9.1.13

Narcoliteratura, páginas para una guerra


La lucha del Estado mexicano contra el narcotráfico arroja un saldo de 60.000 muertos en los últimos seis años en México. La violencia ha salpicado cientos de obras de ficción y no ficción . Muchos periodistas han pagado con su vida por escribirlas. Élmer Mendoza, Ricardo Ravelo, Yuri Herrera, Lolita Bosch, Ioan Grillo y Juan Pablo Villalobos son algunos de los narradores de esa realidad siniestra

Felipe Calderón lanzó al ejército como ariete para combatir al narco en México. Fue remover un avispero. Foto: Félix Márquez./elcultural.es
En los últimos seis años buena parte del territorio mexicano ha sido un auténtico avispero. La lucha contra el narco emprendida por Felipe Calderón, presidente del país durante ese periodo, ha dejado unas cifras de víctimas propias de una guerra. Los enfrentamientos entre sí de los cárteles y los de estos contra las fuerzas de seguridad del Estado arrojan un saldo de varias decenas de miles de muertos. En función de a quién preguntemos nos dirá una cantidad. 60.000 es quizá la más consensuada. Pero hay quien habla de 70.000 e incluso de 84.000 muertos. Sin contar los asesinatos de inmigrantes, en su mayoría de Centroamérica, que a su paso por México camino de los Estados Unidos son capturados por las redes criminales y asesinados si sus familias no pagan los rescates exigidos. También se cuentan por decenas de miles. La escritora y periodista Lolita Bosch (Barcelona, 1970), barcelonesa de corazón mexicano, desde hace varios años empecinada en investigar estas masacres, habla de 120.000 personas ejecutadas. De esta sangría, en muchos (demasiados) casos impune, la literatura, en sus vertientes de ficción y no ficción, está empapándose, manchándose, página a página. Así tiene que ser. Lo contrario sería muy sospechoso.

Incluso se ha acuñado un término específico para denominar lo que poco a poco ha ido tomando cuerpo de género (o subgénero). Es narcoliteratura. Cuando se habla de su paternidad (en el marco de la fabulación), el autor más señalado es Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), creador de la serie del detective Edgar el Zurdo Mendieta (La prueba del ácido, Nombre de perro...), por lo general embrollado en la resolución de entuertos sumergidos en las cloacas del narco. "Mi primera novela sobre este tema, El asesino solitario, la escribí en 1999, mucho antes de que comenzara la guerra". Élmer Mendoza intenta sacudirse desde hace tiempo el sambenito de oportunista, que le adjudican los que ven en su obra una especie de aprovechamiento interesado de la violencia, sobre todo ahora que está en el candelero mediático. Con este dato, que ofrece a El Cultural, intenta defenderse de tales acusaciones. La etiqueta narcoliteratura, dice, es "un invento de la prensa y de los editores que ha funcionado muy bien. Es cierto que muchos críticos y académicos muy respetados me citan como su padre. Pues perfecto: si mi literatura no gana con el tiempo otro nombre, éste me vale".

La narcoliteratura tiene también representantes foráneos de peso. Arturo Pérez-Reverte publicó en 2002 La reina del sur (Alfaguara). Y Teresa Mendoza, nacida en la cabeza del autor español, ha cobrado vida en algunos rincones de su Guasave natal y en Culiacán (ciudades ambas de Sinaloa, estado en el que opera el cártel más potente de México). Hay restaurantes que afirman que allí iba a cenar y lugareños que aseguran que la trataron en persona. Es el verdadero de milagro de la literatura: personajes que devienen personas, con su biografía desperdigada en los más dispares rincones de la realidad. Don Wislow fue otro autor de fuera que dejó su impronta bien marcada en este género (o subgénero, para los académicos queda la obligación de clasificar) con El poder del perro (Mondadori), novela en la que el secuestro, tortura y asesinato de Ernie Hidalgo es casi una réplica del de Enrique Kiki Camarena, agente de la DEA infiltrado en los cárteles mexicanos, y que desató un despliegue sin precedentes de los Estados Unidos en suelo mexicano. Aquel incidente marcó un antes y un después en la implicación de este país en la resolución del problema del tráfico de drogas al sur de su frontera.
Pero la narcoliteratura es un fenómeno esencialmente mexicano, y la mayor parte de sus autores, por tanto, son de México. Hay muchas voces encuadrables en este ámbito narrativo. Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) se ha hecho su propio hueco en medio de esa polifonía. Fiesta en la madriguera (Anagrama, 2010), su ópera prima, tuvo el mérito de colocar la narcoliteratura en el mapa anglosajón. Publicaciones como The Daily Telegraph, Sunday Times, The Guardian procuraron numerosos elogios a su fábula sobre el turbio universo del crimen organizado, visto en la novela con los ojos inocentes de un niño. En opinión de Villalobos, sí hay un trasfondo mercantilista en la acuñación de este presunto género: "Me parece una perspectiva oportunista, una etiqueta para intentar vender libros. En el fondo estos sólo pueden dividirse en dos grupos: buenos y malos. Se han escrito magníficos libros sobre la violencia del narco en los últimos años en México, es un hecho. Y también se ha publicado un montón de basura".

Yuri Herrera (Actopan, 1970), flamante chico Granta, se ha ganado también un puesto privilegiado dentro de este grupo de narradores. Con su debut literario, Los trabajos del reino (Periférica), daba cuenta de la vanidad de los principales capos mafiosos, que contratan vocalistas de corridos para que canten a los cuatro vientos sus hazañas. La tensión entre arte y poder sostiene toda la trama, contada con el léxico y el ritmo del lenguaje de la frontera. Herrera mira con reticencia la etiqueta en cuestión: "Me he resistido mucho a tenerla en cuenta, porque creo que simplifica algo mucho más complejo: la cantidad de libros que se engloban en ella tratan de muchas cosas". Aunque entiende su carácter práctico: "Supongo que es muy útil en ciertos entornos, el académico por ejemplo, y que por otro lado sí hay una cantidad de libros que específicamente, sobre todo desde el periodismo, tomar el narcotráfico como núcleo de su trabajo".


La detención de algunos de los grandes capos no ha desactivado las redes criminales.

Cierto. El periodismo de investigación y el ensayo divulgativo han colocado una montaña de volúmenes sobre este espinoso capítulo de la historia mexicana. No les ha salido gratis. Los costes han sido elevados para este gremio. Lolita Bosch advierte a El Cultural que desde julio de 2000 a julio de 2012 -"los años de la democracia", especifica- "nosotros hemos contado 127 periodistas y trabajadores de la información asesinados y desaparecidos". Ese nosotros se refiere a Nuestra Aparente Rendición, colectivo que agrupa, precisamente, a miembros de la profesión periodística, pero también a artistas, académicos, científicos... Con un objetivo común: "El conocimiento, la comprensión, el respeto y la paz en México". En la última Feria del Libro de Guadalajara presentaron el libro Tú y yo coincidimos en la noche terrible, en la que diversos reporteros rememoran las vidas de los compañeros caídos por ejercer su profesión en estos último años. La verdad de la tragedia, dice, hay que ir a buscarla en los textos de no ficción: "La literatura va un poco a la zaga. Salvo casos como el de Yuri Herrera, la gran mayoría de la ficción que se escribe sobre el narco es prejuiciosa y está poco informada". Ella publica este año Campos de amapolas antes de esto (El Aleph), que, paradójicamente, es una novela. Eso sí, con mimbres bien reales. La ficción sirve en este caso para reflejar la transformación de México a lo largo de los últimos años, en los que el narco ha ido ganando posiciones en el engranje social del país.
Para Lolita Bosch, "lo deslumbrante" está en los estudios que documentan una realidad que, por lo general en México, supera a la ficción. Así lo cree por ejemplo el periodista Ricardo Ravelo (Veracruz, 1966), que ha trabajado durante 21 años para la revista Proceso. En esta publicación ha reporteado las connivencias entre la clase política y empresarial con los narcotraficantes. "Te vas a morir junto con tu esposa si no le bajas a tus reportajes", le advirtieron por teléfono cuando descansaba en su casa tras el almuerzo. Estas amenazas a periodistas en México conviene tenerlas en cuenta, sobre todo si se llevan tantos años hurgando en la misma herida. Ahora dirige la revista Variopinto y acaba de lanzar en España Narcomex (Debate), su último y desolado testimonio sobre la expansión del poderío económico y social de las redes criminales. En este libro los datos presentados por Ravelo producen escalofríos: el narco controla el 80% de los poco más de 2.000 municipios de México. "El poder del narcotráfico es de tal magnitud que ya se le considera un Estado dentro de otro Estado". Ravelo lamenta que la movilización del ejército por parte del Calderón ha sido absolutamente estéril. Es cierto que muchos de sus cabecillas han acabado entre rejas o acribillados pero las organizaciones que dirigían, en concreto los 14 cárteles que se reparten el territorio mexicano, siguen operando "como si no hubiera pasado nada".
Lo mismo piensa el periodista e historiador británico Ioan Grillo, asentado en México D.F. desde 2001, donde ha trabajado como corresponsal para Time Magazine, CNN, Associated Press y Sunday Telegraph. A la capital azteca le condujo la curiosidad. Se crió en Brighton, como él mismo cuenta a este suplemento "una de las ciudades británicas con más alto índice de consumo de drogas". Vio despeñarse por el abismo de las adicciones a la heroína, la cocaína y otras drogas de diseño a algunos conocidos. "Luego también pasé un verano trabajando en una discoteca de Ibiza. Allí el consumo está disparado. Es increíble". En México empezó a tirar del hilo para comprobar de dónde y cómo llegaba todas esas sustancias a nuestro continente. Sus pesquisas han cristalizado en Narco (Tendencias), volumen de reciente aparición en España en el que, a lo largo de casi 500 páginas, repasa la historia del narcotráfico, radiografía su anatomía y vislumbra su futuro.
Ese futuro se perfila a lo lejos como un signo de interrogación. En el fin de un conflicto de tan devastadora magnitud no parece que los libros tengan opción de jugar un papel demasiado eficaz. Pero sí es cierto que pueden ser un primer paso hacia algo. Algo que se acerque a la paz y la tranquilidad de las madres mexicanas, hoy angustiadas porque el curso de los proyectiles en las balaceras es incierto. Incluso bebés, en sus carritos, han recibido los impactos (la fotografía puede verse en Narcomex). Ravelo lo tiene claro: "Sin información no hay cambio social y político". Y eso es lo que quieren los mexicanos. Porque como dice el poeta Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado por el narco en 2011, y ahora abandera a un movimiento social en contra de la violencia, "¡ya estamos hasta la madre!".


¿Y con la vuelta del PRI al poder, qué?

La llegada al poder del PRI, con Peña Nieto a la cabeza, pone una cuestión sobre la agenda política mexicana: ¿Cómo va a afrontar el nuevo gobierno el desafío del narcotráfico? En los años de la 'dictadura perfecta' (así denominó Vargas Llosa los 70 años del gobierno del PRI en México) fueron comunes los pactos subterráneos con los líderes mafiosos. La duda es si se va a volver a esa connivencia interesada para rebajar la tensión.

ÉLMER MENDOZA: "No hay democracia pura. Siempre hay matices. El ejercicio del poder es conseguir convenios para que la gente viva lo mejor posible. Si hubo un gobierno que declaró una guerra y ahora hay otro que no quiere esa guerra, ¿con quién va a pactar? Los narcos no son fantasmas. Yo he votado al PRI con la esperanza de que rebaje la tensión y de que los mexicanos puedan salir a la calle tranquilos.

RICARDO RAVELO: "Con el PRI en el poder no se puede esperar otra cosa más que pactos con la mafia. De hecho, muchas zonas del país empiezan a tranquilizarse tras el arribo del PRI al poder. Eso, aclaro, no quiere decir que la estrategia de combate esté funcionando, simplemente indica que en esas zonas un grupo criminal se ha consolidado".

YURI HERRERA: "No creo que los pactos del crimen organizado con políticos y empresarios se hayan suspendido durante los años del panismo (en el caso de los vínculos con las grandes corporaciones hay casos escandalosos, de miles de millones de dólares lavados al narco, por los cuales no hay nadie en prisión), si acaso, dejaron de responder a una sola agenda. Yo no creo que se deba dejar de perseguir a los criminales, pero creo que la mera persecución de los criminales no va a solucionar nuestros problemas. Éste es un problema de salud pública, y es en última instancia un tema que merece una discusión más profunda sobre el papel de las drogas -legales e ilegales- dentro de nuestra cultura. La legalización paulatina de algunas drogas es un paso necesario, pero no suficiente".


JUAN PABLO VILLALOBOS: "Resulta complicado hacer pronósticos en este momento. Lo único que sé es que del PRI sólo podemos esperar lo peor, así ha sido siempre, no hay razones para imaginar que ahora será diferente".


LOLITA BOSCH: "Ahora no hay un capo con poder para gestionar la mayor parte del territorio nacional como lo hubo en los 80 y 90 (Miguel Ángel Félix Gallardo) y, además, hoy los cárteles se han sublevado. Esto es un descubrimiento, para ellos. Y han surgido conglomerados criminales como los Zetas que no necesitan para nada ningún tipo de pacto. Ellos arrebatan, compran y ponen el precio. Obvio que pactan con las autoridades, de eso nadie mínimamente informado puede tener ninguna duda. Pero pensar que hoy el PRI regresa para pactar es suponer que el genocida de Felipe Calderón no lo hizo. Por supuesto que lo hizo. ¡Hoy no pueden gobernar sin ellos! Es impensable. Ni siquiera en los estados supuestamente gobernados por la izquierda".
IOAN GRILLO: "Peña Nieto ha dicho que pretende reducir los homicidios y la extorsiones. Es una aspiración legítima. Lo que tiene que tener claro es que es ineficaz ir a por todos los cárteles a la misma vez. Hay que centrar los objetivos en los más violentos. Además, la legalización de la marihuana en Colorado y Washington plantea muchas dudas acerca de la estrategia de enfrentamiento directo del narcotráfico con el ejército".

18.12.12

La lucidez política de 'Un asunto tenebroso', de Balzac

Por encima de su trama llena de venganza y resentimientos de clase y maquinaciones políticas, la novela, según Puyol, no es en el fondo otra cosa que el adiós de la vieja nobleza en el umbral de la nueva sociedad “práctica y prosaica” que viene a reemplazarla

Portada Un asunto tenebroso de Honore Balzac./elpais.com
Decía Somerset Maugham que Balzac, como todos los grandes novelistas, era mucho mejor imaginando gente mala que gente buena. Balzac fue un gran conocedor de la gente, de la mala y de la buena, aunque tal vez convendría clasificar un poco ese conocimiento. El mismo novelista inglés incluía a médicos, tenderos, empleados y periodistas, entre otros, en esa franja que con tanta exactitud conocía el gran autor francés. En cambio, consideraba que era menos preciso en el dibujo de los obreros urbanos y trabajadores agrícolas. Eso lo afirmaba Somerset Maugham a  propósito de Papá Goriot. Esta pequeña introducción viene a cuento del libro al que creo no deberíamos escamotearle ninguna nueva oportunidad. Me refiero a Un asunto tenebroso, una de las primeras novelas policíacas de la historia del género, si no la primera, con permiso de Caleb William (1794), de William Godwin (el padre de Mary Shelley).
No es mi intención ahora hacer una digresión sobre la importancia de la novela policíaca, la de intriga y la negra. Pero sí lo es resucitar un libro que representa como cualquier otro de la extensa  obra de Honoré de Balzac, la magnitud literaria y la capacidad de profundización y desciframiento de la sociedad de su tiempo. Un asunto tenebroso se comenzó a publicar por entregas entre el 14 de enero y el 20 de febrero de 1841. Se publica en libro en 1843, el mismo año, por cierto, que Edgar Allan Poe publica Los crímenes de la calle Morgue. En esta novela habría que comentar dos cuestiones. Una en torno a su argumento y la otra referente al lugar temático que ocupa en la Comedia Humana. Para escribir esta novela, el autor se basó en un hecho real. Un asunto, realmente, tenebroso. Todo sucedió alrededor de 1800. Estamos en el año IX de la República napoleónica. Un abogado jacobino, comprometido no demasiado decididamente en la causa robespierrana durante el año del Terror, es secuestrado. Al poco tiempo, misteriosamente el abogado es liberado y tres de sus secuestradores son detenidos. Es el momento en que entra en escena Joseph Fouché, ministro entonces la policía (una especie de Ministerio del Interior) por nombramiento de Napoleón Bonaparte. Es evidente que Fouché, uno de los personajes más tenebrosos de la época, llenaría el sólo una novela, como lo hizo en varias biografía, entre ellas una relevante de Stefan Zweig. Tampoco vamos aquí hablar de Fouché, pero no viene mal recordar que este oscuro personaje era capaz de tejer complots y luego él mismo destaparlos con el siniestro propósito de desprestigiar a algún contrincante político o para sobrevivir él mismo. Por los mismos días del secuestro, Napoleón es objeto de un atentado. Fouché moviliza a sus policías y detienen a tres individuos (los mismos tres que habían participado en el secuestro del abogado) y, acusándolos del atentado, los hace fusilar. Este es, sucintamente, el verdadero asunto tenebroso. Sobre él, se esgrimieron varias teorías, entre las cuales figuraba la del propio Balzac.  Y así es como el escritor concibe Un asunto tenebroso.
 En esta novela de espionaje, de trama policíaca, destaca la visión política de Balzac, su lucidez para interpretar un hecho histórico (sin ser por ello una novela histórica). En uno de los estudios más penetrantes de la obra de Balzac, el ya fallecido escritor y estudioso de la literatura francesa Carlos Puyol defiende la tonalidad elegíaca de esta novela. Por encima de su trama llena de venganza y resentimientos de clase y maquinaciones políticas, la novela, según Puyol, no es en el fondo otra cosa que el adiós de la vieja nobleza en el umbral de la nueva sociedad “práctica y prosaica” que viene a reemplazarla.
Un asunto tenebroso forma parte  de “Escenas de la vida política” de la Comedia Humana y, evidentemente, se merece una segunda oportunidad. La novela es un Balzac puro. No importan sus intromisiones en el relato. Ni sus desaforadas por momentos digresiones sobre cualquier asunto. Importa su inteligencia analítica para abordar unos hechos históricos y políticos casi contemporáneos al relato. Asuntos tenebrosos tenemos hoy a montones. Fouché no nos faltan. Y ya no digamos complots políticos. Lo que nos falta probablemente son más Balzac. Así que aprovechemos éste.

Georges Simenon, el gato y el papagayo

Mal destino el de escritor de novela negra con sensación de agravio. Cuanto más éxito tenga, más sufrirá

Georges Simenon sufrirá por ser más reconocido como el creador del Comisario Maigret./elcultural.es
El novelista que crea un detective o un investigador policial, y tiene éxito, y se siente satisfecho y orgulloso, y no desea el reconocimiento por otra clase de novelas -aunque las escriba-, al fin de sus días contemplará con paz su trayectoria. Pero el novelista que haya triunfado con un investigador de leyenda, pero se canse o abomine de él porque considere que su creación le encorseta en los márgenes de la novela popular, y quiera demostrar que es un escritor de mayor ambición y presuntas calidades, y escriba otra clase de libros para hacerlo evidente, sufrirá.

Sufrirá porque la crítica y el público ya habrán dictado sentencia, ya lo habrán clasificado en el campo de la literatura comercial y de género, y nada podrá hacer - aunque de hecho lo haga con buen resultado literario- para modificar ese diagnóstico que ese escritor, claro, considera injusto y empobrecedor para él.

Ese fue el caso de no pocos novelistas del siglo XX y, por supuesto, el caso del belga Georges Simenon (1903-1989), un escritor superdotado que nunca pudo desprenderse de la gloria y del baldón de haber concebido al comisario Jules Maigret, a quien, pese a querer prescindir de él en un trance de hartazgo y crisis de identidad, dedicó 72 novelas y 31 relatos.

Acantilado está reditando buena parte de su obra, lo que incluye la publicación de una novela como El gato, que no tiene a Maigret como protagonista y que vio la luz en 1966, siendo poco después (1971) adaptada al cine por Pierre Granier-Defferre con Jean Gabin y Simone Signoret.

Si cualquier otro escritor europeo, no identificado con el cultivo de los géneros populares, hubiera sacado a la luz una novela como El gato, estaría considerado como uno de los grandes novelistas de su tiempo.

Porque El gato trata, para empezar, de una cuestión crucial, el infierno de la pareja, el deterioro del amor, el horror del día a día en un matrimonio de viejos. No es un destino inexorable, desde luego. Hay ancianos que envejecen con ternura y mutuo apoyo, cogidos de la mano, inseparables e imprescindibles el uno para el otro. Ojalá.

Pero es el caso pesadillesco de los setentones y parisinos Émile y Marguerite, casados en segundas nupcias hace apenas unos años, pero ya corroídos por un diabólico juego de silencios, reproches, espionajes, aburrimiento y odio. El retrato de estos dos personajes es terrible, con su respectiva añoranza del pasado, y el paisaje de su drama, el hogar claustrofóbico, demarcado y repartido, está descrito, en una atmósfera de suspense y terror, de modo magistral, tanto por las palabras empleadas en las descripciones del decorado como, sobre todo, por el conocimiento de lo psicológico, de lo interno, de los movimientos del alma y de la mente del uno y de la otra, aunque, a tal respecto, y sin perder veracidad en la casuística, Simenon carga las tintas sobre la mujer - un tipo de mujer existente- y no va tan al fondo sobre un tipo de hombre igualmente existente, sacando la patita de su misoginia.

Un gato y un papagayo -no revelaré la intriga- son el objeto y la metáfora del enfrentamiento entre Émile y Marguerite, ya en fase de odiarse a muerte, dependientes en su odio recíproco que no en su amor consumido y nunca antes boyante, aunque la historia, en su desenlace y sentido finales, identifica el odio con el amor en espeluznante y pesimista análisis.

El primer capítulo es una obra de arte. En él residen ya tanto el argumento como las ideas esenciales. Pero falta, naturalmente, asistir al desarrollo de la trama, a la evolución de la intriga que se plantea, al flujo inesperado o no de acontecimientos que constituye una novela.

En ese primer capítulo, cartas boca arriba y la partida sin jugar, escribe Simenon: “Tanto el uno como el otro tenían tiempo, todo el tiempo que les separaba del momento en que uno de los dos moriría. ¿Cómo saber quién sería el primero en irse al otro mundo? Seguro que también Marguerite pensaba en ello. Lo pensaban desde hacía varios años y varias veces al día. Se había convertido en su problema principal”.

La deseada muerte del otro. Cabe tomar iniciativas, y ahí reside la tensión del relato. Una historia como muchas, oculta en el anonimato y en una cotidianidad sórdida, sostenida en el tiempo sin noticias. O una de esas historias que acaba en las páginas negras de los periódicos. En esa disyuntiva, con episodios oscilantes, transcurre el desarrollo de la tensa y penetrante trama de esta magnífica y desoladora novela.

4.12.12

El escritor que huyó de la guerra

Nacido y criado en medio del fuego cruzado de varias guerras civiles, Horacio Castellanos Moya es uno de los escritores más poderosos en lengua española hoy. Periodista, amenazado de muerte por culpa de uno de sus primeros libros, exiliado más de una vez, escritor errante, habló sobre escritura, violencia, guerras y el proceso de paz  colombiano

El escritor Horacio Castellanos Moya, es autor de Baile con serpientes, una cruda novela negra./revistaarcadia.com
Las novelas de Horacio Castellanos Moya tienen un indescifrable ingrediente adictivo, un poder magnético. Sus diálogos secos y precisos, sus monólogos vociferantes, sus melancólicos y muchas veces desastrados personajes, la violencia que está siempre ahí, forman una de las obras literarias más apasionantes de la literatura en español. Tras vivir en ciudades tan disímiles como México, Tokio y Frankfurt, Castellanos Moya es hace ya varios años profesor visitante en la Universidad de Pittsburgh.
Como periodista, usted cubrió la guerra civil en su país. Y volvió a El Salvador a fundar una revista tras uno de sus exilios. ¿Se ha mantenido intacta su fe en la función del periodismo en los procesos democráticos?
Tengo más de ocho años de no ejercer el periodismo y cada vez leo menos periódicos y con menos entusiasmo. No tengo televisión en casa. Lo que le diga, pues, será sesgado. Me parece que, en ciertas circunstancias, el periodismo puede tener una función muy positiva en los procesos democráticos, sobre todo en sociedades polarizadas, carentes de posiciones intermedias, que están emergiendo de intensos conflictos armados... Pero el problema es que, al final de cuentas, los medios responden a los intereses de sus dueños, y si los dueños responden a los intereses de las grandes corporaciones, y de los políticos pagados por estas, pues el medio se convierte en un instrumento para defender esos intereses. En los tiempos que corren, caracterizados por la gran concentración de capital en pocas manos a nivel planetario, el periodismo cumple un rol subsidiario, ha dejado de ser ese cuarto poder que se creía y a veces juega, lamentablemente, el papel de perro de presa. Por supuesto que siempre habrá excepciones y que también es cierto que gracias a Internet han surgido nuevas opciones.
En su obra reciente usted se ha referido mucho a su propia familia. ¿Nos podría hablar un poco de las filiaciones políticas de su familia? ¿De la memoria que guarda del conflicto en su infancia?
Esa es una historia larga y, como usted dice, me ha servido de materia prima para escribir varias novelas, en las que por supuesto las situaciones se distorsionan y se exageran. Yo soy, al igual que Augusto Monterroso, nieto de abogado y de coronel; en mi caso uno hondureño y otro salvadoreño, ambos muy conservadores: mi abuelo materno fue durante ocho años el fiscal general del dictador hondureño Tiburcio Carías y luego presidente del Partido Nacional; mi abuelo paterno fue gobernador de su provincia durante la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez –aunque hubo una rama de mi familia paterna que fue comunista, incluso mi primo hermano era secretario general del Partido cuando murió de una amibiasis en Moscú. ¿Mi memoria de los conflictos en mi infancia? Está desperdigada en varias de mis novelas: golpes de Estado, atentados y la guerra entre El Salvador y Honduras en 1969. Aunque a estas alturas, para serle sincero, ya no estoy seguro si ciertos hechos sucedieron o me los he inventado.
¿Por qué se exilió?
Por sentido común y porque no tengo vocación de héroe.
En un ensayo autobiográfico, usted se refiere a un poeta que resulta ser usted mismo. Al final se ve cómo la política se cuela inevitablemente en una vida cuya vocación es la literatura. ¿Es imposible escapar de la política para un verdadero escritor?
En mi caso era imposible: salí de la adolescencia mientras comenzaba una guerra civil, que es la política llevada hasta el delirio. No había forma de escapar; nadie escoge sus circunstancias históricas. Pero estoy seguro de que para la mayoría de escritores en otro espacio y otro tiempo sí es posible escapar de la política. Y qué bueno. La política puede ser una peste para el escritor.
Su marca de agua es una desencantada y sostenida diatriba literaria. Y en ella, una aparente desilusión tanto con la derecha como con la izquierda. Pero hay muchos escritores que participan activamente en política. García Márquez apoyó a Pastrana, Vargas Llosa a Piñera, Elena Poniatowska a López Obrador. ¿Qué opina de la cercanía de tantos escritores e intelectuales latinoamericanos al poder político?
Ningún acto de esa naturaleza es gratuito. Supongo que lo hacen movidos por un interés y que obtendrán réditos. Ya lo decía Jacques Chirac sobre la relación entre De Gaulle y Malraux: “En todas las civilizaciones, los cabecillas tienen bufones. Eso los relaja...”.
¿Ha pensado en volver a vivir al Salvador?
A veces regreso por cortos períodos para ver a mi familia y a mis amigos. Planes de volver, a instalarme, no tengo.
Su obra se ha comparado (por su propia voluntad, si se quiere) con la Thomas Bernhard. ¿Sería justo decir que el odio es un motor efectivo para usted a la hora de escribir? O si este sustantivo es equivocado, ¿cuál sería la palabra justa en su caso?
No sé si la palabra “odio” sea precisa en el caso de Bernhard. Ciertamente este forma parte de una tradición austriaca de escritores vociferantes: su principal antecesor era Karl Kraus, de quien heredó el recurso de la sátira, la insaciabilidad en el ataque y un tipo de “sustancia homicida”, tal como la llamaba Canetti. En mi caso, me siento más cerca de la definición de Cioran: dijo que escribía por rencor, para ajustar cuentas consigo mismo y con el mundo. Me identifico mucho con esta idea.
En su obra parece subyacer la idea de que la violencia es nuestros países es un mal endémico. No hay esperanza de que desaparezca. Solo se transforma. ¿Ha perdido usted la esperanza en la idea de un futuro sin violencia?
La violencia desaparecerá cuando desaparezca el ser humano. No hay ser humano sin violencia. Lo que se denomina el proceso civilizatorio busca controlar socialmente esa violencia, reencauzarla, pero no puede hacerla desaparecer del corazón del hombre. Y tampoco hay que hacerse ilusiones en cuanto a la irreversibilidad de los estadios avanzados de civilización: pueblos muy ilustrados han caído de la noche a la mañana en la barbarie. Los ejemplos sobran.
Mucha de la literatura que se publica hoy en América Latina parece haberle dado la espalda a la discusión sobre la violencia política. ¿Cree que hay un cansancio, una sensación de derrota ante las posibilidades de la literatura como herramienta para arrojar luz sobre el origen de los conflictos del continente?
Cada generación es fruto de sus circunstancias históricas, tenga conciencia de ellas o no. Yo pertenezco a la última generación de escritores latinoamericanos que creció bajo la idea de la utopía revolucionaria. Esa idea desapareció, en verdad la barrió del mapa la contrarrevolución de Ronald Reagan. A las nuevas generaciones no les interesa la política porque su modelo es el escritor estadounidense a quien, en vez de la política, lo que le preocupa es el mercado. El modelo que ahora impera es el éxito y la celebridad. Ya vendrán otros tiempos.
A diferencia de lo que sucedió en la Europa del siglo XX, en nuestros países la violencia es sufrida mayoritariamente por gente pobre, sin educación. Eso hace casi imposible la llamada literatura del testigo, como la de Améry o Levi. ¿Qué retos impone esta realidad en usted como escritor?
No estoy seguro de que su afirmación sea completamente cierta. Al menos en Uruguay hay escritores que padecieron cárceles y torturas y que ahora escriben sobre ello. Pero claro, los nazis dejaron vivos a Améry y Levi, mientras que los militares argentinos no se permitieron esa pifia con Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. ¿En cuanto a los retos que esa realidad me impone? Yo rehúyo de cualquier cosa que se le quiera imponer a mi imaginación, a la libertad de crear, a la libertad de destruir esa realidad para escribir otra, probablemente más horrible y verdadera.
En algunas novelas, usted incorpora personajes históricos, dictadores con nombre propio. ¿Encuentra hoy más poderosa la literatura de no ficción?
Yo escribo de novelas de ficción y los personajes en mis obras son de ficción, no reales ni históricos. Las ocasiones en que he mencionado por nombre propio a alguna personalidad histórica lo he hecho con el mismo sentido con que menciono una marca de autos: son parte del paisaje, del espíritu de la época, ayudan a explicar pensamientos y acciones de mis protagonistas, pero nunca han sido mis protagonistas.
¿Ha seguido el incipiente proceso de paz colombiano en la prensa? ¿Basado en su experiencia, cree que tiene posibilidades de llegar a buen puerto?
Toda negociación depende de la correlación de fuerzas militares y políticas. Por lo que he leído en los periódicos me parece que en Colombia lo que se negocia es la capitulación de una guerrilla arrinconada y con pocas opciones. En tal situación, dependerá en buena medida de la audacia y de la generosidad del gobierno encontrar una forma digna para que esa guerrilla se desmovilice e incorpore a la vida civil. Colombia ganará mucho si deja atrás esa morbosa pasión, común a varias naciones latinoamericanas, de estarse matando a sí misma.
Se podría pensar que muchas guerras parecen no tener fin porque la gente no olvida sus muertos, y la sed de venganza no acaba. Es decir, que la memoria a veces puede ser peligrosa, o que el olvido no siempre es malo. ¿Puede convertirse la memoria en un arma de doble filo? Si la función de la literatura es la de fijar la memoria...
No me gusta hablar de “la función” de la literatura; lleva a muchos malos entendidos. La literatura da una visión de la época que no da la historia ni la política. La especificidad de la literatura es meterse en el ser humano, bucear en sus partes escondidas y en la forma en que percibe y actúa ante el mundo de afuera, ante los hechos. En tal sentido la literatura siempre será subjetiva. Puede contribuir a fijar una memoria de los hechos, pero desde la lateralidad, desde la paradoja y la incertidumbre.
¿Qué utilidad le ve usted a las comisiones de la verdad en estos países?
Depende de la situación política en la que surjan, de la negociación de la que hayan sido fruto. En todas ellas, sin embargo, hay una función fundamental: reivindicar a las víctimas, reconocerlas, darles existencia, de tal forma que los sobrevivientes puedan experimentar una forma civilizada del luto.
¿Cree usted que los conceptos de izquierda y derecha siguen vigentes? ¿Tiene todavía Marx algo que decirnos a los latinoamericanos?
La idea de izquierda y derecha viene de la Revolución francesa; Marx usaba los conceptos de proletariado y burguesía. Todos esos términos son viejos, no representan lo que antes representaban, del mismo modo que nacionales y liberales, bolcheviques y mencheviques y tantas otras denominaciones. Lo que no cambiará, sin embargo, es la tendencia del ser humano a entender el mundo a partir de opuestos. Y ese rasgo seguirá presente en la política, no importa qué conceptos se utilicen para denominar a las dos fuerzas opuestas y enfrentadas: tecnócratas versus populistas, anversos versus reversos, etcétera.
En Colombia, la mayoría de los escritores que leemos son jóvenes blancos, urbanos, de clase media o alta. ¿Cómo cree usted que ese hecho repercute en la literatura que estamos leyendo?
Le faltó decir jóvenes, blancos y “guapos” (o guapas, si son chicas). Es la época del marketing: de lo que se trata es de complacer el ojo del comprador, con una imagen atractiva, y así convencerlo de que luego lea el libro que endulzará sus oídos. ¿Qué editor quiere a un viejo prieto, trompudo y malencarado en la solapa de su libro? Aún quedan algunos, por suerte... Ahora bien, con respecto a su pregunta, un buen escritor siempre tratará de ir más allá, de arriesgarse en otras latitudes y profundidades, y buscará romper los factores condicionantes de edad, raza y extracción social que puedan constreñir su aventura creativa, su obra. Si los escritores colombianos a los que usted se refiere no logran ir más allá, entonces están en problemas. Yo he leído a algunos que sí lo logran.
García Márquez dijo que la literatura solo tiene dos temas: el amor y la muerte. ¿Esta de acuerdo?
¿Alguien escribe aún del amor?
Muchas grandes novelas (su propia obra) han tenido como idea central la imposibilidad de escapar al destino. ¿Es la literatura para usted entonces la antítesis de la política, cuya promesa es exactamente esa, la de que es posible cambiar el destino?
La idea del destino, al menos la que heredamos de los griegos, está en el origen de la tragedia, que consiste precisamente en no asumir ese destino y querer cambiarlo. La religión y la política nos venden, una en el más allá y la otra en el más acá, la promesa de cambiar el destino; ambas viven de ofrecer lo que podría ser, la felicidad que vendrá. La literatura, en cambio, refleja lo  que el hombre es, lo que se ve de él y lo que no se ve, su claridad y su oscuridad... Y sí, me parece que mis libros abrevan mucho en la tragedia y que, por lo mismo, enfrentan a los personajes con su destino.
¿Qué está escribiendo ahora?
Nada. Terminé recientemente una novela, titulada El sueño del retorno, que será publicada el próximo año. Veremos qué es lo que sigue.

28.11.12

Mendoza: "La narcoliteratura no es oportunista"

El autor de Nombre de perro defiende el compromiso social del género y arremete contra la guerra de Calderón

Elmer Mendoza, vuelve con el Zurdo Mendieta / Saúl Ruiz/ elpais.com
El Zurdo Mendieta ha vuelto. El detective tiene esta vez que resolver el caso de una mujer que busca venganza por la muerte de su amante y para ello deberá sumergirse en la guerra contra el narco, esa tragedia diaria de la realidad mexicana en los últimos seis años que como dice su creador, el escritor Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), solo ha servido para “crear enconos inconcebibles y exacerbar la violencia de las bandas”. Mendoza presentó el domingo por la noche en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara su última novela, Nombre de perro (Tusquets), llamado a ser otro hito de la narcoliteratura, un género del que es padre por derecho propio.
Travieso, de hablar suave y actitud inocente, Mendoza rechaza que la narcoliteratura se esté convirtiendo en un género para oportunistas. Al contrario, para el autor de Balas de plata y La prueba del ácido, se trata de novelas que restituyen la verdad en toda su complejidad social. “Es una estética de la violencia que se está dando en el cine y la música pero también en la ópera, la danza, las artes plásticas y el teatro. Es todo un movimiento, no es oportunismo. Es como descubrir una veta de metales: habrá quien saque las mejores pepitas y quienes solo rasquen. Me gusta la palabra narcoliteratura porque los que estamos comprometidos con este registro estético de novela social tenemos las pelotas para escribir sobre ello porque crecimos allí y sabemos de qué hablamos”.
Acaba el sexenio del presidente Felipe Calderón con su reguero de más 60.000 muertos asociados al combate contra el crimen organizado. El próximo sábado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) volverá al poder de la mano de Enrique Peña Nieto. El novelista no perdona los llamados “daños colaterales” de la etapa que termina: “Comparto la indignación de los 50 millones de mexicanos sometidos a la angustia de ver al Ejército en sus calles. En mi ciudad jamás había estallado una bomba y más de 60 policías fueron asesinados. La guerra contra el narco creó terror y una atmósfera de desconfianza. Dicen que la van ganando, pero la guerra no afectó a las actividades principales de las bandas. Todos tenemos la esperanza de que se acabe esta guerra, por eso voté al PRI, porque queremos recorrer las calles sin ir mirándonos la espalda”.
Hombre del norte, de la frontera, Mendoza se explaya contra la guerra de Calderón. “Alteró mi mundo, se rompieron los códigos. En el norte estábamos acostumbrados a los traficantes. Los sicarios son siempre indeseables, siempre están fuera de sí. Los narcos quieren que se les note, que las chicas guapas se fijen en ellos, quieren convertirse en héroes. El sicario siempre mira de abajo arriba, no tiene esa opción”. Y también contra la lacerante desigualdad de México: “Tenemos casi 60 millones de pobres. La pobreza es la mayor derrota de un país. Nuestros jóvenes no tienen sueños. Cuando pregunto a mis alumnos donde quieren estar dentro de 50 años no lo saben, no tienen proyecto de vida”.
Élmer Mendoza iba para ingeniero y empezó a publicar tarde, a los 50 años, pero desde los 28 supo que sería escritor y empezó a estudiar Literatura en la UNAM. “Siempre fui un acomplejado para arriba”, dice riéndose de sí mismo. “Era feo, pero era el único de mis amigos que se atrevía a hablarle a la chica que nos gustaba y si me ponía a entrenar para atleta pensaba en ir a los Juegos Olímpicos. Si no fuera escritor, me hubiera gustado ser científico y ganar el premio Nobel”. Cuando empezó a escribir no pensaba dedicarse a la violencia. Su primer proyecto literario tenía que ver con la guerrilla, pero su ilusión era y es crear una novela de ciencia ficción. “He hecho siete intentos y he fracasado, pero la tengo que hacer”.
¿Tiene ya la trama? “Sería una novela de anticipación del futuro. Ocurre en Culiacán dentro de cien años. No hay comida ni agua y miles de autos se acumulan en el centro de la ciudad. Hay acaparadores de alimentos, controladores de la escasez y un proyecto científico para reducir la talla de la gente…, pero no me sale”, concluye entre bromas.
Edgar el zurdo Mendieta vuelve con una nueva historia, con su picaresca, su sarcasmo y su habla popular, pero sobre todo vuelve el estilo de Elmer Mendoza. “Un autor no depende de las tramas pero sí de un estilo, y cuando agarras uno no puedes dejarlo. Yo creo que lo conseguí”.

27.11.12

Casa de las Américas dedica su Semana de Autor a Padura


Casa de las Américas de La Habana dedica este año su Semana de Autor, que tendrá lugar de martes a viernes, a Leonardo Padura, el primer escritor cubano en recibir este reconocimiento

Leonardo Padura Fuentes tiene una obra literaria enmarcada en la exploración negra y criminal de la sociedad cubana./lainformacion.com
El ensayista, narrador, periodista, crítico y guionista de cine nacido en 1955 afirmó al portal "La Ventana", de "Casa de las Américas" que "es un honor y un privilegio" la invitación de la "Semana de Autor".
Aunque dijo sentirse "orgulloso" y además "sorprendido", consideró que "muchos otros autores cubanos, radicados dentro y fuera de la isla, merecerían esta atención".
Por primera vez desde el año 2000, cuando la institución cultural habanera creó este espacio, el invitado es un escritor cubano.
En las jornadas dedicadas a la narrativa de Padura se repasará hasta el próximo viernes detalles de su saga de novela "negra" que tienen como hilo conductor al personaje del policía Mario Conde.
Padura escribió su primera novela, "Fiebre de caballos", en 1983-1984, y con ella nació Conde, el protagonista de la tetralogía "Cuatro estaciones" integrada por "Pasado perfecto", "Vientos de cuaresma", "Máscaras" y "Paisaje de otoño".
Después el detective reapareció en "Adiós Hemingway", "La neblina del ayer" y "La cola de la serpiente" con gran éxito internacional. Estas obras fueron traducidas a varios idiomas y ganadoras de premios como el Café Gijón 1995 y los Hammett de 1997, 1998 y 2005.
Según ha declarado el escritor, Conde refleja las "vicisitudes materiales y espirituales" que ha tenido que vivir su generación: "no es que sea mi alter ego, pero sí ha sido la manera que yo he tenido de interpretar y reflejar la realidad cubana".
El programa de la "Semana de Autor" también se detendrá en analizar el papel del escritor como detective, y en la relación entre "La novela de mi vida" (2005) y "Espejo de paciencia" (1608), de Silvestre de Balboa, considerada la primera obra poética cubana.
Además hará un aparte para resaltar la labor periodística que ha pugnado con la escritura de libros en el ejercicio de Padura y se referirá a las complejidades de la historia que trató en "El hombre que amaba a los perros" (2009), su más reciente título.
Padura ha señalado que en ese libro publicado por Tusquets refleja una realidad "documentada y real" de León Trotski, que contextualiza su pensamiento y trata de dramatizar los años en que fue marginado y perseguido, hasta que fue asesinado en 1940 por Ramón Mercader, en México, por orden del presidente soviético José Stalin (1922-1952).
Esta obra le ha valido en 2011 los premios "Prix Initiales" (Francia), el de la Crítica del Instituto Cubano del Libro y el de la revista "Carbet del Caribe".
Su trabajo para el cine también estará presente en esta cita, donde se proyectará el resultado de la escritura del guión para el largometraje "Siete días en La Habana" (2011), codirigida por siete destacados realizadores, entre ellos el actor puertorriqueño Benicio del Toro.
Ahora se espera que en alguna de sus intervenciones en estos días de homenaje, Padura se refiera a su nueva entrega, de la cual ha adelantado en una entrevista al portal informativo de la Casa, que la historia pasará por el Miami de los judíos cubanos, por la Amsterdam del pintor Rembrandt, y por la Cuba de los años 30, los años 50 y la actual.
De esa nueva obra literaria ha revelado que es un proyecto "tan ambicioso" como el anterior y que contiene "conflictos filosóficos", y va a ser una "antinovela policial, pero a la vez muy policial. Una novela sobre la libertad".

23.11.12

Martín: "La novela negra es como un exorcismo"

El escritor publica Cabaret Pompeya, un monumental fresco histórico y policíaco en la Barcelona pistoleril de los años 20

 Andreu Martín, durante la entrevista./ José Ramón Ladra./abc.es
Aquel 12 de septiembre de 1920 Inocencio Feced llegó al Cabaret Pompeya, uno de los más conocidos y populares del Paralelo barcelonés, al filo de la medianoche. Como cualquier otro obrero de los que solían acudir a este music-hall. Pero no pensaba en divertirse. Despacio, discreto pero decidido, sacó la bomba de su tabardo y la colocó en una silla, la tapó con su gorra y desapareció del lugar.
El artefacto no falló: seis muertos y dieciocho heridos. Con la matanza, el Sindicato Libre (brazo armado de la patronal) quería vengar la muerte de dos de sus miembros en un enfrentamiento con pistoleros anarquistas del Sindicato Único.
Andreu Martín: «La novela negra es como un exorcismo»
Portada dela novela
 
Andreu Martín, uno de los grandes de nuestra narrativa negra, también ha cruzado los umbrales del legendario Cabaret Pompeya, que da título a su nueva novela, editada por Siruela. Desde ese cabaret, Andreu ha urdido una monumental historia (con prólogo y epílogo alrededor de la muerte de Franco) que nace en aquellos años del pistolerismo y las bombas en la Ciudad Condal, asesinatos de líderes sindicales como el Noi del Sucre, atraviesa la Guerra Civil (centrándose en el enfrentamiento de 1937 entre anarquistas y trotskistas del POUM frente al gobierno republicano y sus adláteres y los comunistas) y prosigue a través de la posguerra.
Un fresco histórico y literario de gran calado, aunque en muchas de su páginas no pierda el aire de género negro que tan bien maneja el escritor. "Cuando terminé de escribir esta novela –explica Martín– lo primero que me dije fue, mira, ya no hace falta que escribas nada más, para mí es como si todo lo escrito anteriormente me hubiera servido para aprender a escribir de verdad y hacer este libro tan personal. Porque realmente, el hilo del que he tirado es la propia vida de mi padre, algo que me ha llevado a purgar mis culpas con él y con su generación que sufrió tanto".

En el nombre del padre

Un padre "que llevaba pistola, como él me contó sin darle mayor importancia", que pasó por el campo de concentración de Miranda de Ebro tras la guerra ("solo me contaba lo divertido") uno de esos personajes que las nuevas generaciones, incluso la del propio novelista, deberían conocer, casi un siglo después de que las calles de Barcelona se cubrieran de sangre, aunque las noches, casi se vivieran a la parisina. "Entonces –prosigue el escritor–, los mejores espectáculos pasaban del Montmartre parisino al Paralelo. Barcelona era una ciudad que durante la I Guerra Mundial se había enriquecido mucho comercialmente, pero además, al estar cerca de la frontera y pertenecer a un país neutral, se había convertido en un foco que atraía a gente de lo más dispar: jugadores, vividores de todo tipo y sobre todo muchísimos espías, sin duda tenía una vida muy especial. Incluso, en los locales del Paralelo se encontraban a menudo los patronos y los obreros para ver a las mismas cupletistas, los mismos desnudos y los mismos espectáculos porno, aunque entonces se llamaban sicalípticos. Por eso, la bomba que colocaron en el Pompeya tuvo gran significación, como dice el historiadoe Lluís Permanyer fue como "la bomba del Liceo de los pobres".
No cabe duda que siempre lo ha sido y lo sigue siendo, la novela negra suele tener un contenido social, incluso a veces político, que casi ningún otro estilo proporciona. "Es inevitable –reflexiona Andreu Martín–. Las palabras políciaco y político tienen la misma raíz, ambas relacionadas con la ciudad, y la novela negra aborda esa realidad desde lo más inmediato, lo que toca más a la gente. El thriller juega con los miedos de todos nosotros y en ellos ocurre todo lo que no queremos que nos pasara nunca ni de lejos a nosotros mismos, es como un exorcismo. Aunque en el caso de esta obra, creo que casi me ha nacido una novela más histórica que policíaca".
Este Cabaret Pompeya abre sus puertas de nuevo. Entre sus mejores números, este de la Barcelona pistoleril y trasnochadora de los años 20. Si fueron o no felices es buena parte de lo que se cuenta en estas páginas.