7.8.10

Ricardo Piglia: La épica de la novela policial

Un ménage à trois, una fábrica en ruinas, un asesinato y un policía loco puesto a resolverlo son algunos ingredientes de "Blanco nocturno", la primera novela en 13 años del autor de "Plata quemada". Aquí, habla del sentido de la experiencia, de literatura argentina y de por qué "todos somos sospechosos de demencia"

NARRATIVA. "La narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el significado que tienen" dijo Piglia.foto:fuente: Revista Ñ

"¿Ahí va bien?", pregunta el hombre asomado al ojo de buey que mira diluviar so­bre Buenos Aires desde un cuarto piso del microcentro. Clic clic, con­testa el fotógrafo en señal de apro­bación. Las imágenes se toman sólo con la luz escueta que la tor­menta filtra por las ventanas, una semi penumbra homenaje al títu­lo de su nuevo libro, Blanco noc­turno, y Ricardo Piglia –profesor de literatura latinoamericana en Princeton University y escritor ar­gentino devenido en clásico desde Respiración artificial, su primera novela–, al principio dirá que no quiere verlas ("si las miro no me gustan") y después se entusiasma­rá como un chico con el resultado, ante el espejo imantado de la cá­mara digital ("¡buenísimo!").

El libro, editado por Anagrama (que publica a Piglia en España desde 2000, con éxito fenomenal de crítica), comienza a distribuirse esta semana en la Argentina. Es la primera novela que el autor de Formas breves publica desde Plata quemada

Ese triángulo erótico aceitará los engranajes del chisme y servi­rá de "motor" para contar el resto de la historia familiar que incluye un abuelo coronel, dos hermanos varones, Lucio y Luca, dueños de una fábrica en ruinas y tatuados por la tragedia, un padre ovillado en una silla de ruedas y abando­nado por dos mujeres –la primera huyó con un director de teatro; la segunda se ha encerrado a leer de matiné a trasnoche–, y las versio­nes aumentadas y corregidas de sus andanzas, relatadas por los parroquianos en el Club Social o en el almacén de Madariaga. Los Belladona atraerán la atención de los medios nacionales cuando Du­rán es asesinado y la investigación queda en manos del comisario Croce, pesquisa a juicio de mu­chos "un poco tocado".

"Novela de personajes", según él mismo la define, Piglia recupe­ra en Blanco nocturno a Emilio Renzi, que lo acompaña desde sus primeros cuentos en La invasión (1967), quien llega al pueblo en­viado como cronista de El Mundo y que para ratificar su fetichismo por las pelirrojas cae "enamoradí­simo" de Sofía: "Renzi como per­sonaje es cada vez más arcaico y eso me divierte. Está armado en un tipo de cultura que lo hace in­teresante: todo lo relaciona con la literatura", apunta el autor. Como para acentuar el tono de la tarde, Piglia pide un vaso de agua antes de ponernos a conversar en uno de los salones de la editorial, ro­deados de ejemplares de la nove­la: 299 páginas que pueden leerse simultáneamente, como la inves­tigación de un crimen, como una historia de amor imposible, como una reflexión sobre la verdad y la imposibilidad de conocerla del to­do o como la tragedia de un hom­bre, Luca, que quiso salvar un sueño y descubrió el precio agrio de hacerlo a costa de los propios principios.
-Sus ficciones nunca esconden cierto origen autobiográfico. ¿"Blanco nocturno" cumple con ese rito?
-Sí, es parte de la historia de la familia de mi padre. Mi abuelo efectivamente fue a la guerra, y estuvo a cargo de una estación de ferrocarril en un pueblo que se construyó alrededor de ella. Uno de mis primos, que yo conocí de chico y que me hacía unos jugue­tes mecánicos maravillosos, tuvo una fábrica que vivió una serie de tragedias. Es extraordinario cuando uno ve a alguien que tie­ne una idea, que por momentos parece una idea artística, pero que también puede leerse como una obsesión. La novela se construye a partir de ese personaje, Luca, importante para mí, en el senti­do de que tiene una historia casi épica. Y luego empiezan a tejerse las tramas que giran alrededor de un pueblo, que jamás se mencio­na, pero que tiene mucho del re­cuerdo de mis veranos de infancia en Bolívar. Una historia que uno también puede considerar muy argentina: gente que ha perse­guido cierto tipo de ideales que el contraste con la realidad elabora de distintas maneras.
- Entró y salió muchas veces de esta novela, ¿qué le hizo sentir que era hora de contarla?
- En general trabajo así. Escribo un primer borrador y después de­jo que decante, trato de que vaya desarrollando su propia lógica. Busco que cada libro no se parez­ca a los anteriores. Eso tampoco es una virtud. Hay escritores que uno admira mucho y que siempre escriben las novelas más o menos del mismo modo, como Onetti, y eso es sorprendente. Pero en mi caso siempre necesito una experimentación nueva. Aquí había una serie de cuestiones que me interesaban. Por un lado, trabajar una novela de personajes: cómo hacer para escribir una novela cuyo centro sean los personajes, qué tipo de relaciones establecen esos personajes. Otro desafío era buscar un estilo preciso y rápido. Nunca se consiguen las aspiraciones del estilo, pero me parece importante que uno tenga cierta música, cierta idea de cómo sería el tono, el ritmo. Yo traté de salir de una escritura que me surge naturalmente, cierto barroquismo, una sintaxis un poco más lenta.
- Vuelve en este texto a las notas al pie, un recurso que había utilizado en los 70 en "Nombre falso". ¿Qué finalidad narrativa les asigna?
- Me interesaba darle al libro un subsuelo de información relacionada con el lector. Lo que circula por abajo del texto son cosas que los personajes saben, que dan por sentadas y de las cuales no hablan. Si uno pudiera usar una metáfora sería la de una ventana a través de la que uno mira y ve un fragmento de algo, fragmentos de información que intentan dar la pauta de la complejidad que supone reconstruir una situación: un crimen o la quiebra de una fábrica en esta novela. Y después hay un chiste ahí...
-...que no le voy a permitir que no me cuente...
(1997), y ya se perfila co­mo uno de los hitos editoriales de 2010. En ella, la vida de un pueblo de provincias se altera en 1972 por la llegada de Tony Durán, portorri­queño, mulato y jugador, valijero forrado en dólares negros y ajenos (cualquier contacto con la política argentina reciente corre por cuen­ta de las intuiciones de la ficción), enrolado en un flirt a tres bandas con dos hermanas gemelas, Ada y Sofía Belladona, niñas bien del lugar, con apellido y talante de al­caloide, tan idénticas entre sí que tienen "igual hasta la letra".- Un maestro mío, Enrique Barba, un historiador muy extraordinario que había en La Plata, decía algo que a mí siempre me divirtió: "Todo libro de historia que no tiene cinco notas al pie por página es una novela." Y es la mejor definición de novela que conozco, ¿no? Todo libro que no tiene notas al pie es una novela. Me propuse entonces tratar de contradecir ese género que se identifica por no tener notas al pie.
-Broma al margen, en "Blanco nocturno", ese relato fuera del relato es tan relevante que el título sale de una nota al pie.
-Es cierto. Es que cuando yo empecé a pensar en el libro, se conectaba con algo que estaba sucediendo en la Guerra de las Malvinas: la noticia de que los ingleses tenían infrarrojos que permitían una visión nocturna del campo de batalla. Yo había pensado en situar la novela en ese momento, y después me pareció que era un poco demagógico. Entonces, elegí el año 72 porque hay pocos momentos neutros en la historia argentina y aunque éste no lo sea del todo –no se sabe si Perón va a volver o no a la Argentina, los movimientos de izquierda todavía no han entrado en lo que después fueron las acciones armadas propiamente dichas, etcétera–, otros años –el 73, el 76– tienen una carga, ¿no? Ese fue uno de los movimientos que tuvo el libro: cambiarle la cronología.

Sigue lloviendo como si eso fuera lo único que sabe hacer la tarde. Piglia cuenta que estuvo "entrampado" 20 minutos a la altura del Obelisco y hablamos un rato de impermeables, taxistas y botes salvavidas. Le gusta conversar; ante las preguntas tiene el gesto generoso de pensar en público sin temerle a la vacilación. Algo de ese ejercicio compartido de reflexión asomó en un curso que dictó recientemente en el Malba, donde rescató la narración como práctica social. "La experiencia de narrar es cotidiana", reafirma ahora. "Somos narradores y receptores de historias desde la infancia. Esa circulación de relatos es el contexto natural de la literatura y todos sabemos cuándo una historia funciona: los mejores relatos son los que no podemos olvidar". Esto, recuerda Piglia, fue estudiado con gran originalidad en Language in the Inner City, por el sociolingüista estadounidense Robin Lakoff, al investigar el lenguaje de los negros en Harlem en los años 50. "Cuénteme el día en que su vida estuvo en peligro, les pedía Lakoff, y comprobó que esos relatos espontáneos manejaban elementos clásicos de construcción narrativa y dosificación de los datos, que administraban el suspenso, etcétera.", confiesa, se cuidó para que Renzi no apareciera escribiendo su diario, práctica que el escritor alimenta desde hace décadas y que le pegó a su personaje, quien llevaría bien el apogeo de Twitter, la red social que exige ajustar cada pensamiento a 140 caracteres. "Los diarios trabajan con fragmentos, anotan situaciones sin desarrollarlas. La idea de poner un rastro y de tratar de trabajar sobre el presente es un punto de contacto con esta tecnología. Claro que el diario es siempre un experimento sobre la relación entre lo íntimo y lo público, lo íntimo y lo político, lo íntimo y la cultura. El diario de Pavese y otros que uno lee muestran, además, que con el tiempo los diarios también se modifican, habría que ver qué pasa con Twitter si es que son otros los datos que se incorporan, otras las formas de acercarse al presente.
- Hablamos ya de Luca. ¿Qué desafío le plantearon los personajes de Ada y Sofía?
- Mi intención con ellas fue ver si era posible contarlas como habitualmente, por prejuicios quizá, se cuenta a los hombres: en las novelas argentinas generalmente los únicos que toman decisiones son ellos y las mujeres están como si fueran un punto de referencia, esperando. Sofía y Ada, en cambio, son muy activas. Ellas son el motor de la trama, a partir de su relación con Tony Durán. La intriga gira alrededor del dinero que él lleva al pueblo y qué sucede cuando lo matan. Avanzado el libro, encontré además, el procedimiento del diálogo que Sofía tiene con Renzi, que en realidad comienza cuando él va a la casa de la familia, pero que aparece en la novela previamente, anticipándose. Eso también me permitió crear un contraste, porque es un poco el relato de Sofía, su versión de los hechos.
-Otra noción que explora la novela es la cercanía entre genialidad y desvarío. La locura como nombre que le damos a modos de percibir que se nos escapan.
- Es un tema que me interesa mucho. Siempre existe el problema de los límites de la percepción, lo que se puede ver en los rastros: en las caras de las personas con las que uno trata o en los elementos que uno percibe en la realidad. A mí me gusta mucho la expresión "sospechoso de demencia". Todos estamos por momentos en actitud de sospechosos de demencia, porque vemos demasiado sentido, porque creemos que todo tiene relación con todo; esos momentos donde aparecen datos que muchas veces son de lucidez pero amenazados por cierto delirio, como un exceso de significación.
-Me está hablando del comisario Croce...
-Es que yo tenía desde hacía mucho tiempo la idea de escribir un relato policial con un detective que estuviera loco, para romper un poco la tradición del género que siempre ha trabajado con el detective súper lúcido, alguien que produce los hechos por su propia dinámica, por su fuerza física, por su práctica con un costado de reflexión, como sería el caso de Marlow. Croce vino a encarnar una fórmula narrativa que yo estaba buscando: la idea de un comisario que resuelve muchas cosas por intuición, por casualidad, sin seguir todos los pasos de un protocolo de investigación. En el caso de Luca, la locura es el efecto que le produce la derrota; él no puede mantener su criterio de realidad luego de las cosas que le pasan en torno a la fábrica, a su padre, su hermano, ahí encuentra un punto de fuga.
-Renzi le pone un nombre a esas sensaciones y habla de un nuevo género: la "ficicón paranoica". ¿Tiende "Blanco nocturno" a eso?
- Sí, en parte. Yo siempre he tratado de abrir esa discusión. Porque uno conoce muchas ficciones donde los paranoicos son los delincuentes o las víctimas, que nunca se sabe si son realmente perseguidas o si se sienten amenazadas. Esa inminencia de alguna catástrofe forma parte de la tradición del género desde su origen. La ficción paranoica tendría que ver con el momento en el que también el detective queda incorporado a ese universo donde no hay un afuera, un espacio donde las cosas estarían normalizadas.
- ¿De dónde viene su fascinación por el policial?
- El modelo de relato como investigación me interesa mucho porque trata de reconstruir una historia que está fuera de la esce na, fuera de la superficie de la narración. Mis libros han tenido en común esa cuestión, con mayor o menor nitidez. Pero en este caso, por primera vez, si no me equivoco, aparece un protagonista que se asimila al género en un sentido explícito: es alguien que cumple la función que el género le da a los investigadores. - Es, por otra parte, un género que garantiza cierta intensidad. - Sí, el policial tiene la capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación, que todos conocemos porque siempre estamos investigando algo que no terminamos de entender y construyendo hipótesis que nos permitan descifrarlo. El género convierte eso en un elemento peligroso, de amenaza, de muerte, de crímenes. También está la idea de trabajar con la épica. El policial no tiene personajes...
-...planos?
-...planos, chatos. Son historias con una dimensión de peligro, de muerte. Todas estas son cosas que uno dice con algo de vergüenza, porque son aspiraciones más que realidades. Pero la idea de trabajar una historia que tuviese algún contacto con la épica formó parte de las decisiones previas. Yo vi a Luca como un personaje que tenía la estatura de un personaje que enfrenta situaciones que parece que fueran su propio destino.

Toda entrevista tiene sus derivas y ahora, café y agua mediante, hablamos un poco de viajes, lecturas y proyectos. Piglia cuenta que está leyendo unos relatos de Rudyard Kipling, que comparten la mesa de luz con 120 historias del cine, el libro de Alexander Kluge, y que a fin de mes regresa a los EE.UU., donde da clases desde 1986. La mención de Casa de Ottro, la novela de Marcelo Cohen que figura entre sus lecturas recientes ("su proyecto narrativo es muy sólido") le dispara una serie de reflexiones sobre cómo la literatura aventaja a otras artes a la hora de reflejar pensamientos: "Ahí también hay una intriga, ¿no? Uno desconfía de su propio sistema de pensamiento, porque a veces se pierde e imagina si los otros también tendrán pensamientos mínimos, que van y vienen. En cierto sentido la literatura viene a responder a eso porque en las novelas sabemos qué piensan los personajes, en tanto que con el resto de las personas, por más cerca que estemos, nunca podemos saberlo del todo". Cuando no lee, escribe.Trabaja en una serie de cuentos, aún sin título definitivo: "Quisiera escribir unos ocho y a lo mejor retomo algunos casos de Croce", dice. Otra idea que lo ronda desde hace años es la de contar la historia de un tío suyo, que en algún momento empezó a sentir que tenía algo en la cara –"una mancha, una deformación, nadie sabe"– y a taparse con una toalla ante los demás.

-¿Algo qué ver con su primo, el de la fábrica?
-No, éste era de la familia de mi madre.
-Su familia da para mucha literatura...
-(Se ríe). Sí, historias tengo muchísimas y espero poder contar ésta alguna vez. Para mí, lo más divertido, que creo es un poco lo que sucede en el mundo de la novela, es que nadie se asombraba en mi familia de esas reacciones. Era algo cotidiano. La familia normalizaba la circulación de esos relatos. Por el hecho mismo de estar encuadrado en esa especie de tribu, era un modo posible de funcionar.
-En su ensayo "El último lector", habla de la interrupción, de la interferencia como el gran tema de Kafka. Si fuera posible esa síntesis en relación con su obra, ¿cuál diría que ha sido el suyo?
-La voluntad de entender. Siempre hay algo en mis libros que tiene que ver con un personaje o varios que intentan comprender algo de lo que se está narrando que nunca se termina de descifrar. Eso está conectado con algo muy intenso en mi propia experiencia de vida: querer saber. Me interesa mucho la gente que sabe algo específico, esas cosas que alguien hace muy completamente: arreglar relojes, por ejemplo. Recuerdo que unos amigos que tenían una casa en el Tigre me invitaron un día a pescar. Yo había pescado en Mar del Plata, pero es distinto pescar en el río. Entonces me compré un manual de pesca.
-¿Aprendió a pescar en el libro?
-Fue suerte, pero leí el libro para aprender y después fui a pescar y ese día, por azar, yo pesqué más que los viejos pescadores de río. Esto sería para mí un ejemplo cómico de esa relación entre hacer algo y saber algo sobre lo que se hace.
-Hay algo de eso en las frases sobre la experiencia que escogió hace 30 años para abrir "Respiración artificial" y ahora para "Blanco nocturno". ¿La literatura es para usted un intento de poner en común el deporte individual de la experiencia?
-Para mí la experiencia supone el sentido. Es lo vivido más su sentido. De allí el epígrafe de T.S. Eliot que abre "Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido, una aproximación al sentido restaura la experiencia". Uno tiene la percepción de que no hay experiencia cuando eso que está viviendo se diluye sin encontrar significación, pero no una significación abstracta, sino para ese sujeto específico. La experiencia se da en esos momentos en que algo ilumina ese fragmento que uno está viviendo. La frase de Céline que escogí para este libro habla de eso: "La experiencia es una lámpara tenue que sólo ilumina a quien la sostiene". Me parece que la narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el sentido que tienen. Muchos de los héroes de las novelas que yo admiro están conectados con algo que va más allá de los acontecimientos, esa persecución de algo que permita capturar una significación, como Erdosain en Los siete locos o Ahab en Moby Dick.
-En noviembre cumplirá 70 años. ¿Tenía alguna fantasía en relación con esa fecha?
-No, para nada. Me siento más viejo, es una edad en la que uno empieza a tener con el futuro una relación diferente. Hay cambios, ciertas perturbaciones nuevas: uno duerme menos, se tarda más tiempo en llegar a los lugares. Para volver a la cuestión de la experiencia, yo no creo que se aprenda más, que uno vaya acumulando un conocimiento frente a los hechos. Medirnos por décadas me parece una facilidad que habría que revisar. Las cronologías y los modos de organizar los momentos culturales o políticos suelen ser distintos: no hay pensamientos conservadores garantizados porque las personas envejezcan y, se sabe: también hay ideas conservadoras en los jóvenes.
-Hablemos de ellos, entonces. Matilde, la madre de las gemelas, es el personaje con el que esta novela homenajea a los lectores. Lee todo el día, pero no literatura argentina porque dice que esas historias ya las conoce. ¿Qué historias desconocidas le ha contado a usted la literatura argentina reciente?
-Yo siempre leo con mucho interés las primeras novelas: uno puede identificar ahí los estilos, los tonos, eso es lo que cambia. Incluso tengo idea de escribir alguna vez un ensayo sobre primeras novelas en la Argentina. Por ejemplo, cuando leí El amparo, de Gustavo Ferreyra, tuve la sensación de que ahí había algo distinto: una mirada muy distanciada y al mismo tiempo muy intensa sobre acontecimientos cotidianos que toman una carga y un sentido amenazador, perturbador. En Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, me parece que hay un tipo de relato irónico, jugando con lo teórico y con cierta intrepidez de la narración, que habitualmente uno no asocia con un relato femenino porque en general lo que se encuentra es una especie de textura más o menos extraña, del tono Silvina Ocampo, una mirada de lo cotidiano tangencial, que tiene cierta inocencia y al mismo tiempo un elemento perverso, pero acá es al revés y eso lo valoro. En Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, el texto trabaja un mundo de mucha violencia pero al mismo tiempo hay una especie de sopor, del calor y de la droga, que producen cierta distorsión en la percepción muy interesante. Son apenas tres ejemplos; podríamos poner otros.
-Además de la noción de enigma, propia del policial, "Blanco nocturno" participa de la idea de misterio en los experimentos que Luca hace con sus sueños...
-El misterio se relaciona con la noción de lo fantástico, que suele ser problemática. En realidad eso era algo que mi primo de verdad hacía, de modo que los momentos más fantásticos del relato son reales: anotaba fragmentos de sus sueños en las paredes de la fábrica y uno los veía ahí, sin enteder del todo. Le había caído en las manos un libro de Carl Jung, para quien los sueños son un relato continuo, que se puede leer como tal y él adoptó esa hipótesis.
-¿Cómo se lleva usted con sus sueños, ¿los usa para escribir?
-Creo que los sueños le interesan mucho a quien los sueña y los cuenta, pero no siempre garantizan un buen relato. Me parecen más intrigantes ciertas escenas soñadas que persisten y se repiten a lo largo del tiempo. En mi caso, por ejemplo, es muy común que sueñe que estoy perdido en una ciudad.
-¿La misma?
-No, no es la misma ciudad ni creo que yo sea el mismo. Pero en todo caso, no me interesa tanto el sentido que pueda tener el sueño, aunque lo viva con angustia (¡los analistas se van a hacer una fiesta!), sino la aparición de la situación narrativa que podríamos considerar básica para comenzar un relato. Es un lindo comienzo: un individuo que llega a una ciudad y no sabe bien a dónde va ni qué está haciendo allí. ¿Será un marciano?, se pregunta uno.
- ¿Y qué se responde?
- Se lo cuento en otro libro.


Piglia Básico
Adrogué, Prov. de Bs. As., 1940.

Escritor, critico, docente Autor de ficción y ensayos, ha cruzado ambos géneros en su obra. Participó en las polémicas de la literatura argentina de los 60, anteponiendo Borges a Arlt, no como antagónicos, sino descubriendo cuánto de barbarie había en el refinado Borges, y cuánto de libresco en el "salvaje" Arlt. En 1967 publicó los relatos de "La invasión", iniciando una producción singular. Docente universitario en la Argentina y EE.UU., ha saltado de la literatura (donde viene pateando el tablero desde "Respiración artificial", de 1980) al cine (trabajó entre otros con Héctor Babenco), pasando por la ópera (adaptó con Gerardo Gandini su novela "La ciudad ausente") y el periodismo (donde destaca como su "mayor aporte a la crítica literaria" la sección de literatura argentina que editaba en la revista de historietas Fierro). En 1997 ganó el Premio Planeta con "Plata quemada", llevada al cine. Dirigió, además, los policiales de la Serie Negra.
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Así escribe
Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el restaurante del Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.

Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.

En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. Durán había venido a enriquecer esa mitología y su figura alcanzó una altura legendaria mucho antes del momento de su muerte.

Se podría hacer un diagrama con las idas y venidas de Tony por el pueblo, su deambular somnoliento por las veredas altas, sus caminatas hasta las cercanías de la fábrica abandonada y los campos desiertos. Pronto tuvo una percepción del orden y las jerarquías del lugar. Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales, el territorio parece ordenado por un cartógrafo esnob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después, en una franja de unas ocho cuadras está el llamado centro histórico (1) con la plaza, la municipalidad, la iglesia, y también la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos...

1. El pueblo esta en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilometros de la Capital. Fortin militar y lugar de asentamiento de tropas en la Epoca de la guerra contra el indio, el poblado se fundo realmente en 1905 cuando se construyo la estacion de feferrocarril, se delimitaron las parcelas del centro urbano y se distribuyeron las tierras del municipio. En la decada del cuarenta la erupcion de un volcan cubrio con un manto de ceniza la llanura y las casas. Los hombres y las mujeres se defefendian del polvo gris con la cara cubierta con escafandras de apicultores y mascaras para fumigar los campos.


Blanco nocturno
Ricardo Piglia
Anagrama
299 páginas
$59

3.8.10

Taibo II homenajea a Sandokan

En Los tigres de Malasia, su nueva novela, el autor español-mexicano busca cerrar un ajuste de cuentas con uno de sus escritores favoritos: Emilio Salgari

Paco Ignacio Taibo II,escritor español-mexicano, autor de la saga de Héctor Beloascarán Shine.CLARIDAD. "Era un hombre que tenía planteos avanzados y que tenía muy claro que la novela de aventuras gira en torno a la peripecia, la acción, y no a la retórica", dijo Taibo II sobre Salgari.foto.fuente:Revista Ñ

Los legendarios piratas Sandokán y Yáñez de Gomara, inventados por Emilio Salgari, han revivido en la pluma del mexicano Paco Ignacio Taibo II, quien se ha servido de ellos para hacer un homenaje festivo y apasionado al género literario de las novelas de aventuras.

"Yo siempre dije que una buena novela de aventuras se hace con enciclopedias malas y mucha imaginación. Lo importante no son las enciclopedias sino la mucha imaginación", dijo Taibo II.

El también biógrafo de Ernesto "Che" Guevara y de Pancho Villa acaba de publicar la novela Los Tigres de la Malasia (Planeta, 2010), en lo que busca ser un ajuste de cuentas con uno de sus héroes infantiles: el prolífico Salgari (1862-1911), un autor que admira pero que considera demasiado "políticamente correcto".

"Era un hombre que tenía planteos avanzados para su época en las aventuras y sobre todo tenía muy claro que la novela de aventuras gira en torno a la peripecia, la acción, no a la retórica", señala.

Taibo II confiesa que el autor veronés, que dejó un legado de más de 80 libros y un sinfín de relatos, "tenía unas aptitudes inmensas para ser un novelista popular", además de "una vena anticapitalista muy potente", y le considera en cierta medida un visionario.

"Es el primer hombre que tiene personajes femeninos centrales: Capitán Tormenta, Flor de Perlas, que era una rebelde filipina contra la colonia española", recuerda de Salgari, un hombre que llegó a ser ridiculizado en su tiempo y que acabó suicidándose.

El autor mexicano admite que él mismo es una especie de autor "sandokaniano", aludiendo así al espíritu justiciero y libertario que comparte con Sandokán, un príncipe de Borneo también conocido como "El tigre de Malasia".

Con su libro, Taibo II ha revivido al azote de los británicos del siglo XIX en el Öndico, Sandokán y a su fiel compañero, Yáñez de Gomara, un portugués, a quienes vuelve a hacer navegar en "La Mentirosa", su barco. Éste es una especie de pequeña utopía socialista donde todos sus tripulantes trabajan, incluso los náufragos que son rescatados.

Además de a Salgari la novela está llena de guiños a Rudyard Kipling, de viajes por Camboya, Goa (India) y Berlín (Alemania), tráfico de esclavos, fundamentalistas musulmanes, submarinos y banqueros filipinos amigos del poeta de la revolución cubana, José Martí, entre otros delirios literarios.

"Se trata de replantear la novela de aventuras, de revitalizarla", asegura Taibo II, quien dota de enorme fuerza al libro con su mezcolanza, técnicas literarias modernas y malas palabras "que Salgari nunca pudo usar".

Taibo II dice estar satisfecho con una obra que brinda "una revisión más maliciosa del mundo" de la que en su día propuso Salgari.

Para el autor, un personaje como el Sandokán de entonces "no sería pirata de mar" sino algo "más raro", porque la idea romántica que había tras la piratería de antaño hoy está pervertida.

Los confines del mundo son ya conocidos, y las víctimas de los piratas -sobre todo frente a las aguas de Somalia y otros países del este de µfrica- "son marineros inocentes" y los nuevos piratas carecen de poder de fuego "para combatir a los barcos modernos del planeta".

Convencido de que la literatura surge con tiempo y que además exige grandes dosis de imaginación, cree que en su libro ha usado "todos los recursos" del género de aventuras.

"La idea es reivindicar la novela aventuras como un soplo de oxígeno" en un momento de "tiempos muy oscuros", concluye Taibo II.

Finalmente, el también organizador de la Semana Negra de Gijón (España) hizo un balance muy positivo de la última edición celebrada del 9 al 18 de julio, donde hubo más de 850.000 visitantes y unos 150 autores participantes.

"Se puede decir que saltó por encima de la crisis. ­¡Ya la vida nos los cobrará el año que viene!", concluyó.

28.7.10

El sombrero de Lennox

Craig Russell, el creador del detective Jan Fabel, ha ideado un nuevo investigador, perspicaz y atormentado por su experiencia bélica. La acción de su nueva novela transcurre en la posguerra en Glasgow, donde "la lluvia nunca lavaba la ciudad"

Imagen tomada en Glasgow (Escocia) en 1946.- ANTHONY STEWART / NATIONAL GEOGRAPHIC SOCIETY / CORBIS.foto.fuente:elpais.com

Llueve en Glasgow, como no podía ser de otra manera. Bajo el cielo inmisericorde, Craig Russell (Fife, Escocia 1956) asegura que hemos sido afortunados con el tiempo: "Es un Glasgow de novela negra". Celta, dura, proletaria, guasona. Esta es la ciudad de Lennox (Roca Editorial), un ex soldado e investigador privado en la Escocia de los años cincuenta.

Lennox es el tipo de detective que agarra la página por las solapas: ingenioso, de buen vestir y puñetazo fácil. Está en la cuerda floja de la ley y atormentado por sus experiencias bélicas. Su corazón de oro late cuando menos se lo espera. El personaje fue modelado según la generación del padre de Russell, la que no salía de casa sin sombrero y cuyos trajes a medida ocultaban cicatrices de la Segunda Guerra Mundial.

Russell vive en Perthshire con su mujer y sus dos hijos adolescentes, a algunos kilómetros de la brumosa Glasgow. "Conozco la ciudad bastante bien. Aquí es fácil entablar una conversación. Es como un pueblo. Y gasta un sentido del humor muy negro".

La Glasgow de hoy, con edificios de piedra impoluta, cafés y galerías de arte, muestra un carácter más apaciguado que la de los años de posguerra. "Parece pura invención, pero durante años se respiraba humo verdoso", explica el novelista. "Tan espeso era que los conductores tenían que seguir al tranvía para llegar a casa. Miles de personas murieron de enfermedades respiratorias". La entonces segunda ciudad del Imperio británico era una urbe con unos bajos fondos tan oscuros como su aspecto. "Había niños que pensaban que el color natural de la piedra era el negro", describe en Lennox. "La lluvia, fuerte y frecuente, nunca lavaba la ciudad, sino que le pasaba un trapo con aceite".

Pese a que el aire está limpio y apenas quedan resquicios de la industria pesada, todavía se encuentran rincones que transportan hasta la Gran Bretaña de los cincuenta. Bajo el paraguas, Russell señala un piso frente a la estación central de tren. En la primera planta de un edificio de piedra rojiza, unos visillos tras los que se adivinan archivadores y una planta sedienta. "En ese piso imagino la oficina de Lennox". En el pub The Horse Shoe (en Lennox, bautizado The Horse Head), impregnado de olor a la típica empanada de cerdo, los parroquianos beben con tanta seriedad y dedicación como si trabajaran en la fábrica.

Frente a una pinta de la cerveza Bellhaven Best, Russell parece un escocés típico. Hasta que la atención se fija en su obra. En su primer libro, Muerte en Hamburgo, el autor viajó hasta la Alemania contemporánea. Fue la presentación de Jan Fabel, un sesudo oficial de policía cuyo complejo de culpa le lleva a especializarse en la resolución de horripilantes crímenes. La saga Fabel, con cuatro títulos publicados en nuestro país (además, de Muerte en Hamburgo, Cuento de muerte, Resurrección y El señor del carnaval, todos en Roca Editorial), ha obtenido un éxito rotundo en Alemania. Su adaptación a la pequeña pantalla confirma que el autor ha diseccionado con pericia los recovecos de la psique y la cultura germanas.

Explícitas y sangrientas, las descripciones de crímenes que elabora Russell piden cuentas al pasado: "Desde que tuve uso de razón, quise ser escritor. Mi entorno familiar era muy protector y crecí a la sombra de mi padre, que había luchado como voluntario en la Segunda Guerra Mundial, en Burma. Crecí con la idea de que si quería escribir, primero tenía que vivir experiencias. Aunque sabía que no sería policía en toda mi vida, me uní al cuerpo". Durante cuatro años fue parte de una patrulla de especialistas en sucesos violentos, homicidios, fallecimientos inesperados. "Por esta razón suelo describir primero una calle, una casa o una habitación en calma y, súbitamente, la reacción visceral que produce encontrarse con la muerte".

Nacido a mediados de la década de los cincuenta, el escritor se considera parte de una época que todavía podía oler la violencia absoluta. "Yo tenía unos quince años. Mi padre me llevaba en coche a ver a una novia, y por el camino vimos a alguien que había sido atropellado", recuerda concentrado. "Fuimos a ayudar y cuando volvimos a casa, mi padre anunció a mi madre que yo había visto mi primer hombre muerto. La manera en la que lo dijo fue como si hubiera pasado a pertenecer a un club. Me hizo pensar en todo lo que él debió haber presenciado. Su consejo fue que, cualquiera que fuera la causa, nunca debería enrolarme voluntario para luchar en la guerra".

El autor empezó a publicar ya en su cuarta década, cuando se dedicaba a la redacción por encargo. "El negocio iba bien. Tenía mucho trabajo y me era complicado ponerme a escribir ficción, pero supe que si no escribía un libro entonces, nunca lo haría. Tenía que justificar ante mí mismo y ante mi mujer que podía hacerlo. Le conté todos los temas que tenía en mente y ella sin dudar dijo que tenía que escribir sobre el comisario de policía en Alemania (Fabel). Como no tenía demasiado tiempo, terminé tres capítulos y un documento en donde alegaba por qué funcionaría. Fui tan arrogante que lo mandé a los mejores agentes de Gran Bretaña. Un par de días después ya tenía una oferta".

Russell completa dos libros al año, uno de la serie Lennox y otro de la de Fabel. Las coordenadas en las que se mueve cada grupo de libros son muy diferentes. Si Lennox recibe los efluvios clásicos de Raymond Chandler, Fabel está influenciado por la novela negra escandinava encabezada por el sueco Henning Mankell. Ambas coinciden en su capacidad de trascender el género gracias a la dimensión histórica, cultural y social que alcanzan. En el universo Lennox, de trifulcas callejeras, heridas curadas con whisky y casas de citas, existe una puerta trasera que nos lleva a tramas que cruzan las fronteras de Glasgow y de una aparentemente insular Gran Bretaña. En este caso, es el tráfico de armas y el germen del conflicto israelí-palestino: "En aquellos años tienen lugar sucesos que nos afectan en la actualidad. La década de los cincuenta me atrae tanto porque es cuando el mundo empieza a cambiar de una determinada manera".

En nuestra vieja Europa cansada, quebradiza y sin esperanza en el futuro, Russell aboga por una estructura federal unitaria. "Según mi punto de vista, muchos de los problemas europeos vienen del nacionalismo, el separatismo. Se alega que las estructuras políticas homogeneizarán las culturas. Yo considero que son las grandes corporaciones las que uniforman de manera salvaje. Hay que evitarlo. Una Europa federal y sin desigualdad social podría convertirse en líder de la causa humanitaria".

Russell es un británico poco convencional, que tiene sus lealtades al otro lado del Canal de la Mancha en lugar de al otro lado del Atlántico. Algo avergonzado, admite que es miembro de Mensa, una asociación que agrupa a personas de elevado cociente intelectual: "Quise explorar mi manera de percibir, por eso hice el test", explica reticente. "A pesar de sacar una puntuación muy alta, no pude encontrar en el mapa el lugar donde tenía lugar la prueba". De una manera o de otra, Russell siempre ha sido un outsider. "Habrá que preguntar a mi madre el porqué", bromea. Esta posición de distancia se repite en sus protagonistas. Lennox es mitad canadiense, mitad escocés. Jan Fabel, escocés y frisio. "Para mí es necesario narrar desde fuera".

En pleno boom de la novela negra, Russell todavía ve un género sin apuestas radicales. "Es bastante conservador", observa. "Existe una corriente en la que los procesos están tomando importancia. La serie televisiva The Wire (HBO) ha supuesto una gran influencia. Una de las razones por las que situé a Lennox en la década de los cincuenta es porque quería escaparme de los procedimientos: los métodos, las pruebas de ADN. Quería un detective que no pudiera pedir ayuda con el móvil, que trabajara solo". Las concesiones de Russell a la tecnología se reducen al averno en la tierra que puede desenterrarse en Internet: "Mientras investigaba (sobre canibalismo) para la novela de Fabel El Señor del Carnaval, encontré muy perturbador la manera en la que gente que normalmente se sentiría aislada, termina asociándose y justificando lo que hace o pretende hacer".

Russell, cordial, conversador y amante de la buena mesa, se siente como pez en el agua en la bonhomía del noir literario. "Los festivales de novela negra son muy agradables. Los escritores se llevan bien, beben juntos. En cambio, dicen que los autores de ficción general o de novela romántica se enzarzan en discusiones, se apuñalan por la espalda. Quizás tenga que ver con que nosotros dejamos nuestro lado oscuro en la página".

Pese a la camaradería, el escritor confiesa que dedica más tiempo a leer a Günter Grass, Heinrich Böll o tratados de historia que a sus compañeros. "Puedo sonar algo altivo, pero aunque claramente yo sea un autor del género negro nunca creo que esté escribiendo una novela de crímenes. Hablo de gente corriente que se ve envuelta en situaciones extraordinarias".

Lennox. Craig Russell. Traducción de Eduardo Hojman. Roca Editorial. Barcelona, 2010. 336 páginas. 19 euros. www.craigrussell.com

Stieg Larsson, primer autor en vender más de un millón de libros para Kindle

Los e- libros del top selecto en ventas.foto.fuente:elmundo.es

Larsson, fallecido en 2004, saltó poco después a la fama gracias al éxito póstumo de sus novelas 'Los hombres que no amaban a las mujeres', 'La chica que soñaba con una cerilla' y 'La reina en el palacio de las corrientes de aire'.

"Los libros de Larsson han cautivado a millones de lectores alrededor del mundo y han encendido un interés voraz por las vidas de sus protagonistas, Lisbeth Salander y Michael Blomkvist", explicó en un comunicado el vicepresidente de contenido Kindle de Amazon, Russ Grandinetti, al anunciar la noticia.

Amazon informó además de que ha decidido crear el 'Kindle Million Club', un selecto club al que pertenecerán a modo de galardón todos los autores cuyo conjunto de obras superen el millón de ejemplares vendidos en su tienda Kindle y del que Larsson ha sido nombrado primer miembro.

Gracias a ese millón de copias vendidas, las tres obras que componen la saga 'Millennium', que ya ha sido llevada al cine en Suecia y cuya adaptación en Hollywood se espera próximamente, se encuentran además entre los diez primeros puestos de los títulos digitales más vendidos por Amazon.

La mayor tienda minorista del mundo en Internet vende libros digitales a través de la conocida como Kindle Store, que ofrece obras para sus conocidos lectores de ciberlibros, los Kindle, pero que también pueden ser leídas en varios dispositivos de Apple, como el iPhone, el iPad o el iPod Touch, y en ordenadores personales, entre otros.

Esta misma semana la trilogía de Larsson ocupa los tres primeros puestos de libros digitales más vendidos en esa tienda.

Ese éxito en el mundo digital se suma a los ya conseguidos en todo el mundo por las obras de Larsson, que componen una suerte de novela negra aderezada con denuncia social y que están protagonizadas por un conocido periodista (Blomkvist) y una 'hacker' llena de sorpresas (Salander).

Desde la publicación en Suecia hace cuatro años de la primera de las obras, 'Män som hatar kvinnor' ('Los hombres que no amaban a las mujeres', en español), los libros de Larsson se han convertido en un fenómeno internacional que han llevado al autor a lo más alto de las listas de ventas en muchos países.

27.7.10

Los crímenes de la señorita Highsmith

Editorial Norma lanza seis novelas de la maestra del suspenso Patricia Highsmith. Una escritora descomunal que supo hacer literatura con las bajas pasiones, con una maestría que envidiarían los libretistas de CSI. Ahora bien, su personalidad era aún más perversa que sus argumentos...

Llega a las librerías las novelas de Patricia Highsmith, la creadora de Tom Ripley.foto.fuente:revista Arcadia.com

Patricia Highsmith no es Agatha Christie ni sir Arthur Conan Doyle, ni siquiera es Alfred Hitchcock. Ella revela al asesino en las primeras páginas de sus libros. Descubrir el misterio –quién mató a quién, qué arma utilizó, cuándo y dónde lo hizo– no significa nada, lo verdaderamente importante está en otra parte, tal vez, en esa brumosa voz que se esparce entre líneas y le susurra al lector: hey, el criminal podrías ser tú. Por eso, si a alguien se parece Patricia Highsmith, más que a los escritores de misterio, terror o detectivesca, es a Dostoievski. En últimas, ambos son maestros del suspenso. Pero de otra clase de suspenso. De ese que no se nutre de datos ni de cifras sino de motivos. En donde el detective nunca descubre nada porque el único que puede mirar en lo profundo de su ser es el protagonista. Un suspenso que, como toda la literatura que ha tocado el cielo, hace de su materia –en este caso el crimen– un arte. Y también entretiene.

En las más de 30 novelas y cuentos de Highsmith eso es evidente. Tanto que su más reciente biógrafa, Joan Schenkar –que en diciembre pasado publicó The Talented Miss Highsmith: The Secret Life and Serious Art of Patricia Highsmith– está convencida de que si no se hubiera convertido en escritora, habría sido asesina. "Tenía la mente de un genio criminal", dice Schenkar. Y no solo la mente, sino también las manos –grandes como de carnicero y prontas a estrangular– los ojos acechantes y, sobre todo, determinación, ausencia de moral y una conciencia absoluta de que, cuando se ha decidido cometer un crimen, no hay vuelta atrás. Tom Ripley, su personaje más querido y protagonista en cinco de sus novelas, siguió ese camino.

Highsmith aprendió a convivir con sus demonios. Lesbiana, conocía a la perfección los bares gay de la Nueva York de los cuarenta y cincuenta –clandestinos y rechazados en ese entonces– y se paseaba por allí en busca de amantes. Prefería las parejas. Solía inmiscuirse en relaciones heterosexuales estables, aunque nunca se interesó por ninguna en especial. Su segunda novela, El precio de la sal –de temática abiertamente homosexual–, fue publicada en 1953 bajo el seudónimo de Claire Morgan. Al fin y al cabo, para la época, la homosexualidad era considerada una enfermedad. La misma Patricia se despreciaba por ello y por no ser parte de la clase social alta neoyorquina.

Llegó a salir con tres mujeres a la vez. Fue alcohólica. Fumadora. Racista. Solitaria. Secreta. Obsesionada con su madre, con la seguridad, con el paso del tiempo, con las listas, con los impuestos y con la comida.

De niña, Patsy Plangman (ese era su verdadero apellido) planeó asesinar a su padrastro de quien, no obstante, tomó el Highsmith. Lo odiaba por tener que vivir con él en un diminuto apartamento de ladrillos rojos de Greenwich Village en Nueva York. Patsy había nacido en Fort Worth, Texas, un 19 de enero –el mismo día que Edgar Allan Poe un siglo antes– y allí volvería, contra su voluntad a los 12 años, a la casa de su abuela materna, Willie Mae Stewart. "Aprendí a vivir con un odio cruel y asesino desde muy pronto. Y aprendí también a sofocar mis emociones más positivas", diría Highsmith.

Que nadie se alarme. Los niños también pueden matar. Así ocurre en 'La tortuga de agua dulce', un cuento suyo en el que un niño, atormentado por su madre, la asesina tras haberla visto hervir una tortuga para preparar estofado. Una década después, Highsmith, con 52 años, haría una lista que llamó 'Little Crimes for Little Tots: Things Around the House Which Small Children Can Do' que incluía perturbadoras escenas al estilo de: los niños pueden poner cuerdas en la parte alta de las escaleras para que algún adulto se caiga o llenar el frasco de la harina con veneno para ratas.

No fue la única lista que hizo. Al parecer, Highsmith sufrió de un desorden archivístico que la llevó a rotular, planear y clasificar todos los aspectos de su vida. Escribió más de 8.000 páginas de diarios y cuadernos, entre los que se encuentra una lista bastante peculiar, conformada por sus amantes a las que, tras un examen riguroso, aprobaba o desechaba según el deseo momentáneo. También hizo cálculos. ¿Cuántos golpes se necesitan para matar a un niño de ocho años?, y ¿cuántos para matar a uno mayor? Nunca soportó los gritos de los niños. "No entiendo a la gente que es aficionada a armar ruido; por consiguiente, me da miedo, y, como me da miedo, la odio", escribió. Aun así, jamás hirió a nadie: soltaba sus dardos escondida en un rincón.

En los años cuarenta, cuando la joven Pat volvió de Texas a Nueva York –una ciudad que conocía y que la sofocó al punto de instalarse para siempre en Europa– sus cuentos aparecieron en Harper's Bazar mientras ella trabajaba en una editorial de cómics donde el constante peligro de los superhéroes, las persecuciones y las identidades secretas de cualquier Linterna Verde nutrieron su imaginación.

Por esa época inició un amorío con su máquina de escribir Olympia de la que saldrían verdaderos golpes al lector como su primera novela, Extraños en un tren. Sobre el argumento dijo Highsmith: "(...) dos personas acuerdan asesinar a sus amigos mutuos, lo que les permitirá una coartada perfecta". Pero hay mucho más. Está, por ejemplo, Charles Anthony Bruno, un tipo macabro, obsesivo y sin rastro de moral cuya actitud recuerda a alguien que está en el trabajo y quiere llegar a su casa rápido para ver algo en la televisión o alimentar a los peces o hacer cualquier cosa urgente. Bruno quiere llegar rápido para matar.

"Los primeros seis años de mi carrera no fueron precisamente afortunados –anotó Highsmith–, luego ocurrieron unas cuantas cosas que hicieron que la suerte me sonriera". Una de ellas fue la llamada del aclamado Alfred Hitchcock para llevar al cine Extraños en un tren. Highsmith recibió 6.800 dólares. "Cambió mi novela –confesó a su asistente personal– pero siempre le estaré agradecida porque gracias a él pude seguir escribiendo y viviendo de escribir". Esa sería la primera de una larga lista de novelas y cuentos suyos que fueron convertidos en películas. La última: Mr. Ripley el regreso realizada en el 2005.

Con seguridad Highsmith se afectaba cuando veía a sus protagonistas salir mal librados en el cine. Y es que todos ellos –desquiciados y manipuladores como eran– siempre resultaban invictos en sus libros. En El talento de Mr. Ripley, Tom Ripley comete dos asesinatos, cambia de identidad, huye, roba y falsifica firmas. Al final se va a Grecia. Está exhausto y necesita unas buenas vacaciones en el Mediterráneo después de tanto ajetreo. Como Tom, Patricia viajó y tuvo obsesiones.

Caracoles y Gauloise

Patricia Highsmith tenía cientos de caracoles. Los coleccionaba y cuando estaba aburrida sacaba dos o tres de su cartera y los miraba perderse. No es difícil creer que le gustaran más que las personas, tanto, que llegó a escribir un cuento sobre ellos: 'El observador de caracoles', donde cita al naturalista Henry Fabré para anunciar que ninguna especie del reino animal manifiesta tal grado de sensualidad durante el apareamiento como los caracoles. La gente, en cambio, entorpecía su creatividad y por eso la rehuía.

O tal vez por miedo. De hecho, esta planificadora de crímenes perfectos y coartadas inimaginables, nunca dejó de pensar en su seguridad. Según Schenkar, su casa en la villa francesa de Moncourt estaba rodeada por un muro de concreto grueso. Adentro, un cuarto no muy grande, con una cama y una estantería con pañuelos y frascos de Vic Vaporub. En ángulo recto con la cama, un escritorio lleno de papeles y cartas. Cerveza y cigarrillos Gauloise humeando por el suelo. En medio de todo, la solitaria Patricia con sus caracoles.

¿Por qué Otto Penzel, uno de los editores de Highsmith, dijo que era un ser humano horrible? Probablemente porque así fue. Patricia nunca fue correcta ni mucho menos cortés. Tan solo inquietante y transgresora. Desde su juventud, se sintió incómoda con la población negra y ese racismo degeneró en un antisemitismo que la llevó, ya en sus últimos años, a inventar 40 identidades falsas con las que mandó cartas a políticos y periodistas estadounidenses para criticar el estado de Israel y la influencia judía en el mundo. Curioso. Muchas de sus amantes fueron judías.

En realidad, nunca estuvo demasiado feliz respecto a nada. Odiaba también la comida. Schenkar cuenta que su única dieta en décadas fueron el alcohol y los cigarrillos. "La diferencia entre la joven y seductora Pat de sus tempranas fotografías y la vieja escritora de 53 años sentada tecleando es chocante", dice en su biografía. Para Highsmith, el problema de Estados Unidos –por esos días pendiente del Watergate de Nixon– era gástrico. Un ataque de ácido estomacal que los hacía vomitar. Ella misma solía vomitar.

Al tiempo Patricia escribió. Continuó con la saga Ripley. Lanzó antologías desconcertantes como Pequeños cuentos misóginos y Once, novelas como El diario de Edith, La celda de cristal y A merced del viento y un ensayo sobre la escritura que llamó Suspense.

Murió en 1995 –hace justo 15 años– en Locarno Suiza. Estaba enferma. Su entierro fue solitario. Ningún amante. Pocas lágrimas. Sus últimos días los pasó en un hospital acompañada por su contador (Highsmith pagaba impuestos rigurosamente en Estados Unidos y en Suiza). Tuvo, en efecto, una mente criminal. No fue una buena chica, como las que abundaban en los años cincuenta. De esas que iban al salón de belleza y esperaban a que sus maridos regresaran de la guerra. Fue, más bien de otro tipo. De las que telefonea en medio de la noche, con un par de tragos en la cabeza, y pregunta: "¿Alguna vez has tenido ganas de matar a alguien?".

26.7.10

Agujero Noir

¿Enciclopedia biográfica? ¿Testimonio de una obsesión? ¿Ficción de fan? ¿Cuentos encapsulados? ¿Capítulos de una novela que atraviesa la historia del cine noir entre los '40 y los '80? Todo eso y algo más es Sospechosos, el libro del venerado crítico David Thomson incluido con justicia en la colección Roja y Negra de Mondadori

Bajo los anteojos oscuros, Barbara Stanwyck, una de las grandes damas fatales del cine clasico, junto a Fred Mcmurray en pacto de sangre, de Billy Wlder.Foto;fuente:pagina12.com.ar

A continuación, el prólogo con que Rodrigo Fresán presenta este volumen difícil de clasificar pero infinitamente fácil de disfrutar: un paseo por lo mejor del cine noir en busca de la resolución de un crimen.

Por Rodrigo Fresán

Todo el mundo es un soñador y todo el mundo es una estrella
Y todo el mundo está en las películas,
no importa quién eres.

Desearía que mi vida fuera un show de película de Hollywood sin fin
Un mundo de fantasía de villanos y héroes de celuloide
Porque los héroes de celuloide nunca sienten dolor
Y los héroes de celuloide nunca mueren de verdad.

Ray Davies
"Celluloid Heroes"


UNO

El crítico y ensayista cinematográfico David Thomson (Londres, 1941, actual colaborador en The New York Times o en Salon.com entre muchos otros medios) es, por lo menos, autor de tres libros imprescindibles.

El primero de los libros indispensables que firmó Thomson es The New Biographical Dictionary of Film, publicado por primera vez en 1975 y revisado y aumentado varias veces desde entonces.

Un clásico indiscutible.

El tomo de casi 1000 páginas que le hizo decir a J. G. Ballard que Thomson era "el más grande de los escritores sobre cine", a Guillermo Cabrera Infante que se trataba del "mejor trabajo jamás escrito en inglés sobre el cine", a Hanif Kureishi que era algo "maravillosamente personal", a John Updike que le parecía "inteligente y obstinado" y a Peter Bogdanovich, "un texto invalorable para estudiosos, fans y entusiastas serios. Los comentarios de Thomson son fuertes y duros pero siempre informados y nunca triviales y, haciendo excepción de lo que dice acerca de John Ford, de mí y de uno o dos directores más, se me hace muy difícil rebatir sus opiniones".

Y ahí está la clave del asunto: porque el diccionario armado por Thomson no es un diccionario al uso. Los diccionarios deben ser, se supone, objetivos, aspirar a una universalidad libre de posibles polémicas, y no teñir sus definiciones con cuestiones personales. El diccionario de Thomson, en cambio, es todo lo contrario. The New Biographical Dictionary of Film es lo que, en inglés, se conoce como opinionated 1. Así que en él –porque es suyo– Thomson no deja de opinar, desmenuzar, desmitificar y, a menudo, aniquilar a varios hasta entonces intocables monstruos sagrados. Actores, directores, guionistas, productores, compositores de soundtracks pasan por el filtro de Thomson y son aniquilados o reivindicados en entradas de variable longitud que se leen como perfectas miniaturas, como esclarecedores cortometrajes, como capítulos sueltos de un gran script.

El segundo de los libros indispensables de Thomson es Have You Seen...?, fue publicado en 2008, lleva como subtítulo A Personal Introduction to 1000 Films (y más abajo se advierte que "incluye obras maestras, rarezas, placeres culposos y clásicos con apenas unos pocos desastres"), podría llamarse Thomson ataca de nuevo y funciona a la perfección como companion, como gemelo distinto pero complementario, de The New Biographical Dictionary of Film. Greil Marcus dijo de él que "hay un escepticismo en Have You Seen...? que produce en el lector una gran confianza, la sensación de ver a un escritor contemplando todas las películas al mismo tiempo, lo que permite a Thomson referirse a un simple gesto o emitir un juicio acerca de todo un país. No es sólo un nuevo tipo de libro de cine; es una nueva forma de conversación". Y en él –a film por página– Thomson (en riguroso orden alfabético, desde Abbott and Costello Meet Frankenstein hasta Zabriskie Point 2) recorre, rescata, destruye y canoniza su cinemateca privada. Al igual que su Dictionary, se lo puede consultar haciendo uso del índice pero todavía mejor es leerlo como la autobiografía compartida de una vida sentada y en la oscuridad donde este hombre se da el lujo de despreciar a 2001: A Space Odyssey ("Creo ahora, como creí entonces, que no es más que una suntuosa farsa y una elaborada defensa del vacío y del desgano por usar la auténtica imaginación") o a Butch Cassidy and the Sundance Kid ("la película que les dio a Newman y a Redford el apoyo suficente para dejar de pensar y comenzar a posar") y de ascender a la categoría de clásico a The Moderns de Alan Rudolph 3.

El primero de los libros lleva en la portada un fotograma de To Have and Have Not; el segundo, uno de The Godfather.

Uno y otro son dos espectáculos –el deseo realizado de ese "show de película de Hollywood sin fin" al que le cantan The Kinks– que no se acaban nunca y que está bien que así sea.

Uno y otro empiezan justo en el momento en que uno entra en ellos.

Siempre.

DOS

El tercer libro imprescindible de David Thomson no sé muy bien lo que es, pero sí sé, con absoluta seguridad, que es una obra maestra y que se titula Sospechosos.

Rubia y noir: Gloria grahame rendida a los pies de glenn Ford en la oscurisima los sobornados (the big heat), de fritz lang.

TRES

Y cuando digo que no sé muy bien lo que es Sospechosos, en realidad quiero decir que Sospechosos es muchas cosas y todas y cada uno de ellas son cosas formidables.

A saber:

a) Sospechosos es una suerte de enciclopedia sobre el cine noir a la vez que un sentido huracán fanfiction y amoroso valentine al género al que homenajea pero también –como en los mejores homenajes– reinventa desmontándolo para volverlo a montar.

b) Sospechosos es un director's cut.

c) Sospechosos es un writer's cut.

d) Sospechosos es un writer's cut y un director's cut que acaba transformándose en, sí, un critic's cut.

e) Sospechosos es un artefacto metaficcional y posmodernista con guiños cómplices tanto a Vidas paralelas de Plutarco, Vidas imaginarias de Marcel Schwob y a Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges, como a los procedimientos de collage mashup en las obras de John Barth, Robert Coover, Stanley Elkin, Thomas Pynchon & Co. Con todo esto quiero decir que Sospechosos está muy bien escrito.

f) Sospechosos es algo así como una versión del IChing que se puede leer y disfrutar abriéndolo por cualquier página. Y entonces, sí, ser inspirados y esclarecidos.

g) Sospechosos es una versión ácida y lisérgica del juego Trivia Pursuit.

h) Sospechosos es –según el escritor Leonard Michaels– algo "comparable en brillantez a lo que hicieron mitólogos modernos como Borges, Calvino y García Márquez, donde el conocimiento profundo y la pura fabulación se nos ofrecen como un juego exuberante e infinito".

i) Sospechosos es una máquina de hacer y de deshacer memoria.

j) Sospechosos –según el escritor y también cinéfilo Philip Lopate– es "una fértil meditación sobre las trayectorias de los personajes".

k) Sospechosos es el sueño húmedo y en llamas de un cinéfilo 4.

l) Sospechosos es el paraíso de los maníacos referenciales del celuloide o el infernal plano para el parque temático privado que Howard Hughes o William Randolph Hearst o, mejor, Charles Foster Kane jamás llegaron a construirse para, después, encerrarse allí adentro y arrojar la llave por la ventana más alta de sus salas privadas de cine.

m) Sospechosos es una larguísima canción/álbum de Bob Dylan a estrenar en el mismo cine donde nunca ha bajado de cartel su "Brownsville Girl" (y a no olvidar nunca que Dylan es un fan confeso del cine criminal de la edad de oro y hasta propietario de un cine en su ciudad natal).

robert mitchum y jane greer a punta de pistola en traidora y mortal (Out of the past), la pelicula de jacques tourneur considerada como paradigma del cine negro norteamericano.

n) Sospechosos –según la escritora Diane Johnson– es "un maravilloso y perspicaz análisis del carácter norteamericano y su cultura" y descubro que el programa automático/ordenador/alfabético de mi Mac no admite la existencia de la letra ñ.

o) Sospechosos es la respuesta perfecta a la pregunta ¿Qué película te llevarías a una isla desierta?

p) Sospechosos es la respuesta perfecta a la pregunta ¿Qué libro te gustaría que se llevara al cine? (Sospecho que la tecnología para hacerlo ya existe, pero no creo que exista bufete de abogados capaz de desenredar la madeja legal a la hora de redactar y firmar contratos 5. Una vez solucionadas estas cuestiones, por favor, dirigida por Quentin Tarantino con adaptación de James Ellroy & Denis Johnson.

q) Sospechosos es una gran guía de dvd a revisar o a ver por primera vez.

r) Sospechosos –según el director de cine Philip Kaufman– es algo que "en principio parece inocente y muy entretenido. Pero, como solía afirmar Nelson Algren, cualquier tipo debe ser inocente de algo. Y para cuando comprendes de lo que es inocente David Thomson ya es demasiado tarde".

s) Sospechosos es un despacho/mensaje en una botella (o en una lata de película) enviado desde un dimensión alternativa a la que se fueron a vivir Vladimir Nabokov y Philip K. Dick y Stanley Kubrick y Roberto Bolaño y Guillermo Cabrera Infante. Sospechosos es uno de los libros más graciosos y divertidos jamás escritos.

t) Sospechosos es un riquísimo banco de datos del que podrían salir muchísimas películas tanto más inteligentes que aquellas con las que nos castiga Hollywood por estos días.

u) Sospechosos es un catálogo de prequels y de sequels.

v) Sospechosos es un libro de relatos.

w) Sospechosos es una novela.

x) Sospechosos (lo comprendemos recién al llegar a las últimas páginas, a las escenas finales, cuando se nos revela el primer plano de un narrador que, como la enloquecida Norman Desmond al final de Sunset Boulevard, finalmente parece decirnos "Muy bien, Mr. DeMille, estoy lista para mi primer plano") es una de las historias más tristes y desoladoras jamás narradas y filmadas...

...y volver a empezar porque no nos alcanzan las letras. Así que, mejor, conformarnos con lo del principio con la convicción de no poder definirlo del todo pero con la certeza de que

z) Sospechosos es una obra maestra 6.

Y vayamos entrando, que la función va a comenzar.

CUATRO

Pero todavía quedan unos minutos, así que aprovechemos para hablar un poco más antes de que haya que guardar silencio mientras se ve y se lee.

Supongamos que en la butaca de al lado está sentado David Thomson y que nosotros le preguntamos cómo fue que se le ocurrió la idea para Sospechosos. Entonces –como lo hizo en una entrevista– Thomson nos respondería: "Alguien me pidió que hiciera un diccionario de personajes de películas. Lo que me pareció una tarea imposible de asumir y abarcar. También pensé que muchos géneros no se relacionan bien entre sí. Así que decidí limitarme al noir. Hice una lista y me puse a pensar en ellos y se me ocurrió que muchos podrían haberse conocido más allá de lo que habíamos visto en sus respectivas películas. En otras palabras, una gran red –una novela– comenzó a atraparlos y a contenerlos y a relacionarlos unos con otros7. Esto fue sucediendo de a poco y llevó un largo tiempo. Pero me interesaba combinar ambas especies: la enciclopedia y la novela. Y yo tenía esta imagen de una biblioteca donde cada uno de los personajes se iba poniendo de pie y resumía su existencia para el lector. Pienso que una de las facetas más interesantes de Sospechosos es la manera en la que el mismo formato de una enciclopedia se presta a la intertextualidad. Pensé entonces que la estética del noir se apreciaba mejor como una suma de todas sus partes y que, además, representaba una apreciación nueva de la historia moderna porque todo podía llegar a ser noir: una cierta forma de ficción, sí, pero también la cuna de la paranoia absoluta y de la sospecha constante que definen a nuestro tiempo. El noir era una opción de leerlo y de comprenderlo todo 8. Y el título de mi libro era un sujeto a la vez que un adjetivo: de un modo u otro, todos somos sospechosos de algo o para alguien, y es más que probable que hayamos cometido algún 'crimen' que preferimos no recordar... Así que me puse a ver todas esas películas para descubrir pequeños detalles aparentemente casuales o poco importantes y a llenar los vacíos de las tramas sin que eso significara traicionar las esencias de los personajes".

CINCO

Así, contrariamente a lo que pueda pensarse en principio, Sospechosos es mucho más que la versión serie negra de la portada de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. De acuerdo, se explora el género desde 1940 a 1980, están todos los que tienen que estar 9; pero lo que aquí acaba imponiéndose más allá del ingenio de la ecuación es el genio del resultado. El logro indiscutible de Sospechosos es que –luego de tanto entretenimiento y alcanzado el monólogo/confesión del último sospechoso– nos regala una rara emoción: la exaltación de quien ama a las películas pero, también, el inesperado sentimiento de haber sido irradiados y abducidos por el agujero negro y noir de tantas horas en la oscuridad y de, por fin, luminosos e iluminados, sentirnos parte de ella.

En Sospechosos, David Thomson reúne muchísimos más "usual suspects" que el capitán Louis Renault en Casablanca, pero lo verdaderamente admirable e inesperado es que, de algún modo, entre todos ellos, también, como en alguna de esas ficciones en las que la pantalla absorbe a los espectadores –como extras, como cameos, como sorpresivos y sorprendidos figurantes en una película merecedora de todos los Oscar de aquí a la eternidad– también estamos todos nosotros.

la tantas veces diabolica gene tierney hipnotizando desde el cuadro al detective mcpherson (dana andrews) en laura, de otto preminger

SEIS

Y, claro, inevitable, alguna vez le preguntaron a David Thomson sobre una posible segunda parte o actualización de Sospechosos. A quiénes pondría y todo eso.

Thomson respondió: "De hacerlo –aunque no creo que lo haga– invitaría a las películas y a los directores que más me hacen pensar acerca de las vidas de sus personajes más allá de lo que enseñan en un par de horas. David Lynch o Paul Thomas Anderson, por ejemplo. El modo en que sus criaturas llevan existencias aparentemente normales que no son más que las fachadas de vidas secretas. Magnolia me parece un riquísimo yacimiento en este sentido y los personajes de Anderson siempre sufren pasados misteriosos de los que intentan huir a toda costa. De ahí que el noir sea algo tan eternamente moderno, porque de lo que habla una y otra vez, finalmente, es de la fantasía universal de querer ser otro, de volver a empezar, de desaparecer aquí y aparecer en otra parte".

Y, a continuación, Thomson agregó: "Cuando acepté hacer Have You Seen...? lo cierto es que no me gustaba la idea de encarar algo que se parecería tanto a un sumario de mi carrera, a un resumen de lo visto y pensado y escrito. Así que lo fui postergando, porque me incomodaba la sensación de estar acercándome a ese punto. Pero me regocijó descubrir, cuando me puse a ello, lo mucho que me divertía escribirlo y lo bien que me la estaba pasando. Se sabe que nadie quiere escribir su último libro. Pero se llega a una edad –yo no la he alcanzado pero ya puedo verla más o menos cerca– cuando comienzas a preguntarte si el que estás escribiendo será tu libro de despedida. Lo cierto es que estoy cada vez más convencido de que los libros que me quedan no serán sobre cine, porque he tenido la oportunidad de decir casi todo lo que me interesaba decir sobre el tema. Sería tonto afirmar que me queda algo importante por revelar luego de haber producido dos volúmenes de más de medio millón de palabras cada uno. Así que me parece que me voy aproximando al The End en lo que al tema se refiere".

Por suerte para nosotros, antes de llegar a ese lugar final y a este principio de convencimiento, Thomson escribió y dirigió Sospechosos.

Ahora, otra vez –en blanco y negro y en rojo y noir y en colores– la luz se apaga para que las luces se enciendan.

Música.

Títulos.

Sombras.

Aquí –el cuello alzado de la gabardina y el vestido ajustado, la cabellera fatal y el rostro velado, las sonrisas torcidas y las cejas enarcadas, los nobles deseos y las malas acciones, los cuerpos ardientes y los cerebros fríos, las frases inolvidables y las escenas perfectas, los corazones destrozados y las traiciones indestructibles, los puñales por la espalda y los revólveres a quemarropa, los cigarrillos siempre encendidos y la lluvia que los apaga, los primeros planos cerrados y los encuadres abiertos– vienen y vuelven ellos y ellas.

Todos juntos ahora.


1 Actitud que, por supuesto, le ganó a Thomson numerosos lectores indignados, enemigos eternos y rivales en el oficio que cuestionan y desprecian todos y cada uno de sus veinte libros hasta la fecha. Está claro que no es mi caso (hasta le perdono a Thomson lo que afirma de 2001 un poco más abajo) y me permito recomendar, entre los que leí, su exhaustiva biografía de David O. Selznick (Showman), su aproximación muy personal al mundo de Orson Welles (Rosebud), su poco ortodoxo pero muy interesante intento de contarlo todo (The Whole Equation: The History of Hollywood), su exploración geográfica de un territorio de mapa cambiante (In Nevada: The Land, The People, God, and Chance), su periplo extraterrestre para atrapar a un monstruo (The Alien Quartet) y su obsesión casi patológica con la ex Mrs. Cruise (Nicole Kidman). No he leído aún su reciente memoir juvenil (Try To Tell The Story) o su reciente libro sobre la Psycho de Alfred Hitchcock, pero, seguro, ya entraré a algún cine donde las pasen, y me sentaré a leerlos.

2 Advertencia: por razones de universalidad y respeto, referiré los títulos originales de películas mencionadas a lo largo de este prólogo.

3 Y, por si a alguien le interesa, en el año 2002, la revista especializada inglesa Sight and Sound le solicitó a Thomson la lista de sus 10 películas favoritas de todas las nacionalidades y todos los tiempos y aquí están en orden de preferencia: Blue Velvet de David Lynch (1986), Céline and Julie vont en bateau de Jacques Rivette (Céline y Julie en barco, 1974), Citizen Kane de Orson Welles (1941), Il Conformista de Bernardo Bertolucci (1970), His Girl Friday de Howard Hawks (Ayuno de amor, 1940), Un condamné à mort s'est échappé de Robert Bresson (Un condenado a muerte se escapa, 1956), Pierrot Le Fou de Jean-Luc Godard (Pierrot el loco, 1965), La règle du jeu de Jean Renoir (La regla del juego, 1939), Ese oscuro objeto del deseo de Luis Buñuel (1977) y Ugetsu Monogatari de Kenji Mizoguchi (1953).

4 Y me da mucha felicidad imaginarme las alegrías que este libro deparará a un elenco que incluye nombres como los de Juan Marsé, José Pablo Feinmann, Paco Camarasa, Julio Crespo, Javier Marías, Juan Ignacio Boido, Alberto Fuguet, Alan Pauls, Jordi Costa, Diego Curubeto, Maruja Torres, Guillermo Saccomanno, Enrique Vila Matas, Marcelo Figueras, Carlos Boyero y Guillermo Piro, por citar tan solo apenas un puñado entre sus muchos posibles espectadores ideales. (Nota: Sospechosos es uno de esos libros para regalar a los amigos para así poder hablar sobre Sospechosos con ellos.)

5 Lo más parecido a Suspects que se ha intentado en la gran pantalla es, supongo, la encomiable comedia Dead Men Don't Wear Plaid (Cliente muerto no paga, 1982) de Carl Reiner y coescrita y protagonizada por Steve Martin con la ayuda de gente como Humphrey Bogart, Bette Davis, James Cagney y siguen las firmas sobre el cemento por siempre fresco de Hollywood Boulevard.

6 Y escribo esto y recuerdo y voy hasta mi biblioteca y ahí está otro libro de David Thomson en el que –en 1990, cinco años después de Sospechosos– repitió metodología pero cambió de género y paisaje. En Silver Light, Thomson hace por el western lo que aquí hizo con el noir; por lo que me veo felizmente obligado a corregir lo del principio:

"UNO El crítico y ensayista cinematográfico David Thomson (Londres, 1941; actual colaborador en The New York Times o en Salon.com entre muchos otros medios) es, por lo menos, autor de cuatro libros imprescindibles".

7 Un mínimo ejemplo del Método Thomson: en Sospechosos se nos informa de que Julian Kay (Richard Gere en American Gigolo, de 1980) es hijo de Joe Gillis y Norma Desmond (William Holden y Gloria Swanson en Sunset Boulevard, de 1950) quien supo ser, durante los años '20, amante de Noah Cross (John Huston en Chinatown, 1974). Y todo encaja –Thomson consigue que encaje– para que así sea. Una y otra y otra vez.

8 De ahí que Thomson –con inteligencia– considere a El gran Gatsby, al James Dean de Rebel Without a Cause, a Lolita y al Jack Nicholson de The Shining como inequívocos especímenes noir.

9 Consultar la filmografía/bibliografía al final del libro si no se puede aguantar la ansiedad, pero lo mejor es ir encontrando a los personajes/actores de a poco, sorprendiéndose con cada capítulo hasta alcanzar la revelación final.

19.7.10

La nueva 'femme fatale' de la novela gráfica

Coqueteo, alcohol, cigarrillos y un mundo de apariencias fabrican un cóctel explosivo en Asquerosamente rica, una novela gráfica arquetípica del género negro, un relato "de crimen y sexo, y de cómo uno se relaciona con el otro", en palabras de su dibujante, el valenciano Víctor Santos

La lujosa protagonista de Asquerosamente rica.foto:Efe.fuente:elmundos.es

El cómic, primera publicación de la serie Panini Noir, cuenta la historia de un perdedor, Richard Junkin -"Junk para los amigos"-, un antiguo jugador de fútbol americano con una carrera truncada por una lesión, que ha acabado por convertirse en un patético vendedor de coches de Nueva Jersey.

Las cosas se complican para Junk cuando el jefe del concesionario le encomienda una nueva tarea: ser el guardaespaldas de su hija Vicky, una sensual joven cuyo "territorio de caza" son las noches desenfadadas del Nueva York de la década de los 60. Pero más que el acompañante de Vicky, Junk acabará transformándose en su "perrito faldero", o lo que es peor, en la persona encargada "del trabajo sucio".

Escrita por el conocido guionista de cómics estadounidense Brian Azzarello, autor de la serie '100 balas', 'Asquerosamente rica' es una historia producto de la amistad surgida entre el escritor y el dibujante tras coincidir ambos hace unos seis años en el Salón del Cómic de Avilés.

En aquella ocasión, cuenta Santos en una entrevista con Efe, Azzarello quedó entusiasmado con la incipiente obra del joven dibujante valenciano -autor sobre todo de serie negra y fantástica-, al punto de que se marchó "con ganas" de trabajar con el dibujante.

Dos años después volvieron a coincidir en Barcelona, pero esta vez Azzarello traía una propuesta concreta para Santos: "una historia de género negro puro y duro, en esa línea de blanco y negro que a él [Azzarello] le gusta mucho", confiesa el dibujante. "Hablamos de hacer un tipo de historia muy clásica, con la clásica 'femme fatale', que es una figura que nos gusta mucho, y con personajes arquetípicos", agrega.

Un cómic lleno de influencias

Surgió así 'Asquerosamente rica', una novela gráfica que bebe de las fuentes de los autores clásicos del género negro: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain y, en particular, de Jim Thompson, un escritor con muchos "puntos en común", afirma Santos, con Azzarello. "Él juega mucho con el tema del perdedor, sus personajes suelen ser gente que tiene algo del pasado que arrastran y que les ha jodido la vida", afirma Santos.

En 'Asquerosamente rica', aclara el dibujante, la historia está muy contenida, "pero cuando la violencia estalla, estalla de forma muy potente".

El cine es otro de los puntos de referencia de la historia. Películas como 'Ocean's Eleven', 'El cartero siempre llama dos veces' o 'L.A Confidential' marcan la línea estética de la historieta. Con un trazo realista pero con el toque 'cartoon' que lo caracteriza, Santos explica que se preocupó por "definir espacialmente" el escenario en el que los personajes se mueven e interactúan para que el lector pudiera situarse.

Sobre si el cómic tendrá continuidad, Santos señala que "hay muchas posibilidades". Lo que sí es seguro es que ambos tienen la intención de continuar colaborando juntos, pero "siempre en género negro", acota el dibujante.