7.8.13

Márkaris admite estar "harto de vivir" la crisis y de "escribir" sobre ella

El escritor de novela negra Petros Márkaris se ha declarado hoy "harto de vivir" y de "escribir" sobre la crisis en Grecia, que ha ocupado muchas páginas en sus libros, por lo que, según ha asegurado, quiere "acabar" con este capítulo en su obra

Márkaris prepara para el otoño, Pan, educación y libertad./lainformacion.com
En otoño llegará "Pan, educación y libertad", el último libro de su trilogía sobre la crisis que, junto con la novela en la que está ahora trabajando, "una especie de epílogo", pondrá punto y final a esta temática con la que ha acercado la realidad griega a medio mundo.
En ellas, las investigaciones del personaje principal, el comisario Jaritos, han servido para que Márkaris narrase el sufrimiento que soportan los griegos. Y es que el escritor asegura que la realidad social en la que se ambientan sus novelas cobra más fuerza que la propia trama.
"La novela negra se ha transformado en la nueva novela social", ha remarcado Márkaris en una rueda de prensa en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, donde está dirigiendo un curso en el que ofrece cinco claves para convertirse en escritor de novela negra.
Aunque está harto de la crisis, Márkaris no evita denunciar la situación que vive su país, "la gente está sufriendo, sin ninguna perspectiva de que haya una solución a la vista", porque, a su juicio, "la medicina que se está aplicando no es la adecuada".
Y no duda en culpar a una generación de cometer uno de los mayores errores en la historia de Grecia, "han provocado el desastre que ahora conocemos", remarca Márkaris, a pesar de lo cual siguen estando activos en el mundo de la política.
Sobre ellos hablará en "Pan, educación y libertad", que, aunque no quiere calificar como su novela más política, "es la que aborda de forma más cercana la crisis en Grecia".
Aunque no le obsesiona buscar la originalidad en su obra, Márkaris reconoce preocuparse por cómo contar la historia y cómo hacer que conecte con el público y para ello defiende que el creador debe tener una mente "retorcida".
"No es fácil decidir a quién se va a matar. No solo hay que convivir con el asesino sino que hay que construir el asesinato perfecto", ha defendido.
Además, Márkaris ha calificado de esperanzadoras las manifestaciones que se están produciendo en Turquía, país en el que nació, ya que considera que la gente se está levantando, harta de que le impongan un modo de vida.

6.8.13

Morbo, violencia y rating poblaron el festival porteño de novela policial

En Buenos Aires Negra, escritores y periodistas reflexionaron sobre las escenas sangrientas de la vida cotidiana

Como en casa. Maurizio de Giovanni centro contó que visitará La Boca y que besará su suelo. / Mario Quinteros./revista Ñ
¿Cómo mete la cola el género policial, ficticio o real, en el día a día? Esa es una de las tantas preguntas que el sábado atravesaron la segunda jornada del BAN! (Buenos Aires Negra), el festival de novela policial que ya va por su segunda edición en la Ciudad, y que cuenta con gran cantidad de público para escuchar a varios escritores.
Algunos datos pueden servir para pensar, esa actividad que suele exigírsele impúdicamente al arte, qué es lo que resulta atractivo de los casos que chorrean sangre. La escritora Selva Almada pareció sortear la corrección cuando contó que visita diariamente las páginas policiales y destacó el aporte de la literatura de Leonardo Oyola que pone en el lugar del héroe al delincuente. La mesa, integrada además por Horacio Convertini, Marcos Pereyra, Javier Chiabrando y Daniel Sorín, coincidió en que la realidad no es buen material a la hora de escribir ficción. “Los casos policiales son sólo un marco de referencia en la escritura”, apuntó Convertini mientras que Sorín enfatizó que “hay que recortar la realidad y centrarse en un objetivo de escritura preciso”. Tras el debate, Selva Almada leyó un fragmento de Chicas muertas, su próximo libro, una inquietante no ficción sobre casos en los que las víctimas terminan atrapadas en una maraña de impericia y misterio que determina que sus muertes queden impunes.
“Amor y odio a la española” fue una muy interesante charla entre la escritora Rosa Ribas y el escritor Daniel Rojo; mientras Rojo –novelista y ex ladrón que pasó 14 años a la sombra y se declaró absolutamente redimido por el amor– se confesaba un optimista por la bondad esencial del Hombre, Ribas resaltaba lo contrario. En un muy gracioso contrapunto, se permitieron hablar de la penosa situación de España, la corrupción creciente, la impunidad de los enormes desfalcos de los gerentes de la política, pero el mitin terminó con un hilarante interrogatorio en el que dos policías de ficción –actores que improvisaron con notable destreza– sometieron al ex atracador de bancos y blindados.
Más allá de una jornada en la que participaron más de una veintena de escritores, la mesa “Noticias efímeras, crímenes permanentes: Delito y TV” acaparó la atención del público. Los periodistas Florencia Etcheves, Mauro Szeta y Paulo Kablan se enfrentaron a una sala repleta que tuvo la oportunidad de formular sus preguntas. El resonante caso de Ángeles Rawson, la adolescente brutalmente asesinada, copó la parada y los periodistas remarcaron que es posible hacer el seguimiento de esas noticias sin filtar las creencias personales en la información.
El rol del periodismo fue cuestionado pero el público pareció aceptar, carcajadas mediante, que “el éxito de las noticias policiales se debe a que todos somos morbosos”, como soltaron los referentes de la mesa. Sin embargo, la sensible cuestión de la Presunción de Inocencia, un derecho constitucional que parece cada vez más vulnerado en esa especie de tribunales públicos en los que se convirtieron muchos noticieros y programas de chimentos, también fue tema de debate. Periodistas y público coincidieron en lo perverso de que la batalla por el rating arrase la dignidad de los involucrados y alimente incluso a los programas de espectáculos. Florencia Etcheves sentenció que “los noticieros no tendrían que regirse por el minuto a minuto”.
Al término de ese debate, seguía la mesa sobre violencia doméstica y femicidio, un mal de crecimiento alarmante en el país, presidida por Ernesto Mallo, director del BAN!, y la abogada y criminóloga Claudia Cesaroni. Cuando los periodistas de televisión bajaron del estrado, la mayoría del público abandonó la sala y la cuestión de la violencia de género quedó casi desierta. Como corolario, y a propósito de un festival de novela negra, cabe señalar que a confesión de parte, relevo de pruebas.

31.7.13

Las siete vidas de Bernie Gunther

¿Dónde no ha estado el policía, a ratos detective, Bernie Gunther?, ¿En qué guerra no ha combatido? He aquí un caso notable de personaje literario sobre quien el apelativo de “curtido en mil batallas” no resulta exagerado

Portada de la trilogía de Berlín, publicada por RBA./elpais.com/elemental
Para no ir muy lejos, alguien se ha tomado la molestia en Wikipedia de elaborar una biografía suya, porque han sido tantas sus andanzas en momentos importantes de la historia reciente, que conviene establecer un orden para no perderse definitivamente. Las conclusiones, a modo de currículo, serían las siguientes: se sitúa su nacimiento en 1896 (finales del siglo XIX), hecho que le permite combatir siendo muy joven en el frente turco durante la Primera Guerra Mundial, donde recibe la cruz de Hierro, para luego tener tiempo de ser policía en tiempos revueltos durante la Alemania de postguerra, asistir a la llegada de los nazis, dejar la policía un rato, trabajar como detective de un hotel berlinés (es decir, ser un espectador crítico de la llegada de los nazis al poder) y entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial con todas sus consecuencias.
Y, ya en esos años terribles, Bernie es reclutado para trabajar con la policía del Régimen (1939) con todo lo que ello significa: estar presente en algunas de las operaciones de limpieza ejecutadas por sus colegas en el este europeo. Bernie es un testigo privilegiado del horror nazi, de cómo se las gastan algunos altos personajes, tipo Goering, Himmler y el general SS Reinhard Heydrich, para quien tiene que colaborar a la hora de resolver un asesinato (Praga Mortal, RBA, traducción de Alberto Coscarelli Guaschino). Tiene tiempo para trabajar en homicidios, para hacer labores en la Oficina de Crímenes de Guerra (curioso departamento que realmente existió en Berlín) y para hacer labores como oficial de inteligencia en el frente ruso.
No obstante, la guerra se le queda corta. Vive una postguerra como detective, incluso en misiones de espionaje, y tiene que refugiarse con falsa identidad (Carlos Hausner) en lugares tan interesantes como Argentina y Cuba en los años cincuenta. Pocos casos habrá en la literatura actual de personajes con un currículo tan intenso. A todas estas guerras, a todos estos conflictos sobrevive. Como un gato.
¿Qué tipo de personaje es este investigador que lleva una existencia literaria tan intensa? Bernie Gunther, al parecer de numerosos críticos, es un hombre que recuerda al detective Marlowe. Es suficientemente cínico como para parecerse a él. Así lo parece tras leer alguna frase como ésta: “Este es mi gran problema. Funciono con monedas: empiezo a pensar cuando me ofrecen dinero. Empiezo a pensar mucho cuando me ofrecen mucho dinero”.
Solo una persona de cinismo en alto grado podría sobrevivir en unas condiciones tan adversas, odiar a los nazis pero saludar brazo en alto al mismo tiempo. Esa es la doble vida de este personaje.
No es frecuente situar a un detective en medio de un escenario tan complicado y tan señalado como, fundamentalmente, el relacionado con la Alemania nazi. Mucho menos aspirar a que alguien pueda imponer cierto tipo de justicia (aunque sea la suya propia) dentro de un sistema tan autoritario y discrecional. Las tramas son convencionales y los personajes son individuos perdidos en un mundo que parece abocado a un final violento. Gunther aplica su justicia, y ahí trata de ganarse la complicidad del lector. Y no le importa apretar el gatillo si es necesario.
La llegada de este personaje tuvo éxito desde el primer momento. El autor escocés Philip Kerr (Edimburgo, 1956), un escritor prolífico que ha hecho también incursiones en la novela infantil, creó una trilogía entre 1989 y 1991 que se llamó Berlín negro, con Violetas de marzo, Pálido criminal y Réquiem alemán. Las novelas estaban ambientadas en el Berlín cercano al estallido de la guerra, las dos primeras, y el de postguerra, la última. La trilogía tuvo éxito. Un personaje en unos escenarios tan característicos siguió dando vueltas en la cabeza de su autor y, así, a partir de 2006, fueron cayendo el resto de novelas (Unos por otros, 2006; Una llama misteriosa, 2008; Si los muertos no resucitan, 2009; Gris de campaña, 2010; Praga mortal, 2011 y A man without breath, 2013, todavía no editada en España).
Kerr ha superado con éxito la dificultad de elaborar unas novelas que, de momento, exigen una cuidada ambientación. No ha sido excesivamente criticado por ello, lo cual quiere decir que el trabajo previo ha sido competente. Y ha creado un personaje único en un escenario único: a pesar de esa doble originalidad, el aire negro es inconfundible en cada una de estas novelas, un aire inequívocamente anglosajón por otra parte. Tanto es así que se permite algo más que un guiño a las novelas de Agatha Christie en Praga Mortal.
“Solo hay una cosa que me irrite más que la compañía de una mujer fea por la noche y es la compañía de la misma mujer por la mañana”. Eso es capaz de decir Berhard (Bernie) Gunther. Recuerda a Marlowe, pero nadie se lo va a reprochar.
Pueden leer aquí la serie completa de Los detectives de nuestra vida. Y aquí Marlowe , MontalbanoArcher

26.7.13

Archer: duro, triste, apasionante y real como la vida

Archer, como su creador, como la vida, evolucionó a lo largo de casi treinta años en un caso no único pero sí excepcional en la historia del género. No sabemos exactamente qué pasó con él, pero sí lo que vivimos a lo largo de esas 18 novelas en las que un hombre solitario, honesto, muy brillante y perspicaz, decidido, algo melancólico y enemigo nato de la injusticia nos lleva de la mano por toda una época y por casos que muestran lo peor de las cloacas del ser humano

Paul Newman, presto su cuerpo, mirada, voz y ojos para corporizar a Lew Archer./elpais.com
Ross Macdonald (seudónimo de Keneth Millar, California, EE UU, 1915- 1983) terminó abruptamente con las aventuras de Lew Archer en 1976 con El martillo azul (RBA, traducción de Aníbal Fernández). La vida fue cruel con el maestro de la novela negra de posguerra y un Alzheimer devastador le dejó sin capacidad para escribir y borró de su memoria sus creaciones.
Archer, como su creador, como la vida, evolucionó a lo largo de casi treinta años en un caso no único pero sí excepcional en la historia del género. No sabemos exactamente qué pasó con él, pero sí lo que vivimos a lo largo de esas 18 novelas en las que un hombre solitario, honesto, muy brillante y perspicaz, decidido, algo melancólico y enemigo nato de la injusticia nos lleva de la mano por toda una época y por casos que muestran lo peor de las cloacas del ser humano. Consciente o no de lo que le ocurría, Macdonald incluye en esa crepuscular y bella última novela pistas que podrían hacer pensar que el otrora atractivo y brillante Archer termina sus días presa del Alzheimer. Esta es su historia y mi homenaje.
Pueden leer aquí la serie completa de Los detectives de nuestra vida. Y aquí Marlowe y Montalbano.
Vaya por delante una aseveración: Lew (por Lew Wallace, autor de Ben Hur) Archer (en principio por el socio de Sam Spade que muere al inicio de El Halcón Maltés, extremo que Macdonald reconoció y luego negó en varias ocasiones) es mucho más que el detective que completa la trilogía iniciada por Marlowe y el propio Spade. Con este personaje, Macdonald se aleja de los homenajes más o menos fallidos a Chandler y Hammett, explora otras vías, construye un detective que crece como un personaje que bebe del hard boiled pero que lo supera y abre otras vías.
Cuando le conocemos, Archer tiene 39 años y ha estado en la guerra, donde ha servido en Inteligencia. Antes de ir al campo de batalla fue 10 años policía en Long Beach, donde llegó a sargento y ha trabajado para el fiscal. Pero no gustaba a sus jefes: es demasiado honesto, está demasiado empeñado en la verdad, es demasiado difícil disuadirle para que se conforme con lo que conviene. Antes de todo esto ha sido un joven problemático que coqueteó con la delincuencia.
Archer es ambicioso, como su generación, mide 1,80 y pesaba 85 kilos, ojos azules, pelo moreno, bien musculado, atractivo. Podemos decir que el hecho de que fuera Paul Newman quien protagonizase las adaptaciones al cine no es ningún dislate (hay varias versiones sobre por qué el detective se llama Harper y no Archer. La más reconocida es que Newman tenía predilección por los personajes que empezaran por H y lo pidió él mismo).
Le gusta vestir bien y no le importa gastar dinero en trajes caros. Lleva sombrero, hasta que se pasa de moda, porque Archer, madura, envejece, se adapta a la época. Ama los coches y es muy perseverante en esto. Tiene un descapotable azul. Cuando se lo roban y destrozan se compra otro descapotable azul. Luego le ocurre lo mismo con otro verde. Fue fiel a los descapotables y, sobre todo, a los Ford.  Su despacho es discreto y pequeño y los dos lugares en los que habita a lo largo de su vida, también. No necesita mucho porque su verdadera pasión es su trabajo. Fuma y lo deja junto a millones de estadounidenses cuando, a mediados de los sesenta, la industria se ve obligada a reconocer que mata. Bebe, y le gusta, pero prefiere no emborracharse y le da un poco a todo: whisky, bourbon, cócteles (el Gibson, con cebolla, para comer) y cerveza.
En general, nuestro detective trabaja solo y está más o menos solo en la vida. Tiene algunos compañeros de profesión (como el matrimonio Arnie y Phyllis Walters de Nevada) a los que recurre si es necesario, pero le gusta ir a su aire. También está algo solo en la vida. El periodista Morris Cramm y algunos agentes y guionistas  de Hollywood, mundo del que se aleja progresivamente porque lo detesta cada vez más, son las pocas relaciones amistosas de un hombre melancólico que encuentra refugio y conversación en las telefonistas de su servicio de contestador, a las que llama por su nombre y con las que mantiene una amistad más fiel que con cualquier otro mortal.
Las mujeres y L. A.
¿Y las mujeres? Ay, las mujeres. Archer no supera la separación y divorcio de Sue, mujer que de una u otra manera está presente a lo largo de toda su vida. Sue le deja por lo de siempre: se preocupa demasiado por los demás y demasiado poco por ella. “Ojalá supiera quién eres”, le dice en una ocasión. La huella que deja se ve en algunos recuerdos y, sobre todo, en la tendencia de Archer a buscar relaciones más o menos interesantes pero destinadas al fracaso. 
Archer vive en California, lugar que ama. En sus novelas se puede sentir como en pocas la fuerza de ese océano, la presencia abrumadora de las carreteras, de esos impresionantes nudos de autopistas cuyo murmullo se oye desde su casa “lejano pero íntimo , como el murmullo de la sangre en mis venas” (La mirada del adiós); se percibe la presencia de la brisa, de la noche, de la tristeza del cielo azul. Como dice Sue Grafton, “Macdonald nos descubrió una California que no sabíamos que existía”. Y eso que se inventa los nombres de muchas localidades. Da igual, toda California y en especial Los Ángeles, ciudad de detectives por excelencia, ese “laberinto construido por un niño inspirado” encuentran en Macdonald su mejor retratista.
Archer es un personaje lleno de fuerza pero triste, sin familia pero que se pasa la vida investigando las miserias y la bazofia que sale cuando se escarba un poco en las relaciones familiares de la clase media y media alta de la zona. Cuando se le contrata y empieza a descubrir la verdad siempre alguien quiere deshacerse de él. Pero es muy difícil que deje un caso. Nuestro querido personaje recurre a la violencia sólo en última instancia e incluso el 38 que lleva en sus inicios va desapareciendo a lo largo de los años. Con el tiempo se vuelve más reflexivo y psicológico, pero demuestra desde el principio que el hard boiled había dejado de ser territorio exclusivo del alcohólico violento y cínico.
Siempre que leo algo de Lew Archer, en sus novelas o en la extraordinaria recopilación de relatos dirigida por Rodrigo Fresán y publicada bajo el título de Expediente Archer por Roja y Negra me le imagino con el rostro reflexivo, con el semblante que define en mi novela preferida de toda la serie, La mirada del adiós, cuando dice tras una pelea: “Ambos tenían una extraña mirada en sus rostros, como si los dos estuvieran al borde de la muerte. Como si realmente desearan matarse y dejarse matar. Yo conocía esa mirada de despedida, la mirada del adiós”.
La vida puede ser dura y cruel. No sabemos qué pasó con Archer pero sí que Macdonald dejó pistas. Dice Archer en esa joya que es El martillo azul: “Sentí por un momento que se estaba repitiendo una vieja historia, que todos habíamos estado allí antes. No recordaba exactamente de qué historia se trataba ni cómo terminaba, pero sentía que de algún modo la conclusión dependía de mí”. Sabemos, eso sí, que le queremos y que seguimos disfrutando de un hombre que cuando le preguntaban de qué lado estaba contestaba: “Del de la justicia. Y, cuando no se puede, con el más débil”. Amén.

25.7.13

"Pronto! Montalbano sono"

Montalbano es tierno: cuando hace la vista gorda ante unos basureros que han cogido algo que no debían del escenario de un crimen para venderlo porque no tienen dinero para costear el tratamiento para un hijo enfermo; y cuando echa una mano, destruyendo pruebas, a una rubia nórdica con todas las papeletas para ser inculpada por un asesinato que no ha cometido. En fin, no es el único caso en la historia de la novela negra de un inspector con un lado sensible, pero este es particularmente entrañable

Luca Zingaretti en el papel de Salvo Montalbano./elpais.com
Una comisaría en un pueblo junto al mar al sur de Sicilia. Un pequeño equipo de policías dedicados a resolver delitos comunes: atracos a supermercados, inmigrantes desaparecidos, ancianos a los que se ha perdido el rastro... Todo más o menos normal en la vida de un pequeño municipio a orillas del Mediterráneo, excepto porque, además, hay asesinatos, muchos asesinatos y de muchos tipos: de un tiro, en un coche, en una playa... El jefe de todo esto, el comisario que dirige las investigaciones, es un hombre que, cuando le conocemos, ronda los 50 años, que piensa mientras pasea, buen conocedor de la naturaleza humana y, gracias a ello, con una especial sensibilidad para enfrentarse al crimen. Su nombre: Salvo Montalbano.
Una treintena de libros, la mayoría novelas pero también recopilaciones de relatos cortos, permiten conocerle mejor. Al comisario y a su particular y prolífico autor. La historia de Andrea Camilleri es una novela en sí misma. Nacido en 1925 en Porto Empedocle, a pocos kilómetros de donde luego desarrolla la acción de sus historias policiacas, vivió el auge del fascismo y la II Guerra Mundial mientras andaba por escuelas de Letras cultivando su afición por la poesía, la narrativa y su militancia comunista. Fue escenógrafo, director teatral, publicó artículos en revistas políticas, se presentó a oposiciones para convertirse en funcionario de la Radio Televisión Italiana, la RAI, pero no consiguió el puesto por su afiliación al Partido Comunista, aunque consiguió que le llamaran para trabajos ocasionales. Fue así como se convirtió en productor y coguionista de series de televisión de éxito: una que adaptaba las novelas de Simenon sobre el inspector Maigret y otra sobre las aventuras de "Ezzy" Sheridan, un teniente de la policía de San Francisco muy parecido a Colombo. Con 53 años volvió a probar suerte con la literatura pero El curso de las cosas fue un fracaso. Siguió intentándolo hasta que a los 67 años se convirtió en escritor de éxito. Dos años después, su Remington alumbró a Montalbano. Hoy Camilleri tiene 88 años, sigue publicando y supervisó la adaptación que la RAI, ¡qué cosas!, hizo de sus novelas sobre los casos del comisario. Seguro que el autor reconoce en Luca Zingaretti, el actor principal de la serie, al policía que imaginó: un tipo normal pero con un especial e irresistible atractivo.
Hay mucho de esa vida de Camilleri en Montalbano: de paciencia, de perseverancia... De Italia en general y de Sicilia en Particular. El comisario se entiende a la perfección con sus vecinos. Sabe cómo piensan, qué les mueve, qué suelen esconder. Es respetuoso en sus visitas a domicilio durante las investigaciones. Da igual que esté interrogando a un sospechoso o a un simple testigo. No suele ser violento. ¡Ni siquiera acostumbra a llevar pistola! "pues le molesta el peso del arma que, además, le deformaba los pantalones y las chaquetas", le describe Camilleri en el primer libro, La forma del agua (Salamandra, traducción de María Antonia Menini Pagès). Con su pequeño coche se mueve, solo la mayor parte de las veces, por los caminos de tierra de la isla, entre olivos y auténticos pedregales. Es escrupuloso con la ley, pero sobre todo combate las injusticias. Un policía muy humano, con debilidades y pasiones humanas, al que es fácil imaginar lagrimeando frente a unos cannoli y encontrar en la Trattoria de Enzo o la Osteria de San Calogero disfrutando con placer de una pasta con erizos o de unos salmonetes de esos que le deja preparados su invisible asistenta Adelina.
Mujeres, paisaje, Sicilia
Y hablando de pasiones, además de la gastronomía, las mujeres. El ligón de las novelas es su compañero Mimi Augello, un italiano de manual, pero no se debe olvidar -realmente es algo que siempre está presente- que Salvù es mediterráneo. Tiene una novia, Livia, que convenientemente vive en el otro extremo del país, a la que lo mismo echa de menos que de más. Guarda bien las ausencias y tiene remordimientos cuando ella le reprocha lo poco que cuida la relación, pero no puede evitar coquetear. Y a lo largo de sus aventuras se va cruzando con una sucesión de tremendas y espectaculares mujeres que caen irremediablemente a sus pies seducidas por sus educados modales, su aparente timidez, su inteligencia, su divertido sentido del humor y su habilidad para salir del paso de situaciones, ¡glups!, inesperadas. Y desde luego, por su ternura. Sí, Montalbano es tierno: cuando hace la vista gorda ante unos basureros que han cogido algo que no debían del escenario de un crimen para venderlo porque no tienen dinero para costear el tratamiento para un hijo enfermo; y cuando echa una mano, destruyendo pruebas, a una rubia nórdica con todas las papeletas para ser inculpada por un asesinato que no ha cometido. En fin, no es el único caso en la historia de la novela negra de un inspector con un lado sensible, pero este es particularmente entrañable.
No busquen en estas historias sicilianas referencias a la Mafia. Está ahí y de vez en cuando se cuela alguna escena en la que aparecen las famiglie. Cuando ocurre, puede ser para que los padrinos mafiosi le pidan ayuda y siempre se muestran respetuosos con el comisario. Su prestigio es reconocido en toda la isla. Pero la Cosa Nostra no es el negocio de Montalbano, no tiene medios para combatirla, no es competencia de su unidad. Para que no haya dudas, y en palabras de Camilleri, "no quiero novelarla [a la Mafia] porque si lo hiciera acabaría ennobleciéndola".
Por lo demás, el paisaje habitual de Sicilia, el que se imagina o el que se conoce, está ahí, en cada párrafo. Los nombres de las localidades están cambiados, pero existen en la provincia de Ragusa. Vigàta, donde está la comisaría, es Donnalucata. El Questore, el jefe de Policía de la zona, tiene su oficina en un palacio de Scicli, unos kilómetros al interior. Las playas, los monasterios, las ruinas, los acantilados de los que cuelgan pueblos de tejados rojos, las mansiones escondidas al fondo de grandes jardines con palmeras encerradas entre muros muy altos... Hasta Marinella, donde vive Montalbano, se puede buscar en el mapa y se encuentra como Punta Secca. Allí, en un extremo, junto al faro, está la casa que, según la serie de televisión, tiene la magnífica terraza en la que el comisario se relaja frente al Mar de África, desayuna muchas mañanas e invita a copas de vino a muchas mujeres durante la cena. Buena noticia para los fans: en realidad es un pequeño hostal en el que se puede reservar habitación doble por un precio máximo de 140 euros la noche.
Es Montalbano, el comisario más querido por los italianos, un hombre de refinadas lecturas, investigador inconformista, buen conocedor de su gente y aficionado a la natación, la gastronomía y la lectura. A veces cínico, cuando se encuentra con males crónicos de la vida italiana como la burocracia o la corrupción, y siempre entregado a su trabajo. Una buena compañía en estos tiempos de sol y calor abrasador. ¿Qué tal pasar las vacaciones con un siciliano? 

23.7.13

Hace 125 años nacía Raymond Chandler, el maestro de la novela negra

El novelista estadounidense, creador del personaje Philip Marlowe, prototipo de detective, padeció depresiones y alcoholismo que opacaron sus grandes logros: varias de sus obras, muchas llevadas al cine, siguen considerándose clásicos

Raymond Chandler, creador de Philip Marlowe, el duro y cínico detective, prototipo de investigador criminal.
Aunque llevaba una vida difícil, el maestro de la novela negra Raymond Chandler no tuvo problemas en alcanzar el éxito, ya sea como estudiante, como vicepresidente de una petrolera después y, finalmente, como escritor consagrado mundialmente por sus novelas policiales y guiones de cine. 
Su colega Ian Fleming alguna vez dijo que de la pluma de Chandler brotaron algunos de los diálogos mejor escritos de todos los tiempos. Pero Chandler, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 125 años, padeció depresiones y alcoholismo y fueron pocas las oportunidades en que realmente pudo disfrutar sus logros, aunque siguió escribiendo hasta la muerte.
Su padre, un ingeniero civil estadounidense alcohólico y maltratador, abandonó a su familia y se divorció de su mujer, que vivía con sus tíos maternos, y ella llevó a su hijo a Inglaterra para que recibiese una sólida formación literaria. Ayudado por un próspero abogado cuáquero irlandés que era también tío de su madre, estudió en el Dulwich College de Londres (1900-1905) a clásicos y modernos; era una escuela pública donde se habían formado también escritores como P. G. Wodehouse y C. S. Forester. Después viajó a Francia y Alemania (1905-1907) y se nacionalizó británico en 1907. Tras un breve trabajo en el Almirantazgo que abandonó a causa de no simpatizar con la conducta militar, trabajó como reportero para el London Daily Express y para la Bristol Western Gazette (1908-12). Publicó 27 poemas y su primer relato The Rose Leaf Romance antes de regresar a los Estados Unidos en 1912 con dinero prestado por su tío irlandés. Visitó a su madre y sus otros tíos y se instaló en San Francisco, donde aprendió contabilidad por correspondencia, y luego en Los Ángeles, con su madre, en 1913. Participó en la Primera Guerra Mundial como soldado de los Gordon Highlander de Canadá en las trincheras del frente francés y estaba preparándose como piloto de guerra de la RAF cuando la guerra terminó y regresó a California, donde viviría ya el resto de su vida, trabajando como empleado de banca. Al morir su madre en 1924, se casó con Pearl Cecily Bowen (Cissy Pascal), dieciocho años mayor que él, una mujer con la que ya había entablado relaciones, no aprobadas por su madre, cuando estaba casada, y una vez divorciada y celebrado el matrimonio, este duró casi treinta años, hasta el fallecimiento de ella en 1954, aunque no tuvo hijos. En 1932, Chandler había logrado ser nombrado vicepresidente del Dabney Oil Syndicate en Signal Hill (California), pero perdió este lucrativo trabajo a causa de su alcoholismo, su ausentismo y sus numerosas aventuras con las secretarias. En 1933, a los 45 años y en medio de la Gran Depresión, se dedicó por entero a escribir en pulps, populares revistas de ficción criminal impresas en papel barato.
Su prosa no carece de cualidades estéticas: su estilo supera el impresionismo de Hammet y es característicamente irónico y frecuente en rasgos de ingenio cáustico, sobre todo, en los diálogos. Gracias a él la novela negra ganó una dignidad literaria desconocida hasta entonces. Su primer cuento fue Blackmailers Don't Shoot, para la revista Black Mask, un pulp dedicado a los relatos de acción; desde entonces no abandonó el género.
Intentó imitar a Dashiell Hammett, pero su estilo es muy diferente; Hammett es seco e impresionista, y Chandler irónico y cínico. Creó ya por entonces al detective privado Philip Marlowe. Entre 1933 y 1939, produjo 19 relatos.
De Hammett toma la denuncia de la sociedad americana de la época, donde el dinero y la búsqueda del poder son los motores verdaderos de las relaciones humanas, con sus consecuentes secuelas de crímenes, marginación e injusticia. Reflexionó sobre el arte de la novela policiaca en su ensayo El simple arte de matar (1950).
A los 51 años aparece su primera novela, El sueño eterno (1939), donde Marlowe se mueve por la cara oscura del soleado Los Ángeles y ayuda a evitar el infarto de un millonario al rescatar a su hija de un chantaje; se considera, sin embargo, que su mejor novela es El largo adiós de (1953), en la cual descubre al asesino de la hija de un millonario, de un escritor y de un amigo suyo. En 1943 se le propuso trabajar en Hollywood adaptando el guion de Double Indemnity (Perdición), sobre la novela de James Cain, dirigida por Billy Wilder. Tras la muerte de su esposa en 1954, el escritor sufrió fuertes depresiones, aumentó su alcoholismo e intentó suicidarse en dos ocasiones. En cambio, su último deseo se cumplió, aunque no fue hasta hace dos años: los restos de su esposa, que durante casi 60 años estuvieron en un mausoleo, fueron llevados junto a los del escritor en su tumba de Mount Hope. En la lápida puede leerse una cita de El sueño eterno: "Los muertos son más pesados que los corazones rotos".
El Noir Infestival, que se celebra cada diciembre en el municipio italiano de Courmayeur, otorga desde 1991 un premio Raymond Chandler de novela negra en su honor.1
/D.P.A/Revista Ñ/ Wikipedia

22.7.13

Espías: no hay traición sin dilema, ni aventura sin amor

El caso Snowden devuelve a los espías a primera plana. Repasamos de la mano del autor Joseph Kanon las esencias de un género apasionante. Ficción y ensayo se han encargado de las glorias, amores y miserias de un mundo de sombras

Fotograma de El tercer hombre (1949), de izquierda a derecha los actores Joseph Cotten y Orson Welles./elpais.com
El espionaje y los espías vuelven a la primera plana de la actualidad. El caso de Edward Snowden, el joven analista que filtró la existencia de un programa masivo de espionaje por Internet orquestado por la inquietante y omnipresente NSA de EE UU, y su posterior periplo internacional han despertado de nuevo el interés por el asunto. La literatura, lecturas perfectas para este verano, y la historia se han encargado de acercarnos a un mundo lleno de sombras, de errores clamorosos y de éxitos nunca exhibidos por razones obvias. Joseph Kanon (Pensilvania 1946), que acaba de publicar en España Estambul (RBA, traducción de Antonio Iriarte) uno de los autores de novelas de espionaje más aclamados en la actualidad, reflexiona sobre el género y nos descubre algunos de los dilemas y pasiones de este mundo trepidante y al mismo tiempo oscuro. 
Todo espía sabe que está, siempre, ante una diatriba ineliduble: todo acto, toda traición, toda heroicidad, tiene sus consecuencias. Que se lo pregunten a Snowden, varado en el aeropuerto de Moscú y a expensas de Vladimir Putin después de dejar en evidencia a las principales democracias de Occidente. “Hay una pregunta esencial”, nos cuenta Kanon, “y es qué hacer cuando no hay manera de hacer las cosas bien”. El protagonista de Estambul, Leon, que tiene que proteger, para cumplir órdenes, por deber y por patriotismo, a un criminal de guerra nazi, se enfrenta a ese dilema: “¿Dónde se dibujan las fronteras de nuestra moral personal? ¿Cómo calibramos la culpa? Estas eran cuestiones muy pertinentes en 1945 y creo que siguen siéndolo”, asegura Kanon. “Lo que no nos permite casi nunca la vida es no tomar una decisión. Y a un espía menos. La gran pregunta es dónde está la línea roja de nuestra moral”, concluye. 

"Sí se puede escribir una historia de espías sin el amor por medio. Pero ¿Quién querría hacerlo? ¿Para qué?"
Joseph Kanon
La monumental The Company, de Richard Littell (Brooklyn, EE UU, 1935), con esa paranoia alrededor de los infiltrados y ese juego perfecto de engaños y lealtades rotas es uno de los mejores retratos psicológicos de esos dilemas ineludibles, tan presentes en cada Calderero, sastre, soldado espía, por rendir homenaje a la obra de John Le Carre (Poole, Inglaterra, 1931), una de las cumbres de la literatura de espías con su serie de Smiley y Karla. Kanon, Le Carre y todos los autores del género reconocen dos maestros: Graham Greene y Eric Ambler, uno de los autores más infravalorados de literatura del siglo XX. Su Máscara de Dimitros (otra vez Estambul) es un libro esencial y Epitafio para un espía y, sobre todo Journey into fear son obras fundacionales del género tal y como lo conocemos. Una virtud sobre todas las demás: saca al protagonista del ámbito duro y derechista de sus predecesores y crea personajes con inquietudes morales y sociales, hombres pequeños enfrentados al mal y a grandes maquinarias de poder y corrupción creadas por sus enemigos y, ay, por su propio bando. 
Ahora, muchas veces la ficción supera, afortunadamente, a la realidad, porque el espía normal y corriente es gris y aburrido. Kanon avisa: “La ficción de espías tienen a centrar su atención en los agentes de campo porque su trabajo es tenso y a menudo excitante, pero la inmensa mayoría de la gente trabajando en esto lo hacen desde un escritorio, manejando y analizando inteligencia. Eso no quiere decir que sea un trabajo inocente, el espionaje es el espionaje, pero raramente implica el tipo de traición personal que suele darse sobre el terreno.”.
Por supuesto, en demasiadas ocasiones se pasa por encima de estas consideraciones morales. No, quizás, los sufridos agentes de campo, pero sí sus jefes. Tim Weiner, en su Legado de cenizas, (Debate) construye un relato perfecto sobre ese monstruo de corrupción y perversión de la democracia que ha sido siempre la CIA. Victor Ostrovsky, antiguo agente del Mossad, describe en By the way of deception las barbaridades cometidas por los servicios secretos israelíes. En España, Eric Frattini ha escrito algunas obras reseñables sobre los servicios secretos vaticanos (sobre todo La Santa Alianza, Espasa) y las artimañas y maldades de la CIA y sus aliados. Sin olvidar los ensayos de Gordon Thomas sobre el Mossad o las torturas psicológicas de la CIA. La lista es inmensa. 
¿Es el amor inevitable en cualquier historia de espías? “Sí se puede escribir una historia de espías sin el amor por medio. Pero ¿Quién querría hacerlo? ¿Para qué?”, contesta Kanon. “Al final, todas las buenas historias se basan en el personaje porque recordamos los personajes, no las tramas, y en ninguna parte se ve mejor ese carácter del personaje que en los momentos de intimidad” añade. El amor y la vida de los espías comparten muchos aspectos. “La vida es confusa, complicada y a menudo contradictoria, exactamente las mismas cualidades que uno encuentra en una relación amorosa entre adultos”, asegura el autor de El buen alemán. “En las novelas de espías, las historias de amor pueden cumplir con una misión: reflejar la duplicidad y las consecuencias de la traición en la historia general. Escribir sobre sexo es muy difícil- siempre se corre el riesgo de ser excesivo- pero está en el centro de nuestras vidas. ¿Cómo no vamos a escribir sobre ello?”, concluye.
El ‘caso Snowden’, por la necesidad intrínseca de dar publicidad a la filtración para que tenga efecto, es, como antes con Wikileaks, un caso atípico que introduce nuevas variables respecto al espionaje tradicional. Kanon subraya: en un mundo con tanta presencia de las redes sociales y tan poco espacio para la privacidad, “si se tiene la tecnología necesaria va a ser inevitable recabar esos datos” y advierte: “los aspectos casi de farsa del caso nos están desviando del asunto fundamental y de lo que más me llama la atención: la indiferencia generalizada del público”. 
En esta nueva trama de intriga internacional y vodevil que se ha convertido el caso Snowden sólo falta un elemento: la historia de amor. O quizás es la última revelación que se tiene reservada el bueno de Edward.