual de la experiencia?
-Para mí la experiencia supone el sentido. Es lo vivido más su sentido. De allí el epígrafe de T.S. Eliot que abre "Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido, una aproximación al sentido restaura la experiencia". Uno tiene la percepción de que no hay experiencia cuando eso que está viviendo se diluye sin encontrar significación, pero no una significación abstracta, sino para ese sujeto específico. La experiencia se da en esos momentos en que algo ilumina ese fragmento que uno está viviendo. La frase de Céline que escogí para este libro habla de eso: "La experiencia es una lámpara tenue que sólo ilumina a quien la sostiene". Me parece que la narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el sentido que tienen. Muchos de los héroes de las novelas que yo admiro están conectados con algo que va más allá de los acontecimientos, esa persecución de algo que permita capturar una significación, como Erdosain en Los siete locos o Ahab en Moby Dick.
-En noviembre cumplirá 70 años. ¿Tenía alguna fantasía en relación con esa fecha?
-No, para nada. Me siento más viejo, es una edad en la que uno empieza a tener con el futuro una relación diferente. Hay cambios, ciertas perturbaciones nuevas: uno duerme menos, se tarda más tiempo en llegar a los lugares. Para volver a la cuestión de la experiencia, yo no creo que se aprenda más, que uno vaya acumulando un conocimiento frente a los hechos. Medirnos por décadas me parece una facilidad que habría que revisar. Las cronologías y los modos de organizar los momentos culturales o políticos suelen ser distintos: no hay pensamientos conservadores garantizados porque las personas envejezcan y, se sabe: también hay ideas conservadoras en los jóvenes.
-Hablemos de ellos, entonces. Matilde, la madre de las gemelas, es el personaje con el que esta novela homenajea a los lectores. Lee todo el día, pero no literatura argentina porque dice que esas historias ya las conoce. ¿Qué historias desconocidas le ha contado a usted la literatura argentina reciente?
-Yo siempre leo con mucho interés las primeras novelas: uno puede identificar ahí los estilos, los tonos, eso es lo que cambia. Incluso tengo idea de escribir alguna vez un ensayo sobre primeras novelas en la Argentina. Por ejemplo, cuando leí El amparo, de Gustavo Ferreyra, tuve la sensación de que ahí había algo distinto: una mirada muy distanciada y al mismo tiempo muy intensa sobre acontecimientos cotidianos que toman una carga y un sentido amenazador, perturbador. En Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, me parece que hay un tipo de relato irónico, jugando con lo teórico y con cierta intrepidez de la narración, que habitualmente uno no asocia con un relato femenino porque en general lo que se encuentra es una especie de textura más o menos extraña, del tono Silvina Ocampo, una mirada de lo cotidiano tangencial, que tiene cierta inocencia y al mismo tiempo un elemento perverso, pero acá es al revés y eso lo valoro. En Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, el texto trabaja un mundo de mucha violencia pero al mismo tiempo hay una especie de sopor, del calor y de la droga, que producen cierta distorsión en la percepción muy interesante. Son apenas tres ejemplos; podríamos poner otros.
-Además de la noción de enigma, propia del policial, "Blanco nocturno" participa de la idea de misterio en los experimentos que Luca hace con sus sueños...
-El misterio se relaciona con la noción de lo fantástico, que suele ser problemática. En realidad eso era algo que mi primo de verdad hacía, de modo que los momentos más fantásticos del relato son reales: anotaba fragmentos de sus sueños en las paredes de la fábrica y uno los veía ahí, sin enteder del todo. Le había caído en las manos un libro de Carl Jung, para quien los sueños son un relato continuo, que se puede leer como tal y él adoptó esa hipótesis.
-¿Cómo se lleva usted con sus sueños, ¿los usa para escribir?
-Creo que los sueños le interesan mucho a quien los sueña y los cuenta, pero no siempre garantizan un buen relato. Me parecen más intrigantes ciertas escenas soñadas que persisten y se repiten a lo largo del tiempo. En mi caso, por ejemplo, es muy común que sueñe que estoy perdido en una ciudad.
-¿La misma?
-No, no es la misma ciudad ni creo que yo sea el mismo. Pero en todo caso, no me interesa tanto el sentido que pueda tener el sueño, aunque lo viva con angustia (¡los analistas se van a hacer una fiesta!), sino la aparición de la situación narrativa que podríamos considerar básica para comenzar un relato. Es un lindo comienzo: un individuo que llega a una ciudad y no sabe bien a dónde va ni qué está haciendo allí. ¿Será un marciano?, se pregunta uno.
- ¿Y qué se responde?
- Se lo cuento en otro libro.


Piglia Básico
Adrogué, Prov. de Bs. As., 1940.

Escritor, critico, docente Autor de ficción y ensayos, ha cruzado ambos géneros en su obra. Participó en las polémicas de la literatura argentina de los 60, anteponiendo Borges a Arlt, no como antagónicos, sino descubriendo cuánto de barbarie había en el refinado Borges, y cuánto de libresco en el "salvaje" Arlt. En 1967 publicó los relatos de "La invasión", iniciando una producción singular. Docente universitario en la Argentina y EE.UU., ha saltado de la literatura (donde viene pateando el tablero desde "Respiración artificial", de 1980) al cine (trabajó entre otros con Héctor Babenco), pasando por la ópera (adaptó con Gerardo Gandini su novela "La ciudad ausente") y el periodismo (donde destaca como su "mayor aporte a la crítica literaria" la sección de literatura argentina que editaba en la revista de historietas Fierro). En 1997 ganó el Premio Planeta con "Plata quemada", llevada al cine. Dirigió, además, los policiales de la Serie Negra.
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Así escribe
Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el restaurante del Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.

Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.

En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. Durán había venido a enriquecer esa mitología y su figura alcanzó una altura legendaria mucho antes del momento de su muerte.

Se podría hacer un diagrama con las idas y venidas de Tony por el pueblo, su deambular somnoliento por las veredas altas, sus caminatas hasta las cercanías de la fábrica abandonada y los campos desiertos. Pronto tuvo una percepción del orden y las jerarquías del lugar. Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales, el territorio parece ordenado por un cartógrafo esnob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después, en una franja de unas ocho cuadras está el llamado centro histórico (1) con la plaza, la municipalidad, la iglesia, y también la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos...

1. El pueblo esta en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilometros de la Capital. Fortin militar y lugar de asentamiento de tropas en la Epoca de la guerra contra el indio, el poblado se fundo realmente en 1905 cuando se construyo la estacion de feferrocarril, se delimitaron las parcelas del centro urbano y se distribuyeron las tierras del municipio. En la decada del cuarenta la erupcion de un volcan cubrio con un manto de ceniza la llanura y las casas. Los hombres y las mujeres se defefendian del polvo gris con la cara cubierta con escafandras de apicultores y mascaras para fumigar los campos.


Blanco nocturno
Ricardo Piglia
Anagrama
299 páginas
$59

3.8.10

Taibo II homenajea a Sandokan

En Los tigres de Malasia, su nueva novela, el autor español-mexicano busca cerrar un ajuste de cuentas con uno de sus escritores favoritos: Emilio Salgari

Paco Ignacio Taibo II,escritor español-mexicano, autor de la saga de Héctor Beloascarán Shine.CLARIDAD. "Era un hombre que tenía planteos avanzados y que tenía muy claro que la novela de aventuras gira en torno a la peripecia, la acción, y no a la retórica", dijo Taibo II sobre Salgari.foto.fuente:Revista Ñ

Los legendarios piratas Sandokán y Yáñez de Gomara, inventados por Emilio Salgari, han revivido en la pluma del mexicano Paco Ignacio Taibo II, quien se ha servido de ellos para hacer un homenaje festivo y apasionado al género literario de las novelas de aventuras.

"Yo siempre dije que una buena novela de aventuras se hace con enciclopedias malas y mucha imaginación. Lo importante no son las enciclopedias sino la mucha imaginación", dijo Taibo II.

El también biógrafo de Ernesto "Che" Guevara y de Pancho Villa acaba de publicar la novela Los Tigres de la Malasia (Planeta, 2010), en lo que busca ser un ajuste de cuentas con uno de sus héroes infantiles: el prolífico Salgari (1862-1911), un autor que admira pero que considera demasiado "políticamente correcto".

"Era un hombre que tenía planteos avanzados para su época en las aventuras y sobre todo tenía muy claro que la novela de aventuras gira en torno a la peripecia, la acción, no a la retórica", señala.

Taibo II confiesa que el autor veronés, que dejó un legado de más de 80 libros y un sinfín de relatos, "tenía unas aptitudes inmensas para ser un novelista popular", además de "una vena anticapitalista muy potente", y le considera en cierta medida un visionario.

"Es el primer hombre que tiene personajes femeninos centrales: Capitán Tormenta, Flor de Perlas, que era una rebelde filipina contra la colonia española", recuerda de Salgari, un hombre que llegó a ser ridiculizado en su tiempo y que acabó suicidándose.

El autor mexicano admite que él mismo es una especie de autor "sandokaniano", aludiendo así al espíritu justiciero y libertario que comparte con Sandokán, un príncipe de Borneo también conocido como "El tigre de Malasia".

Con su libro, Taibo II ha revivido al azote de los británicos del siglo XIX en el Öndico, Sandokán y a su fiel compañero, Yáñez de Gomara, un portugués, a quienes vuelve a hacer navegar en "La Mentirosa", su barco. Éste es una especie de pequeña utopía socialista donde todos sus tripulantes trabajan, incluso los náufragos que son rescatados.

Además de a Salgari la novela está llena de guiños a Rudyard Kipling, de viajes por Camboya, Goa (India) y Berlín (Alemania), tráfico de esclavos, fundamentalistas musulmanes, submarinos y banqueros filipinos amigos del poeta de la revolución cubana, José Martí, entre otros delirios literarios.

"Se trata de replantear la novela de aventuras, de revitalizarla", asegura Taibo II, quien dota de enorme fuerza al libro con su mezcolanza, técnicas literarias modernas y malas palabras "que Salgari nunca pudo usar".

Taibo II dice estar satisfecho con una obra que brinda "una revisión más maliciosa del mundo" de la que en su día propuso Salgari.

Para el autor, un personaje como el Sandokán de entonces "no sería pirata de mar" sino algo "más raro", porque la idea romántica que había tras la piratería de antaño hoy está pervertida.

Los confines del mundo son ya conocidos, y las víctimas de los piratas -sobre todo frente a las aguas de Somalia y otros países del este de µfrica- "son marineros inocentes" y los nuevos piratas carecen de poder de fuego "para combatir a los barcos modernos del planeta".

Convencido de que la literatura surge con tiempo y que además exige grandes dosis de imaginación, cree que en su libro ha usado "todos los recursos" del género de aventuras.

"La idea es reivindicar la novela aventuras como un soplo de oxígeno" en un momento de "tiempos muy oscuros", concluye Taibo II.

Finalmente, el también organizador de la Semana Negra de Gijón (España) hizo un balance muy positivo de la última edición celebrada del 9 al 18 de julio, donde hubo más de 850.000 visitantes y unos 150 autores participantes.

"Se puede decir que saltó por encima de la crisis. ­¡Ya la vida nos los cobrará el año que viene!", concluyó.