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7.9.10

Misterio y novela negra en Last Window para Nintendo DS

Una de las características que distingue a la verdadera literatura de todas las demás es su búsqueda constante de fronteras nuevas y arriesgadas. Quebrantar los moldes establecidos suele despertar la ira de los conservadores, pero es también una de las rutas hacia la posible posteridad

Last Window: El secreto de Cape West.foto.fuente:cope.es

La narrativa negra en sus vertientes literaria y cinematográfica, que supuso una de las grandes revoluciones culturales del siglo XX, es una permanente prueba viva de esta inquietud por el movimiento interior. Los escritores del género (Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross MacDonald, Robert Towne) y sus personajes (Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Archer, J.J. Gittes) han pasado a engrosar la lista de los clásicos con sorprendente celeridad y, precisamente por ello, creo que serían los primeros en apoyar la poderosa consolidación de Kyle Hyde en su mundo, que es el nuestro.

La primera aventura de Hyde, "Hotel Dusk", ya demostró que la combinación de dos pantallas animadas, elementos de sonido y afluentes impredecibles de virtualidad generaban una experiencia que, aunque aparentemente surgida de una indefinible fusión del cine y la literatura, era dueña en realidad de formas inéditas de emoción narrativa.

Los autores de la nueva aventura de Kyle Hyde, Last Window: El secreto de Cape West, han optado, venturosamente para nosotros, por el camino difícil: ahondar sin miedo en las claves que han hecho mítico y universal el género negro; ir más allá, como en su día hicieron Hammett o Chandler. El resultado es una tentación irresistible por múltiples razones, de las que resaltan tres:

- La atmósfera del edificio de apartamentos donde transcurre la acción resulta inquietante y opresiva sin necesidad de atrezzo o decoración, sólo a partir de los elementos que definen las bases del juego. Es nuestra propia mirada, vagando por el edificio de la mano de Hyde, la que acaba por generar desasosiego y desolación, el aire de un incierto peligro. Una novela negra o tiene atmósfera negra o no es una novela negra y yo, mientras escribo estas líneas, siento aún el eco de mis pasos nocturnos por los pasillos de Cape West, la incertidumbre ante sus puertas cerradas, los ojos de la silenciosa oscuridad sobre mi nuca.

- La trama. Apenas comienza la acción, y mientras se desliza información sobre la intriga en apariencia nimia que transcurre en el presente, afloran las referencias a un crimen cometido lustros atrás, nada menos que el asesinato del padre del propio protagonista. ¿Qué tiene que ver ese lejano y oscuro crimen nunca resuelto con la venta de un edificio de apartamentos y con la desaparición del anillo de una de las inquilinas? La pregunta parece formulada por Ross MacDonald, el más grande creador de argumentos de la literatura negra de todos los tiempos.

- El mismo Kyle Hyde. Las grandes narraciones negras sustentan su vínculo con el lector en la simpatía que éste siente por el protagonista que viaja con él a lo largo del libro, un protagonista que uno de los grandes arriba citados definió como "triste, solitario y final". Acaso es fácil mostrar esas peculiaridades mediante la palabra o la imagen. Pero, ¿cuál es la magia que, simplemente con los recursos de la consola, nos permite percibir, "saber", que Kyle Hyde es un hombre ensimismado y frágil, herido sin remedio por el fracaso y obsesionado por los pasos perdidos del propio pasado, un hombre honesto que sin embargo lucha por mantener la propia dignidad?

Kyle Hyde ha vuelto. Triste y solitario, pero de ninguna manera final. Porque, atravesando fronteras arriesgadas y rompiendo moldes, se ha propuesto convertirse en un clásico del género negro. Y no parece que nada vaya a poder impedírselo.

Last Window: El secreto de Cape West es una novela interactiva de suspense para Nintendo DS que se lanza en España el próximo 17 de septiembre. La historia narra la investigación de Kyle Hyde, un antiguo oficial de policía, en su intento de resolver el misterio que rodea la muerte de su padre y su oscuro pasado. Los hechos transcurren en el Los Ángeles de 1980, un año después de los sucesos ocurridos en Hotel Dusk: Room 215 (Nintendo DS, 2007).

Fernando Marías (Bilbao, 1958) es novelista, guionista ocasional de cine y editor. Entre sus obras se encuentran El niño de los coroneles, novela con la que ganó el Premio Nadal 2001; Todo el amor y casi toda la muerte , por la que ha recibido este año 2010 el XIII Premio Primavera de Novela; o guiones como El segundo nombre y La luz prodigiosa.

3.5.10

El escritor que volvió del olvido

Anticipo exclusivo de El expediente Archer , un libro que reúne los cuentos completos de su famoso detective privado y muchos textos inéditos, encontrados en el escritorio del novelista después de su muerte

Ross McDonald.fOTO;fUENTE:adnCultura

Por Rodrigo Fresán

UNO. "Estaba sentado en el Hollywood Hawaiian Hotel/ mirando mi taza de café vacía/ pensando en que la gitana no había mentido/ todos los margaritas con sal de Los Ángeles/ yo me los voy a beber/ y si California se desliza hacia el océano/ como los místicos y las estadísticas aseguran que sucederá/ yo predigo que este motel se mantendrá en pie/ hasta que yo pague mi cuenta", canta Warren Zevon en su gloriosa "Desperados Under the Eaves".

La idea y la imagen y el sentimiento son cien por cien Zevon, no en vano considerado el maestro del llamado californian noir en lo que a escribir canciones se refiere.

Y el sentimiento y la imagen y la idea son, también, cien por cien Ross Macdonald, maestro del californian noir a secas y creador del inolvidable detective privado Lew Archer.

Y nada se pierde y todo se relaciona: Warren Zevon (fallecido en 2003) inspiró el personaje de Lew Ashby en la segunda temporada de la serie de televisión Californication. Y el Lew de Ashby es un sentido homenaje y guiño cómplice y palmada amistosa al muy conocido hecho de que Zevon fue, hasta el final, un fan de Ross Macdonald y de su detective Lew Archer. Y, también, de que Zevon supo ser vecino de Macdonald quien, una noche tan terrible como absurda, lo salvó de suicidarse.

Y la escena -la situación- podría salir de o entrar en cualquier caso de Archer. A saber: un joven metido en demasiados problemas a finales de los años 60 y a principios de los 70 y, de pronto, el maduro y solitario investigador que llega no para ponerlo todo en orden (porque eso es imposible) pero, al menos, para intentar que el desorden no sea mayor y aumente el número de bajas bajo el altísimo sol, junto al mar, mientras los desesperados buscan refugio bajo los aleros, y el tiempo pasa, y falta cada vez menos para que California se deslice hacia el océano.

Pero no aún.

DOS. Ross Macdonald -en una conversación con Warren Zevon, intentando sacarlo del agujero negro en el que el songwriter había caído o se había arrojado de cabeza- insistió en que "se sentía culpable" por todo lo que había conseguido escribiendo y añadió que "los escritores estamos demasiado bien pagados". Entonces, año 1979, Macdonald era huésped habitual de las listas de best sellers y -desde la publicación de La mirada del adiós, diez años atrás- uno de los pocos autores de thrillers que había conseguido críticas admiradas en la primera página del suplemento de libros de The New York Times o en la portada de Newsweek, así como la admiración de colegas y el respeto de narradores "literarios" como Reynolds Price y Elizabeth Bowen y Osvaldo Soriano y Thomas Berger, de Iris Murdoch y Donald Barthelme y Joyce Carol Oates y Haruki Murakami y John Fowles y pensadores como Marshall McLuhan.

En algún momento del diálogo, con Macdonald y Zevon caminando por el jardín de su casa, salió el nombre de Francis Scott Fitzgerald y el músico suspiró: "No sé, yo leí sobre Fitzgerald bebiendo gin y me imaginé que, si bebías gin, tal vez podrías escribir como Fitzgerald [...] y ahora estoy preocupado porque la escritura dejó de ser algo divertido".

Macdonald se detuvo y miró fijo a Zevon y le dijo: "¿Divertido? ¿Divertido?"

Y no hizo falta que agregara nada más.

Y, sí, no puede decirse que Ross Macdonald (nacido como Kenneth Millar en Los Gatos, California, en 1915, y fallecido en Santa Bárbara, California, en 1983) haya tenido una vida "divertida", pero sí que tuvo una vida interesante.

Macdonald creció y se educó dentro de una familia disfuncional en Ontario, Canadá. Macdonald fue lo que se entiende como "un niño problemático": debutó sexualmente a los ocho años (tuvo también, parece, su momento de experiencias homosexuales) y ya era un borracho curtido y un hábil ladrón y peleador callejero a los doce. Al poco tiempo, su padre se marchó sin dar explicaciones (la figura del "desaparecido" o la "desvanecida" que deja atrás las ruinas humeantes de un hogar es una constante en los casos de Archer) y el muchacho pasó de vivir con su madre a recibir la obligada y no siempre alegre hospitalidad de varios familiares hasta su ingreso en la Michigan University (donde descolló con una exquisita tesis sobre Coleridge) coincidiendo con la venta de sus primeros relatos a revistas de pulp fiction. Macdonald se casó con Margaret Sturm en 1938, con quien protagonizó un matrimonio bastante infernal, aseguró intentar suicidarse más de una vez "vía defenestración" y tuvo una hija complicada, la fugitiva Linda, quien murió muy joven y de un "accidente cerebral" luego de accidentes automovilísticos y fugas varias a Las Vegas y problemas con las drogas (sombra dolorosa que se reflejaría, una y otra vez, en el cosmos archeriano donde siempre acechan los peligros del hippie kick y los abismos insalvables de las diferencias de edades y de eras). Y Macdonald -un hombre parco y melancólico, pero muy generoso con todos los que se le acercaban- terminó sus días, golpeado por los vientos del Alzheimer, como enamorado platónico de la gran Eudora Welty, fan confesa de sus libros, quien reseñó El hombre enterrado (1971) y comprendió, perceptivamente, que "sus historias se caracterizan por la ausencia del amor" y su método pasa por "simplemente y sin máscaras, encontrar los puntos de contacto e iluminar el modo en que unos y otros se relacionan; reconocer lo que significan y, por lo tanto, comprender".

El problema o la virtud de Archer es que resulta fácil contratarlo. Lo difícil es despedirlo o, mejor dicho, que se dé por despedido.

Archer funciona así como un revulsivo, como un detonante, como una gran ola californiana.

Y, de pronto, todos tiemblan.

Y temblamos nosotros leyéndolos temblar.

TRES. Pensar en Ross Macdonald como en el tercer hombre. El blanco móvil que sigue a las siluetas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

Del primero, Macdonald rescata cierta sequedad a la hora de mirar y el apellido de su detective, que coincide con el del socio de Sam Spade asesinado en las primeras páginas de El halcón maltés.

Del segundo, Macdonald explora (de una manera mucho más profunda y casi arqueo-antropológica) el paisaje californiano, así como la sensibilidad de cierta comedy of manners y esa imposibilidad de no involucrarse afectivamente del investigador con los investigados que nos dice hola en El largo adiós.

¿Y cuál es la novedad que aporta Macdonald? ¿De qué manera hace evolucionar al homo noir y lo convierte en un ser más inteligente y más sensible? ¿Cuál fue la estrategia utilizada por aquel que dijo querer "escribir lo mejor que pudiera sobre los problemas de la vida y la muerte en nuestra sociedad; y el molde de Wilkie Collins y Graham Greene y Dashiell Hammett y Raymond Chandler parecía ofrecerme toda la soga necesaria para mi cometido"?

Fácil de precisar pero muy difícil de llevar a cabo: lo que inaugura y enciende Archer -dejando de lado los one-liners a quemarropa y los símiles ingeniosos de Hammett & Chandler- es una formidable potencia psicológica y una muy particular velocidad. En sus historias, todo sucede muy rápido y con mucha precisión. Así, Archer es un detective con modales de psicoanalista/médium y ojos de rayos X -"la mente de la novela que actúa como catalizador de conciencias ajenas", diagnosticó Macdonald- a quien, sí, le preocupa el "quién lo hizo" y el "por qué lo hizo" pero, además y por encima de todo, el "por qué no pudo dejar de hacerlo". La respuesta a esto último -en el mundo según Macdonald- está y viene, siempre, desde un pasado de aguas turbulentas o estancadas pero jamás potables. La mecánica de las novelas de Macdonald siempre ejecuta los mismos movimientos: alguien contrata a Archer para que destape las cañerías del presente y, claro, apenas Archer entra en acción (y en reflexión) comienza a salir a flote toda la mierda del ayer y se comprende que las faltas de los padres son el combustible que mueve a los delitos de los hijos. "Las palizas morales que te dan tus hijos son las más duras de soportar y las más difíciles de evitar", entrecierra los ojos Archer en La mirada del adiós. "La mayoría de los autores de policiales escribe sobre crímenes. Ross Macdonald escribe, en cambio, sobre el pecado", sintetizó a la perfección un crítico de The Atlantic. De esta manera -y muy especialmente durante los libros publicados en los años sesenta y principios de los setenta- los casos de Archer son, también, problemas generacionales y maldiciones degeneracionales, heridas que nunca cicatrizan y que supuran, apenas escondidas, infectadas e infectando, bajo la sombra de vendajes flojos.

De a poco y con cuidado, Macdonald fue modelando al detective moderno; puede señalarse El caso Galton (1959) como el sitio en que se libera de influencias y se convierte en su propio hombre y así -mientras todo intento de emular a Marlowe o a Spade o al Continental Op resulta irremediablemente en pastiche u homenaje-, la influencia de Archer en los que vinieron después es mucho más poderosa y, también, más sutil.

De ahí que -como se verá más abajo- son muchos los escritores contemporáneos que se arrodillan para venerar a Hammett y Chandler.

A Macdonald, en cambio, lo abrazan.

Fuerte.

Hasta exprimirlo amorosamente.

Lo que no alcanza a explicar el porqué -en los últimos tiempos- de la desaparición de Macdonald en las librerías de idioma español. Hubo un tiempo en que Macdonald estuvo en todas partes y en varios sellos simultáneamente -recuerdo haberlo seguido en Emecé, en Bruguera, en aquella colección de Alianza-, pero de pronto pareció esfumarse.

Un ensayo de Leonard Cassuto -"The Last Testament of Ross Macdonald"- apunta un novedoso punto de vista para contemplar y entender este eclipse más o menos total. Allí, Cassuto advierte que lo que le interesaba a Macdonald eran los "niños perdidos" y que sus preocupaciones difícilmente resultan atractivas en un paisaje plagado de asesinos en serie donde el monstruo es un fenómeno aislado imposible de ser redimido y, en el mejor de los casos, apenas "comprendido" por un agente especial y especializado, entrenado en Quantico y con muy serios problemas propios.

Buena parte de los thrillers de éxito de la actualidad son en blanco y negro y rojo. Las novelas de Archer, en cambio, son en gris y rojo y, al respecto, Macdonald ensayó una suerte de credo ético y estético en el pequeño libro On Crime Writing (1973): "Los escritores de policiales a menudo somos interrogados acerca de por qué malgastamos nuestro talento en un género tan convencional. Una respuesta posible es que el asunto es mucho menos convencional de lo que parece a primera vista y que este supuesto convencionalismo es la herramienta imaginativa que les permite, tanto al detective ficticio como al autor real, revelar los secretos de esa comunidad que ambos habitan".

Así, el territorio de Archer/Macdonald es el de las psicopatologías de los clanes y no el de los psicópatas individuales. Y a no olvidar nunca aquel dictado sobre las familias infelices que abre Anna Karenina de Tolstoi. Si todas las familias infelices lo son, siempre, de maneras muy diferentes, entonces no resulta muy arriesgado afirmar que el detective de Macdonald conoce casi todas esas infinitas variantes de la infelicidad.

"Todos somos culpables", concluye, Lew Archer en El martillo azul, su último caso. Y cabe preguntarse si a muchos de los lectores de hoy -perdidos en intrigas bíblicas o en estepas nórdicas- les interesa ser conscientes de ello, de la paradoja de que las novelas de Macdonald sean tanto más humanas que las del Hannibal Lecter de turno y, al mismo tiempo, tanto más crueles.

CUATRO. Y así hablaron quienes lo admiraron y lo siguen admirando.

Sue Grafton (quien reclamó para sus novelas "alfabéticas" Santa Teresa, nombre con el que Macdonald rebautizó Santa Bárbara): "Ross Macdonald se sentía intrigado por las ficciones detectivescas. Tomando las riendas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, él montó el formato con gracia y confianza. Pero mientras que Hammett y Chandler escribieron apenas un puñado de novelas (Hammett, cinco; Chandler, siete), los dieciocho títulos protagonizados por Lew Archer fueron publicados a lo largo de casi tres décadas, permitiéndole a su autor un marco temporal y un aliento narrativo en los que ir refinando y perfeccionando sus habilidades y dones. Con tiempo, Macdonald no sólo fue incorporando a sus tramas la creciente madurez de su manera de ver las cosas sino, también, les fue añadiendo una creciente melancolía y una madurez ganada a los golpes. Más poético que Hammett, menos cínico que Chandler, lo que Ross Macdonald demostró fue que la novela hard-boiled con detective privado ya no tenía por qué conformarse con ser el dominio exclusivo del investigador chupa-whisky, de los puños volando, de las pistolas disparando y de la rubia de curvas vertiginosas sentada en un borde del escritorio. Gracias a Macdonald conocimos una California que jamás supimos que existía y supimos que un policial podía ser algo tan preciso y apasionado como un soneto sin que esto significara olvidar o negar que su esencia pasa, siempre, por el crimen y la muerte violenta".

P. D. James: "Entre los norteamericanos, yo me quedo con la escuela dura. Ross Macdonald, en particular, me parece maravilloso".

Lawrence Block: "Tal vez pocos se atrevan a admitir esto. O tal vez sólo me suceda a mí. Pero lo bueno de una novela de Macdonald es que uno vive en ella mientras la lee y comienza a olvidar sus detalles apenas la ha terminado. Lo que me permite (a diferencia de lo que sucede con muchos policiales) leer y disfrutarlas y admirarlas una y otra y otra vez".

George Pelecanos: "Ok. De acuerdo: puede afirmarse que todas las novelas de Archer son muy parecidas en cuanto a tema y argumento y lo que en realidad vale e importa es la belleza de su prosa y su formidable capacidad de observación. Lo cierto es que Macdonald escribió el mismo libro una y otra vez. Pero era un gran libro".

Ray Bradbury: "En sus novelas, las mujeres golpeadas huyen de demasiados hombres que hicieron todas las cosas malas, mientras esos mismos hombres huyen de sí mismos sin estar del todo seguros de qué hicieron o por qué lo hicieron o cómo hicieron tan mal las cosas. Las razones secretas, de encontrarse, deben ser enterradas. Siempre. Y si salen a la superficie, hay que acribillarlas a balazos y volver a enterrarlas bajo las piedras o meterlas dentro de una botella. El asesinato en Macdonald es la última bocanada de indignación o desesperación. Y el peor crimen de todos es aquel que jamás se descubre o recibe castigo. Lean sus libros y experimenten ustedes mismos el genio de uno de nuestros más grandes escritores".

John Connolly: "El escalofrío es una de las novelas más perfectamente armadas en todo el canon policíaco. El tipo de libro que te deja con la boca abierta cuando alcanzas las últimas páginas. Macdonald siempre ha padecido un poco (o mucho) la idea de que trabajó a la sombra de Chandler. Pero la verdad, y a riesgo de sonar herético y blasfemo, yo pienso que Macdonald fue un novelista muy superior a Chandler".

Julian Symons: "No tiene sentido alguno comparar a Macdonald con Hammett y Chandler. El logro de Macdonald es suyo y nada más que suyo y es algo único en la historia del policial moderno".

Michael Connelly: "Ross Macdonald fue, simplemente, uno de los mejores. En lo que a mí se refiere, me influyó tanto como Chandler. Contribuyó a construir la California sureña que hoy resulta tan atractiva a tantos escritores. Y tenía una manera tan concisa de escribir, de ir directo al grano en el comentario sociológico, en el delinear de las impurezas del alma y del corazón, en el modo en que exponía los modales con los que las familias se autodestruyen... Llegué tarde a Macdonald. Lo primero que leí fue El martillo azul y, por supuesto, fui muy feliz al comprender que tenía todos esos libros anteriores con Lew Archer para leer. Y los leí. Eran los días en que me propuse vivir de la escritura y los libros de Macdonald me demostraron que las novelas policiales podían alcanzar la categoría de arte. Todavía recuerdo lo que sentí al leer las primeras páginas de El martillo azul. El modo en que Macdonald describía cómo un cuerpo de mujer se había mantenido firme con los años gracias al tenis y al odio. Leí eso y supe que había encontrado algo importante. Supe que había llegado a casa".

Robert B. Parker: "No se conformó con enseñarnos a escribir; hizo algo más: nos enseñó a leer, a pensar sobre nuestras existencias y tal vez, a vivir. Con su oficio y su integridad, Macdonald hizo de la ficción detectivesca el vehículo para llegar a lo más alto y lo más profundo y trascendente. Y no es que otros no lo hayan intentado, es que él lo consiguió".

William Goldman (quien adaptó El blanco móvil para el cine, en 1966 y con Paul Newman, con el título de Harper): "El autor de la mejor serie de novelas detectivescas jamás firmadas por un norteamericano".

Richard North Patterson: "Antes que nada, Macdonald es el más grande escritor norteamericano de policiales. De acuerdo, Hammett revolucionó el género y Chandler le dio estilo y clase. Pero fue Macdonald quien trajo a la novela policial las cualidades de la gran novela: entramado magistral, un perfecto sentido del tiempo y del espacio, implacable conocimiento de la psicología humana y una perfecta fusión entre argumento y personaje".

James Ellroy (quien dedicó una de las novelas de su Trilogía Lloyd Hopkins "a la memoria de Kenneth Millar"): "Ross Macdonald siempre ha sido muy importante para mí. Es, en lo emocional, mi gran maestro. Amo las novelas de Lew Archer. Leí a Macdonald en los parques donde dormía, a la luz de una linterna".

En la hora de su muerte, Macdonald fue celebrado tanto en las páginas de Rolling Stone como en las de Pravda, The Wall Street Journal la consideró noticia de primera plana y The Washington Post le dedicó la página editorial. Allí se leyó: "El peso de sus historias no pasaba por la muerte sino por el de las consecuencias de la muerte revelando historias e intenciones. La variedad del delito que a él le interesaba era la traición a la confianza. Entre maridos y esposas. Entre padres e hijos. Entre médicos y pacientes. De ahí que Macdonald sea un escritor universal".

CINCO. El expediente Archer -verdadera labour of love a cargo de Tom Nolan, quien aporta el indispensable y muy inspirado profile de Archer con el que se abre este volumen- funciona como festín para seguidores y completistas (por primera vez en español se incluyen aquí todos los relatos y nouvelles de Archer sumándoles notas y fragmentos dispersos) y como perfecta puerta de entrada para los que se suben a su automóvil por primera vez. El expediente Archer brinda, también, la oportunidad de seguir al héroe de Ross Macdonald en los cien metros lisos y no en carreras de fondo, saliéndose a menudo de la pista y de la respiración de sus novelas.

Es otro Archer que no deja de ser Archer.

Bienvenidos a Los Ángeles y alrededores, patria de diablos exhibicionistas y demonios internos.

Ya saben: tragedias griegas junto a las piscinas, la Divina comedia con descapotables recorriendo a toda velocidad el infernal círculo de autopistas calientes, cuentos de hadas (o de brujas) bajo las palmeras donde aúllan los coyotes de Mulholland Drive, armarios con demasiados esqueletos bronceados, soap operas sin perfume ni anestesia y William Shakespeare entrando a un sitio llamado Koper Coffee Pot y -esto es verdad, opción favorita de Warren Zevon, que alguna vez figuró en su menú y tal vez todavía siga allí- y sentándose a una mesa con vistas a la nada y pidiendo para desayunar un Lew Archer Special.

Mientras tanto, ahí afuera, a la espera del gran terremoto -"No hay nada malo en Southern California que una subida en el nivel del océano no pueda curar", leemos en La piscina de los ahogados- todos continúan preguntándose aquello de ser o no ser y piensan si lo mejor no será llamar a un detective privado llamado Lew Archer para resolver una cuestión tan íntima.

Y -dinero es lo que sobra- lo contratan.

Y por supuesto -después, casi enseguida, para gran regocijo nuestro- se arrepienten de haberlo llamado.

Mucho.

Pero ya es demasiado tarde para archivar el caso sin resolverlo antes.

Afuera, California se mueve.

Pero más se mueve Archer.

Archer no para de moverse.

Archer es un terremoto en sí mismo.

Y -lo aseguran los místicos y las estadísticas y sus muchos admiradores, entre los que me cuento- yo predigo que Archer se mantendrá en pie, hasta que se haga justicia o se dejen de hacer injusticias. Sin importarle demasiado el que le paguen o no la factura. Seguro de que, por lo general, el cliente rara vez tiene razón y de que todos -absolutamente todos- somos culpables.

adnMACDONALD

Áspero y refinado
Ross Macdonald, cuyo verdadero nombre era Kenneth Millar, nació en Los Gatos, California, en 1915. Se crió en Ontario, Canadá, y estudió en la Universidad de Michigan, donde descolló con una tesis sobre Coleridge. Escribió 18 novelas protagonizadas por el detective Lew Archer, entre ellas El escalofrío, La bella durmiente y El martillo azul. Murió en Santa Bárbara en 1983, a los 67 años

Textuales

  • Ray Bradbury
    El asesinato en Macdonald es la última bocanada de indignación o desesperación. Lean sus libros y experimenten ustedes mismos el genio de uno de nuestros más grandes escritores.

  • John Connolly
    Siempre padeció la idea de que trabajó a la sombra de Chandler. La verdad, y a riesgo de sonar herético y blasfemo, yo pienso que Macdonald fue un novelista muy superior a Chandler.

  • Sue Grafton
    Con Macdonald conocimos una California que jamás supimos que existía y supimos que un policial podía ser algo tan preciso y apasionado como un soneto sin perder su esencia por eso.

  • James Ellroy
    Siempre ha sido muy importante para mí. En lo emocional, Ross Macdonald es mi gran maestro. Amo las novelas de Lew Archer. Lo leí en los parques donde dormía, a la luz de una linterna.

  • P. D. James
    Entre los norteamericanos, yo me quedo con la escuela dura. Y Ross Macdonald, en particular, me parece maravilloso.


El ardor de la sangre

26.4.10

El crimen como enigma de la razón

Escrito entre 1922 y 1925, La novela policial, del alemán Siegfried Kracauer, descubre en un género devaluado por el campo cultural de la época razones para filosofar

Siegfried Kracauer.fOTO;fUENTE:Revista Ñ

Pablo De Santis traza, a partir de esta novedad editorial, un apasionante análisis de la lógica del relato policial de ayer y hoy

Por Pablo de Santis

Una de las más famosas anécdotas de la filosofía lo muestra a Tales de Mileto caminando por los campos y tan atento a las estrellas que se cae en un pozo. Entonces oye la risa de una joven esclava. "¿De qué te ríes?", pregunta el filósofo. Y la muchacha le responde: "Pretendes saber lo que hay en el cielo, pero no ves lo que hay en la tierra".

Esta anécdota, que se ha predicado no sólo de Tales sino de otros filósofos de la Antigüedad, revela una imagen que conocemos muy bien: la del sabio un poco excéntrico y distraído. Imagen que bien corresponde al detective, con su eterno divorcio entre intelecto y vida práctica. Auguste Dupin, el detective de Edgar Allan Poe, es un aristócrata en bancarrota que hubiera terminado en la calle de no ser por su amigo, el narrador de sus historias, que lo hospeda en su casa. Legrand, el descifrador de El escarabajo de oro, también de Poe, es otro aristócrata que lo ha perdido todo, y vive en una choza.

¿Qué haría Sherlock Holmes sin el abnegado Watson, que le resuelve los inconvenientes de la vida cotidiana? Al buen Columbo se lo ve siempre desaliñado, incapaz de mandar su impermeable a la tintorería y su viejo coche al mecánico. Su vida práctica descansa en la invisible señora Columbo. Atentos sólo a las constelaciones del crimen, los detectives caen sin cesar en los pozos de la vida cotidiana. Si la caída es fuerte, también en el pozo se han de ver las estrellas.

Elogio de la convención

Siegfried Kracauer escribió su libro La novela policial entre 1922 y 1925. El tema para su época resultaba algo insólito (a pesar de que su maestro, el sociólogo Georg Simmel, también se dedicó a pensar en objetos de la vida cotidiana, alejados hasta el momento de todo interés filosófico). Su corpus es el de la novela-problema, ya que Dashiell Hammett, pionero del género negro, comenzaría a publicar un par de años después. Lee con atención a aquellos autores pródigos en artificios hoy un poco anticuados, como Maurice Leblanc, el olvidado noruego Sven Elvestad, Gastón Leroux o Emile Gaboriau, mientras El candor del padre Brown de Chesterton o El maestro del juicio final de Leo Perutz, raras obras de imperecedero encanto, lo dejan un poco desconcertado. ¿Dónde queda la metáfora del detective como sacerdote, si en Chesterton el detective es efectivamente un sacerdote?

A Kracauer no lo apasionan las fugas de la convención, sino la convención misma. Es en las constantes del género donde encuentra motivos para filosofar, sobre todo en la construcción de un mundo destinado a mostrar el funcionamiento de la razón. La novela policial demuestra que sólo en un ambiente completamente dominado por el artificio puede triunfar la razón, porque en la vida real (acaso ésta es la moraleja secreta de su libro) la razón está destinada a fracasar.

Aunque las novelas de detectives hablen de la importancia de la razón y de lo importuno de los sentimientos, el policial no deja de ser un género romántico.

Muerte y conversación

Para Kracauer, el género aparece con el detective. Otras genealogías lo retrotraen a Edipo rey o al mismo Caín, pero eso es porque se identifica al género policial con el asesinato. El género no nace con el crimen, sino con la desaparición del crimen, es decir, el borramiento del crimen como hecho moral y aun humano, para que quede sólo como problema intelectual, como desafío gnoseológico. Mientras el asesino trata de hacer desaparecer sus huellas, el escritor de novelas policiales trata de borrar al crimen en cuanto tal. El cuerpo muerto es un cuerpo geométrico y tiene un teorema por sudario.

Desde luego, esto molesta a la buena conciencia, y por eso las novelas una y otra vez tratan de hacer desaparecer este matiz intelectual. Así, en muchos policiales de hoy proliferan asuntos que indignan en la vida real (la violencia contra las mujeres, el racismo, la xenofobia). Muy a menudo se aprovecha algo que excita la curiosidad morbosa del lector, como la violencia sexual, pero dando al libro un tono de denuncia, que libera al lector de toda culpa, como quien mira la sangrienta escena de un accidente de autos mientras se convence de que así medita sobre educación vial.

La característica del relato policial no es el crimen: es la conversación. No nace con una muerte violenta: nace con dos hombres que conversan sobre una muerte violenta. Poe retoma el aire de paciencia infinita de los diálogos platónicos. También Sherlock Holmes, en lugar de decirle a Watson la verdad, le da una serie de instrucciones para llegar a ella. ¿Hace falta decir que ese manual de instrucciones es infinito y que el discípulo nunca se recibe de detective? Al fin y al cabo, si los dos se entregan a la pura intelección: ¿quién se ocupará de arreglar los asuntos domésticos? "Watson, golpean a la puerta". "Holmes, golpean a la puerta". Ninguno abriría.

Fragmentos

En un ajado ejemplar de El lagrimal trifulca (revista editada en Rosario por Francisco y Elvio Gandolfo a comienzos de los años setenta) encuentro un artículo de Bertolt Brecht sobre la novela policial. Siempre había oído que a Brecht le gustaba el policial duro norteamericano, pero aquí hay una enfática defensa de la novela-problema y sobre todo de su condición de mecanismo. Pero lo más interesante es que Brecht señala cómo en las novelas policiales los personajes aparecen fragmentados, iluminados por una luz intermitente, no como una totalidad.

Este principio constructivo del personaje obedece por supuesto a una estrategia narrativa: si supiéramos todo de todos los personajes, sabríamos cuál es el asesino. Pero a la vez este rasgo de la novela termina convirtiéndose en una teoría sobre las relaciones humanas. Las novelas susurran en nuestros oídos: no conocemos realmente a nadie, vemos a todos de un modo intermitente, hasta los más cercanos pueden guardar un secreto que escapa a nuestra conciencia.

Muchos relatos llevaron esta duda, que se pregunta por los otros, al mismo yo. Así a menudo es el mismo detective el que emprende una investigación que cree ajena y termina cumpliendo con el mandato oracular del "Conócete a ti mismo". Así ocurre con el detective de El angel caído, de William Hjorstberg. Encargado de buscar en Nueva Orleáns a un legendario músico de jazz, Harry Angel termina haciendo una indagación sobre su propia identidad. También los héroes de Paul Auster en las novelas de la Trilogía de Nueva York se descubren a sí mismos en los vericuetos de su investigación.


Erik Lönnrot, detective inventado por Borges en el cuento La muerte y la brújula, se da cuenta recién al final de que él no es, como creía, el observador impersonal de procesos lógicos, sino alguien que pertenece también al mundo de la pasión. Para Kracauer, la figura del detective está en espejo con la del sacerdote. (Ajeno a la física y judío, toma de la física atómica y del catolicismo sus metáforas). El detective, como el cura, es célibe y debe poner en contacto una esfera superior con una inferior. Pero su gran hallazgo es cuando descubre el lugar esencial del policial, el centro político y poético de la trama: el hall del hotel, donde los destinos se cruzan. En su capítulo "El vestíbulo del hotel", Kracauer compara ese espacio con la iglesia. Allí la sociedad se reúne y el sacerdote-detective actúa para poner en escena la ceremonia de la razón.

Desde luego, hay otros halls de hotel posibles, y tanto Agatha Christie como P.D. James saben como amueblarlos: hospitales, trasatlánticos, islas desiertas. Una vez más, lo que es una convención práctica (qué mejor lugar para reunir a personajes que apenas se conocen que un hotel) se convierte en metáfora de la vida.

Columbo es una rara cruza entre el detective de la novela inglesa y el héroe moral de la novela dura norteamericana. Para él la inteligencia no es un don, lo dado, sino algo que laboriosamente se construye. Su insistencia con los sospechosos ("Si me permite, tengo una última pregunta") es una puesta en escena de su visión del trabajo detectivesco donde ocupa un lugar esencial el empeño.

En uno de sus casos, a Columbo le toca investigar una muerte que involucra a los miembros de un "club de genios" en el que sólo son aceptados los que tienen un altísimo coeficiente intelectual. Para el principal sospechoso, presidente del club, Columbo no es un rival de cuidado. El detective admite que la diferencia intelectual entre ellos es muy marcada. Sin embargo, le dice, no está dispuesto a darse por vencido. Cuando comenzó su carrera como detective se dio cuenta de que en el departamento de policía había gente mucho más inteligente que él. Comprendió que sólo con un extraordinario esfuerzo podría estar a la altura de sus compañeros. Por eso se acostumbró a pedir más de sí mismo. Y por eso finalmente logra atrapar al culpable, aunque sea el presidente del Club de los Genios.

Pero esa insistencia de Columbo no pertenece sólo al mundo moral, sino al gnoseológico. Cuanto más se prueba, más posibilidad hay de encontrar la respuesta correcta. El hacerse el tonto es el arma más sofisticada de la inteligencia. "Si el tonto persistiera en su necedad, se volvería sabio", escribió el visionario William Blake.

Cuartos cerrados

La parte de la filosofía más afín al relato policial es la lógica. La lógica estudia las reglas del pensamiento, y el detective, por intensa que sea su intuición, sabe que debe actuar por reglas. En los libros elegidos por Kracauer, importa más el cómo que el quién. En un plano de psicología funcional, cualquiera puede cometer el crimen; lo que importa es cómo pudo ser posible lo imposible.

Los relatos policiales de esa época tienen dos formas esenciales, cuyo encanto sigue intacto. La primera es el crimen del cuarto cerrado, como El doble crimen de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, o El misterio del cuarto amarillo, de Gastón Leroux.

El problema lógico que plantea es cómo, dentro de la información dada, que parece cubrir todo el espectro de lo real, queda un hueco que permite hallar una realidad distinta. El cuarto cerrado plantea la pregunta: cómo conocer más allá de la apariencia.

La otra es el crimen en serie. Hay una serie de asesinatos de personas no vinculadas entre sí, pero alguna señal permite ligar estos asesinatos en una precisa constelación.

Así ocurre en El crimen de la guía de ferrocarril, de Agatha Christie, en La muerte y la brújula, de Borges, en Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez. La pregunta ya no es cómo es posible lo imposible, sino qué sentido tiene: cómo descifrar el mensaje hecho de muerte.

La novela de Martínez es además una reflexión sobre la serie, en ese caso la serie matemática. En su novela (y también en su ensayo Borges y la matemática) aparece una impugnación a la teoría que leemos en el final del cuento de Borges, de que dados tres elementos de una serie, se puede predecir el cuarto. Lo que observa Martínez es que dados tres elementos, no hay una única respuesta para el cuarto. El filósofo Ludwig Wittgenstein hubiera estado de acuerdo con él: alguna vez propuso la serie 2, 4, 8, 93, sugiriendo así que cualquier elemento puede ocupar el cuarto lugar, porque siempre puede inventarse una regla que lo justifique.

Wittgenstein era muy aficionado a las novelas policiales. Sin embargo, con excepción de Chesterton y de Agatha Christie, no le gustaban los relatos de enigma. Se hacía enviar por correo la revista norteamericana Smiths & Street's Detective Stories Magazine, cuyos protagonistas eran detectives duros, más afines a las trompadas que a los delicados razonamientos. Su autor favorito era el hoy olvidado Norbert Davis (1909-1949) autor de Rendez vous with fear. Los héroes de Wittgenstein eran los hombres de pura acción, que no salían del mundo de la apariencia a través del desciframiento, sino de la irrupción y la violencia. La apariencia no es un código para descifrar, sino un telón que hay que desgarrar.

Amnesia

El detective clásico vive el enigma como un modo de huir de sí mismo. Cuando el enigma se demora, aparece el tedio. Son famosas las escenas de la casa de Baker Street, con Holmes fumando la pipa y Watson leyendo el periódico. A través de las características de esta espera, Kracauer opone la figura del detective a la del aventurero. El aventurero es el héroe que sale en busca de la aventura, mientras el detective la espera. El aventurero se levanta con el alba y salta del lecho apenas abre los ojos.

Los detectives no. Sherlock Holmes se levanta muy tarde, Hércules Poirot pasa horas acicalándose antes de presentarse en sociedad. Tienen, en el fondo, temperamento de artista: la oscilación entre la actividad frenética y el derrumbe. El aventurero es la memoria viva de todas sus peripecias. Encuentra su identidad en el largo camino que lo ha llevado hasta allí. Su personalidad ha sido modelada por los acontecimientos. El detective, en cambio, es puro olvido.

Los acontecimientos no lo modifican: él es siempre el mismo, hasta el punto que puede olvidar sus viejos casos. "La concentración mental intensa tiene una curiosa manera de borrar lo ya pasado", le dice Holmes a Watson. "Cada uno de mis casos desplaza al anterior". En esto el lector acompaña al detective en su capacidad de olvido.

Las novelas de aventuras, que siguen el tipo del "camino del héroe", con una meta, colaboradores y obstáculos, son fáciles de recordar. Pero de las novelas policiales recordamos poco y nada, salvo al detective.

Para Platón, conocer es recordar; para Kierkegaard, conocer es repetir. Para Holmes, y para todos los lectores aficionados al género, conocer es olvidar.

Kracauer Básico
Francfort, 1889-Nueva York, 1966.
Filósofo

Fue uno de los teóricos más influyentes del movimiento que generó la Escuela de Fráncfort. Filósofo, sociólogo y teórico del cine, se dedicó al estudio de los fenómenos marginales de la cultura, generando una novedosa concepción del campo cultural del siglo XX. Entre sus obras se destacan De Caligari a Hitler, Jacques Offenbach o el secreto del Segundo Imperio y El ornamento de la masa. La novela policial constituye uno de los primeros ensayos sobre un género literario menospreciado por la intelectualidad de la época.

7.4.10

La ira de Jim Thompson

Sus novelas están llenas de personajes al límite -el mismo límite en el que transcurrió gran parte de su vida


Por: Guillermo Altares

30970_thompson_jim "Hay editoriales con las que un lector contrae una deuda de por vida y que, cuando desaparecen, dejan un rastro imborrable en las librerías personales. Una de ellas fue Bruguera y su inolvidable colección de Bolsillo Libro amigo. Allí estaba sencillamente todo lo que un aficionado a la novela pueda desear. No recuerdo si las traducciones era buenas, malas o regulares, pero sí se apelotonan en mi memoria decenas de títulos, desde Italo Calvino a Graham Greene y, sobre todo, la mejor novela negra americana. Y allí estaba, naturalmente, Jim Thompson, del que ahora RBA rescata dos importantes títulos en su Serie negra: Hijo de la ira y El asesino está dentro de mí, que está a punto de llegar a las librerías.

Su obra maestra es 1280 almas, una de las grandes novelas negras de todos los tiempos -Paco Camarasa, el responsable de la estupenda librería barcelonesa Negra y Criminal, la pone muy arriba en su lista de imprescindibles-, que Bertrand Tavernier adaptó al cine ambientada en el Senegal colonial con Philippe Noiret e Isabelle Hupper bajo el título de Coup de torchon.

Autor de casi treinta novelas, Jim Thompson (1906-1977) se ganó la vida como periodista y guionista (escribió dos de las grandes películas de Stanley Kubrick, Atraco perfecto y Senderos de Gloria aunque en ambos casos el genio le robó el crédito) y no llegó a alcanzar nunca la fama literaria en vida (pese a que una de sus obras, La huida, fue llevada al cine por Sam Peckinpah). Sin embargo, poco a poco, sus libros fueron ganando adeptos y prestigio hasta convertirse en clásicos.

Sus novelas están llenas de personajes al límite -el mismo límite en el que transcurrió gran parte de su vida--, son de una violencia terrible y representan una crítica despiadada de la América despiadada en la que creció (una visión llena de ira y de inteligencia, de realismo sin cuartel ni concesiones). Hijo de la ira fue su último libro y destila todos los temas de su obra, mientras que El asesino está dentro de mí, el título lo dice todo, es una de sus obras más conocidas. Adentrarse en el mundo de Jim Thompson no es sencillo y no siempre es agradable, pero desde luego es apasionante: es más que una experiencia literaria, es una extraordinaria experiencia humana."

tomado de Papeles perdidos


22.3.10

Javier Rodríguez Pequeño y la paradoja de la novela negra

Cuando la voz del criminal entra en escena se puede hablar de novela negra. Al policiaco no le interesa el autor del delito, como se puede ver en obras emblemáticas como las aventuras de Sherlock Holmes

"En un mundo tan cambiante como el actual, en el que todo parece pasajero, el mantenimiento de la literatura policiaca resulta una paradoja. Para Javier Rodríguez Pequeño, el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid que ha intervenido en el congreso, la razón que permite explicar esa perdurabilidad reside en su carácter camaleónico. Bajo esa premisa, su intervención ha ido repasando diversas etapas del género, desde el policial clásico hasta los más recientes éxitos de Stieg Larsson, analizando de qué forma las novelas han ido cambiando en su afán de reflejar la realidad.

Según Rodríguez Pequeño, sólo cuando la voz del criminal entra en escena se puede hablar de novela negra. Al policiaco no le interesa el autor del delito, como se puede ver en obras emblemáticas como las aventuras de Sherlock Holmes, en las que la importancia de Moriarty es mínima, más allá de su papel simbólico como "superhombre del mal". Conan Doyle no deja hablar al villano y ni siquiera hay diálogo entre los personajes para resolver el crimen, pues Holmes averigua la verdad gracias a su astucia. Todo, incluso la labor de narrador de Watson, está destinado a que el lector admire al detective, que une a su extraordinaria capacidad racional unas incomensurables dotes físicas. Las novelas de Agatha Christie son novelas de voces, en las que los personajes hablan continuamente y en las que Poirot o Miss Marple llegan a desentrañar los misterios gracias precisamente a dejar hablar a los sospechosos y comprobar sus miedos, errores o contradicciones. Sin embargo, tampoco en ellas es importante el criminal. Todo en el género policiaco es frío, sin sentimientos, sangre, lágrimas ni dolor. La novela negra, en cambio, ya está llena de verdad y realidad: los asesinos matan por razones que se comprenden aunque no se compartan, los muertos parecen de verdad y a los vivos les parece importar descubrir quién los mató por algo más que el lucimiento personal.

Los criminales van ganando su espacio en el género, de forma que de forma paulatina los autores comienzan a preguntarse ya no sólo quién mató, sino también y sobre todo por qué lo hizo. Interesa el criminal porque puede ser uno de nosotros. Tal planteamiento permite descubrir al asesino cuando es ocasional: quién mata una vez lo suele hacer por algo, llevado por algún motivo o consciente de obtener alguna recompensa, pero plantea numerosos problemas a la hora de atrapar a asesinos típicamente contemporáneos como los seriales. No hay móvil en quien mata por placer, con lo que necesariamente han de cambiar las reglas de la novela negra. Los personajes de Mankell o Falletti descubren a los culpables porque son capaces de descubrir qué se esconde tras la repetición de asesinatos o porque averiguan el leivmotiv de una serie en principio irracional, no porque analicen quién se beneficia del crimen."