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30.9.10

Los nombres del misterio

El ensayista Luis Chitarroni propone en esta columna un proyecto ambicioso y fuera de época: armar un diccionario de detectives
Los detectives: personajes también para un diccionario.foto:archivo.fuente:Revista Ñ

Los principales exponentes del misterio y la resolución, desde el Lew Archer de Ross MacDonald hasta la Miss Marple de Agatha Christie formarían parte de este catálogo.

Siempre creí en la utilidad de un diccionario personal de detectives que me ayudara a resolver los enigmas menos importantes, esos que la realidad no escatima. Los detectives estarían representados por alguna de las letras del abecedario para no obstruir las facultades de intelección y detección con sus rasgos personales y prestarían servicio todo el día, de acuerdo con mis triviales requerimientos. Una segunda presunción imaginaria entorpeció este propósito: un diccionario exhaustivo de personajes, con sus rasgos individuales, para deleite pedantesco del que viste y calza. Tuve la suerte de nacer en época que disuade tales excesos. "Los libros de referencia", me dijeron sabiamente, "hoy sólo se ponen on line".

Puedo dar curso parcial a mis dos proyectos fallidos en esta columna. En términos de abarcar, empezaría probablemente con Lew Archer, de Ross MacDonald y terminaría seguramente con Aurelio Zen, de Michael Dibdin, respectivamente. Habría, sí, una mullida recepción para viejos conocidos como Nigel Strangeways, Gideon Fell y el teniente Columbo, entre otros. Dejaríamos lugar a Cornelia Gray y a otra dama menos inocente, la teniente Tennyson de Prime Suspect . Admito dos debilidades adicionales. Tienen el pudor de ser menos conocidas: Montagu Cork, de Macdonald Hastings, que trabaja en tres novelas extraordinarias e irrepetibles de los cincuenta: es probable que la época anterior a nuestro nacimiento ejerza un magnetismo superior a cualquier otra. Montagu no es un detective propiamente dicho sino un agente de seguros convertido por la compañía en que trabaja en investigador; sus pesquisas, programas de tiesa perfección a los que nunca deja de asistir personalmente, aunque tiene la imperturbabilidad de un "armchair detective", estilo de razonador que no se mueven de su sillón –o de su catrera–, como nuestro inolvidable y genial Isidro Parodi. Entre éstos, no me gustaría que Nero Wolfe de Rex Stout quedara sin mención, ni el príncipe Zalevsky, de M.P. Shiel.

El método de Cork es poco refinado: él no pertenece al conjunto de los que desconfían de la casualidad. Podría postularse, con mucho menos ingenio, a la vacante de Nigel Strangeways, si Strangeways necesitara suplente. O a la de Gideon Fell, que es ufano y circunspecto, casi tanto como Poirot pero exento de sus veleidades culinarias y sus remilgos contumaces.

De los últimos que estrené, de la escuela norteamericana de Texas, mi favorito es Kinky Friedman, un cantante country de mucha reputación en los tempranos setenta, integrante del combo "Los cowboys judíos". Uno de sus éxitos del grupo, escrito por el propio Kinky, fue: "Ya no se hacen judíos como Jesús en estos tiempos". Para reponerse de los devaneos y las arbitrariedades del éxito, de las interminables giras en ómnibus enormes con silueta de galgo y papeles de cocaína en todos los descansos, dedicó su ingenio a las novelas policiales en primera persona. El detective y el ex cantante son el mismo, y a escasa distancia de ambos está el autor, quien puede, en una página, celebrar las nupcias de Jimmie Rodgers y Jane Marple. Los aficionados a la novela de detectives deben de recordar a Miss Marple, otra creación de Agatha Christie cuyo método parecía un curso de corrección aprendido de la sensatez de las clases medias inglesas y de la sabiduría en extinción del diecinueve. Las conclusiones de Miss Marple no tienen la brillantez de las de Poirot, pero remedan con opaca condescendencia las del padre Brown de Chesterton. Jimmie Rodgers, por su parte, fue un cantante maravilloso, "el hombre que empezó todo", como recordó Bob Dylan, y, por lo tanto, precursor de precursores como Hank Williams y Woody Guthrie. Famoso por su yödl, modalidad tirolesa acomodada a la pradera, su canturreo sinusoide hizo memorable "Soñando con lágrimas en los ojos", que homenajeó, entre otros, Bono. Kinky vive solo con su gato y tiene como mascota adicional un armadillo. Es otro cuyo método consiste en una especie de fatua indolencia. La pesquisa la hacen por su cuenta las sagaces observaciones, que van armando, a lo largo de la novela, una especie de trama social de la que no escapan las costumbres alimenticias ni los mamarrachos de la moda. Entre Nueva York y Texas, el sistema de respuestas del hombre es chandleriano, de un laconismo terminal; y el humor, algo que los personajes de sus libros comparten. "Me gusta de los chinos", le dice su amigo Ratso, "que no responsabilizan a los judíos de la muerte de Jesús". "Sí", contesta Ramban, "pero creo que saben que fuimos los que contratamos al leñador".

A la altura de nuestra cornisa sin vista a la desesperación ni a la desesperanza está siempre el querido Maigret, a quien veo asomando de su solapa en las novelas que leía –una por día– mi profesor particular de contabilidad, en tercer año. Se ofreció a canjearme las clases por libros. Una vez que aprobé, ganó estima en mi memoria. Y todo lo que me enseñó se desvaneció para siempre.

23.8.10

El campo literario

Una nueva novela de Ricardo Piglia, sobre todo trece años después de la última, es un acontecimiento

Ricardo Piglia, autor de Respiración artificial.foto.fuente:pagina12.com.ar


Además, la aparición de Blanco nocturno (Anagrama) significa un giro en la obra de un autor que pretende no repetirse de libro a libro. Esta vez, Piglia recurre a los tonos y climas de un policial clásico y negro, ambientado en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Poblada de fantasmas de la historia y de personajes inolvidables, Blanco nocturno es una novela llamada a ocupar un lugar relevante en la literatura actual. El campo, sus secretos ocultos, el cruce entre el conflicto rural de 2008 y la novela, y hasta los efectos residuales del affaire Plata quemada, son algunos de los temas que se recorren en esta entrevista.

Después de varios años, con perfil bajo y como de costado, desbordando por la punta, aparece Ricardo Piglia con nueva novela, sorprendiendo por su espesor de "gran novela", con músculo épico y unas trescientas páginas. El mito se hizo realidad. Ya famosa por su título y la explicación de ese título –los soldados ingleses en Malvinas estaban provistos de anteojos infrarrojos que les permitían ver en la oscuridad y disparar sobre un blanco nocturno– que viene repicando desde el affaire Plata quemada, nada tiene que ver en forma explícita con la guerra de Malvinas. Quedó la resonancia del título. Blanco nocturno es un policial clásico, bastante riguroso como tal, una novela negra a la Ross MacDonald que empieza por el tópico del forastero que llega a un pueblo; luego se convierte en una intrincada y perturbadora trama familiar que hunde sus raíces en el pasado y termina por confrontar el campo y la máquina, la verdad y la justicia. Novela que se hace muy atrapante en la lectura pero no se agota ahí: deja residuo.

Novela de personajes alucinados a los que el destino les corta abruptamente el mambo delirante para ponerlos cara a cara frente a una gran decisión existencial, un abismo, el abismo de lo real. Vuelve Emilio Renzi, periodista y escritor de la eterna novela, comodín de autor, quien viaja de la capital a la ciudad chica de la provincia de Buenos Aires y descubre, como en una revelación lenta y distorsiva, que en el campo nada es lo que parece. Y todo circula y sucede como entre espejos deformantes, sinuosos y ondulados.

"En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana, y las diferencias entre las noticias de la región y las informaciones nacionales eran tan abismales que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante", se lee en Blanco nocturno. Y también:

"La gente del campo vivía en dos realidades, con dos morales, en dos mundos, por un lado se vestían con ropa inglesa y andaban por el campo en la pick-up saludando a la peonada como si fueran señores feudales, y por otro lado se mezclaban en todos los chanchullos sucios y hacían negociados con los rematadores y los exportadores de ganado".

Claro que no se trata de revelaciones definitivas, ni mucho menos. Sí permite descubrir que el campo es un lugar de la experiencia tanto como la ciudad. Permite el aprendizaje de los novatos, aunque parezca que no tiene nada nuevo, nada moderno para ofrecer.

Piglia vuelve con una novela de campo y pueblo chico, chismes y verdades ocultas, con Faulkner, Onetti, Puig y Walsh en la mochila.

Blanco nocturno es una novela de los '70 pero antes del vendaval desatado. Capta ese momento en que el huracán empieza a desplazarse pero todavía está en quietud ("tensa calma", escribiría Emilio Renzi en El Mundo). Todavía no vuelve Perón, todavía no muere Perón pero se viene del Cordobazo y los militares son casi excluyentes en el tinglado político. Blanco nocturno transcurre en un tiempo no marcado por los grandes hechos pero, así y todo, la trama de ficción se coloca en el centro de una trama política, económica y hasta financiera. Surgida de un hecho real, erige a una fábrica desmantelada en medio del desierto en la gran metáfora del relato. Una Utopía que participa en varios frentes a la vez pero se va corriendo vertiginosamente, imparable, de lo positivo a lo negativo. Del sueño a la pesadilla.

PAMPA BARBARA

Cuando se empieza con la lectura de Blanco nocturno, en las primeras veinte, treinta páginas parece que la gran construcción mitológica del relato va a ser la azarosa y fortuita vida de Tony Durán, mulato, quizá gigoló, seductor y carismático, nacido en Puerto Rico, criado y crecido en los Estados Unidos, quien desemboca en un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilómetros de la Capital Federal, a instancias de las mellizas Belladona, hijas de la familia más connotada de la ciudad, descendientes de la familia fundadora del pueblo. Se conocieron en el ambiente de los casinos de Atlantic City. Y sin embargo Tony Durán va a salir pronto de escena, esfumándose su fina estampa. Como si un personaje de la literatura norteamericana, un negro blanco, por ejemplo, experto en sobrevivir en el gótico sureño o en la jungla de cemento de Nueva York, sin embargo al entrar en contacto con la literatura de la llanura pampeana, se quedara empantanado, atrapado en las redes de nuestra tradición. Fagocitado, pobre hombre, comido por la literatura argentina.

Si bien su asesinato es la clave del asunto, lo es por varias razones que desplazan el interés hacia el otro personaje mítico del libro: Luca Belladona, el que alcanza alturas épicas pero adolece de pies de barro. Para completar la tragedia pueblerina, además de Emilio Renzi, están las mellizas y el muy querible comisario Croce, figura que puede desandar un recorrido desde Fray Mocho a Payró, pero que en sus afanes de Sherlock Holmes de pueblo también va a ser desafiado por las "fuerzas vivas", las que tejen y destejen a placer.

"Empecé Blanco nocturno, un poco a partir de un primo, un primo de la familia de mi padre al que yo quería muchísimo. Mi intención era hacer una historia con él y su decisión de sostener una fábrica en medio del campo, los conflictos que había enfrentado con parte de la familia. Ellos vieron que la situación venía mal y decidieron hacer una sociedad anónima. No le avisaron, llegó de improviso a una reunión donde se estaba decidiendo el futuro de la fábrica y tuvo un brote. Hizo un gran esfuerzo y finalmente se quedó con la planta de la fábrica", empieza Piglia. "Quise contarla primero como una historia familiar. Una segunda versión era una historia en la que Renzi estaba parando en una casa prestada, entraba en relación con una vecina que le contaba la historia de su hermano y la fábrica en el campo. Después, en el desarrollo de versiones ese lugar se fue poblando de otras historias y personajes. Pero el nudo central fue real."

Piglia habla del viejo anhelo –podría decirse ahora concretado en Blanco nocturno– de escribir una novela policial clásica. Y salen las referencias de Chandler y sobre todo Ross MacDonald.

"Yo tenía la ilusión de escribir una historia policial con un detective que estuviera loco, y aquí encontré el hilo conductor con el comisario Croce. No sé si es que está loco, pero toma decisiones que lo alejan de la lógica del policial y lo hacen aparecer como una especie de manosanta. A Ross MacDonald, sí, lo tuve muy presente, porque en sus novelas siempre va para atrás, las claves están en el pasado. El le pone al género esa idea de reconstruir la verdad hacia atrás. Para mí lo policial en la novela es Croce, porque yo la pensé como una novela de personajes, que tuviese una especie de parada épica, algo que me parece escasea en la literatura argentina. Algo que escape un poco al sentido más autobiográfico que tienen ahora las historias. El gesto vanguardista que siempre me acompaña en este caso es haber escrito una novela tradicional. Ahora hay mucha novela que empieza y se diluye, con una marca muy autobiográfica. Siempre me acuerdo de una frase de Néstor Sánchez, un tipo tan querido. Cuando dejó de escribir, buscándole una explicación dijo: Y, se me acabó la épica. Me pareció eso. Me dije: vamos a tratar de escribir algo que exceda la experiencia directa de los personajes.

En Blanco nocturno tienen mucho peso las locaciones, como si estuvieran cuidadosamente elegidas, como en una película. El campo, el pueblo de provincia, la fábrica desmantelada.

–Yo tenía los recuerdos de los veranos en el campo, en mi infancia, en Bolívar. Siempre localizo las historias en lugares en los que viví. Pero descubrí escribiéndola que el pueblo como locación tiene una virtud: a los personajes los podés manejar en un ambiente sin que haya interrupciones, como puede suceder en la ciudad. En la ciudad te perdés. En el pueblo, después te encuentro comiendo en el hotel, o en el club o en los dos o tres lugares que se frecuentan. Eso es interesante como mecanismo narrativo, porque los personajes logran tener una concentración y una unidad sólidas. Cuando nosotros empezamos, me refiero a Briante, Di Paola, Saer, en los primeros años de los '60, la cuestión que se planteaba mucho, aunque ahora parezca increíble, era que había que escribir novelas de la ciudad, porque las novelas del campo pertenecían a una tradición dominante. Escribir sobre la ciudad era lo moderno, lo nuevo.

Curiosamente casi todos los que mencionás venían de afuera.

–Sí. Miguel lo resolvió rápidamente en sus cuentos, Saer inventó ese lugar intermedio, la zona, entre el interior y la ciudad, y yo lo hice pero tarde. Puse toda esa tradición que siempre me interesó mucho en esta novela. Igualmente nos gustaban mucho Wernicke, Benito Lynch. Estaban cerca. Yo me tomé en serio lo de la ambientación en el campo. Me informé y recordé mi propia experiencia de esos veranos de los doce, trece, catorce años. Por ejemplo, la noche en el campo que es muy especial, el mundo social del club náutico, el hotel. Yo pasaba el verano entero en una casa en Bolívar que era de una hermana de mi padre, hablo de los años '50, era un campo mucho menos homogéneo que el actual.

El conflicto del campo sucedió en 2008, así que supongo que entonces estabas en pleno proceso de escribir Blanco nocturno. ¿Se cruzaron ahí campo y novela, cómo lo viviste?

–Me dio un impulso complementario porque vi aparecer otra vez el mito. Me dio la sensación de que el mito de los gauchos sabios, de las apariencias de inocencia del campo argentino contra la ciudad, volvían a cobrar vigencia. Lo que hay en la novela son algunos elementos que luego, con el conflicto del campo, se actualizaron. Y en verdad es un tema permanente. Tiene que ver con la propiedad de la tierra, negocios con la tierra. Yo no intenté ser anacrónico, pero digo un poco en broma que esta es mi novela sobre el campo, mi intervención en el debate del conflicto del campo.

EL INCENDIO Y LAS VISPERAS

La novela anterior a Blanco nocturno fue publicada en 1997: Plata quemada significó un éxito enorme por las ventas de la novela ganadora del premio Planeta y luego la película de Marcelo Piñeyro inspirada en la novela, pero también fue la fuente de muchos disgustos para Piglia. Sin ánimo de volver sobre el asunto, como es de público conocimiento se entretejieron varios juicios a su alrededor, de parte de algunos familiares de personajes de la novela (inspirada en hechos reales) y de personas que se sintieron damnificadas por el premio recibido por Piglia. Como si el título de la novela prefigurara algo de lo que pasó alrededor del dinero, el dinero y la literatura.

Piglia reconoce haberse sentido muy afectado, muy tocado por lo que sucedió, aunque no le atribuye la tardanza en terminar de escribir Blanco nocturno, al menos no en forma directa.

–Me afectó. A partir de esa circunstancia fue que yo acepté el trabajo de profesor de Literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, cuando vi cómo estaba todo. Se cuestionaba en primer lugar que yo había ganado ese dinero, entonces se cuestionaba el derecho de un escritor a presentarse a un concurso para ganar un dinero ligado al premio. Estoy en Princeton desde 1997. Eso me llevó a no escribir de inmediato otra novela. Aprendí mucho sobre la literatura argentina. La conocía, había leído y estudiado sobre cómo funciona la relación éxito-dinero-visibilidad. Flotaba en el aire que ese concurso estaba arreglado. Es probable, ni siquiera discuto eso. Pero si estaba arreglado, hay que hablar con los jurados. Y nadie puso a los jurados en el juego, me metieron a mí.

¿Sacaste alguna conclusión "literaria" sobre lo sucedido?

–A mí me sacó cualquier ilusión acerca de ese objeto de tanto interés como había sido siempre para mí la literatura argentina, la cultura argentina. Me pareció que me encontraba con otras situaciones que les habían pasado a otros escritores de la literatura argentina. Apareció en el terreno de la cultura algo que yo veo como la clave de la política actual: el escándalo define la política de los medios, que inventan escándalos todo el tiempo, como esas falsas peleas del programa de Tinelli. Esa lógica, en ese momento, entró en la cultura. Y también, ya pasó. Ya pasó precisamente porque todo seguía la lógica del escándalo, que siempre va en busca de uno nuevo.

Más allá de tu actividad como crítico, profesor, etcétera. ¿Qué lugar ocupa la ficción en tu vida?

–Estoy siempre interesado en la circulación de las ficciones. No porque yo crea que la realidad es una ficción, o porque crea que no hay punto de verdad o de realidad, para nada. Si tuviera que plantearlo en primera persona, diría que es la idea de la vida posible. En el hecho mismo de escribir el diario que escribo desde hace años, es lo mismo: la ilusión de que uno es otro. Es pensar el como si. ¿Qué hubiera pasado si me bajaba una estación antes del tren? Es imaginarnos en el terreno de lo posible. Ese creo que es el campo personal de la ficción que todos tenemos, no sólo los escritores.

¿Cómo ves la colocación actual de Respiración artificial, una novela que te sigue marcando y singularizando como escritor? Apunto una conjetura: no nació con espíritu de clásico, y casi treinta años después resulta difícil asimilarla a un clásico. No se clasicizó, si existe la palabra.

–En general en la literatura argentina todos los libros se parecen, y es difícil distinguir a un escritor de otro. Cuando apareció Respiración artificial se armó un poco de lío porque la novela sonaba muy rara. Ojalá mantenga ese desajuste que llamás no clásico. Me gustaría que fuera así. En cuanto a Blanco nocturno, es una novela que intenta estar narrada en un estilo épico, como te decía, con héroes, una intriga social y un tono narrativo irónico y estable. Eso por supuesto no quiere decir que sea buena, pero me interesó experimentar en esa línea.

Es notable cierta invisibilidad tuya. Más allá de tus estadías en Princeton, ¿es una postura deliberada no intervenir mucho en los espacios públicos, en los medios, no opinar?

–No creo que para existir haya que estar en los medios, en cierto momento me pareció que era mejor estar afuera de ese circuito. Ahora que volví a aparecer me sorprende que la literatura argentina sigue más o menos igual. Eso quiere decir, si no me equivoco, que el tiempo de la literatura no es el mismo que el de los medios. En cuanto a mis intervenciones en la vida pública, no me gustan los opinadores profesionales, prefiero intervenir con mis libros. Esta por ejemplo –ya lo dije en broma pero también lo digo de verdad– es mi novela sobre el campo.

21.8.10

La huella del crimen global

Enigma, investigación y detective son las claves de un género cargado de estereotipos. En los últimos años, el centro de la novela negra ha pasado de Estados Unidos e Inglaterra a países como Suecia. ¿Cómo se reconfigura en diferentes contextos sociales y económicos?

TENDENCIA. El policial en el mundo.fotoilustración.fuente:Revista Ñ

La historia ya no transcurre en Londres, París o Nueva York. Ahora los crímenes y los investigadores pueden encontrarse en cualquier parte del mundo, de Venecia a Pyongyang, de Atenas a Luanda, de Edimburgo a Valparaíso. La globalización de la novela policial plantea un nuevo enigma para la crítica literaria. Al margen de los planes de la industria editorial, las respuestas a ese misterio parecen encontrarse en las formas y las lecturas de un género que cambia y a la vez vuelve a los orígenes, cargado de estereotipos y simultáneamente abierto a reflexiones que no tienen lugar en otros textos literarios.

La difusión de la novela policial podría explicarse por el tipo de producción que supone. El ritmo regular de los autores, la entrega periódica al mercado, recuerda a los modos de circulación del folletín y la novela popular del siglo XIX. Puede tratarse de una decena de títulos, como los que dedicaron Maj Sjöwall (Suecia, 1935) y Per Wahlöö (Suecia, 1926-1975) al inspector Martin Beck, o de más de un centenar, posible récord que ostenta Sheiji Shimada (Japón, 1948). Históricamente, la figura del escritor de género ha estado desprovista del aura del escritor clásico, y esa circunstancia remite a condiciones frecuentes de trabajo: la escritura por encargo, la producción en serie. El nombre de autor puede funcionar como marca, y por eso las portadas de los libros lo destacan por encima del título de las obras.

Un relato policial necesita básicamente un enigma y un detective. La creación de un investigador permite desarrollar una saga; la saga, a su vez, favorece la instalación del autor, su familiarización con lectores de cualquier parte del mundo. Así como hay escritores dedicados a las intrigas policiales, también hay lectores exclusivos del género. Son parte muy interesada en el asunto, desde que Arthur Conan Doyle decidió matar a Sherlock Holmes y las quejas de los seguidores del detective decidieron su regreso, sano y salvo.

Los premios literarios, los festivales y encuentros de escritores y las colecciones del género realimentan un circuito que funciona de manera muy aceitada. La pionera Semana Negra de Gijón, donde se otorgan los premios Dashiell Hammett y Rodolfo Walsh, ha dado lugar a la Barcelona Negra, que tiene su premio Pepe Carvalho, y al Getafe Negro. El premio más importante en lengua española, al menos en términos económicos, es el que convoca la editorial RBA desde 2007 y que han ganado autores consagrados como Francisco González Ledesma (España, 1927), Andrea Camilleri (Italia, 1925) y Philip Kerr (Escocia, 1965).

RBA publica además "Serie Negra", una colección que reúne autores del boom nórdico, redactores de best-séllers y clásicos de la novela negra norteamericana. Para los lectores argentinos, el título remite a la colección que dirigió Ricardo Piglia para la Editorial Tiempo Contemporáneo, a fines de los años 60, y es un nuevo homenaje a la "Série Noire", de Gallimard, fundada en 1945 por Marcel Duhamel, con 2460 títulos publicados a la fecha.

Después de Wallander

A primera vista, ningún detective se parece a otro. Sin embargo, hay rasgos que se reiteran. En general, sufren a sus jefes, sea porque se trata de burócratas o porque están en medio de una enmarañada red donde se cruzan la CIA y la DEA, como le ocurre a Art Keller en El poder del perro (RHM), de Don Winslow (Estados Unidos, 1953). Pero el prototipo del investigador solitario no siempre garantiza un personaje logrado. Jack Reacher de Lee Child (Inglaterra, 1954), es un ex oficial de policía dedicado a hacer justicia allí donde lo necesiten, un vagabundo que recurre a la violencia y las armas para resolver sus problemas: un estereotipo reforzado con fórmulas trilladas del cine.

Hay creaciones calcadas sobre modelos célebres. Charlie Chan, el investigador metódico y de apariencia inofensiva, tiene un descendiente en el inspector O, detective de Corea del Norte creado por James Church (seudónimo de un presunto agente de inteligencia occidental "con años de experiencia en Asia", según el editor inglés). El inspector Morimoto, de Timothy Hemion (Inglaterra, 1961), sigue los pasos de Sherlock Holmes en la ciudad de Okayama.

La impronta de Kurt Wallander, el personaje de Henning Mankell (Suecia, 1948), resulta notable en las nuevas versiones. Los investigadores privados suelen acusar, como él, los efectos de una vida privada poco feliz. Además de los casos policiales, tienen que resolver una novela familiar. No todos gozan de un matrimonio diáfano, como el comisario Brunetti, el personaje veneciano de Donna Leon (Estados Unidos, 1942). El inspector Rebus, de Ian Rankin (Escocia, 1960), tiene una mujer que no lo comprende. Su colega Erlendur Sveinsson, personaje de Arnaldur Indridason (Islandia, 1961), perdió un hermano, está separado y su hija es drogadicta. Harry Hole, de Jo Nesbo (Noruega, 1960), lucha contra la adicción al alcohol, un vicio recurrente.

La pareja de personajes de carácter opuesto y complementario sigue presente. Roberto Ampuero (Chile, 1951) recurre con buen resultado a ese tópico en la saga del detective Cayetano Brulé y su ayudante Bernardo Suzuki, inaugurada con ¿Quién mató a Cristián Klustermann? (Norma), donde la intriga policial se asocia con el exilio chileno durante la dictadura de Pinochet. Nacido en La Habana y radicado en Valparaíso, Brulé es un detective graduado en una academia de Miami que por lo general se dedica a trabajos modestos, pero cuyos servicios también son requeridos cuando la policía no puede resolver un caso. "Soy un proletario de la investigación policial", dice.

La pareja puede ser mixta. Harlan Coben, cuyas historias suelen apelar a las ideas más conservadoras de los lectores, presenta a Loren Muse, jefa policial que debe lidiar con el machismo de sus subordinados, y el fiscal Paul Copeland. La inspectora Petra Delicado y su ayudante Fermín Garzón son los protagonistas de las novelas de Alicia Giménez Bartlett (España, 1951). En Ojos violetas, Stephen Woodworth inicia la serie del agente del FBI Dan Atwater y Natalie Lindstrom, detective psíquica que puede hablar con las almas de los muertos y hacer de médium para que testimonien en procesos judiciales. Algunos dúos exploran lo bizarro: Jonathan Kellerman (Estados Unidos, 1949) ha construido una saga sobre la base de los casos de un psicólogo infantil al que asiste un oficial de policía gay y con inclinaciones literarias. Y también hay protagonistas colectivos. Si bien tienen como eje al comisario Adamsberg, las novelas de Fred Vargas (Francia, 1957) ponen en escena el conjunto de un cuerpo policial, al estilo de Ed McBain (Estados Unidos, 1926-2005), autor con influencia sostenida en la tematización realista de los procedimientos policiales.

Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004) ha compuesto la pareja más atractiva de los últimos tiempos. Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, los protagonistas de la trilogía Millenium, están marcados por el fracaso y el sufrimiento, y esos reveses los vuelven carismáticos. Blomkvist es además un lector de novelas policiales; y los libros que lee, en el curso de Los hombres que no amaban a las mujeres, son guiños cómplices para el lector de género: antes de descubrir que el heredero de las empresas Vanger secuestra, tortura y asesina mujeres, lee una novela de Val McDermid sobre un asesino con esas características; cuando se asocia con Lisbeth Salander, lee otra de Sara Paretsky, cuya protagonista es una mujer detective de características insólitas, como su compañera.

"No soy un detective privado", aclara Blomkvist. Pero es él quien se encarga de resolver la desaparición de Harriet Vanger. El investigador aficionado, una figura a la que la novela negra parecía haber liquidado, goza de buena salud. Giorgio Todde (Italia, 1951) toma como personaje a Efisio Marini, un médico embalsamador sardo que vivió entre 1835 y 1900; Celil Oker (Turquía, 1952), a un detective expulsado de la Fuerza Aérea; Saskia Noort (Holanda, 1967), a una diseñadora gráfica devenida a la fuerza en investigadora de unos crímenes. Este retorno se explica también por una característica de cierto tipo de autores que atrae a la industria editorial: un escritor también aficionado, que llega al género desde disciplinas heterogéneas y está calificado no en términos literarios sino por su desempeño en algún ámbito relacionado con la investigación criminal. La antropóloga forense Kathy Reichs (Estados Unidos, 1950), la abogada Asa Larsson (Suecia, 1966) y el periodista Stieg Larsson pueden encuadrar en esta corriente.
Sus personajes son a la vez sus alter ego.

Negro al cuadrado

El centro de irradiación de la novela policial ya no se encuentra en Estados Unidos ni en Inglaterra, pese a la importancia de escritores como James Ellroy (Estados Unidos, 1948). Los autores más difundidos provienen de países sin mucha tradición en el género, como Suecia o Escocia.

El desarrollo más sorprendente de la novela policial quizá pueda encontrarse en la literatura africana contemporánea. El último descubrimiento de las editoriales europeas y norteamericanas es Deon Meyer (Sudáfrica, 1958). Pero el desarrollo del género tiene una historia rica y compleja en el continente.

Achille Ngoye (Congo, 1944) fue el primer africano publicado en la "Serie Noire" de Gallimard, con Agence Black Bafoussa (1996), cuya historia comienza con el asesinato en París de un activista africano que lucha contra el dictador de un país imaginario. Ngoye atribuye el interés del policial a tres factores: es una vertiente aún inexplorada en la literatura africana; permite acceder a un público amplio y difundir ideas y, finalmente, "la vida no es tan rosa como se la quiere presentar".

Otro autor muy difundido en francés y en español, Yasmina Khadra (Argelia, 1955), desarrolló la saga de Brahim Llob, un comisario aficionado a escribir novelas policiales, al que termina por dar muerte en la novela El otoño de las quimeras (1998). Khadra es el seudónimo femenino adoptado por Mohamed Moulessehoul, ex comandante del ejército de su país. La novela policial tiene un desarrollo sostenido en Argelia al menos desde los años 70, y en los últimos años ha cobrado un nuevo impulso con autores jóvenes.

Driss Chraïbi (Marruecos, 1926-2007) produjo una serie donde el relato policial se cruza con la sátira política. En El hombre que venía del pasado, su personaje, el inspector Alí, investiga la presunta muerte de Bin Laden en Marrakech. Su compatriota Miloudi Hamdouchi, alias Colombo, escribe novelas policiales más ortodoxas, con la autoridad que le da su condición de ex comisario y criminólogo. Alain Mabanckou (Congo, 1966) toma el tema de los asesinos seriales, con African Psycho (2005).

En Senegal, el género se desarrolla a partir de Abasse Ndione (1946). En Tanzania, Ben Mtobwa (1958-2008) inauguró el género en swahili con Dar es Salaam usiku (1998). En Malí, Aïda Maly Diallo, una de las primeras africanas dedicadas al género; su novela Kouty, memoria de sangre, también traducida al español, narra la historia de una niña que venga la masacre de su familia por saqueadores tuaregs.

Una característica del policial africano es que el culto del género resulta menos importante que su utilidad para la difusión de ideas, como ocurre en la trilogía Variations on the theme of an African Dictatorship, de Nuruddin Farah (Somalía, 1945). Pepetela (Artur Pestana dos Santos Angola, 1941) creó el personaje Jaime Bunda, como parodia de James Bond, para satirizar la vida en Luanda y plantear una mirada crítica sobre la política sudafricana y la política de Estados Unidos hacia el continente. Bunda es un James Bond sin tecnología, subdesarrollado, y sus historias, dice Pepetela, constituyen "falsos policiales" en la medida en que "el argumento policial es un pretexto para analizar la sociedad".

Enigmas en el jarrón

"Una sociedad queda retratada por los crímenes que se producen", dice Lorenzo Silva (España, 1966), pero esa frase ya es un cliché. Que la policía sea ineficaz y las instituciones no funcionen son casi condiciones de posibilidad para un relato policial. Decir que la novela policial, en Suecia, descubre el lado oscuro del estado socialdemócrata es más bien un argumento de marketing. Por otra parte, en contradicción con la visión crítica que se atribuyen, los escritores europeos y norteamericanos suelen reafirmar el rol central del Estado y en particular de la policía en la investigación criminal. A la luz de la historia reciente, ese tipo de personaje es inverosímil en América Latina; pero más que un obstáculo puede tratarse de una posibilidad para desarrollar un sentido propio del género, como muestra Trampa para ángeles de barro, de Renzo Rossello (Uruguay, 1960), donde un policía marginal, con un pasado oscuro como agente de inteligencia, y un delincuente se mueven en una trama manejada donde se enlazan la corrupción, la pequeña delincuencia y un par de personajes memorables.

Petros Márkaris (Turquía, 1937) reivindica la tradición crítica del género, pero no tanto en relación con la novela negra norteamericana como a la literatura europea, y en particular con Bertold Brecht. El autor de la saga del comisario Kostas Jaritos (Tusquets) describe el relato policial como "novela social" enfocada en la actualidad: a partir de la caída del Muro de Berlín, dice, el crimen se ha globalizado y la economía del delito se ha expandido de tal forma que no puede distinguirse de la economía de origen legal.

Las historias, entonces, pueden situarse en cualquier lugar. Así, las novelas de Mari Jugnstedt (Suecia, 1962) transcurren en la isla de Gotland; las de Asa Larsson en el pueblo de Kiruna; las de Arnaldur Indridason en Rejkiavik. Los escritores reparan en su entorno, aunque con logros diferentes. La ciudad de Oslo no pasa de ser un simple decorado en las novelas de Jo Nesbo; Philip Kerr se propone hacer de Berlín "un carácter de la misma manera que Los Angeles es un carácter en Chandler: un sentido de lugar es esencial en una buena ficción".

En Los hombres que no amaban a las mujeres, el misterio está planteado en la isla de Hedeby, en un momento en que un accidente bloqueó la comunicación con el continente. Larsson retoma así un antiguo tópico: el misterio del cuarto cerrado, el crimen cometido en una habitación a la que es imposible entrar y de la que es imposible salir. Pero la referencia del sueco no es Edgar Allan Poe, el escritor que estableció ese tema y fundó el género, con Los crímenes de la calle Morgue (1841), sino Dorothy L. Sayers, una escritora menor pero emblemática de la antigua novela policial, aquella del enigma en el jarrón veneciano, según la expresión de Raymond Chandler para rechazar ese tipo de literatura.

Blomkvist investiga un misterio con una lista cerrada de sospechosos. Este rasgo recuerda a las novelas de Agatha Christie, referencia que reaparece explícitamente en otros escritores, como Fred Vargas. La creciente difusión de la novela policial de corte histórico, las intrigas ambientadas en un pasado lejano o con enigmas que remiten a épocas remotas y, en consecuencia, desatan investigaciones complejas son otros indicios de que el predominio de la novela negra como forma del relato policial está actualmente en cuestión.

"Cuando te aproximas a algo debes saber qué puedes esperar de él. Y debes esperar precisamente aquello que constituye su esencia", decía la poeta rusa Marina Tsvetáieva. La esencia de la novela policial consiste en unos pocos elementos que se mantienen invariables y que no podrían cambiar. Un enigma, el relato de una investigación, un detective, cierta iluminación del mundo: no hay mucho más. La clave de la difusión del género se encuentra en esa fórmula vigente desde sus orígenes y susceptible de las más diversas realizaciones. El encanto de un relato policial no consiste en acontecimientos irrepetibles ni en personajes novedosos, sino en ofrecer a los lectores la combinación de los mismos elementos, la repetición de una aventura inesperada.

La muerte y la brújula
Vicente Battista
En 1841 Edgar Allan Poe publica Los crímenes de la calle Morgue y establece las pautas de lo que poco después se conocería como "género policial". Tres años antes, en Buenos Aires, Esteban Echeverría había escrito El matadero (que se publicaría póstumamente en 1874), un texto en el que se pueden advertir algunos elementos cercanos a ese género. Aunque la violación y la muerte del joven unitario no bastan para tildar de policial a El Matadero, a su manera preanunciará la importancia que en la Argentina iba a tener ese modo de la literatura. No es casual que la primera novela policial publicada en lengua española haya aparecido en Buenos Aires. Se trata de La huella del crimen, de Raúl Waleis (pseudónimo de Luis V. Varela), editada en 1877 por Imprenta y Librerías de Mayo y anunciada bajo el rubro de "Novela Jurídica Orijinal" (sic). Su personaje clave es el comisario L'Archiduc, policía de París, que también será protagonista en Clemencia, la siguiente novela de Waleis. Para realizar sus investigaciones L'Archiduc recurre a la metodología que haría famoso a Sherlock Holmes. A Holmes lo encontraremos por primera vez en Estudio en escarlata, publicada en 1887. Como ya hemos visto, el comisario L'Archiduc resuelve su primer caso en 1877; es decir, lo hace diez años antes de que el célebre detective de Baker Street se diera a conocer.

L'Archiduc sigue los pasos de Monsieur Lecocq quien, a su vez, transita la senda trazada por el chevalier Dupin. Puro espíritu británico, en Estudio en escarlata Holmes ignora a L'Archiduc (es muy improbable que oyera hablar de él) y se burla de Dupin ("no cabe duda de que los análisis de Dupin eran geniales, pero no eran en absoluto el fenómeno que Poe parecía describir") y de Lecocq ("lo que Lecocq tarda al menos seis meses en conseguir me hubiera llevado a mí menos de veinticuatro horas"). Sin embargo, el sarcasmo de Holmes no alcanza a quebrar esa cadena del policial que comienza con Poe, continúa con Gaboriu, quien humildemente se considera su discípulo, se extiende a Waleis, quien a su vez se confiesa discípulo de Gaboriu, y se prolonga en Conan Doyle. Es interesante detenerse en ese ciclo para comprobar de qué modo el género policial se incorpora de inmediato en estas tierras. Basta con evocar a todos los escritores argentinos que lo practicaron y practican para comprender que llegó con el propósito de multiplicarse. Podríamos aventurar distintas hipótesis para explicar esa situación, desde nuestra necesidad de resolver enigmas hasta los modos particularmente violentos de enfrentar conflictos. En estas dos características –enigma/violencia– se centran los dos esenciales modos del policial, tanto el propuesto por Edgar Allan Poe como el propuesto por Dashiell Hammett. Pienso que hay un escritor argentino, Rodolfo Walsh, que aglutina y sintetiza ambos modos.

En 1953 Walsh compiló Diez cuentos policiales argentinos, la primera antología del género editada en nuestro país. En ese mismo año dio a conocer Variaciones en rojo, un volumen de cuentos policiales que tendrá por protagonista a Daniel Hernández, un corrector de pruebas que deviene detective llevado por las circunstancias: "Daniel no se habría interesado en la solución de problemas criminales –señala Walsh en el prólogo del libro– ni habría llevado su antigua amistad con el comisario Jiménez al nivel de una activa –y a veces molesta– colaboración". Además de Jiménez, policía en actividad, Walsh puso en escena a otro comisario, Laurenzi, algo irónico y muy suspicaz, pero ya retirado de la Fuerza. La misión de Hernández, de Jiménez y de Laurenzi es resolver enigmas, por consiguiente obedecen a las pautas del policial clásico, "género del que hoy abomino", confesaría Walsh un par de años después; exactamente en 1956, cuando llegó a sus oídos que podría haber sobrevivientes del fusilamiento clandestino que ordenara el general Aramburu para los supuestos participantes del alzamiento comandado por el general Valle. Buscó las fuentes y el resultado fue Operación Masacre, libro con el que inauguraría un nuevo género. "No fiction", lo bautizaron en los Estados Unidos y le otorgaron la paternidad a Truman Capote y a Norman Mailer, por A sangre fría y por La canción del verdugo, aunque ambas novelas aparecieron muchos años después de Operación Masacre. Poco importa el desliz, lo que de verdad interesa es que todos esos títulos se refieren a hechos criminales. Los libros posteriores de Walsh –¿Quién mató a Rosendo? (1969) y El Caso Satanovsky (1973)– consolidarán esa manera de contar la historia, con palabras precisas, definitivas, los modos típicos del policial negro.

El viernes 25 de marzo de 1977, en una esquina de San Juan y Entre Ríos, en el barrio de San Cristóbal, Rodolfo Walsh fue cercado por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Tuvo tiempo de sacar la pistola calibre 22, pero no le sirvió de nada: los sicarios lo acribillaron a balazos y de inmediato, como quien recoge un trofeo, se llevaron su cadáver; aún continúa desaparecido. Si bien fue un crimen político, uno de los muchos que se cometieron en la última dictadura, no se puede negar que esa muerte heroica contiene el desgarro y la violencia de un excelente texto policial. Aquel que por estas tierras prefigurara El matadero y que se fue multiplicando sin descanso hasta llegar a nuestros días.

Asesinatos en el frío de Islandia

Certifica.com

16.8.10

Todo bien, Ma. Sólo estoy sangrando

El alemán Peter Handke, el francés George Simenon y los norteamericanos Richard Ford y James Ellroy son cuatro autores duros curtidos en el policial y el desasosiego. Pero también, en un momento de sus vidas, debieron enfrentar el abismo insondable de la enfermedad, el asesinato, la agonía y la muerte de sus madres

fotos.fuente:pagina12.com.ar

Casualmente (o no), los libros que les dedicaron a ellas, ajenos tanto a la ficción como a la no ficción, fueron editados o están a punto de ser reeditados en Argentina. Guillermo Saccomanno se sumergió en ellos para explorar el modo en que esas relaciones umbilicales forjaron universos literarios densos, cargados de crimen y dolor.

1 En 1971, siete semanas después del suicidio de su madre con una sobredosis de somníferos, Peter Handke enfrenta el duelo. Tiene treinta y dos años. Ha ganado fama, como su admirado Thomas Bernhard, de escritor polémico. Escribe contra la corriente, contra las prosas estandarizadas y las ideas tranquilizadoras. Supo declarar: "La veneración por la literatura se fue al carajo. Ya nadie respeta a los escritores. En principio porque ellos se han perdido el respeto".

Frente a la ausencia y el duelo, el escritor se plantea, tarea ardua, no hacer literatura. Pero empieza con dos acápites, uno de Bob Dylan: "He not busy being born, is busy dying", correspondiente a "It's all right, Ma. I'm only bleeding". Y otro de Patricia Highsmith: "Dusk was falling quickly. It was just after 7 p.m., and the month was October", de "A Dog's Ransom". Durante dos meses, renegando contra la literatura, se agarra de la construcción de una historia. Anota: "Quisiera ponerme a trabajar antes de que la necesidad de escribir sobre ella, que en el entierro fue tan fuerte, se convierta de nuevo en embotamiento, aquel quedarse sin habla con que reaccioné a la noticia de su suicidio". Teme, en este embotamiento, quedarse estúpido martillando una sola letra. Intenta escribir. Lo asalta el vértigo, pero en el vértigo se siente mejor que en la parálisis. "Por fin se acabó el aburrimiento", anota. De entrada se prohíbe la compasión. Empieza copiando la necrológica publicada en el diario local, un pueblo de Carintia. Los estados por los que pasa se caracterizan por el estupor y el desconcierto. Un suicidio es siempre un enigma. Además, interpela.

"Heredé de mi madre estas pulsiones. Bebí, consumí drogas y fui de putas con el descaro de quien cuenta con complicidad y es perdonado. La suerte y una prudencia de cobarde me impidieron caer en el abismo." James Ellroy

"No hay palabras, se dice a menudo en las historias, o bien: no se puede describir", y las más de las veces considero que esto son excusas para la pereza; sin embargo, esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje. Trata de momentos en los que la conciencia, de puro pavor, da un brinco; de estadios de espanto, tan breves que para ellos el lenguaje llega siempre demasiado tarde; de procesos oníricos tan horribles que uno los vive de un modo físico, corporal, como gusanos que estuvieran en la conciencia." Una infancia miserable de aldeana sometida, la de su madre. Una ideología del ahorro, de las privaciones. Después la juventud, como un letargo. El nazismo, un estallido que la anima. El trabajo se vuelve deportivo. Y la mujer se siente, por fin, que tiene algo, que es parte de algo. La guerra le arrebata dos hermanos. La posguerra, dos conyugalidades fallidas: la primera porque su hombre, un empleado de correos, la abandona. La segunda, con un suboficial de la Wermacht, luego mecánico, borracho y golpeador. "Era muy fácil humillarla", anota Handke. También están los hijos. Y los abortos. Frisando los cuarenta la mujer se vuelve socialista. También lectora: Dostoievski, Faulkner, Wolfe. "Los libros los leía como si fueran una descripción de su propia vida, los vivía; con la lectura salía de sí misma por primera vez en su vida, aprendía a hablar de 'ella misma', con cada libro se le ocurría algo más sobre sí misma. De este modo, poco a poco fui conociéndola." De pronto, el relato se encamina, fluye. Pero el fluir es engañoso. Escribir la madre, también lo sabe, puede ser escribirse. Handke no se deja engañar. La reconstrucción de la vida de la madre lo mantiene en un alerta constante de sí: "A partir de ahora tengo que poner atención para que la historia no se cuente demasiado por sí misma". La conciencia alerta todo el tiempo. "A veces, trabajando en esta historia, me he hartado de tanta franqueza y de tanta honradez, y he deseado ardientemente escribir algo en lo que pudiera mentir un poco y en lo que pudiera disfrazarme, por ejemplo, una obra de teatro."

El lector puede cuestionar: si Handke no quiere hacer literatura, ¿con qué intención publica esta escritura? ¿No es acaso una teatralización darlo a una editorial? ¿Siente el dolor o lo actúa? Contradiciendo sus reparos, el relato no se detiene: confesión, crónica, biografía y, por qué no, catarsis. "El horror es algo que pertenece a las leyes de la Naturaleza: el horror vacuo de la conciencia. La representación se está formando en estos momentos y de repente advierte uno que no hay nada que representar. Entonces esta representación se cae como un personaje de dibujos animados que se da cuenta que lleva mucho tiempo andando por los aires." Si bien es cierto que todo relato testimonial comparte los elementos retóricos de la narración y que Desgracia impeorable –así se titula este libro–, lo es lo que escribe Handke, contra su intención, puede ser leído como una novela.

Una promesa incumplida termina el relato: "Más adelante escribiré algo más preciso sobre todo esto".

"¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no. Mi madre y yo nunca estuvimos unidos por la culpa, la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que éste fuera fiable y lo fue." Richard Ford

2 "En el fondo, estamos solos nosotros dos, afrontándonos en cierto modo. Tú tienes noventa y un años, pero, para mí, no has envejecido. Siempre has tenido ese rostro fino, esa tez mate, esos labios que a veces se estiran." Georges Simenon, el autor prolífico de novelas policiales que llegó a enriquecerse produciendo una por mes, escribe a los setenta años su Carta a mi madre, en 1974, tres años y medio después de su muerte en un hospital de Lieja. "Nunca te llamé 'mamá', sino 'madre' como tampoco llamaba 'papá' a mi padre. ¿Por qué? ¿A qué se debió esto? Lo ignoro." Desde el vamos, la pregunta clave: ¿por qué escribir una carta a quien no la leerá ni la responderá? Sus preguntas aumentan.

Simenon es hijo de pobres: su madre era la decimotercera de una familia venida a menos. De chica la familia la consideraba el "pajarito para el gato". Su hijo habrá de definirla como "una extranjerita". Se casó con Desiré Simenon, un empleado público. Una vida signada por las estreches. Cuando pudo ser propietaria de una casa, alquiló habitaciones a estudiantes, viajeros, corredores. Cuando su hijo, ya escritor millonario, la invita a sus residencias lujosas, ella lo visitaba casi andrajosa queriendo, además de recordarle su origen humilde, irritarlo. No lo consigue. El hijo, aun en la opulencia, no esconde su origen humilde. Por el contrario, refiriéndose a su barrio de infancia anota: "Empleados, encargados, viudas con pensión, lo que yo llamo gente humilde y, aún hoy, me considero uno de ellos". Si se analiza su literatura se verá que sus protagonistas son realmente gente humilde. El ciclo de novelas del comisario Maigret trata de crímenes pequeño burgueses, de clase baja y lúmpenes. No requieren una deducción sofisticada. Las novelas unitarias, independientes de Maigret, más sagaces y penetrantes, se concentran en tramas de seres anodinos que no son tan atractivas como sus personajes y sus climas. En la carta que escribe a su madre, para comprenderla, procura aplicar esa mirada que inspecciona y domina a los humildes. Quiere comprenderla: "Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí".

Viajero curioso, compañero de juergas de Lacan, mujeriego célebre, sabedor de todas las mezquindades, observador de la gente que nunca saldrá en un diario si no es en la página de policiales o necrológicas, para él comprender a su madre es una investigación que supera la perspicacia del comisario Maigret. Las preguntas se le multiplican al internarse en la escritura. Se vuelven tan obsesivas como infantiles. Un Simenon apichonado retorna una y otra vez a la infancia obsedido por secretos cuya revelación no lo consuelan. Se pregunta si alguna vez, como hijo, fue querido por su madre, y le consterna comprobar que ella hubiera preferido que muriera antes él que su hermano Christian. Se pregunta si ella amó a su padre, y le azora comprobar que su padre fue apenas un partido conveniente. Se pregunta cómo ella, tras enviudar, pudo casarse por segunda vez con un viejo y confirma que lo hizo esperando enviudar nuevamente y quedarse con una pensión.

"Sufrías la vida, no la vivías", anota Simenon. Preguntas y preguntas. Las que encuentran respuesta pintan cada vez peor a una neurasténica que muele a patadas a su hijo, una avara que rapiña y recela del prójimo, aunque de tanto en tanto suele hacerse la caritativa ayudando a algún menesteroso. "Era necesario, era indispensable que te sintieras buena." Ocho días pasa Simenon en Lieja visitando a su madre en el hospital: "Seguías siendo una extraña para mí", anota después en su carta. "Mientras viviste nunca nos quisimos, bien lo sabes. Los dos fingimos." Aunque la carta empieza: "Querida mamá", sobre el final, el hijo atormentado por la culpa se esfuerza en una reconciliación y afloja: "Querida mamita", escribe. "¿Cómo podría guardarte rencor?", se pregunta. "Seguí pensando. Seguí intentando comprenderte. Y comprendí que durante toda tu vida habías sido buena." Después concluye: "Como ves, madre, eres una de las personas más complejas que he conocido".

"Los libros los leía como si fueran una descripción de su propia vida, los vivía; con la lectura salía de sí misma por primera vez en su vida, aprendía a hablar de 'ella misma', con cada libro se le ocurría algo más sobre sí misma. De este modo, poco a poco fui conociéndola." Peter Handke

3 "En 1973 mi madre descubrió que tenía un cáncer de pecho", escribe Richard Ford. "La muerte se toma un largo tiempo antes de culminar su tarea. Y en ese tiempo, en su esencia misma, hay una vida que debe vivirse eficazmente. Es lo que hicimos. Había siete años por delante, pero no lo sabíamos. Así que continuamos de la misma manera. Volvimos a estar lejos. A visitarnos. A insistir en que la vida es estar vivo, en la convicción de que muy difícilmente podía ser menos. Charlas por teléfono, visitas, viajes, amigos, acontecimientos. Una necesidad más acusada de saber 'cómo estaban las cosas' y una voluntad de que resultaran perfectas para el momento presente."

En el marco de una literatura, como la norteamericana, signada por la búsqueda del padre, donde lo primero que un joven escritor suele publicar es el recuerdo de cuando su padre lo llevó a cazar o pescar, Mi madre es rara avis. Escrito cuando Ford tiene cuarenta y tres años, publicado en 1988 en una editorial de Portland, el relato apela al registro de crónica intimista y persigue un examen de conciencia. Al describir el origen de su madre en un rincón de Arkansas, un territorio duro, Ford aclara: "No hago hincapié en estas circunstancias por sus posibilidades novelísticas ni porque piense que otorgan a la vida de mi madre ninguna cualidad especial, sino por la impresión que dan de pertenecer a una época remota y un lugar lejano e inaccesible. Y, sin embargo, mi madre, a quien amaba y conocía muy bien, me vincula a ese territorio extraño, a eso otro que fue su vida y de lo que en realidad no sé ni supe nunca demasiado. Es una cualidad de la vida de nuestros padres que a menudo nos pasa inadvertida y por consiguiente no le damos importancia. Los padres nos conectan –por encerrados que estemos en nuestra vida– con algo que nosotros no somos pero ellos sí, una amenidad, tal vez un misterio, que hace que, aun cuando estemos juntos, estemos solos". Sin embargo, aun cuando Ford dice no estar interesado en las "posibilidades novelísticas", Mi madre sigue las reglas clásicas de una nouvelle realista. Por más que se propone evitar la literatura, no puede dejar de lado la técnica que lo consagró como uno de los novelistas importantes hoy en Estados Unidos. Pero, cabe reflexionar, la desconfianza en lo literario de su intento, un cierto menosprecio de la literatura en función de la vida misma, puede también leerse de otro modo cuando incorpora en el libro fotos familiares: se insinúa una cierta desconfianza en el narrar con palabras, como si las fotos pudieran expresar aquello que las palabras no pueden. Si por un lado Ford ha enunciado que conocía muy bien a su madre, por otro habla de lo extraño que fue "eso otro", eso que tal vez puedan aportar las fotos, un indicio. La soledad y el extrañamiento son prerrogativas de la relación padres e hijos. "Tengo que recomponer la vida de mi madre a partir de fragmentos", anota. Y acostumbra, después de cada anécdota, extraer alguna conclusión. Cada dato de la experiencia, sugiere, deja una enseñanza. Al dar con una presunta verdad después de cada recuerdo, la memoria se vuelve ejercicio moral. Lo que tiene una razón de ser: esa presunta verdad, esa moral, alivia la culpa, la culpa de lo que se ignora del ser querido, la culpa que se filtra entre líneas a lo largo de una trama que, en su eficacia, hace presumir que por más que se acomoden los hechos en una prosa impecable, la culpa viborea por debajo.

"Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he recordado cosas de las que no hablo hoy. Algunas he tratado de volcarlas en novelas. He escrito cosas y las he olvidado. He contado historias. Y había más, una vida es más." Una vida, entonces, la vida de su madre, se le escurre: no hay certezas. Unicamente una soledad espesa: "Y aún juntos estábamos solos", machaca Ford. Recuerda la muerte de su padre, un vendedor y corredor. Recuerda después un amante de la madre viuda. Recuerda también sus propias aventuras de adolescencia, en ocasiones cruzando la barrera de la ley. Hay un diálogo seco entre madre e hijo. Pocas palabras, las necesarias, siempre con un tono de sentencia. Daría la impresión de que Ford entonces es Clint Eastwood. Y la madre, su heroína templada: "No la vi muerta, ni quería hacerlo, simplemente atendí la noticia del hospital cuando me llamaron para decírmelo. Aunque ese mes la vi afrontar la muerte una y otra vez, y por eso creo que ver afrontar la muerte con dignidad y valor no confiere una cosa ni la otra, sino sólo lástima, desamparo y miedo. Todo el resto es privado: momentos y mensajes cuyo conocimiento no mejoraría el mundo. Ella sabía que yo la quería porque se lo dije bastantes veces. Yo sabía que ella me quería. Eso es lo único que ahora me importa, lo único que debe importar. Y para terminar. ¿Alguna vez se tiene una relación con la madre? No. Pienso que no. Mi madre y yo nunca estuvimos unidos por la culpa, la vergüenza, ni siquiera por el deber. El amor lo cubría todo. Esperamos que éste fuera fiable y lo fue. Siempre nos encargamos de decirlo –'Te quiero'– como si, inesperadamente, pudiera llegar un momento en que ella o yo quisiéramos oírlo, o cada uno de nosotros quisiera oírse a sí mismo decirlo al otro, pero por alguna razón no fuera posible. Entonces el daño sería inmenso: confusión, ignorancia, una vida incompleta".

Una vida voluntariosa que superó con estoicismo las dificultades con unas pocas certezas, casi higiénicas. Eso, la parte de arriba del iceberg. "Pero de alguna manera hizo para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto." Es decir, la madre como personaje literario, la evocación traducida en novela. Conviene volver al principio y subrayar la contradicción: "posibilidades novelísticas". Y si fuera así, qué. Cada uno elabora como puede este dolor. En su esfuerzo por prolijar el tumulto de sentimientos, pretendiendo dominar su complejidad, Ford realiza un tour de force al narrar su madre. No sólo rescata la historia gris, chata y conformista de una pobre mujer convencional de clase media baja. También parece decirnos que cada uno hace con la muerte de la madre lo mismo que con la escritura: no lo que se quiere sino lo que se puede.

"Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí." Georges Simenon

4 Es el otoño de 1993, cuando Art Cooper, el editor de GQ, invita al escritor James Ellroy al The Four Seasons, un restaurante para potentados en el centro de Manhattan. El editor es un fan. Ellroy ha publicado, entre varias novelas, una tan realista como sombría, La Dalia Negra. Narra el asesinato de una chica que fue a Hollywood con el sueño de ser estrella y terminó envuelta en el porno, secuestrada, torturada durante dos días y cortada en dos. El caso quedó sin resolver y se convirtió desde entonces en una de las tantas manchas roñosas de la meca del cine. Al editor Cooper le fascinan las historias de crímenes de Hollywood de los '40 y '50. "Bueno, estoy obsesionado con un crimen sin resolver", le dice Ellroy. "Mi madre fue asesinada cuando yo tenía diez años. Había estado chupando en un bar y se marchó con un tipo. Encontraron el cadáver en una carretera de acceso, cerca de un instituto. La habían estrangulado. Nunca se encontró al asesino."

Cooper le propone a Ellroy escribir sobre el asesinato de su madre. Al revés de otros escritores, que empiezan en las revistas y desembocan en los libros, Ellroy acepta gustoso colaborar en la GQ. En su búsqueda del tiempo perdido, la magdalena de su operación narrativa es un cadáver, el de su madre. Educado por un padre busca de los sumideros de Hollywood, James fue un adolescente descarriado, voyeur y ladrón de poca monta que entraba en las casas a oler bombachas. Pasó nueve meses –todo un período de gestación– en cárceles locales. Su prosa tiene el vértigo de esta etapa desenfrenada. Un modo de narrar espasmódico, como de cámara en mano, que oscila entre el párrafo de frases comprimidas y el corte intempestivo. En algunos tramos se tiene la impresión de estar escuchando al locutor en off de una de esas series documentales de forenses que cautivan a los norteamericanos. Una prosa tajante y seca que tiende a la descripción impasible de la sordidez. Sus personajes, estén del lado de la ley que estén, son víctimas sociales. A Ellroy no se le escapa que su narrativa, impregnada de un ansia justiciera, proviene de ese lugar llamado madre. Ellroy abomina eso que denomina, burlón, "la palabrería psico-pop". Pero admite: "Heredé de mi madre estas pulsiones. Los prejuicios sexuales me favorecían: los hombres pueden fornicar indiscriminadamente con mujeres y contar con mayor aprobación por parte de la sociedad de la que gozan las mujeres para hacer lo mismo indiscriminadamente con hombres. Bebí, consumí drogas y fui de putas con el descaro de quien cuenta con complicidad y es perdonado. La suerte y una prudencia de cobarde me impidieron caer en el abismo".

A los cuarenta y seis años Ellroy vuela a Los Angeles para revisar el expediente de esa mujer asesinada a los cuarenta y tres. Antes que escribir un artículo, una crónica, hacer literatura, Ellroy se fija resolver un caso. El pasado que vuelve. Al cumplir diez años, hijo de padres separados, la madre se muda a El Monte, en la periferia de Los Angeles. Calles de tierra, viviendas deprimentes, basura blanca y latinos. El chico no quiere vivir con su madre y se lo dice. La madre le pega. El chico la llama borracha y puta. La madre le pega más. Todos los fines de semana los pasa con el padre. Una noche de domingo, de vuelta de la casa del padre, al bajar del colectivo, frente a la casa materna, ve coches de policía blancos y negros, uniformados y agentes de civil. Una vecina lo señala al verlo venir: "Ese es el chico". Un policía lo lleva aparte: "Hijo, han matado a tu madre". James no llora. Otro policía le da un caramelo. Un fotógrafo de prensa lo lleva a un cobertizo y lo fotografía con un taladro en las manos. Esa foto se difundirá, años más tarde, cuando el chico sea un escritor.

Ellroy inicia la investigación. Acude a la Oficina de Homicidios de East L.A. Aquí conoce al sargento Bill Stoner, un policía veterano. El expediente de su madre es un revoltijo de sobres, anotaciones, cintas de teletipo, transcripciones de interrogatorios. Su "primera impresión es que esto refleja el caos que había sido la vida de Jean Ellroy". El detective le insinúa que puede no mirar todas las fotos. Ellroy las mira todas: "Contemplé las imágenes de mi madre muerta. Vi la media en torno del cuello y las picaduras de insectos en los pechos. La lividez había engordado sus facciones. No se parecía a nadie que yo hubiera conocido en mi vida". Con una distancia absoluta, que en algún momento le hace temer que un peso inmenso le caerá en la cabeza, Ellroy revisita cada uno de los pasos de la investigación del asesinato. Reconstruye aquella noche. Imagina al hombre moreno con el que su madre salió del drive in. Más fotos: fotos de sospechosos, tipos duros, miradas hoscas, tatuajes. La foto de un asesino sexual ejecutado en 1959. Los arbustos junto a la calzada donde fue encontrado el cadáver. Una foto de su padre. Pero ni una pista. Repasa los testimonios de una camarera y unos clientes. La madre y el tipo habían salido del local pero volvieron más tarde. Chispeados, borrachos. Y volvieron a perderse en la noche. Este dato sugiere algo, pero no lo puede transparentar todavía.

El sargento Stoner acompaña al escritor en el recorrido de su barrio de infancia, contempla los cambios en la construcción, los lavados de cara y los nuevos descampados. Uno de los policías que habían investigado el crimen ha muerto. Otro, amnésico, tiene ochenta y seis años. Ellroy se pregunta si este viejo será el policía que le dio un caramelo esa noche de cuando tenía diez años.

Esta noche, en el hotel, después de una ducha, Ellroy piensa en el asunto. Los nuevos datos contradicen lo que había creído hasta entonces. "Siempre había pensado que a mi madre la mataron porque no había querido tener relaciones sexuales con un hombre. Era la coda infantil al horror: una mujer que muere defendiéndose de una violación. Pero no. Mi madre hizo el amor con su asesino. Una testigo presenció los momentos posteriores al coito. Volvieron al drive in. Y después sí se perdieron en la noche. El hombre quería librarse de aquella mujer desesperada con la que había cogido y continuar su vida. La combustión se produjo porque ella quería más."

El asesino de mi madre supera los límites de una simple crónica. Descenso impiadoso en aquello que aterra de la memoria, cavar a ver hasta dónde se resiste, Ellroy cree escuchar el mandato de Geneva Hilliker Ellroy: "Pensé que las imágenes me herirían. Pensé que me devolverían a mi antigua pesadilla. Pensé que tocaría el horror literal y, de algún modo, conmutaría mi pena a cadena perpetua. Estaba equivocado. La mujer se negó a concederme una suspensión de sentencia. Sus razones eran sencillas: Mi muerte te ha dado una voz y necesito que me reconozcas más allá de la explotación que haces de ella".

Contado en primera persona, el relato es por instantes una cámara en mano que busca desesperada en la memoria y reflexiona sobre el arte doloroso de escribir. Sobre el final, una sentida oración fúnebre: "Su dolor era superior al mío. Su dolor define la lejanía que hay entre nosotros. Su muerte me enseñó a mirar hacia adentro y a mantenerme a distancia. El regalo del conocimiento me salvó la vida. No había terminado. Mi investigación continuará. Salí de El Monte con un regalo nuevo. Me siento orgulloso de llevar los rasgos de su personalidad. Geneva Hilliker Ellroy: 1915-1958. Mi deuda crece. Tu terror final es la llama a la que acerco la mano. No haré que disminuya tu poder diciendo que te quiero".

El relato se publicó en GQ en agosto de 1994. Art Cooper cuenta que fue "uno de los más elogiados de los que se publicaron ese año. James ampliaría más adelante el relato de su biografía, Mis rincones oscuros. James me escribió en mi ejemplar de Mis rincones oscuros: '¡Ella vive!'".

5 En principio, qué novedad, problema de género y no sólo, no es la misma la relación que establecen los escritores masculinos con sus madres que con sus padres. Abundan cuentos, relatos y novelas que, incluyendo la rivalidad y el parricidio, se centran en la tensa dialéctica padre/hijo. La bibliografía al respecto es profusa. Pero tratándose de la madre, las estrategias narrativas masculinas se suavizan. Las novelas, ficciones puras, suelen desplegar un tono que oscila entre la epopeya y la elegía. Los autores que elegí, en cambio, no pertenecen al rango de hijos complacientes. La elección no es arbitraria: rebelándose contra la literatura lo que persiguen, en superficie, es no tanto ficcionar como un acto de escritura donde lo que se juega es la verdad.

Pretenden, como dije, rehuir la "literatura", es decir, no "ficcionalizar", como si hacer "literatura" fuera incurrir en la mojigatería y el melodrama, sensiblería femenina. Buscan, por supuesto, apartarse de la constante nostálgica de un género que se distingue por el amor filial. Intentan narrar la madre con una distancia clínica. Hurgan en sus propios sentimientos a menudo contradictorios. Además de narrarse en la ausencia, narran sus madres: las describen, las retratan. En algún momento de escritura establecen una fuerte identificación con ellas. Handke lo dice así: "Es especialmente en los sueños donde se hace palpable la historia de mi madre: porque allí sus sentimientos se convierten en algo tan físico que los vivo como si fuera su doble y me identifico con ellos, pero son precisamente estos momentos de los que ya he hablado en los que la extrema necesidad de comunicación coincide con la extrema falta de lenguaje", escribe Handke. En más de una oportunidad me pregunté si estos relatos no podrían leerse como variaciones sobre la temática del doppelgänger. ¿Acaso la problemática del doble no es la de otro yo?

Si bien estas escrituras son en primera persona –y entonces lo que se impone es un yo que todo lo prisma: la ternura, el odio, los celos, la desolación–, en su cosa confesional, terminan encontrándose con aquella de la que huyen: la ficción. La verdad, esa verdad deseada no es sino la escritura: en consecuencia, contra su terquedad, novelaron a sus madres. ¿Por qué no inferir entonces que la "literatura del yo" –si es que esta etiqueta tiene un sentido– empieza con una palabra y que ésta es "mamá"?

Guillermo Saccomanno
La canción de Roland

7.8.10

Ricardo Piglia: La épica de la novela policial

Un ménage à trois, una fábrica en ruinas, un asesinato y un policía loco puesto a resolverlo son algunos ingredientes de "Blanco nocturno", la primera novela en 13 años del autor de "Plata quemada". Aquí, habla del sentido de la experiencia, de literatura argentina y de por qué "todos somos sospechosos de demencia"

NARRATIVA. "La narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el significado que tienen" dijo Piglia.foto:fuente: Revista Ñ

"¿Ahí va bien?", pregunta el hombre asomado al ojo de buey que mira diluviar so­bre Buenos Aires desde un cuarto piso del microcentro. Clic clic, con­testa el fotógrafo en señal de apro­bación. Las imágenes se toman sólo con la luz escueta que la tor­menta filtra por las ventanas, una semi penumbra homenaje al títu­lo de su nuevo libro, Blanco noc­turno, y Ricardo Piglia –profesor de literatura latinoamericana en Princeton University y escritor ar­gentino devenido en clásico desde Respiración artificial, su primera novela–, al principio dirá que no quiere verlas ("si las miro no me gustan") y después se entusiasma­rá como un chico con el resultado, ante el espejo imantado de la cá­mara digital ("¡buenísimo!").

El libro, editado por Anagrama (que publica a Piglia en España desde 2000, con éxito fenomenal de crítica), comienza a distribuirse esta semana en la Argentina. Es la primera novela que el autor de Formas breves publica desde Plata quemada

Ese triángulo erótico aceitará los engranajes del chisme y servi­rá de "motor" para contar el resto de la historia familiar que incluye un abuelo coronel, dos hermanos varones, Lucio y Luca, dueños de una fábrica en ruinas y tatuados por la tragedia, un padre ovillado en una silla de ruedas y abando­nado por dos mujeres –la primera huyó con un director de teatro; la segunda se ha encerrado a leer de matiné a trasnoche–, y las versio­nes aumentadas y corregidas de sus andanzas, relatadas por los parroquianos en el Club Social o en el almacén de Madariaga. Los Belladona atraerán la atención de los medios nacionales cuando Du­rán es asesinado y la investigación queda en manos del comisario Croce, pesquisa a juicio de mu­chos "un poco tocado".

"Novela de personajes", según él mismo la define, Piglia recupe­ra en Blanco nocturno a Emilio Renzi, que lo acompaña desde sus primeros cuentos en La invasión (1967), quien llega al pueblo en­viado como cronista de El Mundo y que para ratificar su fetichismo por las pelirrojas cae "enamoradí­simo" de Sofía: "Renzi como per­sonaje es cada vez más arcaico y eso me divierte. Está armado en un tipo de cultura que lo hace in­teresante: todo lo relaciona con la literatura", apunta el autor. Como para acentuar el tono de la tarde, Piglia pide un vaso de agua antes de ponernos a conversar en uno de los salones de la editorial, ro­deados de ejemplares de la nove­la: 299 páginas que pueden leerse simultáneamente, como la inves­tigación de un crimen, como una historia de amor imposible, como una reflexión sobre la verdad y la imposibilidad de conocerla del to­do o como la tragedia de un hom­bre, Luca, que quiso salvar un sueño y descubrió el precio agrio de hacerlo a costa de los propios principios.
-Sus ficciones nunca esconden cierto origen autobiográfico. ¿"Blanco nocturno" cumple con ese rito?
-Sí, es parte de la historia de la familia de mi padre. Mi abuelo efectivamente fue a la guerra, y estuvo a cargo de una estación de ferrocarril en un pueblo que se construyó alrededor de ella. Uno de mis primos, que yo conocí de chico y que me hacía unos jugue­tes mecánicos maravillosos, tuvo una fábrica que vivió una serie de tragedias. Es extraordinario cuando uno ve a alguien que tie­ne una idea, que por momentos parece una idea artística, pero que también puede leerse como una obsesión. La novela se construye a partir de ese personaje, Luca, importante para mí, en el senti­do de que tiene una historia casi épica. Y luego empiezan a tejerse las tramas que giran alrededor de un pueblo, que jamás se mencio­na, pero que tiene mucho del re­cuerdo de mis veranos de infancia en Bolívar. Una historia que uno también puede considerar muy argentina: gente que ha perse­guido cierto tipo de ideales que el contraste con la realidad elabora de distintas maneras.
- Entró y salió muchas veces de esta novela, ¿qué le hizo sentir que era hora de contarla?
- En general trabajo así. Escribo un primer borrador y después de­jo que decante, trato de que vaya desarrollando su propia lógica. Busco que cada libro no se parez­ca a los anteriores. Eso tampoco es una virtud. Hay escritores que uno admira mucho y que siempre escriben las novelas más o menos del mismo modo, como Onetti, y eso es sorprendente. Pero en mi caso siempre necesito una experimentación nueva. Aquí había una serie de cuestiones que me interesaban. Por un lado, trabajar una novela de personajes: cómo hacer para escribir una novela cuyo centro sean los personajes, qué tipo de relaciones establecen esos personajes. Otro desafío era buscar un estilo preciso y rápido. Nunca se consiguen las aspiraciones del estilo, pero me parece importante que uno tenga cierta música, cierta idea de cómo sería el tono, el ritmo. Yo traté de salir de una escritura que me surge naturalmente, cierto barroquismo, una sintaxis un poco más lenta.
- Vuelve en este texto a las notas al pie, un recurso que había utilizado en los 70 en "Nombre falso". ¿Qué finalidad narrativa les asigna?
- Me interesaba darle al libro un subsuelo de información relacionada con el lector. Lo que circula por abajo del texto son cosas que los personajes saben, que dan por sentadas y de las cuales no hablan. Si uno pudiera usar una metáfora sería la de una ventana a través de la que uno mira y ve un fragmento de algo, fragmentos de información que intentan dar la pauta de la complejidad que supone reconstruir una situación: un crimen o la quiebra de una fábrica en esta novela. Y después hay un chiste ahí...
-...que no le voy a permitir que no me cuente...
(1997), y ya se perfila co­mo uno de los hitos editoriales de 2010. En ella, la vida de un pueblo de provincias se altera en 1972 por la llegada de Tony Durán, portorri­queño, mulato y jugador, valijero forrado en dólares negros y ajenos (cualquier contacto con la política argentina reciente corre por cuen­ta de las intuiciones de la ficción), enrolado en un flirt a tres bandas con dos hermanas gemelas, Ada y Sofía Belladona, niñas bien del lugar, con apellido y talante de al­caloide, tan idénticas entre sí que tienen "igual hasta la letra".- Un maestro mío, Enrique Barba, un historiador muy extraordinario que había en La Plata, decía algo que a mí siempre me divirtió: "Todo libro de historia que no tiene cinco notas al pie por página es una novela." Y es la mejor definición de novela que conozco, ¿no? Todo libro que no tiene notas al pie es una novela. Me propuse entonces tratar de contradecir ese género que se identifica por no tener notas al pie.
-Broma al margen, en "Blanco nocturno", ese relato fuera del relato es tan relevante que el título sale de una nota al pie.
-Es cierto. Es que cuando yo empecé a pensar en el libro, se conectaba con algo que estaba sucediendo en la Guerra de las Malvinas: la noticia de que los ingleses tenían infrarrojos que permitían una visión nocturna del campo de batalla. Yo había pensado en situar la novela en ese momento, y después me pareció que era un poco demagógico. Entonces, elegí el año 72 porque hay pocos momentos neutros en la historia argentina y aunque éste no lo sea del todo –no se sabe si Perón va a volver o no a la Argentina, los movimientos de izquierda todavía no han entrado en lo que después fueron las acciones armadas propiamente dichas, etcétera–, otros años –el 73, el 76– tienen una carga, ¿no? Ese fue uno de los movimientos que tuvo el libro: cambiarle la cronología.

Sigue lloviendo como si eso fuera lo único que sabe hacer la tarde. Piglia cuenta que estuvo "entrampado" 20 minutos a la altura del Obelisco y hablamos un rato de impermeables, taxistas y botes salvavidas. Le gusta conversar; ante las preguntas tiene el gesto generoso de pensar en público sin temerle a la vacilación. Algo de ese ejercicio compartido de reflexión asomó en un curso que dictó recientemente en el Malba, donde rescató la narración como práctica social. "La experiencia de narrar es cotidiana", reafirma ahora. "Somos narradores y receptores de historias desde la infancia. Esa circulación de relatos es el contexto natural de la literatura y todos sabemos cuándo una historia funciona: los mejores relatos son los que no podemos olvidar". Esto, recuerda Piglia, fue estudiado con gran originalidad en Language in the Inner City, por el sociolingüista estadounidense Robin Lakoff, al investigar el lenguaje de los negros en Harlem en los años 50. "Cuénteme el día en que su vida estuvo en peligro, les pedía Lakoff, y comprobó que esos relatos espontáneos manejaban elementos clásicos de construcción narrativa y dosificación de los datos, que administraban el suspenso, etcétera.", confiesa, se cuidó para que Renzi no apareciera escribiendo su diario, práctica que el escritor alimenta desde hace décadas y que le pegó a su personaje, quien llevaría bien el apogeo de Twitter, la red social que exige ajustar cada pensamiento a 140 caracteres. "Los diarios trabajan con fragmentos, anotan situaciones sin desarrollarlas. La idea de poner un rastro y de tratar de trabajar sobre el presente es un punto de contacto con esta tecnología. Claro que el diario es siempre un experimento sobre la relación entre lo íntimo y lo público, lo íntimo y lo político, lo íntimo y la cultura. El diario de Pavese y otros que uno lee muestran, además, que con el tiempo los diarios también se modifican, habría que ver qué pasa con Twitter si es que son otros los datos que se incorporan, otras las formas de acercarse al presente.
- Hablamos ya de Luca. ¿Qué desafío le plantearon los personajes de Ada y Sofía?
- Mi intención con ellas fue ver si era posible contarlas como habitualmente, por prejuicios quizá, se cuenta a los hombres: en las novelas argentinas generalmente los únicos que toman decisiones son ellos y las mujeres están como si fueran un punto de referencia, esperando. Sofía y Ada, en cambio, son muy activas. Ellas son el motor de la trama, a partir de su relación con Tony Durán. La intriga gira alrededor del dinero que él lleva al pueblo y qué sucede cuando lo matan. Avanzado el libro, encontré además, el procedimiento del diálogo que Sofía tiene con Renzi, que en realidad comienza cuando él va a la casa de la familia, pero que aparece en la novela previamente, anticipándose. Eso también me permitió crear un contraste, porque es un poco el relato de Sofía, su versión de los hechos.
-Otra noción que explora la novela es la cercanía entre genialidad y desvarío. La locura como nombre que le damos a modos de percibir que se nos escapan.
- Es un tema que me interesa mucho. Siempre existe el problema de los límites de la percepción, lo que se puede ver en los rastros: en las caras de las personas con las que uno trata o en los elementos que uno percibe en la realidad. A mí me gusta mucho la expresión "sospechoso de demencia". Todos estamos por momentos en actitud de sospechosos de demencia, porque vemos demasiado sentido, porque creemos que todo tiene relación con todo; esos momentos donde aparecen datos que muchas veces son de lucidez pero amenazados por cierto delirio, como un exceso de significación.
-Me está hablando del comisario Croce...
-Es que yo tenía desde hacía mucho tiempo la idea de escribir un relato policial con un detective que estuviera loco, para romper un poco la tradición del género que siempre ha trabajado con el detective súper lúcido, alguien que produce los hechos por su propia dinámica, por su fuerza física, por su práctica con un costado de reflexión, como sería el caso de Marlow. Croce vino a encarnar una fórmula narrativa que yo estaba buscando: la idea de un comisario que resuelve muchas cosas por intuición, por casualidad, sin seguir todos los pasos de un protocolo de investigación. En el caso de Luca, la locura es el efecto que le produce la derrota; él no puede mantener su criterio de realidad luego de las cosas que le pasan en torno a la fábrica, a su padre, su hermano, ahí encuentra un punto de fuga.
-Renzi le pone un nombre a esas sensaciones y habla de un nuevo género: la "ficicón paranoica". ¿Tiende "Blanco nocturno" a eso?
- Sí, en parte. Yo siempre he tratado de abrir esa discusión. Porque uno conoce muchas ficciones donde los paranoicos son los delincuentes o las víctimas, que nunca se sabe si son realmente perseguidas o si se sienten amenazadas. Esa inminencia de alguna catástrofe forma parte de la tradición del género desde su origen. La ficción paranoica tendría que ver con el momento en el que también el detective queda incorporado a ese universo donde no hay un afuera, un espacio donde las cosas estarían normalizadas.
- ¿De dónde viene su fascinación por el policial?
- El modelo de relato como investigación me interesa mucho porque trata de reconstruir una historia que está fuera de la esce na, fuera de la superficie de la narración. Mis libros han tenido en común esa cuestión, con mayor o menor nitidez. Pero en este caso, por primera vez, si no me equivoco, aparece un protagonista que se asimila al género en un sentido explícito: es alguien que cumple la función que el género le da a los investigadores. - Es, por otra parte, un género que garantiza cierta intensidad. - Sí, el policial tiene la capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación, que todos conocemos porque siempre estamos investigando algo que no terminamos de entender y construyendo hipótesis que nos permitan descifrarlo. El género convierte eso en un elemento peligroso, de amenaza, de muerte, de crímenes. También está la idea de trabajar con la épica. El policial no tiene personajes...
-...planos?
-...planos, chatos. Son historias con una dimensión de peligro, de muerte. Todas estas son cosas que uno dice con algo de vergüenza, porque son aspiraciones más que realidades. Pero la idea de trabajar una historia que tuviese algún contacto con la épica formó parte de las decisiones previas. Yo vi a Luca como un personaje que tenía la estatura de un personaje que enfrenta situaciones que parece que fueran su propio destino.

Toda entrevista tiene sus derivas y ahora, café y agua mediante, hablamos un poco de viajes, lecturas y proyectos. Piglia cuenta que está leyendo unos relatos de Rudyard Kipling, que comparten la mesa de luz con 120 historias del cine, el libro de Alexander Kluge, y que a fin de mes regresa a los EE.UU., donde da clases desde 1986. La mención de Casa de Ottro, la novela de Marcelo Cohen que figura entre sus lecturas recientes ("su proyecto narrativo es muy sólido") le dispara una serie de reflexiones sobre cómo la literatura aventaja a otras artes a la hora de reflejar pensamientos: "Ahí también hay una intriga, ¿no? Uno desconfía de su propio sistema de pensamiento, porque a veces se pierde e imagina si los otros también tendrán pensamientos mínimos, que van y vienen. En cierto sentido la literatura viene a responder a eso porque en las novelas sabemos qué piensan los personajes, en tanto que con el resto de las personas, por más cerca que estemos, nunca podemos saberlo del todo". Cuando no lee, escribe.Trabaja en una serie de cuentos, aún sin título definitivo: "Quisiera escribir unos ocho y a lo mejor retomo algunos casos de Croce", dice. Otra idea que lo ronda desde hace años es la de contar la historia de un tío suyo, que en algún momento empezó a sentir que tenía algo en la cara –"una mancha, una deformación, nadie sabe"– y a taparse con una toalla ante los demás.

-¿Algo qué ver con su primo, el de la fábrica?
-No, éste era de la familia de mi madre.
-Su familia da para mucha literatura...
-(Se ríe). Sí, historias tengo muchísimas y espero poder contar ésta alguna vez. Para mí, lo más divertido, que creo es un poco lo que sucede en el mundo de la novela, es que nadie se asombraba en mi familia de esas reacciones. Era algo cotidiano. La familia normalizaba la circulación de esos relatos. Por el hecho mismo de estar encuadrado en esa especie de tribu, era un modo posible de funcionar.
-En su ensayo "El último lector", habla de la interrupción, de la interferencia como el gran tema de Kafka. Si fuera posible esa síntesis en relación con su obra, ¿cuál diría que ha sido el suyo?
-La voluntad de entender. Siempre hay algo en mis libros que tiene que ver con un personaje o varios que intentan comprender algo de lo que se está narrando que nunca se termina de descifrar. Eso está conectado con algo muy intenso en mi propia experiencia de vida: querer saber. Me interesa mucho la gente que sabe algo específico, esas cosas que alguien hace muy completamente: arreglar relojes, por ejemplo. Recuerdo que unos amigos que tenían una casa en el Tigre me invitaron un día a pescar. Yo había pescado en Mar del Plata, pero es distinto pescar en el río. Entonces me compré un manual de pesca.
-¿Aprendió a pescar en el libro?
-Fue suerte, pero leí el libro para aprender y después fui a pescar y ese día, por azar, yo pesqué más que los viejos pescadores de río. Esto sería para mí un ejemplo cómico de esa relación entre hacer algo y saber algo sobre lo que se hace.
-Hay algo de eso en las frases sobre la experiencia que escogió hace 30 años para abrir "Respiración artificial" y ahora para "Blanco nocturno". ¿La literatura es para usted un intento de poner en común el deporte individual de la experiencia?
-Para mí la experiencia supone el sentido. Es lo vivido más su sentido. De allí el epígrafe de T.S. Eliot que abre "Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido, una aproximación al sentido restaura la experiencia". Uno tiene la percepción de que no hay experiencia cuando eso que está viviendo se diluye sin encontrar significación, pero no una significación abstracta, sino para ese sujeto específico. La experiencia se da en esos momentos en que algo ilumina ese fragmento que uno está viviendo. La frase de Céline que escogí para este libro habla de eso: "La experiencia es una lámpara tenue que sólo ilumina a quien la sostiene". Me parece que la narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el sentido que tienen. Muchos de los héroes de las novelas que yo admiro están conectados con algo que va más allá de los acontecimientos, esa persecución de algo que permita capturar una significación, como Erdosain en Los siete locos o Ahab en Moby Dick.
-En noviembre cumplirá 70 años. ¿Tenía alguna fantasía en relación con esa fecha?
-No, para nada. Me siento más viejo, es una edad en la que uno empieza a tener con el futuro una relación diferente. Hay cambios, ciertas perturbaciones nuevas: uno duerme menos, se tarda más tiempo en llegar a los lugares. Para volver a la cuestión de la experiencia, yo no creo que se aprenda más, que uno vaya acumulando un conocimiento frente a los hechos. Medirnos por décadas me parece una facilidad que habría que revisar. Las cronologías y los modos de organizar los momentos culturales o políticos suelen ser distintos: no hay pensamientos conservadores garantizados porque las personas envejezcan y, se sabe: también hay ideas conservadoras en los jóvenes.
-Hablemos de ellos, entonces. Matilde, la madre de las gemelas, es el personaje con el que esta novela homenajea a los lectores. Lee todo el día, pero no literatura argentina porque dice que esas historias ya las conoce. ¿Qué historias desconocidas le ha contado a usted la literatura argentina reciente?
-Yo siempre leo con mucho interés las primeras novelas: uno puede identificar ahí los estilos, los tonos, eso es lo que cambia. Incluso tengo idea de escribir alguna vez un ensayo sobre primeras novelas en la Argentina. Por ejemplo, cuando leí El amparo, de Gustavo Ferreyra, tuve la sensación de que ahí había algo distinto: una mirada muy distanciada y al mismo tiempo muy intensa sobre acontecimientos cotidianos que toman una carga y un sentido amenazador, perturbador. En Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, me parece que hay un tipo de relato irónico, jugando con lo teórico y con cierta intrepidez de la narración, que habitualmente uno no asocia con un relato femenino porque en general lo que se encuentra es una especie de textura más o menos extraña, del tono Silvina Ocampo, una mirada de lo cotidiano tangencial, que tiene cierta inocencia y al mismo tiempo un elemento perverso, pero acá es al revés y eso lo valoro. En Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, el texto trabaja un mundo de mucha violencia pero al mismo tiempo hay una especie de sopor, del calor y de la droga, que producen cierta distorsión en la percepción muy interesante. Son apenas tres ejemplos; podríamos poner otros.
-Además de la noción de enigma, propia del policial, "Blanco nocturno" participa de la idea de misterio en los experimentos que Luca hace con sus sueños...
-El misterio se relaciona con la noción de lo fantástico, que suele ser problemática. En realidad eso era algo que mi primo de verdad hacía, de modo que los momentos más fantásticos del relato son reales: anotaba fragmentos de sus sueños en las paredes de la fábrica y uno los veía ahí, sin enteder del todo. Le había caído en las manos un libro de Carl Jung, para quien los sueños son un relato continuo, que se puede leer como tal y él adoptó esa hipótesis.
-¿Cómo se lleva usted con sus sueños, ¿los usa para escribir?
-Creo que los sueños le interesan mucho a quien los sueña y los cuenta, pero no siempre garantizan un buen relato. Me parecen más intrigantes ciertas escenas soñadas que persisten y se repiten a lo largo del tiempo. En mi caso, por ejemplo, es muy común que sueñe que estoy perdido en una ciudad.
-¿La misma?
-No, no es la misma ciudad ni creo que yo sea el mismo. Pero en todo caso, no me interesa tanto el sentido que pueda tener el sueño, aunque lo viva con angustia (¡los analistas se van a hacer una fiesta!), sino la aparición de la situación narrativa que podríamos considerar básica para comenzar un relato. Es un lindo comienzo: un individuo que llega a una ciudad y no sabe bien a dónde va ni qué está haciendo allí. ¿Será un marciano?, se pregunta uno.
- ¿Y qué se responde?
- Se lo cuento en otro libro.


Piglia Básico
Adrogué, Prov. de Bs. As., 1940.

Escritor, critico, docente Autor de ficción y ensayos, ha cruzado ambos géneros en su obra. Participó en las polémicas de la literatura argentina de los 60, anteponiendo Borges a Arlt, no como antagónicos, sino descubriendo cuánto de barbarie había en el refinado Borges, y cuánto de libresco en el "salvaje" Arlt. En 1967 publicó los relatos de "La invasión", iniciando una producción singular. Docente universitario en la Argentina y EE.UU., ha saltado de la literatura (donde viene pateando el tablero desde "Respiración artificial", de 1980) al cine (trabajó entre otros con Héctor Babenco), pasando por la ópera (adaptó con Gerardo Gandini su novela "La ciudad ausente") y el periodismo (donde destaca como su "mayor aporte a la crítica literaria" la sección de literatura argentina que editaba en la revista de historietas Fierro). En 1997 ganó el Premio Planeta con "Plata quemada", llevada al cine. Dirigió, además, los policiales de la Serie Negra.
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Así escribe
Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el restaurante del Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.

Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.

En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. Durán había venido a enriquecer esa mitología y su figura alcanzó una altura legendaria mucho antes del momento de su muerte.

Se podría hacer un diagrama con las idas y venidas de Tony por el pueblo, su deambular somnoliento por las veredas altas, sus caminatas hasta las cercanías de la fábrica abandonada y los campos desiertos. Pronto tuvo una percepción del orden y las jerarquías del lugar. Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales, el territorio parece ordenado por un cartógrafo esnob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después, en una franja de unas ocho cuadras está el llamado centro histórico (1) con la plaza, la municipalidad, la iglesia, y también la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos...

1. El pueblo esta en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilometros de la Capital. Fortin militar y lugar de asentamiento de tropas en la Epoca de la guerra contra el indio, el poblado se fundo realmente en 1905 cuando se construyo la estacion de feferrocarril, se delimitaron las parcelas del centro urbano y se distribuyeron las tierras del municipio. En la decada del cuarenta la erupcion de un volcan cubrio con un manto de ceniza la llanura y las casas. Los hombres y las mujeres se defefendian del polvo gris con la cara cubierta con escafandras de apicultores y mascaras para fumigar los campos.


Blanco nocturno
Ricardo Piglia
Anagrama
299 páginas
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