11.7.15

En cuestión literaria, en Gijón tienen la Negra

Crónica del viaje con los escritores, de diversos registros, que abordaron el tren con el cual empezó la Semana Negra, el festival más veterano del género

Ana González, consejera de Cultura del Principado de Astruias, y Ángel de la Calle, de la Semana Negra de Gijón, con el primer ejemplar de  A Quemarropa, el periódico oficial del festival. /Juan González./elpais.com

El péndulo de la historia a veces juega a favor. ¿Recuerdan cuando la novela negra era un género menor, casi vergonzoso, y en ciertos ambientes comentarla parecía necesitar una buena excusa, como lo cómoda que había sido la hamaca? Difícil justificar que uno se había zampado Milleniumo que era adicto a Wallander. Lo propio era hacer como si hubiera pasado el verano leyendo a Victor Klemperer. Que tal vez.
Y está claro que Stieg Larsson no es Cervantes, ni Nooteboom, ni Le Clézio, pero que las miles de páginas que tejió no solo atrapan, sino que pintan con las herramientas del arte una imagen del mundo que no está en las guías ni en la prensa. Sino escondida.
Y eso ha sido lo interesante. De pronto, para conocer Grecia necesitamos leer a Markaris, para saber de Perú nos gustó Roncagliolo, para recorrer México nos sirvió el desasosegante Yuri Herrera, los países nórdicos perdieron su espejito mágico de la mano de Jo Nesbo o Henning Mankel; y la cocina y los criminales de Sicilia no tuvieron mejor escaparate que Camilleri. Y es entonces cuando empezamos a admitir que las mejores tragedias griegas o las obras maestras de Shakespeare nos contaban cosas parecidas. Con intriga, con dolor, con muerte y desesperación. Con calidad.
Hoy, la situación no solo ha dado un giro sensacional, sino que nada ni nadie parecen brillar sin aproximarse a la etiqueta negra, que contagia pompas de glamour a quien se acerque. Los focos del escenario se han girado hacia el universo negro y, si te sitúas a tiro, eres tendencia. Los últimos grandes en apuntarse han sido el premio Princesa de Asturias de las Letras, concedido a Leonardo Padura; el Planeta que ganó Jorge Zepeda Patterson; y los Goya, que llovieron sobre un producto canónico como Isla Mínima.
“Recuerdo cuando trajimos a Padura y vendió dos ejemplares, uno de ellos a la propia librera…”, cuenta Ángel de la Calle, director de Contenidos de la Semana Negra. “Y hoy es premio Princesa de Asturias”.
Estamos a bordo del tren negro, que lleva a decenas de autores a la cita más veterana y callejera del género: la Semana Negra de Gijón, que mantiene la chispa después del susto que supuso la victoria del Foro Asturias en una región de tradición roja, como manda el reglamento negro. Con menos presupuesto, pero las mismas ganas, arranca el festival, y bajo el foco no solo están los grandes autores del momento, sino una colección de estrellas que poco o nada tienen que ver con la sangre y las pistolas, pero sí con la diversidad que ha llegado hasta aquí: desde Sergio Ramírez y su enorme Sara, novela cargada de humor fino, habilidad y riqueza, hasta Gioconda Belli en recital poético con Luis García Montero; pasando por Luis Alberto de Cuenca, Antonio Muñoz Molina o Elvira Lindo.
Porque para que todo esto haya sido posible, cuenta De la Calle, no es que la novela negra se haya abierto a otros géneros o territorios, que también; es que los demás se abrieron al negro. Por eso están hoy aquí.
“Triunfa lo negro, sí, porque son tiempos negros, duros y complicados”, asegura el director. “La novela negra está ejerciendo de espejo del poder; el poder se mira en él y no le gusta lo que ve. Por eso triunfa”.
“Todo lo que tiene que ver con el mal, con el genoma conectado a la capacidad del hombre para hacer daño nos atrae, nos reconocemos en el mal, nos sentimos cómodos”, asegura el autor argentino Marcelo Luján. “Lo negro triunfa por lo noble y por lo innoble. Por el negocio, pero también porque hay muchos buenos escritores. La novela negra se ha convertido en algo que complementa el periodismo porque está dando literatura a la realidad”, asegura el también argentino Carlos Salem. “Esto consiste en cuestionar los límites de nuestras democracias”, dice el colombiano Gustavo Forero, autor de Desaparición, novela que narra la toma del Palacio de Justicia por el M-19, EN 1985. La misma Gioconda Belli, a bordo del tren negro que ayer viernes nos ha traído a Gijón, nos cuenta que también prepara una novela criminal. “Me interesa el aspecto psicológico de esa parte oscura del ser humano”.
La explosión negra también brilla en televisión, donde las series más exitosas también cumplen los cánones, desde Europa a Estados Unidos. Porque el fenómeno es tan global que no se vislumbra una marcha atrás.
Si el péndulo de la historia se anima a quedarse en el lado bueno del mal, hará justicia. Iluminará para siempre el inevitable lado oscuro que llevamos dentro, desde los tiempos del Antiguo Testamento a los de Shakespeare. O hasta hoy.

9.7.15

Semana Negra Gijón: los finalistas del Hammett y la fiesta criminal

Queridos amantes de lo negro y criminal, llega uno de los grandes momentos del año: la Semana Negra de Gijón


Semana Negra de Gijón, Asturias.Afiche oficial./elpais.com
La calidad del programa y su inabarcable amplitud dejan aturdido a cualquiera. Exposiciones, conciertos y mucha, mucha literatura para una fiesta que va del 10 al 19 de julio. Estaremos por allí algunos días, pero antes vamos a contar algunas cosas.
Es imposible empezar a nombrar escritores sin dejarnos a muchos o hacer una lista infinita. Así que nos concentramos en cuatro que van a estar y que son los candidatos al Premio Hammett 2015: Carlos Zanón con Yo fui Johnny Thunders; Víctor del Árbol con Un millón de gotas; David Torres con Todos los buenos soldados y Guillermo Orsi con Fantasmas del desierto.
Pero vamos con los cuatro finalistas de un premio que el año pasado se llevó Alexis Ravelo por La estrategia del pequinés y que con este plantel hace justicia a su prestigio.
Carlos Zanón nos dejó a principios de 2014 esta pequeña joya de la novela negra de barrio, si es que tal subgénero existe, llamada Yo fui Johnny Thunders (RBA). Se trata de una historia sobre la miseria, sobre la droga, sobre la furia juvenil y sobre qué pasa cuando vives como si no hubiera mañana y al final te plantas en el futuro, sin nada, sin rock’n’roll; un relato de pesadillas urbanas, de vidas tiradas por el váter, de amores imposibles; una cuesta abajo imparable que Francis, Mr. Frankie, trata de rematar, nunca de frenar, cuando vuelve al barrio que lo conoció cuando tocó con Johnny Thunders, joven, retador, con dinero y sueños. Un soplo de aire fresco tan necesario como bienvenido.
Víctor del Árbol merece este premio tanto como sus rivales, pero con él conseguiría además un reconocimiento que nuestros admirados franceses ya le concedieron hace tiempo. Su Un millón de gotas (Destino) es una exploración de las aristas del alma,  una novela en la que el lector es llevado de la mano por una historia de búsquedas, venganzas y gritos de libertad. Buceando en episodios traumáticos del siglo XX, Del Árbol nos trae aquellos componentes esenciales de su obra que ya nos atraparon en La tristeza del samurái o Respirar por la herida (Alrevés). A saber: las casualidades no existen, son “sólo una apariencia en la que se escudan los que no necesitan saber más”; el pasado permanece y nos devuelve la visita; todos nos movemos por intereses más o menos personales pero siempre, siempre, nuestros actos tienen consecuencias y pagamos por ellos.
David Torres lleva tiempo escribiendo buenas novelas. Llega al Hammett con Los buenos soldados (Planeta), que reseñó para Elemental Carlos Salem. Nadie mejor que él para contar por qué Torres está entre los elegidos. “Soy de los fans de David Torres, de los que creen que es uno de los mejores novelistas de nuestra lengua, porque le sobra talento y escribe lo que quiere, no lo que recomienda (u ordena) el  caprichoso oleaje del marketing editorial. Y cada vez lo hace mejor. Si Niños de tiza fue una despedida del barrio y de una época que ya no volverá, y Punto de fisión un  retrato de este tiempo de opereta que vivimos, "Todos los buenos soldados" es la mirada hacia atrás sabiendo que no hemos adelantado casi nada. Una novela modélica, por su factura y por su alma, que sí, señores: las buenas novelas tienen alma. Aunque cuenten la vida de personajes desalmados”.
Guillermo Orsi, que ya ganó el Hammett en 2010, completa el cuarteto de finalistas con Fantasmas del desierto (Almuzara). No la he leído aún, así que dejo aquí el comentario de Leer sin prisa, que de esto algo sabe: “Fantasmas del desierto es una novela exquisita, que recuerda al estilo seco de Hammett, a la denuncia de Alexis Ravelo, pero plasmado de un modo mucho más complejo. No es una novela fácil, no utiliza una prosa sencilla de interpretar. Al lector le supone un esfuerzo, pero un esfuerzo que resulta gratamente recompensado si se molesta en hacerlo”.
Nos gusta Sandrone Diazeri, que ha escrito un extraño thriller titulado 'No está solo y al que entrevistaremos mañana; nos gustan dos docenas de escritores españoles; nos gusta que vaya el poeta Luis Alberto de Cuenca; nos gusta que en las carpas de los encuentros haya bares; nos gusta el pequeño caos que es todo aquello. Se lo contaremos desde Gijón. Mientras, lean, vivan y disfruten. Vive le noir!

3.7.15

Paula Hawkins, 'la chica del tren'

Su novela, un thriller psicológico entre Hitchcock y Patricia Highsmith, ha vendido cinco millones de ejemplares en seis meses.  "En muchos casos, las mujeres somos educadas para pensar como víctimas. Ya desde niñas se nos advierte...".  Periodista económica, dejó los libros románticos de encargo para escribir lo que realmente le gustaría leer

Paula Hawkins, la autora de La chica del tren, en el Museo del Ferrocarril de Madrid./José María Plaza./elmundo.es
Desde que se tienen datos editoriales, nunca en la historia de la literatura se había vendido tan rápido (y tanto) un libro. Ni 'El código da Vinci', ni 'Harry Potter', ni 'Cincuenta sombras de Grey'... 'La chica del tren' se publicó en inglés a principios de este año y ya se han vendido 5 millones de ejemplares. Adquirida por 44 países, en España lleva siete ediciones en un mes exacto. Son los datos que ofrece Elena Ramírez, directora de ficción internacional de Planeta.
'La chica del tren' se ha convertido en el fenómeno editorial del siglo. Su autora, Paula Hawkins es una mujer accesible que aún no ha digerido su descomunal éxito, y llegó a Madrid para hablar de su novela. No es la primera que escribe, pero sí la primera que aparece con su nombre.
Periodista económica, como su padre, hace seis años dejó la prensa para dedicarse a los libros, algo que siempre había querido: 'Me encargaron una serie de novelas románticas para mujeres, que firmé bajo seudónimo. Escribí cuatro: dos se vendieron bien, y las otras, no tanto; pero no me convencían las historias y me propuse escribir la novela que a mí me hubiese gustado leer'.
Así surgió 'La chica del tren', una historia basada en su experiencia personal. "Como tanta gente, todos los días viajaba en tren para ir a Londres a trabajar. Me encontraba con los mismos pasajeros, con los que se establece una relación peculiar, y al mirar por la ventanilla veía a las personas en sus salones un día tras otro y me preguntaba cómo sería sus vidas".
Empezó a dar vueltas a esta idea, que se juntó con un personaje que tenía en la cabeza, Rachel, una alcohólica con problemas de memoria y de cómo afecta, estos olvidos a su responsabilidad. Al unir ambos elementos se dio cuenta de que encajaban muy bien y que ya tenía la novela.
"La acabé muy rápido. Creo que ser periodista es una buena base para lanzarse a escribir y te proporciona herramientas muy eficaces para ser novelista", señala Paula Hawkins, quien intenta que el ruido de su multitudinario éxito no le afecte, ahora que está escribiendo su segunda novela, una historia psicológica de dos hermanas que se reencuentran al cabo de los años y donde también habrá un crimen.
No sabe qué es lo que tiene 'La chica del tren' para que se haya convertido en un fenómeno mundial. El boca a oreja ha funcionado a pasos agigantados y la suerte también le ha ayudado. Stephen King, autor al que no conoce Paula Hawkins, leyó la novela y la recomendó en un tuit. Posteriormente el libro fue elogiado por las actrices Gywneth Paltrow y Reese Witherspoon, y así comenzó a rodar una bola de nieve que logró que la novela estuviera 20 semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times. Rápidamente se compraron los derechos para llevarla al cine, y el papel de Rachel será interpretado por Emily Blunt.
Al hablar de 'La chica del tren', la crítica suele citar 'La ventana indiscreta', la película de Hitchcook, y la novela 'Perdida', de Gillian Flynn. "Creo que esta autora y yo somos muy diferentes. Quizás coincidamos en la protagonista, una chica joven que ve algo raro y se obsesiona, se vuelve paranoica".
Otra referencia es 'Extraños en un tren', de Patricia Highsmith, una de las escritoras que más gustan a Paula Hawkins. "Admiro la psicología de sus personas, su manera de escribir y ese lado oscuro de sus novelas, que me encanta". Su otra escritora favorita -además de Ruth Rendell, con quien se la ha comparado- es Agatha Christie. "Leí sus libros en mi juventud y fue la autora que me animó a escribir".
Todos esos nombres de referencia son mujeres y están relacionadas con el thriller psicológico. Paula Hawkins lo justifica: "Las mujeres tenemos una manera especial de ver lo cotidiano y aportamos una perspectiva diferente a la hora de abordar las historias de crímenes. En muchos casos, somos educadas para pensar como víctimas. Desde niñas se nos dice que no vayamos con tacones, que no nos pongamos ropa provocativa, que no andemos solas por la noche... y se nos avisa de lo que nos puede suceder".
Las mujeres tienen una especial sensibilidad para ver lo extraordinario dentro de lo cotidiano. También sucede en algunos cuentos hispanoamericanos, como 'Las babas del diablo', de Cortázar, llevado al cine por Antonioni con el título de 'Blow -Up'. En esta historia, un fotógrafo descubre un crimen al ampliar una imagen que ha tomado de un apacible parque. En 'La chica del tren', una joven pasajera también descubrirá un misterio criminal en ese anodino paisaje urbano que ve pasar todos los días por delante de su ventanilla.

26.6.15

En la novela negra, como en la vida, siempre pagan los mismos

Dicen que los caminos del Señor son inescrutables. Los de la literatura, también

Carlos Bassas, autor español de Siempre pagan los mismos./elpais.com
Siempre pagan los mismos de Carlos Bassas.

La ficción criminal mediterránea tiene desde hace unas semanas una aportación peculiar, llena de buenos detalles, crítica social, personajes bien construidos y un escenario cercano. Su autor es un guionista, experto en cultura e historia japonesas y excelente escritor. Hablamos de Siempre pagan los mismos, escrita por Carlos Bassas y publicada por Alrevés.
Se trata de una novela en la que el título no engaña, en la que encontramos personajes que juegan con las cartas marcadas y lo saben; con un protagonista, Herodoto Corominas, que no deja de ser un policía muy especial en su inmensa cotidianeidad; con un escenario, Ofidia, que podría ser cualquier capital de provincias española, con sus rincones agradables, sus gentes, sus rutinas, sus mierdas. Hablamos con el autor para que nos dé claves sobre un libro que esperamos no sea un paréntesis en su carrera.
Un día de un invierno desapacible, en medio de una calle triste de una ciudad cualquiera, una de sus 300.000 almas es hallada destripada y castrada. La particularidad del caso es que nadie llora al muerto, un policía municipal que el lector sabe por las primeras páginas que es un indeseable. Sus compañeros escurren el bulto cara al exterior y callan la verdad. Herodoto Corominas, policía nacional, padre, marido y honesto tocapelotas, se tiene que encargar del caso.
¿Por qué Ofidia y no una ciudad con nombre real? ¿Comodidad? ¿Miedo?  El propio Carlos Bassas nos lo resuelve: “Mi intención era crear una ciudad media que pudiera representar a buena parte de las capitales de provincia. No me interesaba tanto localizar la acción en un lugar concreto, sino en una geografía social y política determinada, la de la ciudad media en la que vive buena parte de la gente de este país. No son ni grandes urbes, ni comunidades pequeñas, casi rurales, sino que están situadas en un punto medio, y eso hace que tengan su propia idiosincrasia y sus propias miserias. Pensé que así podría identificarse con ella tanto un lector de Salamanca, de León o de Toledo, como uno de Pamplona o de Lugo. Aunque no puedo remediar que, en gran medida, Ofidia sea más mi ciudad, Pamplona, que ninguna otra”.
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Detalle de la portada del libro

La fedora que cubre la cabeza de Herodoto no pega con el frío invernal que agobia a Ofidia, paradigma bestial de las miserias, corruptelas y medianías que inundan la vida cotidiana en España. Corominas es culto, cita a Virgilio y adora la cocina, pero es sobre todo un policía vocacional, un ser humano que trata de comprender el mundo en el que vive. Un personaje y un descubrimiento.
Se hace mayor y le jode, su padre se muere y le jode, tiene problemas en el trabajo y le jode, pero sigue adelante. Así define Ofidia: “Esta ciudad vive ahogada en el encubrimiento, el favor, la prebenda y la bicoca. Todo se barre y la mierda nos llega ya hasta las alfombras. ¿Y sabe por qué? Porque no hacemos nada. Pues bien, yo he decidido dar un paso al frente”.
La crítica social está presente desde el principio de un libro en el que se nota el oficio del autor con los diálogos y algunas de sus declaradas pasiones: Vázquez Montalbán y todos los grandes del género mediterráneo o nuestro venerado Jim Thompson. El autor reflexiona sobre la novela negra y la realidad social, tema siempre recurrente pero que no pierde fuerza:
“La ciudad oscura, el barrio marginal, los bajos fondos, los rincones míseros, la corrupción política, municipal, global, son elementos clave en muchos casos; forman parte esencial del paisaje y se convierten en un protagonista más, porque son esos espacios los que, en buena medida, llevan a los personajes al extremo, al crimen. Yo entiendo la novela negra como un género social, realista, por un lado, y sociológico y psicológico por otro. Ese es el tipo de novela negra que más me interesa como lector y como escritor”.
Bassas tiene historia y sabiduría para aburrir. Asegura que la novela negra le “salva” de su vicio japonés y al revés “aunque, claro está”, aclara ”no puedo evitar que partes de un mundo se cuelen en el otro, y al revés –hasta el punto de que, ahora, para los escritores de novela negra soy el friki de la katana, y para mis compañeros frikis, el raro que escribe sobre crímenes”.
Sin desvelar nada, se puede decir que el final es de los que duele, de los que deja mal sabor. La promesa del título se cumple y no me resisto a preguntarle si no pensó en un final con una puerta abierta a que no siempre perdieran los mismos. La respuesta le mete de lleno en el club de los que miran la realidad sin filtros: “El final lo tenía decidido desde el principio, y creo que, en cierto modo, va implícito en el propio título de la novela. La frase hecha de 'Siempre pagan los mismos' es muy cierta, estamos rodeados de mil ejemplos en el día a día, así que tenía claro que, aunque el personaje decidiera sacudir el árbol, de caer alguna manzana, sería la débil. El resto seguirían más o menos igual, bien sujetas a la rama, que es lo que acaba pasando. La novela aboga por el único cambio que podemos ejercer en el mundo que nos rodea, el pequeño, el inmediato, el que afecta a nuestro entorno más directo y cercano. Es el único que realmente está en nuestras manos”.
No esperen concesiones. Lean y disfruten y compartan. Así me llegó a mí esta novela. Por caminos inescrutables. Gracias.

25.6.15

Al filo de la novela negra

La  alta  literatura ya no reniega del género, de ahí que muchos de sus autores firmen también intrigas policíacas.  Justo Navarro, Gonzalo Torné y Javier Argüello cultivan esa tendencia que ha aprendido a cruzar y mezclar fronteras

Gonzalo Torné se ha estrenado en el género bajo el seudónimo de Álvaro Abad./Joan Cortadellas.

Javier Argüello se inspira en un caso real en su novela  A propósito de Majorana./Joan Puig.

Justo Navarro ha publicado la novela policiaca  Gran Granada./Diogo Lucato./elperiodico.com

El crimen, el mal, el misterio, la violencia, la investigación, son ingredientes esenciales de la novela negra, una etiqueta de difícil concreción en la que tienen cabida tanto el enigma policiaco como el relato criminal puro y duro al estilo americano, y que en este siglo XXI parece impregnar buena parte de la literatura que se está escribiendo.
Posiblemente se han acabado los días en los que la -digamos- alta literatura renegaba del género, aunque algún insigne -léase Borges- lo apreciase efusivamente. Hoy muchos escritores refinadamente literarios no tienen el menor reparo en reconocer deudas e incluso en cultivarlo. El mejor ejemplo de esta tendencia sería John Banville, uno de los grandes estilistas de la lengua inglesa, que firma sus libros serios con su nombre mientras se esconde bajo el seudónimo de Benjamin Black para sus ficciones criminales. Eso le permite ser dos escritores muy distintos al mismo tiempo facilitando la libertad y la deshinbición creativa.
La eclosión de lectores y títulos de la novela negra coincide en el tiempo con el hecho de que en España muchos autores literarios practiquen con naturalidad esa doble escritura. José María Guelbenzu y Alicia Giménez Bartlett, por ejemplo, lo hacen con éxito desde hace años. El último en llegar es Gonzalo Torné que acaba de lanzar su novela  Nadie debería irse a dormir  (Reservoir Books). Bajo el seudónimo de Álvaro Abad ha imaginado la muerte de un bodeguero riojano -un aparente suicidio en el que las piezas no acaban de encajar- y ha puesto a investigar a un viejo policía con un oscuro pasado franquista en una trama de corrupción. "Mi intención ha sido el puro divertimento, tanto para mí como para el lector. Esta es una propuesta amable que no busca la truculencia pero sí la ligereza de ciertas series de televisión de los 80 como Luz de luna ".

Contrapunto ligero

Muchos autores, Banville incluido, insisten en esa cualidad de contrapunto ligero a su  otro  trabajo. Guelbenzu, por ejemplo, inventó a su juez Mariana de Marco como un respiro a un  impasse  creativo de una de sus exigentes novelas. El respeto a las convenciones del género fue un relax para él. "En la novela policiaca se hace un viaje con un conocimiento absoluto de adónde se va. La alta literatura es cómo adentrarte en la selva con un machete", dice.
Sin embargo, para Carme Riera, que con  Natura quasi morta  hizo una única incursión en el género y no sabe si reincidirá, el reto no fue sencillo: "Es un género muy exigente porque su lector también lo es y debes respetar una reglas que hay que dominar. Así que tengo la sensación de de haber escrito más en tensión, pese a que no se me exigía el adjetivo perfecto".
La visión del escritor andaluz Justo Navarro es algo distinta. Ha publicado  Gran Granada  en su sello de siempre, Anagrama, donde a su libro le han impuesto el nuevo distintivo  Anagrama negra, "una condecoración" con la que la editorial señala explícitamente sus títulos criminales antes más camuflados. Pero pese a esa intención editorial, Navarro se resiste a hacer distingos entre novela negra y novela literaria porque, lector infatigable desde niño del género, todas sus novelas tienen un nexo con él: "Para mí un crimen y la búsqueda del criminal supone también la búsqueda de un tiempo pasado. Por eso mi novela ocurre en los años 60, en los que salgo de la infancia y entro en la adolescencia. Es por lo tanto, una cuestión personal, pero también una forma de desentrañar la lógica interna de la sociedad. Además no la escribí pensando que sería una novela de género". Navarro asegura no haber cambiado aquí sus formas lingüísticas ni su forma de habitual en su segunda incursión en la novela negra tras  La casa del padre.

Espíritu de denuncia

En parecidos términos habla Marta Sanz, autora de 'Black, black, black' y 'Un buen detective no se casa jamás'. No hay diferencias. "El género me interesa para hablar de la violencia a dos niveles. La que ocurre en la realidad y la propia violencia de la novela negra que intenta ser seductora para el lector al que trata como un cliente. Creo que el género negro a principios del siglo XXI ha perdido el espíritu de denuncia que tenía originalmente; en Chandler, para entendernos. Él no pretendía ser cómodo para el lector. La novela negra actual es una especie de 'chill out'".
Otro autor que al igual que Navarro encontró sin planearlo con una novela negra entre manos es el argentino residente en Barcelona Javier Argüello. A propósito de Majorana  (Random House) relata el caso real del físico cuántico Ettore Majorana que en 1938 desapareció misteriosamente en aguas del Tirreno. El libro es una 'quest' en el que Argüello no se ha limitado a imaginar; también investiga ese caso y con él, el lector. Admite Argüello que en Latinoamérica y especialmente en Argentina la literatura tiene pocos pudores frente al género. Así un autor tan respetado como Ricardo Piglia escribe una novela policiaca como  Plata quemada. "Pero si tuviera que relacionar mi novela con otra -dice Argüello- yo diría que es con  2666,  de Bolaño, marcada también por la búsqueda de un personaje. Creo que cuando hay una investigación, todo relato acaba convirtiéndose en policial".

16.6.15

Connolly: "La novela negra no debe sermonear"

El escritor irlandés publica  El invierno del lobo, un nuevo título protagonizado por el detective Charlie Bird Parker

John Connolly, autor irlandés de El invierno del lobo./Joan Cortadellas/elperiodico.com

Charlie Bird Parker empezó su trayectoria hace 16 años y 12 libros como un policía de Nueva York abrumado por el asesinato de su mujer y su hija. Libro a libro se ha ido desvelando que está inmerso en un juego en el que intervienen ángeles caídos y vengadores, individuos misteriosos como el Patrocinador Principal y el Coleccionista y siniestros dioses telúricos, El Que Espera Detrás del Espejo, El Dios de las Avispas, El Dios Enterrado, el Hombre Verde... John Connolly (Dublín, 1968) sigue desarrollando esa fascinante combinación de novela negra y fantástica en su último título publicado en España, El invierno del lobo (Tusquets). En Prosperous, un idílico pueblo de Maine donde ha desaparecido una joven, un extraño culto pervive en una iglesia trasladada piedra a piedra desde Inglaterra.
-Tras su anterior libro, La ira de los ángeles, dijo que el siguiente añadiría poca información de esa mitología. Pero El invierno del lobo sigue desvelando bastantes detalles.
--De hecho, el libro que se publicará el año que viene en España, Una canción de sombras, cambia bastante todo. Pero El invierno del lobo era necesario para señalar este camino: los libros de la serie ya no pueden repetirse después de lo que sucede en este, que acaba con Parker en un lugar muy extraño. Parte del placer radica en leer los libros de manera secuencial. Pero como en la tradición de la novela negra cada novela es un compartimento estanco, se trata de un acto de equilibrio, de dar pistas para el lector pueda empezar a leer también por este libro.
-¿Introducir lo fantástico rompe también las reglas del género negro, o más bien recupera sus orígenes en la novela gótica, de misterio y horror?
-Lo segundo, absolutamente. Edgar Allan Poe ya lo hacía. Recientemente he leído las entrevistas póstumas a Ross MacDonald en Rolling Stone. Establecía una conexión muy clara entre las novelas góticas y las de misterio. La novela gótica se siente fascinada por el bien y por el mal, por las familias, por la historia. Y sí, algunas novelas góticas coquetean con lo sobrenatural. Siempre he considerado que la novela negra y la novela sobrenatural están mucho más cerca de lo que parece. Ambas tratan sobre la intrusión. En una novela negra esa intrusión es humana, es un criminal, un asesino. En una novela sobrenatural es una entidad no humana. Pero las consecuencias son las mismas. Cualquiera que sea víctima de un crimen nunca vuelve a sentirse seguro en el mundo. Tus presuposiciones sobre cuáles son las reglas que nos rigen quedan completamente minadas. No me parecía que hubiese nada malo en reunir estas dos tradiciones porque se complementan perfectamente. El rechazo a la mezcla de géneros tiene motivos comerciales. Cuando Dickens escribió el Cuento de Navidad, nadie le dijo 'Charles, ¿qué hace aquí un fantasma? ¡Lo tuyo es el realismo social y esto tendrá que ir a otra estantería!'
-El miedo y el espanto sería lo que tendrían en común novela negra, de misterio y de terror.
-Por supuesto, el miedo. Todas tratan sobre el miedo. La novela policial parte de las bases de la racionalidad, de que el mundo en el que vivimos es lógico. Pero eso es una capa finísima por encima de la realidad. El mundo es mucho más extraño de lo que pensamos.
-La novela negra norteamericana no tenía esos elementos fantásticos pero sí inició una tradición de realismo social y denuncia. En estos momentos quizá sea más necesaria.
-No estoy muy seguro de que la ficción tenga algún tipo de obligación hacia la realidad. Desconfío muchísimo de la novela negra como crítica social. Yo creo que su preocupación debería ir más allá, ser más profunda, buscar verdades esenciales. No creo que reflejar una crisis como la irlandesa tenga que ser su objetivo principal. No debe sermonear. Aunque a cierto nivel hay mucho de crítica social en El lobo de invierno...
-Y en la novela anterior, con los telepredicadores conservadores.
-Sí, pero está disfrazado. No quiero que los lectores sientan que les doy un mitin. Pero, por ejemplo, en El invierno del lobo los habitantes de Prosperous representan una mentalidad muy extendida en los EEUU de que no existe ninguna obligación hacia la sociedad, solo tienes que preocuparte de tu familia y de los vecinos que se parecen a ti, y a los pobres, que les den. La gente de Prosperous piensa que han sido bendecida por Dios.
-En su caso, por un Dios.-Sí. Y en América mucha gente que es rica está convencida de que lo son porque Dios les sonríe, que la riqueza es una recompensa. Y el corolario es que la pobreza es una especie de castigo merecido. Si hubiese escrito algún tipo de credo anticapitalista, nadie lo hubiese querido leer. Y aún así recibo cartas durísimas en EEUU porque consideran que soy excesivamente progresista. Esto nos lleva a un punto que es muy interesante. Esta gente no entiende nada. La novela policiaca trata sobre el Estado, sobre una institución que se debe al derecho, no a la justicia. La novela policiaca es esencialmente conservadora. La novela negra tal como se desarrolló en California a partir de la Cosecha roja de Hammett está protagonizada por detectives privados, individuos que tratan con individuos. Esa novela negra siempre ha estado del lado de los pobres.
-Volvamos a lo sobrenatural. Enfrentarse a un dios o a un demonio, y no a un simple criminal, añade estatura al protagonista de una novela.
-La mayor parte de los delitos son comprensibles: la gente actúa por furia, por rabia, por egoísmo, por miedo. Las novelas de Charlie Parker preguntan: ¿existe una fuente mucho más profunda que todo esto? ¿Llevamos dentro la semilla de un mal preexistente? Parker se enfrenta a criminales normales, comprensibles: asesinos, ladrones... Pero también a un juego del que nadie está seguro con qué reglas se juega.
-En sus libros siempre hay la parte de Angel y Louis, con armas, asaltos con visión nocturna y explosivos de película de acción. ¿No son un elemento extraño?
-Bueno, siempre buscas un contraste. Entre esa iglesia tan extraña que hay en un pueblo de Nueva Inglaterra, con dioses paganos, y estos elementos del mundo moderno.
-¿La secta de la Familia del Amor realmente existió?
-Esta secta existió realmente. Eran mucho más que una secta inconformista. No creían en ese dios de la trinidad, creían que existía un dios anterior que se manifestaba a través de la naturaleza. Eran panteístas, capaces de matar a personas para protegerse a sí mismos, una gente muy extraña. Aún es más extraño que la parte más blanda de ese culto acabase confluyendo con los cuáqueros. Pero su líder desapareció, y muchos de sus seguidores. Como escritor, cuando te encuentras con algo tan raro como eso es un regalo.

15.6.15

Granada Noir: festival de lo criminal en la ciudad inolvidable

Todo curioso viajero guarda a Granada en su corazón aún sin haberla visitado, William Shakespeare

 
El premiado Juan Madrid./Laura Muñoz./elpais.com


NOTA DEL COORDINADOR: Con un poco de retraso por culpa de este hiper ocupado bloguero y con todo el agradecimiento del mundo a Laura Muñoz por dejarse la piel para regalarnos estas crónicas y fotos, hoy traemos un extenso reportaje de Granada Noir. Lean y disfruten.
POR LAURA MUÑOZ
Que sí a la Alhambra y El Generalife. A la estación de esquí de Sierra Nevada. Vale que el Sacromonte y el Albahicín. El Parque de la Ciencia, también. Por supuesto la arquitecura de la Alpujarra, las aguas termales de Lanjarón o el Trévelez como buen jamón.
Pero hay más. Mucho. Granada Noir. Un bebé que se asoma a esta ciudad misterio. Una ilusión. El proyecto que hará que quieran ir. Estar. Formar parte porque, visto y comprobado, es uno de los festivales más prometedores de género negro, zaíno, que hay en nuestro país. El primero en instalarse en territorio andaluz. Multicisciplinar. Abierto, a la asistencia y participación. Divertido. Amable. Cariñoso. Granada Noir es casa. Si fuera un hombre, una mujer, lo querrían en su vida.

Un arranque a lo CSI

Granada Noir es el fruto de un germen de dos: Jesús Lens y Gustavo Gómez. Como el que no quiere la cosa, pero queriendo mucho, hablaron de sus inquietudes literarias, sus pasiones, las preferencias y las opciones. Embarcaron a CajaGranada Fundación, Gustavo puso su Acento Comunicación a servicio de lo necesario, levantaron el teléfono, acudieron a emisoras de radio, fueron entrevistados, publicadas en prensa sus impresiones. Cristina Macía, con su editorial Palabaristas, apoyando su primer concurso fotográfico. Autores involucrados hasta la médula, periódicos locales presentes. El Restaurante Arriaga elaborando un menú para la ocasión. La hidratación fue cosa de Cervezas Alhambra, del Grupo MSM. Con tanto cómplice: el lío inevitable. La trama. Si bien no hay crimen perfecto, este festival es la metáfora de una bonita muerte a la que es fácil augurar infinitas encarnaciones.
El festival arrancó al más puro estilo CSI, donde el catedrático de la UGR, José Antonio Lorente, presentó DNA-ProKids: la aplicación del análisis del ADN como vía de investigación en la prevención del secuestro de menores y la trata de mujeres por bandas organizadas de proxenetas. Complementando esta actividad científica en el Museo Caja Granada, Pilar Parra y Begoña González compartieron su conocimiento de grafología, haciendo partícipes de casos reales a los asistentes.
A partir de ahí, la explosión de aterrizajes y llegadas. Las conversaciones y las novelas. Las presentaciones, la proyección de filmes y su posterior coloquio, mesas redondas, los encuentros, novedades. Y lo importante: los descubrimientos. Disponibles, todos, en papel y gracias a Ubú Libros; Marián hizo que la librería que regenta en el número 3 de Placeta de las Descalzas fuera ambulante durante las jornadas del festival.

Grandes nombres y editoriales. Primeras novelas. Sagas.

El Teatro CajaGranada se vió inundado de gente que quería (re)visionar The two Jakes,  secuela de Chinatown, interpretada y dirigida por Jack Nicholson. En versión original. Como hay que verlo. Los presentes transportados a un San francisco antiguo. Atentos. Inmersos en la investigación de un posible adulterio que uno de los Jake encarga al otro. Jesús Lens y Fernando Marías dirigiendo la charla, moderando las opiniones vertidas por las 150 personas que asistieron al visionado.
Berna González advirtió del peligro de una recta en la carretera con su Los ciervos llegan sin avisar editada por RBA. Berna acompañó a Fernando Marías en la charla posterior a la proyección de La isla mínima, de Alberto Rodríguez, donde surgió el rumor, fundado por imágenes, de una posible alianza musical entre ambos autores.
También en el Teatro, Juan Torres presentó su Asesinato en la Alhambra, la trama de un crimen ocurrido en el Palacio de Carlos V al término de un concierto del Festival Granadino.
Llega la noche y Fernando Marías al lado de un taburete alto. Frente al público, curioso, que ha acudido al Restaurante Arriaga. Todos sobre las nubes. Las luces de Granada que se reflejan, altas, contra el vidrio que separa el espacio del aire. Marías parece preparado. Y lo está. Negro riguroso. El ambiente huele a misterio y todos esperan el monólogo escrito junto a Yerai y Enrique Bazo, dirigido por Vanessa Montfort. “Esta noche moriré. Confesiones sobre La Corporación” comenzó con un tono de miedo en la voz de Fernando, con duda en los ojos de todos los demás.  Respiraciones cortadas y el suspiro final cuando el autor bilbaíno extrajo del bolsillo de su chaqueta un sobre. Marrón. Alguien lo ha dejado en mi habitación de hotel, dice. (¿Ha sido un show?) Dentro del sobre, la prueba que confirma que La Corporación ha estado presente. Lo ha escuchado todo. Y Fernando corre peligro.
Al día siguiente, me tranquiliza su mensaje: “Aún sigo vivo”.
Podemos seguir con Granada Noir sin bajas. Por ahora.
Es tan verdad Granada Noir, que imposible no recordar el germen de todos los festivales de género: la Semana Negra de Gijón. Una suerte de homenaje claro al reunir a algunos integrantes de The Andalucía Connection, gestada en el festival asturiano hace algunos años: JJ Melero (Granada) tiró la piedra de la autoedición digital que dió pie a un coloquio donde se radigrafió el momento del género en la actualidad y los retos a los que se enfrenta el autor hasta que ve su novela editada. Francisco Jurado (Córdoba) presentó Sin epitafio, segunda entrega del comisario Benegas; Alejandro Pedregosa y Alfonso Salazar diseccionaron al detective del Zahidín; Eduardo Cruz (Sevilla) hizo lo suyo con la recién estrenada Morir es relativo;  Carmen Moreno (Cádiz) y su Una última cuestión y Clara Peñalver (Granada). Todos poniendo voz a las dispares opiniones que surgieron.
También estuvo Santiago Álvarez, que no pudo huir de su mitomanía y trajo consigo la prueba del delito que lo demuestra: La ciudad de la memoria; Alejandro Gallo acompañado por su Oración sangrienta en Vallekas, cóctel servido en un Madrid en crisis donde conviven un secuestrador, un asesino en serie y una suerte de Robin Hood que persigue a todo aquel acusado de corrupción. Carlos Bassas presentó un thiller hecho de pedazos de la vida cotidiana: Siempre pagan los mismos y compartió con el público el significado de algunos de sus tatuajes, presente en su obra.
Todos los premiados./Laura Muñoz.
Premios, premios, premios
Ahora sí, la búsqueda del punto común lleva a Granada Noir a convocar a “los premiados”: el Ciudad de Valencia otorgado al Sherlock Holmes 2.0 en “Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado” de Juan Ramón Biedma; el Ateneo de Sevilla de Félix Modroño y sus Secretos del arenal; Marcelo Luján con su premio Getafe Negro a La mala espera y que llevó la desasosegante Subsuelo a esta primera edición de Granada Noir; el incansable Carlos Salem, que asegura que En el cielo no hay cerveza, mientras asesina a periodistas del corazón. Así, sin inmutarse. También se pudo ver a Yolanda Regidor, ganadora del premio Jaén de Novela 2014, que presentó Ego y yo y el canario Javier Hernández Velázquez, premiado con el Wilkie Collins de Novela Negra por Los ojos del puente, donde el detective Mat patea San Francisco, Los Ángeles y Santa Cruz de Tenerife.
Hablando de premios, el I Premio Granada Noir se entregó a Juan Madrid por su extensa trayectoria tanto literaria como periodística, así como dentro del universo del cine como guionista y director. Madrid, como uno de los maestros del noir en nuestro país, mantuvo una animada conversación con el periodista Eladio Mateos. Se aprendió, descubrió y agradeció con un intenso silencio sólo roto por risas o aplausos. El malagueño recibió, de manos de Jesús Lens y Gustavo Gómez, el pistolón 3d de Granada Noir y una gabardina a lo Bogart como original trofeo.
Más premios: el Novelpol. Yo fui Johnny Thunders. Carlos Zanón y el aplauso general ante el fallo pronunciado por José Ramón Gómez Cabezas, presidente de la Asociación que otorga el premio.

Despedida

Pero no todo fue literatura. Si dijimos multicisciplinar, fue por algo. Y es: música con La Banda Noir, compuesta por Guillermo Morente al contrabajo, el pianista Jaume Miquel, José Luis Gómez El Polaco, dueño de las baquetas, y Julián Sánchez a la trompeta. Telón de luces que da  paso a la Jam Session organizada por Carlos Salem y que invitó a espontáneos a compartir sus creaciones. Y la sorpresa. El rock de siempre. El que nunca envejece y que moduló un Santiago Álvarez que, nunca mejor dicho, demostró ser todo un todoterreno, poniendo voz y riff. Dándolo todo. Incluso su púa al final del concierto.
No es justo escribir “fin” sin mentar a los fotógrafos de Caja Granada, que estuvieron disparando a destajo, los periodistas que cubrieron a diario las numerosas actividades, los presentadores, el alma fuerte de Jara que cuidó y acompañó sin excepciones ni descanso; y al público, entre los que cabe destacar a los detectives privados (que sí, que existen) Rafael Guerrero y Roser Ribas, a Daniel Borasteros, de la revista Fiat Lux.
Gracias, Granada Noir, por nacer.
Al final, Nietzsche va a tener razón y “todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal”.