4.5.11

El hombre que se negó a hablar

Interrogatorios reúne los valientes testimonios de Dashiell Hammett durante la caza de brujas - Otro libro recopila los casos de su personaje Sam Spade

Dashiell Hammett, fue perseguido por el macartismo de los cincuentas.foto:internet.fuente:elpais.com

Como su popular detective Sam Spade, Dashiell Hammet también tenía un aire ligeramente diabólico. Era por su cara, en forma de V, diría él. Las cejas muy pobladas, la mirada altiva, el gesto cínico concentrado en las aletas de la nariz y una sabiduría a ras del suelo que le permitía desenvolverse con soltura por los peores ambientes de su tiempo. Por lo demás, Hammett -exdetective de la agencia Pinkerton que también presumía de no saber nada de las mujeres mientras se las metía sistemáticamente en el bolsillo- demostró en su vida que además de inventarse junto a Raymond Chandler la novela negra tenía una personalidad compleja que se sostenía sobre firmes convicciones.

La entereza moral que demostró durante los años que fue hostigado de manera implacable por la caza de brujas se respira hasta el ahogo en las páginas del libro Interrogatorios (Errata Naturae), que recoge por vez primera en castellano los testimonios de los dos juicios (el primero en 1949 y el segundo en 1953) a los que fue sometido por sus supuestas actividades antiamericanas, el último de ellos con el propio Joseph McCarthy contra él. Lacónico como su célebre detective (cuyas andanzas recopila RBA también ahora en el volumen Todos los casos de Sam Spade), Hammett se acogió una y otra vez a la Quinta Enmienda de la Constitución al verse acorralado ("Rehúso responder a la pregunta porque la respuesta podría incriminarme", repite como un extenuante leitmotiv a lo largo de las páginas del libro). El tribunal se empeñaba en que se confesase comunista y delatase a otros.

Hammett fue juzgado y enviado a la cárcel en 1951 por negarse a declarar. Tenía 57 años. Salió de ella prematuramente envejecido, pero resistió un segundo embate contra los tribunales.

Hammett. Fue por no responder a esa pregunta por lo que fui a la cárcel, sí.

Elsa Fernández-Santos.artículo.Dashiell Hammet.escritor estadounidense.autor de novela negra.macartismo. persecusión política.Mcarthy.eeuu.

Sr. Cohn. Bien, déjeme preguntarle otra vez, ¿era usted fiduciario del fondo de fianza del Congreso por los Derechos Civiles?

Hammett. Rehúso responder a la pregunta porque la respuesta podría incriminarme.

Desde finales de los años treinta, Hammett era un objetivo del FBI. Entre 1938 y 1941 el escritor (que ya había publicado La llave de cristal, El halcón maltés, El hombre delgado y Cosecha roja) no solo apoyó públicamente el derecho al voto de los negros, también lo hizo por una mayor acción y presencia social de los sindicatos, iniciativas contra el despido de trabajadores por su ideología, los programas de acogidas de refugiados políticos, actúo activamente contra el fascismo y el nazismo, participó en protestas contra el Dies Committe (un grupo vinculado al Ku Klux Klan), firmó las protestas contra el trato recibido por los refugiados judíos en Gran Bretaña o un texto por la libertad de prensa en la radio impulsado por Dorothy Parker. En resumen, participó en decenas y decenas de actividades por los derechos civiles que el FBI recopiló en las 278 páginas del Archivo Hammett. Curiosamente su filiación política nació como consecuencia de la Guerra Civil española. En 1937, Hammett era un escritor famoso y rico que ayudaba a financiar con los beneficios de sus libros películas antifranquistas como The Spanish Earth y que firmaba "en nombre de la decencia y la humanidad" y contra el fascismo manifiestos de los Amigos Americanos de la Democracia Española.

Todas esas actividades le convirtieron en un peligroso sospechoso y arruinaron su vida. Pasó los últimos años acorralado por los tribunales, las penurias económicas y la enfermedad. En su terrible recta final le acompañó su compañera intermitente a lo largo de más de tres décadas, la escritora Lillian Hellman. Hammett fallecía de un cáncer en 1961 en el hospital Lenox Hill. El Archivo Hammett del FBI se cerraba con una página que hacía alusión a una última llamada, la de un agente al camposanto para confirmar que el escritor había sido enterrado.

Nada más lejos de la verdad. Hammett fue un ejemplo de una inquebrantable ética que hoy está por encima de los avatares políticos de la historia. Su heroica figura no ha hecho más que crecer con el tiempo. Sencillamente porque hay suficientes grandes escritores pero faltan los hombres capaces de perderlo todo por defender hasta las últimas consecuencias sus principios.

9.4.11

La pareja de Larsson clama contra la explotación de su nombre en el libro 'Millenium, Stieg y yo'

Eva Gabrielsson cree que la familia del escritor tiene "la suerte" de que haya muerto porque habría sido un "gran obstáculo" para sus negocios
Eva Gabrielsson, quien fuera compañera de Stieg Larsson durante 32 años EFE/Toni Albir.fuente:lavanguardia.es

La que fue compañera sentimental del autor sueco Stieg Larsson durante 32 años, Eva Gabrielsson, ha clamado contra la explotación comercial de su nombre y ha reivindicado su faceta de militante, feminista y periodista comprometido, en la presentación de 'Millenium, Stieg y yo' (Columna), sobre su vida en común y la gestación de la célebre trilogía.

"A medida que la imagen de Stieg se va explotando su esencia se diluye. Al final sólo quedará el nombre, la marca Larsson", ha lamentado en declaraciones a los medios, y ha recordado que la muerte prematura del autor de 'Millenium' le impidió fijar directrices sobre cómo gestionar su obra y los productos que se basan en ella, como las películas. "No quiero que sus luchas y sus ideales sean ensuciados y explotados.

Sé muy bien como reaccionaría en cada una de las situaciones que conozco hoy. Lucharía", añade en la obra, y se postula para combatir la desvirtuación de Larsson, del que defiende su labor periodística y su compromiso contra la extrema derecha y el racismo --"Sus inquietudes son el corazón, el cerebro y el músculo de sus novelas"-- .

En cuanto a la familia de Larsson, con la que se ha enfrentado sin éxito por la propiedad intelectual de las obras del escritor, ha espetado que "tienen suerte de que Stieg haya muerto, porque habría sido un gran obstáculo para sus negocios" --Gabrielsson y Larsson convivían sin estar casados, por lo que, según las leyes suecas, esta no pudo acceder a la herencia de su compañero--.

Gabrielsson vuelca en su obra su historia de amor con Larsson; la recuperación tras su pérdida --cuando murió se propuso vivir un año, ahora simplemente vivir--, y la gestación de la trilogía policíaca que lanzaría al sueco a la fama, tras su muerte de un ataque al corazón, además del enfrentamiento encarnizado con el padre y el hermano del autor por su herencia.

Fragmentos del diario personal de Gabrielsson y una carta de despedida que el autor le dedicó para que la leyese tras su fallecimiento dibujan a un Larsson idealista, cómplice y autodidacta y embastan los retazos de una vida cotidiana "a menudo aburrida, siempre laboriosa y a veces peligrosa".

La viuda de Larsson hará el cuarto 'Millennium' si le dejan controlar los derechos

8.4.11

Un tributo al género

Una trama policial que transcurre en los años 70 y un detective de película, es la propuesta de Hamilton y Marinelli

A CUATRO MANOS. Mariano Hamilton y Alejandro Marinelli, los autores de la novela "Un hombre ordinario." foto.fuente:Revista Ñ

En el año 1953, en el prólogo a la antología Diez cuentos policiales argentinos, editada por Hachette, Rodolfo Walsh fechaba el género de modo inequívoco: "Hace diez años, en 1942, apareció el primer libro de cuentos policiales en castellano. Sus autores eran Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Se llamaba Seis problemas para don Isidro Parodi." Walsh se refería, por cierto, al policial clásico de cuño anglosajón que él mismo cultivaría en cuentos como los que componen Variaciones en rojo. Para fechar el policial negro (o duro, o hard-boiled) hay que remontarse aún más en el tiempo: en 1929 Dashiell Hammett publica Cosecha roja e inaugura el género. La violencia visceral que signará al policial negro es la consecuencia inevitable de una sociedad que comienza a mostrar su cara más turbia y más violenta (el nacimiento del hard-boiled coincidirá con el crack de la Bolsa de Nueva York, con las primeras fisuras del capitalismo, con la violencia indiscriminada y, en muchos casos, gratuita).

No resulta, pues, azaroso o accidental que sea, precisamente, la generación narrativa del 70 en Argentina (integrada por aquellos autores que comienzan a publicar a partir de 1970) la que cultive con mayor fluidez y frecuencia la variante dura del policial: libros como Triste, solitario y final (Osvaldo Soriano), la trilogía de Juan Martini (Los asesinos las prefieren rubias, El agua en los pulmones, El cerco) o, posteriormente, los relatos de Tratos inútiles (Jorge Manzur) o los dos tomos de Manual de perdedores (Juan Sasturain), por mencionar sólo algunos ejemplos, conforman una metáfora que ilustra con holgura un clima social: aquél en el cual el terror dimana del Estado, y en el que los secuestros, los crímenes y la vesania provienen de quienes, en teoría, encarnan la legalidad. En esta fecunda línea se inscribe el ponderable policial que es El hombre ordinario, novela que puede ser leída de modo independiente o como parte de una saga cuyo primer eslabón es Cercano Oeste (Planeta, 2006, firmada sólo por Mariano Hamilton); en ambas el detective es Roque Centurión y el contexto de desbordada violencia se ubica en la década del 70.


Literatura y cine

El estilo de El hombre ordinario, ahora también firmada por Alejandro Marinelli, rinde impecable tributo a una de las características salientes del género: es seco, eficaz y preciso; nada puede ser tachado de superfluo ni reputado como innecesario. El paradigma del policial negro le debe tanto a la literatura como al cine (alguien le preguntó en una ocasión a Raymond Chandler cómo era Philip Marlowe, el escritor no dudó: "Marlowe es Humphrey Bogart") en el sentido de que todo género, y en especial el policial, es un minucioso catálogo de gestos y manierismos que conforman un todo y le otorgan identidad; el homenaje de Hamilton y Marinelli a la pantalla grande es tan justo como deliberado: "Llegamos a la playa de estacionamiento, bajé y pagué. Lo hice como tantas veces había visto en las películas, dándole el dinero por la ventanilla al conductor. Siempre me había gustado ese gesto." O: "Centurión, Roque Centurión –dije, como Sean Connery en la última de James Bond, pero sin la misma gracia." Alguna vez Borges dijo que el lector le cree a Conan Doyle porque le cree a Sherlock Holmes; en efecto, acaso la piedra de toque de la verosimilitud en un policial sea el detective. Y en este sentido, El hombre ordinario es irreprochable: Roque Centurión es un personaje de carne y hueso, y cada paliza que le dan (otro gesto inherente al género) le duele al lector en el cuerpo.

El hombre ordinario
Mariano Hamilton y Alejandro Marinelli
Ed. Planeta
272 pags. $ 59

4.4.11

De fin de en la 'Casa de los Horrores'

La más venenosa de las novelas de Martin Amis, Tren nocturno vuelve a las librerías

Martin Amis, en Barcelona. foto: Antonio Moreno.fuente:elmundo.es

Martin Amis. Droga dura. Palili de la peor, o mejor, clase. Ahí donde lo veis, a sus 61 primaveras, el muy cabronazo aún mantiene en sus escritos el mismo grado de comprometida pureza que cuando no era más que un 'niñato terrible' y escribía con vocación de chute de 'speed ball'. Nos la pone dura el pequeño gran Amis a una legión de voraces yonquis con cada novela que entrega a sus editores. No hay Proyecto Hombre que valga con él. Lo que es yo, tiempo llevo sin encontrarme la vena para inyectarme una nueva ración de su prosa callejera y sin florituras. Lo ha vuelto a hacer con su última novela, 'La viuda embarazada'. No falla. Droga dura para lectores con callo en el brazo de oro. Abstenerse diabéticos, enfermos del corazón y adictos a las pastis de diseño.

'Dinero', 'La información', 'Campos de Londres', 'Experiencia', 'Koba el terrible' y en este plan. Décadas lleva el bueno de Martin, ya digo, desbaratando conciencias y ejerciendo de liebre electrónica en ese canódromo denominado, con gran acierto por parte del director de marketing de turno, 'british team'. Sin embargo, destaca con relumbrón propio, de entre el grueso de su vasta producción, una novela que el aficionado a lo policiaco conserva en el estante superior de su memoria muchos años después de leída. Hablo de 'Tren nocturno', esa vuelta de tuerca al género que consta en los archivos de lo 'negrocriminal' como uno de los homenajes a los clásicos estadounidenses más desasosegantes y redondos que un escritor, de los llamados 'serios', ha escrito jamás. Todo en 'Tren nocturno', empezando por su estructura, deconstruida y aparentemente deslavazada, brilla con esa luz propia de las obras maestras que, como tales, han sido escritas a puñetazos o robadas al sueño.

Caso abierto. Sin solucionar. Radiografía de un suicidio reconvertido en asesinato. Opción de autoapagado. Hora de quitar el polvo a las enormes y apolilladas alfombras del alma. Sólo hay una forma de hacerlo: a golpes. Eso lo sabe muy bien la detective del departamento de homicidios de Nueva York Mike Hoolihan, quien se encarga de tan peculiar limpieza narrándonos el relato del peor caso que le ha tocado padecer a lo largo de su carrera. Una joyita esta Hoolihan. Pasmarote distinguida que se ha pasado ocho años investigando muertes violentas y que, aparte de un nombre (de varón, aunque sea mujer) digno de sabueso de novela 'pulp', muestra otras graves deficiencias. Por este orden: sobrepeso, voz varonil, ex alcohólica, no demasiado agraciada físicamente, fumadora, sarcástica, malhablada y con una inusitada querencia a asomarse a los abismos del alma. Lo normal en alguien que sabe que el diablo siempre ha campado a sus anchas cinco minutos antes de que la pasma llegase a la escena del crimen.

Amis consiguió una novela negra casi perfecta que, además, apesta a Roth, a Updike o a Bellow en cada párrafo.

Logra el hijo de Kingsley Amis una novela negra casi perfecta que, además, apesta a Roth, a Updike o a Bellow en cada párrafo. Lo habitual en él. Se nos presenta el libro de notas de la 'sabuesa' Hoolihan y en él se mezclan las entradas que harían palidecer de terror a Ana Frank con las entrevistas realizadas durante la investigación y las notas policiales o los informes recibidos de los diferentes departamentos (balística, forense...). Es la eterna e infrecuente canción. Martin Amis sabe bien de lo que habla. Conoce perfectamente el puto percal. "No soporto las novelas que exageran lo limpio del mundo", afirma este maestro de la desesperanza.

Se puso una dentadura nueva el maduro Amis en cuanto reunió suficiente pastiruza como para, pasada ya de sobra la cincuentena, reírse en nuestra cara de los miedos de cada cual. Carcajearse a placer de sus lectores es marca de la casa en el escritor británico. E invitarnos a una versión 'extra gore' del apocalipsis tras recibir, hace media eternidad, una tarascada del mal en estado puro. En 1973, Lucy Partington desapareció. Lucy era prima de Martin Amis cuando éste era más niño terrible que nunca. Y Lucy posó sonriente en los 'tetrabricks' de leche durante 22 años, hasta que sus restos fueron desenterrados del jardín del 25 de Cromwell Street, en Londres, la 'Casa de los Horrores' de Fred y Rosemary West, asesinos de, al menos, 12 mujeres a lo largo de 16 años. Lucy y las demás víctimas habían sido violadas, torturadas y luego descuartizadas. Crímenes truculentos que se cuentan, con pelos y señales, en 'Felices como asesinos', crónica del espanto con la que Gordon Burns, su autor, nos da una soberana lección de lo que debería ser el novísimo nuevo periodismo si existiese algo así. E imagina una qué o a quién tenía Amis en mente cuando puso en boca de la detective Hoolihan, en 'Tren nocturno', un párrafo como el que sigue:

"En mi época, llegué a presencias las secuelas de quizás unas mil muertes sospechosas, la mayoría de las cuales resultaron ser suicidios o accidentes, o simplemente gente abandonada. Así que he visto todas las clases: saltarines, mutilados, sumergidos con un peso, zambullidos, desangrados, flotadores, baleados, reventados. He visto los cadáveres muertos a golpes de bebés de un año. Los de nonagenarias violadas por pandillas. He visto cadáveres abandonados por tanto tiempo después de su muerte que la única posibilidad de deducir la fecha del deceso era el tamaño de los gusanos. Pero de todos los cuerpos que he visto, ninguno se me ha quedado grabado en mis entrañas como el cadáver de Jennifer Rockwell".

17.3.11

Hay que reírse de los muertos

La excursión, recién 'nacida' al español, aplica humor al género negro

Beryl Bainbridge, junto a un muñeco de Hitler. foto: Ático de los Libros.fuente:elmundo.es

Antes de que metiera la cabeza en el horno y la reina de Inglaterra la convirtiera en 'dame' (en plan 'sir' Arthur Conan Doyle sin Sherlock Holmes), Beryl Bainbridge se dedicó, durante una pequeña pero fructífera temporada (a juzgar por lo que surgió de aquella aventura) a etiquetar botellas de vino. Y como Freda, la rubia y gorda protagonista de 'La excursión' (El Ático de los Libros), se sentía afortunada porque estaba convencida de que en aquel lugar podía conocerse a gente de lo más interesante. Lo que no sabemos es si, como la orondona y optimista protagonista de una de sus más aclamadas novelas (merecedora del Premio The Guardian y finalista del prestigioso Booker Prize), se topó con un cádaver el único día de fiesta que decidió sumarse a una excursión campestre con su amiga Brenda.

Ciertamente 'La excursión' no es una novela negra al uso. Es extremadamente divertida (las conversaciones entre Freda y Brenda no tienen desperdicio, están literalmente bañadas en oro que destilara un vibrante humor negro) y tiene aspecto de fábula. Recuerda, salvando las distancias (sobre todo, las distancias que tienen que ver con el frío), a las delirantes sátiras de Arto Paasilinna (el autor de 'Delicioso suicidio en grupo') y a una versión picante de las desventuras de Wilt (la más descacharrante creación de Tom Sharpe), sin olvidar al más tierno (pero también más descaradamente crítico) Evelyn Waugh (y sus 'Seres queridos').

La historia arranca cuando Freda y Brenda, que además de un trabajo horrible comparten un estudio horrible y minúsculo, son invitadas a la excursión que organiza la fábrica (que dirigenn los italianos Vittorio y Rossi). Freda está convencida de que es la mejor (y la única) oportunidad que tendrá para conquistar a Vittorio y dejar para siempre su sitio en la cadena de etiquetado. Por eso le hace tanta ilusión. A Brenda no le hace ilusión en absoluto. Porque Rossi (el otro propietario) está obsesionado con ella y tiene la sensación de que tendrá que pasarse toda la excursión huyendo de su acoso. Y no se equivoca.

Así que Brenda (con su vestido negro de lana) se dispone a pasar por su particular infierno (sin una sola copa de más) mientras Freda (que lee mucho: poesía, pensamiento, política, lo que ella llama "las tres pes") trata de convertir las caricias intercambiadas con Vittorio en los pasillos de la fábrica en algo más (algo que la saque para siempre de su aburrida vida). Hasta que aparece el cadáver. Pero, ¿de quién es el cadáver? ¿Y por qué se empeña en convertir su único día libre en un amago de novela de Agatha Christie? Para descubrirlo, hay que leer a Beryl, sin duda una de las escritoras más brillantes (y divertidas) que ha dado la novela inglesa en los últimos años.

Beryl Baindrige nació en Liverpool en 1932. No estudió demasiado, porque a los 14 años la expulsaron del colegio. Digamos que nunca fue una chica corriente. Un año después de dejar el colegio, se enamoró de un prisionero de guerra alemán (corría el año 1947) que esperaba a ser repatriado, y durante los siguiente seis años se escribió con él. Todos sus intentos de que se le permitiera volver a Inglaterra fueron en vano; jamás regresaría, así que acabaron dejándolo. Para cuando eso ocurrió, Beryl había cumplido los 21 (y el mundo estaba en el año 1953).

Un año después, la jovencita que empezó a escribir "para pasar el rato" (acabaría completando y publicando 18 novelas), se casó con un tipo llamado Austin Davies, con el que tuvo dos hijos. Aunque tampoco duraron demasiado. Austin se fue y Beryl se convirtió en madre soltera. Fue entonces cuando aceptó el empleo en la fábrica de etiquetado de botellas. Y volvió a casarse. Y tuvo una tercera hija. Y entonces metió la cabeza en el horno y trató de despedirse del mundo, pero la cosa no funcionó. Alguien la detuvo a tiempo. ¿Y qué hizo después? Se metió a actriz de teleserie (sí, participó en 'Coronation Street'). Por entonces ya escribía, y sus protagonistas parecían, a ratos, "increíblemente repulsivos", según aseguró uno de los editores que la rechazó.

Dedicada a la escritura desde entonces (más o menos alcanzada la década de los 60), Beryl fue construyendo una leyenda que aún hoy sigue viva. La escritora falleció el pasado mes de julio a los 77 años y ahora, Ático de los Libros se dispone a recuperar toda su obra. Empezó el año pasado, con el rescate de la exitosa 'La cena los infieles' (de la que tuvo que reimprimir enseguida) y continúa con la que sin duda es su obra maestra del humor negro, con cádaver y picnic de fondo.

14.3.11

Crímenes sin castigo

¿Puede la ficción exorcizar la realidad? Cada rincón de Italia tiene su novela negra tramada sobre una realidad con doble fondo. Los nuevos libros de Andrea Camilleri y Donna Leon son la cumbre de un género en auge

Asesinato del juez Vittorio Occorsio, en Roma (1976).- Keystone / Getty Images)

Fotografía captada por un viandante del asesinato del mensajero Alessandro Floris en Génova en 1971 por dos miembros de las Brigadas Rojas.- Efe.fuente:elpais.com

Un hombre solo, el pelo despeinado y la mirada honda, fotografiado ante un telón con la estrella de las Brigadas Rojas. Es la prueba de que sigue vivo, tras días de secuestro. En el exterior, lo están buscando: policía, servicios secretos. Es un hombre importante, hasta el Papa reza por su liberación. En la cárcel secreta escribe, pide ayuda, envía cartas al presidente de la República, a políticos, a su familia. Es la primavera de 1978. La ciudad del calabozo y de la búsqueda ansiosa y torpe es Roma. Pero la historia no tiene un final feliz. Aldo Moro muere. El presidente de la Democracia Cristiana, el partido que encarnó el Estado en Italia desde el final de la II Guerra Mundial hasta principios de los noventa, fue asesinado por los brigadistas. Su cuerpo torcido en el maletero de un Renault rojo no es la imagen que cierra una novela negra. Es la realidad, congelada en un momento dramático y crucial.

Leonardo Sciascia intentó desentrañar aquel secuestro y asesinato en El caso Moro, ahora reeditado en España por Tusquets, una de sus obras más lúcidas y espléndido ejemplo de una literatura en constante equilibrio entre la ficción y el barranco de una realidad opaca, imposible de descifrar. Un filón muy fecundo en Italia, donde la actualidad política asume unos caminos escurridizos. "Si el mundo fuera un ajedrez, las grandes naciones serían los peones, el rey, la reina... Italia sería el caballo, la única pieza que no se mueve en línea recta, hacia adelante o hacia atrás, sino en diagonal", dice Massimo Gramellini, agudo analista político de La Stampa. Una realidad con doble fondo, de verdades celadas, relaciones transversales, que es un estímulo constante para los escritores. Desde Sciascia hasta hoy, sobre todo para los adscritos al noir. Los últimos años se caracterizan por el florecer de una literatura negra que arrastra material y atmósferas de los misterios y secretos que enturbian la historia del país. "Es imposible contar un momento cualquiera de la Italia reciente sin tropezarse con muertos sin respuestas y encubrimientos. Tapando, recurriendo a ramas desviadas de los servicios secretos, criminalidad organizada o masonería, el Poder se ha garantizado su continuidad. Faltan verdades finales, compartidas", resume Carlo Lucarelli, autor de El comisario de Luca (Tropismos) y Almost Blue, y presentador de un programa de televisión sobre los Misterios italianos.

Sciascia escribe "para evitar que la mentira triunfe en este país" y abre El caso Moro izando una bandera, una metáfora de tal lema: "Anoche, saliendo de paseo, vi una luciérnaga en la grieta de un muro". Es una respuesta virtual a Pier Paolo Pasolini, que años antes había simbolizado la corrupción de la política con la desaparición de los delicados insectos. La luciérnaga aferrada a la vida guía la obra, que "en su esfera de intocable perfección literaria" relata, en cambio, un suceso veraz. En Italia, la verdad y la justicia tienen la superficie opaca y llena de grietas. En esas fisuras se refugian las luciérnagas, con su luz irreal y verdosa. Allí se cuelan, viven y crecen las novelas negras. Escarban y denuncian las sombras de la sociedad. Lo hacía a su manera Miss Marple con el tinte recién avivado de dama acomodada. Lo hacía Philip Marlowe en Los Ángeles de los años cuarenta. "Lo hace el sueco Stieg Larsson", comenta Giancarlo de Cataldo, juez del Tribunal de Casación de Roma y autor de la excelente Una novela criminal (Roca). "Sin embargo, en los italianos hay algo más hondo. Falta la cara luminosa. Nuestros héroes deben luchar contra los malos y contra los falsos buenos. Hemos perdido la confianza". Su obra maestra representa la suma de todo ello: una pandilla de delincuentes pasa a tejer contactos con las altas esferas del Estado, jueces y políticos, servicios secretos, masonería y criminalidad organizada. No se trata de una invención. La banda de la Magliana existió de verdad. Nunca se aclaró hasta dónde llegaron sus tentáculos.

Tendida en medio del Mediterráneo, como una herida -o un intento de costura-, Italia fue el campo de batalla de la guerra soterrada entre las democracias capitalistas y los regímenes socialistas, mientras gracias al petróleo cogían fuerza los países árabes, como Libia. Lo que sucedía en Italia podía inclinar la báscula a un lado u otro. Muchos quedaron atrapados en este juego siniestro. Las familiares de las 17 víctimas de la bomba que explotó en 1969 en la plaza Fontana de Milán no saben quién les mató ni quién encubrió hasta ahora a los responsables (del área fascista). Lo mismo vale para los ocho muertos de plaza de la Loggia, Brescia, en 1974; los 85 de la estación de Bolonia, en 1980; los 81 pasajeros del DC-9 que salió de Bolonia hacia Palermo el 27 de junio del mismo año y fueron recuperados en el fondo del mar de Ustica, pequeña isla siciliana.

A principios de los noventa, el Partido Comunista cambiaba de nombre y sustancia, la Democracia Cristiana y los socialistas fueron barridos por una investigación anticorrupción. La criminalidad organizada intervino para tomar posiciones en la nueva República. Otras bombas, otros enigmas sin resolver. Fueron asesinados, entre otros, los magistrados antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino (Palermo, mayo y julio de 1992). La colusión entre trozos podridos de Estado y la Cosa Nostra es objeto de juicios aún abiertos.

Los enigmas de las últimas décadas cargan de nubes la literatura. Y no es algo nuevo: el clásico del policiaco italiano se cierra sin culpable. El zafarrancho aquel de via Merulana (Seix Barral) que Carlo Emilio Gadda (1893-1973) escribe en los años cincuenta suena casi como una premonición. Chito Igravallo no arresta al asesino de la via Merulana. La novela se hace espejo -quizás inconsciente- de aquella "alcachofa infinita", según la metáfora de Italo Calvino (Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela): la realidad en capas, cada hoja esconde otra, imposible de ser comprendida. "Gadda firmó el más absoluto policiaco escrito jamás", comenta Sciascia en Cruciverba (Einaudi). "Puede ser entendido como una parábola sobre la imposibilidad de la existencia de la literatura negra en un país como el nuestro: donde de todo misterio criminal muchos conocen la solución, los culpables, pero nunca la solución llega a ser oficial y nunca los culpables vienen, como se suele decir, a ser entregados a la justicia".

La novela policiaca florece en Italia. Pero el escritor siciliano tenía razón: en un país donde faltan certezas definitivas, jurídicas, "las páginas nunca se liberan de una atmósfera indeterminada, aunque al final descubramos quién es el asesino", comenta Justo Navarro, escritor, traductor y experto en literatura italiana. El mal permanece al acecho. "Hasta en El nombre de la rosa", ejemplifica el autor malagueño, "la búsqueda de la verdad se concretiza en una lucha contra el Poder, no solo contra la malignidad humana. Guillermo de Baskerville no se enfrenta a un asesino de frailes, sino al sistema que actúa para cerrarles la boca".

Estos cánones se cristalizaron en la obra de Giorgio Scerbanenco (1911-1969). Su Milán se asoma al boom económico. El héroe es un policía con un profundo sentido de la justicia: "No servía de nada. Nadie quería saber la verdad, había muerto una maestrita, once muchachos, aunque lo negaban, la habían ultrajado, torturado y asesinado, pero por su edad los condenarían a penas ridículas. Que hubiese un cerebro, el verdadero responsable de aquella masacre, no le importaba a nadie". A Duca Lamberti le importa y llega hasta la última consecuencia. Su investigación deja sin aliento en Muerte en la escuela, una joya editada por Akal, junto con Los siete pecados y las siete virtudes capitales y Traidores a todos, a los que se añadirán en los próximos meses Los milaneses matan en sábado, Milán calibre 9 y Venus privada. Una década más tarde, Milán ofrece el escenario al cautivador Appunti di un venditore di donne, última obra de Giorgio Faletti, primera de ambientación italiana tras Yo mato, El tercer lado de los ojos y Fuera de un evidente destino (Nuevas Ediciones de Bolsillo). "Necesitaba escribir sobre mi ciudad en esa época: el personaje acabó enredado en un lío de agentes secretos poco limpios, mafiosos y miembros de las Brigadas rojas", comenta.

Un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. Lo asume el dolido fetiche de Massimo Carlotto (Padua, 1956): "Marco Buratti, alias el Caimán, nacido y residente en Padua. Ex músico y cantante de blues. Víctima de un error judicial, ha cumplido siete años por participación en banda armada. Durante su detención ha desempeñado el rol de mediador entre facciones del crimen organizado. En libertad, colabora con varios penalistas como detective sin licencia. Es útil en investigaciones en las que es necesario entablar relaciones con ambientes extralegales" (El misterio de Mangiabarche, Barataria). El Caimán, cuya vida recuerda de cerca la vicisitud judicial de su autor, protagoniza otras sólidas novelas (La verdad del Caimán, Barataria). Carlotto ofrece la misma despiadada fotografía del Norte, opulento e hipócrita, donde todo vale y nadie es inocente, a través del protagonista de Hasta nunca, mi amor (Emecé). Para volver a Italia, Giorgio Pellegrini, fugitivo, exmilitante de la izquierda "clandestina y combatiente", pacta con un "policía elegante por fuera, marchito por dentro" y con políticos que pretenden favores a cambio de favores: un mundo sin concesiones, brutal y violento. "La realidad entra por todos lados: tenemos que tapar la debilidad del periodismo de investigación en Italia, liquidado a golpe de censuras y demandas. Estoy escribiendo la continuación -anticipa el autor- (Y al final de un día aburrido). A través de las aventuras del protagonista, cuento la expansión de la Liga Norte". Un estilo afilado, una literatura que no se puede definir negra porque el negro necesita al blanco, y aquí solo existe una gama infinita de grises.

Los héroes de las novelas criminales son espina en el costado de jefes serviles y complacientes con el sistema de turno, bichos raros para los colegas que tienden a no ir más allá de los mínimos sindicales, seres incomprensibles para los demás, devotos de la ley no escrita que impone silencio y vista gorda. Perfecto ejemplo de ello es Luigi Alfredo Ricciardi, que Lumen va a traer a España en septiembre. Maurizio de Giovanni inventa este policía melancólico, "siempre sumergido en el trabajo, sacerdote de la justicia, más que funcionario estatal", con el don -o la condena- de oír las voces de los muertos. Se mueve en la Nápoles fascista (cada novela se desarrolla en una estación de 1931), que según el autor presenta los mismos contrastes de hoy: "Hay edificios que por un lado dan a la grandilocuente avenida de Toledo y por el otro a los Quartieri Spagnoli, donde los policías no entran, al no estar obligados". Lo percibe su comisario de papel: "Alcanzado el portal , bajó el silencio. Ricciardi miró a su alrededor para ver si alguien tenía algo que decir, alguna información preliminar que proporcionar. Silencio. Hombres, mujeres, niños: todos mudos".

La misma impresión asombra al íntegro capitán de los carabineros de El día de la lechuza de Sciascia, primer libro que habla de la Mafia en 1961: observa con los prismáticos al jefe local de la Cosa Nostra, mientras se hace besar las manos e imparte órdenes desde el palacio que se erige justo frente al cuartel. El poder sano y el poder envenenado se acechan, en una lucha cotidiana, el uno hacia la verdad, el otro hacia el encubrimiento y el olvido. Mal y bien se confunden, enturbian las aguas, son dos caras de la misma moneda.

La Camorra, dueña del territorio ya durante el fascismo, es un murmullo constante en las investigaciones de Ricciardi, como Cosa Nostra en la Vigata del comisario Montalbano. "Está siempre en el trasfondo. No en primer plano, para no regalarle una dignidad que no merece", observa Andrea Camilleri (Salamandra edita este mes El campo del alfarero).

De Sicilia a Milán, pasando por Nápoles o Padua, cada rincón de la bota tiene su literatura del crimen. Toscana inspira a Marco Malvaldi (Pisa, 1974) las investigaciones corales de cuatro octogenarios. La trilogía La briscola in cinque, Il gioco delle tre carte, Il re dei giochi, así como Odore di chiuso está publicada por Sellerio, que edita a Camilleri.

En Bari, el abogado Guido Guerrieri investiga casi a su pesar, como un Marlowe que no se toma en serio. Creado por Gianrico Carofiglio (Bari, 1961, exjuez del Antimafia), desde que la novia lo ha dejado, usa el saco de boxeo como su terapeuta, se abandona a largos peregrinajes nocturnos, bebe absenta en un bar gay regentado por una exprostituta sabia y cinéfila (Testigo involuntario, Umbriel; Con los ojos cerrados y Dudas razonables, Plata Negra; Las perfecciones provisionales, La Esfera de los Libros).

Bustianu, también abogado, se mueve en la Cerdeña de finales del siglo XIX. Marcello Fois (Nuoro, 1960) obliga a su lector a un viaje por una isla de historias antiguas, supersticiones y silencios rumiados durante siglos, nudos nunca solucionados (Siempre caro, Salamandra). Turín tiene a Camilla Baudino: profesora de literatura, brillante y apasionada de los enigmas, centra la serie "trepidante y original" (Alicia Giménez Bartlett) firmada por Margherita Oggero (La colega tatuada es la única entrega disponible en castellano, Roca).

Por los puentes de Venecia, sube y baja Guido Brunetti. Su autora no lo es, pero él es italiano hasta la médula: "Como mis amigos", comenta Donna Leon (Nueva Jersey, 1942), "vive totalmente sin esperanza, pero sigue luchando". De una noticia del periódico -dos mataderos ilegales de animales domésticos- imaginó la aventura que está corrigiendo, mientras se publica Testamento mortal (Seix Barral). "Cuando su mujer le pregunta: '¿por qué lo haces?', Brunetti contesta: 'Alguien tiene que hacerlo'. Su compromiso es con su honestidad interior, antes que con el deber del oficio. Sin embargo, percibe la opresión ineludible, casi kafkiana, de un sistema de doble fondo, donde nada es como parece".

Los pueblos que viven con sus reglas de honor y vergüenza tienen a otro narrador: Niccolò Ammaniti (Roma, 1966). Sus protagonistas suelen ser niños, jóvenes que cultivan la ilusión de una fuga pero se quedan atrapados. Como Pietro de Te llevaré conmigo, Michele de No tengo miedo o Cristiano de Como Dios manda (Mondadori). Historias de periferia, contadas con delicadeza y buen equilibrio entre la trama negra (un asesinado, un secuestro, un atraco fallido) y la profunda humanidad de los personajes. Anagrama va a publicar en mayo Que empiece la fiesta, parábola de la farándula romana.

Los soportales de Bolonia están poblados por una muchedumbre de investigadores de papel: Sarti Antonio (de Loriano Macchiavelli), Grazia Negro y De Luca (de Carlo Lucarelli), Antonia Monanni (de Luigi de Bernardi), Eleonora de Angelis (de Barbara Baraldini). La ciudad con la universidad más antigua del mundo, bastión del PCI, atacada como ninguna otra por el terrorismo y las tramas ocultas, estimula los cultivadores del género: "Por aquí pasa el dramático fil rouge que une atentados, encubrimientos, poder soterrado. Lo tenemos fácil", sonríe Macchiavelli (1934), veterano de la novela real, que ha contado el misterio del DC-9 en Funerale dopo Ustica y la bomba de la estación en Strage.

"Hay un peligro. Si cualquier hecho dramático puede transformarse en novela, el país se acostumbra a no enfrentarse a sus interrogaciones reales", alerta Luigi Bernardi, que coordinó la serie negra de la editorial Einaudi y ahora escribe (su última Niente da Capire relata 13 sucesos). "Sin embargo, un libro puede enseñar un mecanismo. Cuando invento a un policía honesto que es desviado por su colega, el lector se queda con la clave para interpretar lo que pasa de verdad". "El enemigo número uno", añade Macchiavelli, "es el olvido. Como nunca se aclararon las responsabilidades de la bomba, año tras año se pierde la memoria de aquella matanza. Los jóvenes que encuentro en las escuelas no saben ni cuándo ocurrió". Los ojos se le empañan al recorrer la lápida fuera de la estación: Anna Maria Bosio en Mauri, años 28; Carlo Mauri, años 32; Luca Mauri, años 6

..., los nombres esculpidos en el mármol son 85. Un muro herido, una grieta larga hasta el techo. El escritor encuentra un culpable al final de su libro. La realidad no. La realidad de juicios infinitos, pistas falsas, secretos de Estado, ha encontrado a tres ejecutores materiales, militantes de extrema derecha. Treinta años después, viven en sus casas, cumplidas sus condenas, nunca se arrepintieron porque nunca confesaron. Treinta años después, nada se sabe sobre quién les cubrió y por qué. En este "nudo u ovillo, o maraña, o rebullo" lo único cierto, absolutamente cierto, es la lista con los nombres de las víctimas. Y, debajo, una corona de laurel. "Para no olvidar", dice la cinta. Una luciérnaga en la grieta de un muro.

Testamento mortal / Conclusions preliminars. Donna Leon. Traducción de Vicente Villacampa Armengol / M. Teresa Solana. Seix Barral / Edicions 62. Barcelona, 2011. 320 / 344 páginas. 19 euros. El campo del alfarero / El camp del terrissaire. Andrea Camilleri. Traducción de María Antonia Menini Pagès / Pau Vidal. Salamandra / Edicions 62. Barcelona, 2011. 224 / 256 páginas. 14 / 14,50 euros.

3.3.11

Coben:"Quiero atrapar al lector hasta las tres de la madrugada y que me maldiga"

El ganador del Premio RBA de Novela Negra explica las claves de Alta tensión

'No sé por qué escribo novela negra. Nunca me planteo escribir una novela negra, me sale así', afirma.Harlan Coben, en un parque de Nueva York.foto.fuente:elmundo.es

Harlan Coben tiene una caricatura psicotrópica del presidente Nixon junto a la ventana de su apartamento con aspecto de barco del Upper West Side de Manhattan.

Dice que el anterior propietario del piso fue un violinista fascinado por las historias de alta mar y que reconstruyó su interior de manera que pareciera lo que hoy parece: un humilde salón de transatlántico (la ventana del baño es un círculo por el que se otea parte de Central Park). Él está sentado en un taburete, junto a la barra y come cacahuetes. La estatuilla que consiguió por su última novela, 'Alta tensión', descansa junto al cuenco de frutos secos.

La estatuilla es en realidad el Premio Internacional de Novela Negra RBA, el mejor dotado del mundo en dicho género. Harlan sonríe y dice que Myron Bolitar iba a ser "el típico tío raro" pero que acabó convirtiéndose en un familiar agente de deportistas convertido a menudo (accidentalmente) en detective. "Myron odia estar solo. Eso es algo que no comparto con él. A mí me encanta estar solo. Tengo cuatro hijos, me encanta pasar tiempo con ellos, pero también, de vez en cuando, me gusta estar solo", dice el escritor, que siempre está hablando de la familia. "Mis novelas hablan básicamente de la familia, porque la familia es lo más importante que tenemos, establecemos los vínculos más fuertes con ellos y sólo pueden destruirnos, destruyéndolos. Mis novelas a menudo son eso: la devastación del orden familiar", cuenta. Hay mucho de eso en 'Alta tensión'. La vida del inseguro y desaliñado Myron Bolitar está a punto de dar un giro inesperado que cambiará para siempre al personaje.

'No me gustas la novela enigma'

"Es algo que me gusta del tipo de novela negra que escribo: que mis personajes crecen con cada nueva entrega, no son estáticos. Por eso no me gusta la novela enigma, porque a menudo la novela enigma está vacía, los personajes no tienen sentimientos, se limitan a existir para que la trama tenga sentido", asegura Coben. Sigue comiendo cacahuetes y a veces mira por la ventana. Lo único que puede ver con rascacielos como gigantes empañados por la lluvia.

Lo que pasa en 'Alta tensión' es que Suzze T está embarazada de ocho meses. La ex tenista y ex clienta de Myron Bolitar acude al despacho del agente para pedirle que encuentre a su chico, Lex, estrella de rock en horas bajas desde la disolución de Horsepower, su banda.

Alguien ha dejado un comentario en el perfil de Facebook de Suzze asegurando que el hijo que espera no es de Lex y la ex tenista tiene miedo de que se haya marchado por eso. Así que Myron intervendrá, una vez más, a favor de una de sus ex clientas. Y luego se arrepentirá de haberlo hecho. Porque la búsqueda de Lex removerá buena parte de su pasado y le pondrá tras la pista de su hermano, también desaparecido, y curiosamente vinculado a Suzze por Kitty, su mujer, también ex tenista, y no embarazada, sino heroinómana. Un cóctel explosivo, con la ciudad de Nueva York y sus fiestas sin hora de vuelta a casa, de fondo.

"No sé por qué escribo novela negra. Sí, es un reflejo de la América contemporánea, pero no lo hago a propósito. Nunca me planteo escribir una novela negra, me sale así. Porque lo quiero es mantener al lector pegado a la página. Dejarlo despierto hasta las tres de la madrugada. Atraparlo y que me maldiga por eso", confiesa el escritor, que, aunque ha colocado a dos ex luchadoras de wrestling en el despacho de Myron (Big Cindy y Esperanza), como expertas ayudantes, nunca ha sido muy amante de la lucha libre. De lo que sí ha sido amante es del baloncesto.

Harlan Coben fue jugador antes que escritor, y de cierto nivel, pero una lesión lo apartó para siempre de la cancha. "Hasta hace dos años aún jugaba de vez en cuando, pero ahora ya no puedo", dice, señalándose la rodilla. Quizá por eso sus novelas están repletas de jugadores que vieron interrumpidas sus carreras cuando estaban en el mejor momento. Como Suzze T, o Kitty, las protagonistas de 'Alta tensión', que reflexionan sobre la maldición del talento.

"Ellas quieren jugar por jugar, porque saben que el talento será utilizado para hacer que alguien fracase, no se piensa en la victoria por sí misma sino en el fracaso del otro, y eso no les gusta", dice el escritor, que compartió cuarto en la universidad con David Foster Wallace.

"Siempre estaba preocupado por cómo debía acabar sus historias, no sabía cómo hacerlo, y envidiaba eso de mí. Yo de él envidiaba todo lo demás", confiesa.