Conozca por qué es tan importante el ganador del premio Princesa de Asturias a las Letras 2015
El detective de las novelas de Padura es Mario Conde, un cubano común y corriente./eltiempo.com
Debo decir que como lector siento un gran afecto por muchos escritores latinoamericanos contemporáneos, pero hace ya algunos años que las novelas de Leonardo Padura forman parte de mis libros más amados. Por eso sentí una gran alegría cuando supe que le habían dado el premio Princesa de Asturias de Literatura.Primero, me alegro por él: lo tiene más que merecido, y ya les diré por qué; luego, por Cuba y después por Latinoamérica y su literatura. Por él, porque, sin discusión, ya tiene una sólida y sostenida novelística.Es difícil encontrar en Leonardo Padura una obra destemplada, imperfecta o desigual. Sus libros tienen el don de la frase ligera y bien elaborada, el talento para la metáfora justa, el tino y el equilibrio para la composición narrativa redonda, así cada una de sus obras sea (como ocurre con las protagonizadas por Mario Conde) o parezca una continuación de la anterior.Y, sobre todo, tiene una novelística con una visión y comprensión de lo social, lo cultural y lo político muy bien definida, en un contexto donde escribir y ser fiel a su realidad era, en un momento dado, como caminar sobre una cornisa recién encerada.Me alegra por Cuba, porque en realidad esta isla de tesoros literarios nunca bajó la guardia con respecto a una tradición que no tiene discusión: desde José Martí, mártir y poeta nacional; pasando por Lino Novas Calvo, acaso uno de los mejores cuentistas que ha dado la región; José Lezama Lima, el patriarca sin otoño literario; Alejo Carpentier, de quien deberíamos recuperar las huellas y pasos perdidos de sus libros; Virgilio Piñera, quien acuñó la frase más lapidaria sobre su país cuando dijo que “si Kafka hubiera sido cubano habría sido costumbrista”; pasando por Cabrera Infante, un Quevedo surgido de las Antillas, y Reinaldo Arenas, quien siempre caminó sobre arenas movedizas.Leonardo Padura pertenece a una nueva generación que continúa con creces esta tradición.Una generación a la que pertenecen Abilio Esteves, de quien destacamos su obra maestra, Tuyo es el reino; Arturo Arango, con El libro de la realidad; Pedro Juan Gutiérrez, con su Trilogía sucia de La Habana; Wendy Guerra, con su valiente novela antirracista titulada Negra. Los dos primeros, junto con Padura, publicados por TusQuets, y los dos últimos publicados por Anagrama, y este no es un dato menor si se tiene en cuenta que gracias a estas editoriales españolas fue posible que dichos escritores acabaran siendo conocidos fuera de la isla.Me alegra también por Latinoamérica, porque es el reconocimiento a un escritor que ha logrado crear una obra con gran identidad literaria, con una coherencia y unidad pasmosas, gracias a su gran calidad y cantidad.Lo que quiero destacar es el hecho de que Leonardo Padura ha creado hasta hoy un universo literario que, desde el boom, nadie había logrado. Uno de sus últimos libros, Herejes, demuestra que su talento es inagotable.¿Quién es?Leonardo Padura Fuentes, así firmaba sus primeras novelas, nació en La Habana en 1955. Periodista primero, luego ensayista y novelista, y ahora guionista, escribió, entre otros, el guion de la película Regreso a Ítaca, del 2014.Tiene en su historial el mérito de haber ganado, hasta ahora, más de 25 premios literarios de gran importancia, entre los que se destacan el premio Café Gijón, el premio Hammett (en 1997, 1998 y 2005), el premio Chandler y el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, por su obra Herejes (2014), una historia novelada de alto nivel literario y, desde luego, histórico; un libro conmovedor y doloroso. Una novela obligada, más que recomendable.
El director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, leyó el jueves el acta que otorgó el Princesa de Asturias a Padura. Pero quizá el formato literario que mejor ha explorado Padura es el género negro.En contra de todos los prejuicios y lugares comunes sobre las teorías de este género, nadie imaginaba que en el trópico pudiera aparecer la novela negra más atractiva escrita hasta el momento en Latinoamérica.Recordemos que en la tradición de este género, herencia de los clásicos policiacos, el autor tiene como protagonista fundamental a un detective: Sam Spade, de Hammett; Philip Marlowe, de Chandler; Lew Archer, de Ross MacDonald; Pepe Carvalho, de Vásquez Montalbán, o Belascoarán, de Ignacio Taibo II.Novela negra o HistoriaEl detective de Padura es Mario Conde. Un auténtico cubano, con las características humanas de un ciudadano común y corriente.Es desde este entrañable personaje como Padura le da al género el estatus que ya los norteamericanos le habían dado.Un género literario que, como ninguno, muestra la corrupción en todos sus niveles, la perversidad y el absurdo de lo burocrático, lo que se fragua y se cocina a espaldas de la legalidad; el tema del dinero negro, del dinero sangriento, el de las cosechas rojas, para usar las expresiones de algunos de los títulos de Dashiell Hammett, y que no es otra cosa que la correspondencia explícita de la relación entre dinero y violencia.En esto Padura ha sido un hijo legítimo e ilegítimo de Chandler, Hammett y Vásquez Montalbán. Él mismo lo ha reconocido. En este sentido, la novela negra construye sus narraciones en función de la máxima de Balzac y, luego de Dürrenmatt, quienes decían que detrás de casi todas las fortunas hay un crimen implicado, o algo irregular que se ha ocultado.También la novela negra puede ser Historia bien novelada, como lo ha demostrado últimamente James Ellroy y ya lo había hecho el mexicano Taibo II.Así que, en este género, de Leonardo Padura recomendamos especialmente la tetralogía denominada Las cuatro estaciones o El cuarteto de La Habana: Pasado perfecto (Havana Blue), Vientos de cuaresma (Havana Gold), Máscaras (Havana Red) y Paisaje de otoño (Havana Black).En estas cuatro magníficas novelas, que luego complementaría con Adiós, Hemingway; La niebla de ayer y La cola de la serpiente, Padura mimetiza como nadie a un detective, Mario Conde, en La Habana tropical.La descripción infernal del calor. La corrupción, el crimen. El erotismo, la burocracia y el absurdo de la autoridad (el clásico conflicto con asuntos internos), los diálogos inteligentes, la solidaridad, el humor, la irreverencia, la ironía y la burla... el choteo propio del Caribe.Pero también la melancolía, la amargura y la nostalgia. Mario Conde es un policía triste. Sentimiento que cuando se da en el Caribe produce una rara sensación por el contraste que conlleva.Así cada una de las novelas que componen este magnífico cuarteto se pueda leer de manera independiente, en realidad se trata de una sola novela; el ideal es leer los cuatro libros en su orden natural.Es un exquisito coctel literario. Más que garantizado. Porque al final nos damos cuenta de que es una sola trama, coherente, adictiva; confeccionada a la manera clásica, con inicio, desarrollo y desenlace. Ahora bien, si hay que escoger una de las cuatro, a pesar de lo sugerido, es Vientos de cuaresma. Una de las que más quiero y más he acariciado. Allí bulle una ciudad con sus vitalismos, sus sensualismos.“Las presiones de arriba, que el viejo le transmitía, lo desesperaban, y la imagen de las nalgas de Támara moviéndose bajo el vestido amarillo era casi un tormento y además una advertencia. Ten cuidado”; al tiempo que coexisten la melancolía, la nostalgia, el absurdo, que tanto anunciara su admirado Virgilio Piñera.Y la decadencia: “Todo ennegrece con el tiempo, como la ciudad por la que camino, entre soportales sucios, basureros petrificados, paredes descascaradas hasta el hueso, alcantarillas desbordadas como ríos nacidos en los mismísimos infiernos y balcones desvalidos, sostenidos por muletas. Al final nos parecemos la ciudad que me escogió y yo, el escogido: nos morimos un poco, todos los días de una muerte prematura y larga hecha de pequeñas heridas, dolores que crecen, tumores que avanzan...”.No quisiera terminar sin mencionar un libro policiaco que está por fuera de la saga Conde. Me refiero a La novela de mi vida, que narra la vida de José María Heredia y la de su hijo.La historia tiene como arranque uno de los interrogantes líricos más bellos del poeta: “¿Por qué no acabo de despertar de mi sueño? ¡Oh!, ¿cuándo acabará la novela de mi vida para que empiece su realidad?”.Una novela documentada históricamente, pero no por ello se cruzan la ficción y la realidad, menos con este poeta:“José María Heredia, arrastrado por los flujos y reflujos de la historia, el poder y la ambición, atrapado en un torbellino tan compacto que lo llevó a existir, con apenas veinte años, el significado novelesco que marcaba su existencia”; una novela sobre “la vanidad absurda”, sobre las logias masonas en Cuba. Sobre cómo todo es nada o se va volviendo leyenda.Por todo esto los libros de Padura están entre mis libros más amados. Y cuando digo que algunos los acaricio de vez en cuando es porque los estoy releyendo todo el tiempo.Por ahora el premio Princesa de Asturias de Literatura parece un cuento de hadas. Así las novelas de Padura no tengan que ver con princesas ni con hadas.RODRIGO ARGÜELLO G.
De cómo LOS AUTORES indagan desde sus novelas y su oficio literario sobre el fenómeno del crimen y sus perversiones latentes en el LADO MAS OSCURO de la sociedad y el individuo.
13.6.15
Leonardo Padura, un escritor de las grandes ligas literarias
A 70 años del primer delito
El Séptimo Círculo. Colección insignia del género policial en el país, fue dirigida por Borges y Bioy Casares entre 1945 y 1956 y marcó el gusto de los lectores por el relato de suspenso al estilo de la tradición en inglés
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| A comienzos de los 40.Los amigos llevaban años imaginando colecciones y antologías. |
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| Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. |
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| Extraña confesión fue el noveno título de la colección, y uno de los preferidos por Borges./revista Ñ. |
Uno de los placeres de recorrer librerías de viejo es encontrar los descalabrados ejemplares de El Séptimo Círculo, la colección que inventaron Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Pero con el paso de los años muchos títulos, de tanto alojar criminales entre sus páginas, han aprendido el arte del escondite y la evasión. El regreso de veinte novelas de esta serie es una buena noticia para los lectores.A La divina comedia debemos el ingenioso nombre de la serie: el séptimo es el círculo de los violentos. Los primeros condenados que Dante encuentra en esta parcela del infierno son los suicidas, los violentos contra sí mismos, personajes del todo inadecuados para definir un género en el que todo suicidio termina por ser desmentido por la sagacidad del detective.Desde su nacimiento, la colección quedó señalada por el logo de José Bonomi (un caballo de ajedrez), el arte de tapa del mismo artista y las contratapas y noticias sobre los autores, que Borges y Bioy escribían cuando se reunían. Anotemos que la presencia del caballo negro contradice felizmente a Poe, que juzgaba el relato policial más semejante a las damas que al ajedrez. Porque en el ajedrez, según Poe, la atención gobierna sobre la agudeza, y no gana el mejor sino el que menos se distrae; mientras que en el juego de damas, como todo es más simple, el jugador se entrega con toda libertad al ingenio. ¡Pero qué poco atractivo hubiera sido una redonda pieza del juego de damas como emblema de la colección!Con acento británico y algo más
El Séptimo Círculo nació en 1945 con La bestia debe morir, de Nicholas Blake. Su autor, escondido como tantos otros bajo el manto del seudónimo, era el poeta Cecil Day Lewis, padre del actor Daniel Day Lewis. Es un autor que cuenta con muchos títulos dentro de la colección, pero ninguno de sus libros alcanzó el éxito de La bestia debe morir . No es una novela tradicional de enigma, ya que sabemos, desde el primer instante, quién va a ser el asesino. El cine rescató varias veces esta historia; hay inclusive una versión argentina, con Narciso Ibáñez Menta y Guillermo Battaglia. Como tantos otros autores, Cecil Day Lewis separaba su obra “literaria” de sus novelas policiales; pero sus poemas cayeron en el olvido y La bestia debe morir se sigue leyendo. Qué injusta es la posteridad con los planes para la posteridad.Borges y Bioy Casares solían consultar las páginas del Times Literary Supplement para guiarse por el laberinto del género policial en una época en que se publicaban varios títulos cada semana; luego encargaban en una librería las novelas que juzgaban prometedoras.“Borges me dijo un día que cuando la gente de Emecé se enterara de que el Times Literary Supplement traía una sección con las novedades del género policial, nos echarían a la calle”, recordó el autor de La invención de Morel (Sergio López, Palabra de Bioy , Emecé, 2000). La mayoría de los autores elegidos eran ingleses, representantes de la novela de enigma. Algunos nombres se repiten en el catálogo, como Patrick Quentin, John Dickson Carr (estadounidense, pero que escribe “a la inglesa”), Nicholas Blake y Anthony Gilbert (seudónimo de una escritora: Lucy Beatrice Malleson). Pero también estuvieron presentes los nombres de algunos escritores duros estadounidenses, como Raymond Chandler, James Cain, Robert Parker o los esposos Ross MacDonald y Margaret Millar. Esto no resulta extraño si se piensa en la afición de Borges por el cine policial estadounidense, tan semejante a su literatura. La fobia de los directores de la colección no era la novela dura, aunque así lo declararan, sino el policial francés. Aún así, incluyeron obras de Guy des Cars, Serge Groussard, Fernand Crommelynck y del prolífico Pierre Véry.Los libros de El Séptimo Círculo estaban editados con mucho cuidado, sobre todo si se los compara con otras colecciones de la época, como Rastros (que abundaba en autores estadounidenses duros) y la de la editorial Tor, que era el reino de Gastón Leroux, Edgar Wallace, Maurice Leblanc y el misterioso Oscar Montgomery, autor de El asalto de los esqueletos a la mansión de los cadáveres vivientes (juro que la novela se llamaba así, la leí en mi adolescencia) y Espías en Buenos Aires . Las portadas de Tor y Rastros prometían violencia y erotismo; Bonomi, en cambio, ilustraba no las tramas particulares sino el género en sí. Ni Tor ni Rastros presentaban datos sobre los autores.La colección incluye títulos que coquetean con la literatura fantástica, como El maestro del juicio final , de Leo Perutz, o las novelas del misterioso y olvidado Michael Burt, como El caso de las trompetas celestiales o El caso del jesuita risueño . Muchos policiales comienzan con un asunto inexplicable, que al cabo tiene una solución racional; las de Burt presentan un misterio que parece racional, y se revela inexplicable. También está en el catálogo la breve y perfecta El tercer hombre, de Graham Greene, y la inconclusa obra de Dickens, El misterio de Edwin Drood . Escribe Chesterton en el prólogo: “La única novela que Dickens no terminó es la única que necesitaba un final”.Adornos tipográficos
Su rol como editores daba lugar a curiosas confusiones. Comenta Bioy en su diario: “Con Borges hemos perdido la esperanza de explicar nuestro trabajo como editores en Emecé; unos creen que somos los dueños de Emecé; otros se refieren a esas novelitas que ustedes traducen (frase en que traducen no significa hacer traducir). En cuanto a la confusión de editoriales con imprentas, es universal”.Se ocuparon de los primeros 139 títulos. Luego la selección quedó en manos del editor Carlos V. Frías. Tanto Bioy en su Borges , como el mismo Borges en una entrevista magistral del periodista mexicano Enrique Lobet Jr., cuentan que dejaron de leer para la serie al notar que habían dejado de pagarles. Mejor dicho, se apartaron cuando les señalaron que habían dejado de pagarles, como invitación al abandono. Más allá de estos problemas con la editorial (nada demasiado grave, ya que los dos siguieron publicando en Emecé durante toda su vida), lo cierto es que ese trabajo ya hubiera sido una tarea imposible para Borges, cuya vista empeoró radicalmente a mediados de los años 50. De todos modos los nombres de los dos escritores continuaron en cada ejemplar de la colección. “Lo conservan como adorno tipográfico”, decía Borges.Los nombres de Borges y Bioy Casares son marcas tan fuertes que se supone que los libros elegidos por Frías son de menor valor. Sin embargo, en la etapa de Frías se publicaron también obras extraordinarias, como La especialidad de la casa , colección de cuentos de Stanley Ellin o Sólo monstruos , una de las mejores novelas policiales de todos los tiempos, de la escritora canadiense Margaret Millar. A la etapa de Frías pertenecen también las dos extrañísimas novelas de Kyril Bonfiglioli, cuyo narrador es un marchand amoral y sibarita.Entre los pocos libros escritos en español hay dos clásicos: Los que aman odian (n° 31), de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, y El estruendo de las rosas (n° 48), de Manuel Peyrou. Enrique Amorim (uruguayo radicado en Buenos Aires) publicó El asesino desvelado (nº14). Eduardo Morera, Alejandro Ruiz Guiñazú (hermano de Magdalena) y Roger Pla firmaron con seudónimo (Max Duplan, Alexander Rice Guiness y Roger Ivness, respectivamente), lo que revela la desconfianza que todavía provocaba el policial. En El Séptimo Círculo se publicó también la novela más conocida de María Angélica Bosco, La muerte baja en el ascensor (nº 123) que ganó el premio Emecé en 1954. Hace poco fue rescatada por Ricardo Piglia para su Serie del Recienvenido (FCE).De vez en cuando algún original argentino llegaba a las oficinas de la editorial, pero el caso más curioso es el de un corresponsal anónimo que propuso narrar un crimen real, supuestamente cometido en 1946. Borges y Bioy pensaron que se trataba de una broma, pero la carta es tan larga y está tan llena de detalles (Bioy la transcribe en su Borges ) que sale del terreno del humor para entrar en el de la psicosis. La novela, a la que hacía falta “limar un poco”, se llamaba Crimen profiláctico y contaba lo siguiente: “La muerte del señor C., jefe del taller metalúrgico de cierta dependencia semi-estatal en ese entonces, y que fue para todos una simple defunción natural producida por la fiebre tifoidea –lo que fue exacto– se debió a que yo infesté los dos panecillos de miel del desayuno del señor C., en su oficina, mediante una simple inyección de 3 cúbicos de gelatina con cultivo de bacilos del tifus”.Para probar que su historia era cierta, el confeso asesino les pedía a Borges y a Bioy que fueran a investigar los archivos del hospital Muñiz. Así comprobarían que el 7 de abril de 1946 se había producido una muerte que coincidía con los detalles del relato. Parece que el asunto no prosperó, porque Crimen profiláctico no figura entre los 366 títulos de la colección.En el catálogo hubo algunas ausencias notables, como Agatha Christie, sólo presente en el volumen colectivo El almirante flotante . Esta novela es una de las curiosidades de la colección: en los años 30 varios integrantes del Detection Club de Londres, que agrupaba a autores de policiales, se propusieron escribir un capítulo cada uno, a manera de un cadáver exquisito. Ese libro siempre fue una figurita difícil de la colección; sin embargo, fue reeditado por Emecé (Grandes Maestros del Suspenso, 1982), Bruguera (Club del Misterio, 1983) y hace un par de años por Akal en una nueva traducción.Otra ausencia notable es la de Chesterton (aunque también presente en un capítulo de El almirante flotante ). Como es famosa la devoción de Borges por Chesterton, podemos conjeturar que se trató de una cuestión de derechos. Borges pudo desquitarse al publicar una antología del irlandés, La cruz azul y otros cuentos , en su Biblioteca Personal. Aunque no deja de haber una especie de maldición: en su prólogo a La cruz azul Borges juzga a “Los tres jinetes del Apocalipsis” el mejor relato del volumen. Pero quizás a causa de una distracción del editor, o de un conjuro celta, ese cuento no aparece en el libro. Buen tema para un relato fantástico.Borges y Bioy se ocuparon de los primeros 139 números de El Séptimo Círculo; en el año 56 se apartaron de la colección, que quedó en manos del editor Carlos V. Frías. La colección siguió hasta los años 80. El último título fue Los intimidadores , de Donald Hamilton, el número 366. Ya por ese entonces se había perdido todo cuidado en la edición, y algunos libros aparecían publicados sin un mínimo trabajo de corrección. Pero las tiradas seguían siendo enormes para las moderadas expectativas actuales. Tomo el primer libro que tengo a mano, Pregunta por mí, mañana , de Margaret Millar, publicado en 1979, y encuentro que la tirada es de 14.000 ejemplares. Ojalá todos los períodos de decadencia fueran así.El diariero llama dos veces
Los libros elegidos para la Colección El Séptimo Círculo en Clarín reflejan muy bien la primera etapa y también el eclecticismo de la serie. Algunas novelas pertenecen a autores clásicos del género, como Nicholas Blake, Patrick Quentin o John Dickson Carr. Hay una novela extrañísima, La larga búsqueda del señor Lamousset , del olvidado Lynn Brock. No hay crimen: es más bien una fantasía de la conducta al modo del Bartleby de Melville. Hay un autor que bien podría haber registrado la angustia en la oficina de patentes: Cornell Woolrich (William Irish). En los años 40 y 50 Woolrich era uno de los favoritos de los lectores argentinos, y el director Carlos Hugo Christensen supo filmar con vigor y delicadeza algunos de sus relatos.El quinto libro de esta serie, Laura , es de una gran autora, Vera Caspary, que siempre estuvo menos interesada en los asesinatos misteriosos que en el alma de sus criaturas. Hay dos autores que luego Borges arrancaría de lo policial para incorporarlos a los libros de tapas negras de su Biblioteca Personal: Hugh Walpole y Eden Phillpotts. Hay un Chejov, inmortal, y otros olvidados aún en su país de origen: R. C. Woodthorpe y Richard Hull. La colección también incluye dos novelas de James Cain, que dieron lugar a célebres películas: El cartero llama dos veces y Pacto de sangre .En los años 70 Jorge B. Rivera y Jorge Lafforgue, grandes especialistas del policial, se ocuparon de consultar a los directores de la colección y al ilustrador para saber cuáles eran sus novelas favoritas. Esta lista de preferencias aparece en Asesinos de papel (Colihue, 1996), fascinante libro sobre los avatares del género. La encuesta dio este resultado: Borges: El señor Byculla, de Erik Linklater; El señor Digweed y el señor Lamb y Los Rojos Redmayne, de Eden Phillpotts; La torre y la muerte, de Michael Innes; La piedra lunar y La dama de blanco de Wilkie Collins; La bestia debe morir, de Nicholas Blake; El hombre hueco, de John Dickson Carr y Extraña confesión, de Anton Chejov. Bioy Casares: La torre y la muerte de Michael Innes. (Decía Bioy: “Luego supimos que Innes muy probablemente se hallara entonces en Buenos Aires, pues trabajaba en el servicio secreto británico y por aquellos años lo habían destinado a esta ciudad”). En sus Memorias (Tusquets, 1994), Bioy agrega novelas de su preferencia: Mi propio asesino de Richard Hull y La larga búsqueda del señor Lamousset de Lynn Broke. José Bonomi: Los anteojos negros de John Dickson Carr. La mayoría de estas preferencias aparecen entre los veinte títulos ahora reeditados.Hablar de novelas policiales es recordar cuántas veces los amigos nos han recomendado tal o cual libro. Esto es especialmente apropiado para esta colección, que no es sólo un viaje por el género: es también la historia de una amistad.Pablo De Santis es autor de El enigma de París y Crímenes y jardines, entre otros .Un Círculo donde refugiarse del peronismo
Las decisiones tomadas por los amigos, en esa década que cambió la historia
En la extensa colaboración literaria de Borges y Bioy, no menos importante que la escritura resulta la lectura conjunta, cuyo fruto principal fue la preparación de antologías y colecciones. De entre las muchas que emprendieron o meramente proyectaron, la colección El Séptimo Círculo claramente se destaca por su perdurabilidad y su influencia. Junto con la Antología de la literatura fantástica (en la que participó además Silvina Ocampo), constituye uno de sus aportes más consistentes en favor de una estética preocupada por reivindicar, a través del modelo del policial clásico inglés, el rigor de las tramas contra el desorden de la novela psicológica o el pretendido realismo naturalista.Su historia puede contarse muy brevemente. Contratados a fines de 1942, gracias a las gestiones de Silvina Bullrich, amiga personal de Borges, como asesores literarios de la editorial Emecé, propusieron, dice Bioy, “una selección de libros clásicos, que titularíamos Sumas”.Dado que las dificultades financieras pronto exigieron proyectos menos ambiciosos y más rentables, ofrecieron entonces revisar una “Antología de la literatura policial y fantástica” en la que trabajaban desde 1941 y que se publicaría a fines de 1943 como Los mejores cuentos policiales .Al agotarse rápidamente la edición, convencieron a Emecé de aceptarles en 1944 el proyecto de una colección de novelas policiales, inspirada en “Le Masque”, de París, y “Collins Crime Club”, de Londres. Tras vacilar entre una gran variedad de nombres, como “Máscara”, “Club del Crimen”, “El Jardín Cerrado”, “Cábala”, “Eleusis”, “Hilo de Ariadna”, “Teseo” o “Museo del Crimen”, Borges y Bioy se inclinaron finalmente por el eufónico “Séptimo Círculo”, tomado del “Cerchio dei Violenti” de La divina comedia .El Séptimo Círculo se inició, así, el 22 de febrero de 1945 con una elegante edición de La bestia debe morir, de Nicholas Blake, traducida por Juan R. Wilcock. El éxito fue inmediato y sostenido: entre 1945 y 1956, Borges y Bioy elegirían 139 volúmenes y escribirían, por lo común adaptando los dust jackets originales, sus correspondientes noticias y contratapas. Curiosamente, acaso por ese gusto de la realidad por las simetrías y los leves anacronismos, el mismo Wilcock sería el traductor de Mi hijo, el asesino, de Patrick Quentin, el último de los títulos escogidos.¿Será casualidad que esas fechas, 1945 y 1956, coincidan casi exactamente con las del ascenso y la caída del primer peronismo, que tan bien supo marginar a Borges de cargos oficiales después de despojarlo de su humilde puesto de bibliotecario municipal? En su Borges , Bioy registra el 9 de mayo de 1956: “Frías me dijo [...] que nuestro trabajo en Emecé (el de Borges y el mío) había terminado”. Designado director de la Biblioteca Nacional tras el triunfo de la Revolución Libertadora, se asumía que Borges ya no podría, ni necesitaría, seguir con sus tareas editoriales. En lo sucesivo, Frías se ocuparía de la colección, que se prolongó, con obras de calidad desigual, hasta 1983.Si alguien le hubiese insinuado que El Séptimo Círculo sería visto alguna vez como involuntario legado de la “Segunda Tiranía”, Borges, en ese tono afectadamente dubitativo que empleaba para sus comentarios más hirientes, seguramente hubiera señalado: “Qué bien si en el futuro lo único que se rescatara del peronismo fuese haber fomentado una colección nombrada según el Círculo de los Violentos”. Tampoco a Bioy le habría disgustado esta suprema forma de la ironía.Daniel Martino editó el Borges, de Bioy Casares, y está al cuidado de sus inéditos; aún quedan miles de páginas de diarios personales.La identidad de un arte inconfundible
José Bonomi, un artista tardíamente reconocido, diseñó las tapas que son un símbolo de la colección
A José Bonomi el reconocimiento le llegó tarde. Muy tarde. Su primera muestra individual –1975, galería Van Riel– la tuvo a los 72 años. Quizás él tampoco hizo mucho para ganarse este reconocimiento. Pintó toda su vida –qué más se le podría pedir– pero no parecía ser del tipo que buscaba posicionarse. Por otro lado, fue muy valorado como ilustrador. Y quizás un poco fue eso. Las Bellas Artes, desde que empezaron a pensarse así, con el adjetivo adelante y con mayúsculas, trataron de separar la idea del artista de la del artesano. La funcionalidad era una condición que dejaba por afuera de lo artístico cualquier producción estética por más talentosa que esta sea. Y en ese sentido, Bonomi –nacido en Italia y emigrado junto a sus padres a los tres años– se plantó ante la vida como un laburante. Asumió la figura del bohemio, con todo lo que aquello implicaba, es cierto, pero no del tipo romántico con pretensiones de genio. En todo caso el hombre sensible, sencillo, sin grandes pretensiones, que se valía de su destreza manual para ganarse el sustento, y se movía animado por una curiosidad que sometía al método de prueba y error. Es decir, al trabajo.A los 18 años empezó como dibujante en la revista del Jockey Club, y con esa experiencia pasó después al suplemento cultural del diario La Prensa donde permaneció treinta años y se retiró ocupando el cargo de director de arte. Cuando lo convocaron de Emecé para el diseño de una colección de novelas policiales, ya venía con una carrera probada. Era un hombre de 42 años. Entre un centenar de libros, había ilustrado las cubiertas de Lunario Sentimental de Leopoldo Lugones y El espantapájaros de Oliverio Girondo, que habían batido récords de venta. Además, hacía colaboraciones frecuentes para las revistas Plus Ultra , Martín Fierro , El Hogar y Caras y Caretas ; y había trabajado como escenógrafo junto a Héctor Basaldúa en el Teatro Colón y a Antonio Cunill Cabanillas en el Teatro Cervantes. No sabemos de quién fue la idea de sumarlo a El Séptimo Circulo, pero mejor no podría haber sido.“El diseño de la tapa nos gustó mucho y creo que le debemos buena parte del éxito”, dice Bioy en sus Memorias . El éxito no se discute, se vendieron hasta 14.000 ejemplares por mes. Tampoco el atractivo de las cubiertas: la grilla geométrica sobre la que se montaba la ilustración, el juego de luces y sombras que recortan fondo y figura en una simetría de colores plenos, hicieron de este rompecabezas la metáfora ideal para las novelas de estructura lógica perfecta que proponían Bioy y Borges.Si bien al principio se pensó el dibujo de tapa como una viñeta, el mismo Bonomi reconoce en una entrevista que a la hora de encarar el trabajo no se dejaba atrapar por la anécdota, sino que buscaba elementos significativos de la historia que le permitieran simbolizar los conceptos centrales de la trama. Leía cada uno de los libros antes de sentarse a dibujar y hasta los títulos que fueron reeditados tuvieron cubiertas nuevas. Mientras en ese momento las novelas negras se valían de la estética amarillista del pulp fiction para ganar lectores, Bonomi apostó a una elegancia sutil que –a lo largo de los 304 números que le tocó diseñar– se hizo cada vez más sencilla en sus formas y compleja en su semántica.El septiembre del año pasado el Museo Enrique Larreta le dedicó una retrospectiva, en la que los curadores Patricia Nobilia y Ricardo Valerga articularon sus pinturas de caballete con su otra obra, en el campo de las artes aplicadas. Y seguramente esta fue su primera gran exposición, el merecido homenaje que lo muestra de cuerpo entero.Si como todo artista de su época, Bonomi ejercitó la plástica de manera autónoma, es decir, libre de cualquier condicionamiento externo al propio lenguaje pictórico; al ver reunido todo su trabajo, pareciera que la suya fue la otra vertiente de las vanguardias del siglo XX, la que buscaba unir arte y vida. Aunque se trate de una tarea incierta, y aunque en este intento se desdibujen los límites de lo que se consideraba Arte. El artista integrado a la maquinaria social, entendido como el constructor de una sociedad mejor. Y quien podría dudar de que el arte de sus tapas, que ahora vuelve a editarse, fue su gran aporte a la cultura visual de los argentinos.
Una novela de hierro
La flamante ficción del escritor, Perfidia, se centra en la investigación de un crimen ocurrido en los días del ataque de Pearl Harbor, y lleva al extremo su torrencial estilo telegráfico
Ellroy, con una de sus habituales camisas hawaianas y la pose irreverente y corrosiva que oculta a uno de los creadores esenciales de la literatura norteamericana actual. /Jerome Mars./adncultura.com El primer volumen del primer Cuarteto de Los Ángeles (La Dalia Negra) representó un cambio de nivel en la obra de James Ellroy. Los tres que siguieron (El gran desierto, Los Ángeles confidencial y Jazz blanco) lo instalaron definitivamente como uno de los grandes nombres de la novela policial negra estadounidense e internacional. Con la posterior Trilogía americana (América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda), superó todos los límites del género. Esta segunda serie fue un esfuerzo estilístico que lo colocó en la categoría de gran novelista a secas, sin diferencias de género. Tenía un trabajo de síntesis tremendo: decidido a eliminar hasta los vínculos más elementales entre las frases y las palabras, hacía que en comparación, Hemingway pareciera barroco. La telegrafía que resultaba era relato puro. Además, instaló un trío de mujeres tan desesperadas, inestables e inolvidables como sus protagonistas masculinos.Con 67 años, ahora emprendió una segunda tetralogía de Los Ángeles, en realidad una precuela, que irá desde 1941 hasta 1946. Las tres series abarcarán treinta y un años de historia norteamericana. Perfidia, título de un gran bolero de Alberto Domínguez, lo muestra en plena forma. El libro tiene en principio una estructura de hierro: van desfilando los días desde 24 horas antes (6 de diciembre de 1941) del ataque japonés a Pearl Harbor, hasta el lunes 29 del mismo mes y año. En un entorno de histeria colectiva, paranoia e intensidad, el hilo conductor es el minucioso procedimiento de investigación en el que se destacan tres personajes: el japonés Hideo Hashida, el irlandés Dudley Smith y el muy estadounidense William (o Bill) H. Parker. Lo que tratan de descubrir es quién (y por qué) mató a una familia completa de japoneses. Así describe el hallazgo: "Un salón. Una alfombra persa de pared a pared. Empapada de sangre, inmersa en sangre. Sangre de cuatro infieles muertos. Una familia amarilla: papá, mamá, hija, hijo". En ese primer registro aparecen limaduras de metal de un silenciador, semejantes a las encontradas en el asalto a una farmacia.El hilo será seguido con ejemplar rigor por Ellroy. El libro tiene casi 800 páginas, y después de innumerables vueltas y rebotes, se reserva un dato hasta casi el final. A su vez ese rigor está empapado en la "salsa" violenta e inventiva característica de Ellroy, aunque más serena que, por ejemplo, en América, donde la batalla de Cochinos era un tramo interminable de sangre derramada de mil maneras. Aquí escribe, por ejemplo: "Se accionaron seis gatillos. El violador voló por los aires. Esquirlas de hueso se llevaron por delante frondas de palmeras. Un salpicón residual manchó las gafas de Carlisle". Pero allí termina lo que en libros anteriores habría sido apenas el principio de varias páginas.Otro elemento importante es el modo en que el "Diario de Kay Lake" interrumpe el desfilar de horas (apuntadas rigurosamente cada vez) con la primera persona de una mujer dada a las relaciones múltiples, muy jugada en sus acciones, y que actúa como "topo" plantado por Bill Parker para espiar comunistas. Otros condimentos clásicos en Ellroy son las "pruebas" falsas, la elaboración de culpables que no lo son, o las pullas y los sacudones de un enorme grupo de varones que compiten como toros ruidosos en un ruedo. También hay un desfile constante de "trapos sucios" de cada personaje, un elenco de lesbianas, y muy en especial, una descripción del modo en que la guerra pega sobre las comunidades japonesa y china de Los Ángeles.El estallido de la guerra, tan inmediato, complica todo: "Ahora todo el mundo está obsesionado con los bombardeos y nadie se acordará de si vio algo justo antes de que los despacharan". Los diálogos están sembrados de racismo directo o difuso, típico de la época. También de merchandising: "Llaveros de Hitler e Hirohito. Casquetes judíos con hélices de juguete. Fichas de póquer con la esvástica grabada". Como Dudley Smith es el más semejante a Ellroy de los tres protagonistas, se lo ha mencionado mucho en reseñas o reportajes. Pero los tres pesan parejamente.Por momentos, es como leer el gran primer libro de un autor mucho más joven. Incluso en los excesos: bajarle cien páginas no le quitaría nada de su peso específico. Muchas de esas páginas (ahí termina el símil con un primer libro) son reverencias a los que otro grande, Stephen King, denominó "los lectores fieles". Dicho de otro modo: la barra, que espera ciertos ingredientes característicos. Por ejemplo, las alusiones al cine. La larga historia erótica con Bette Davis es más el cumplimiento de un sueño de autor que una relación que suene auténtica en el contexto. Un varón secundario, Scotty Bennett, despierta a Dudley Smith, porque tiene que decírselo a alguien: "Me he follado a Joan Crawford". El lector sonríe: ¿es algo que importe tanto, incluso en pleno delirio post-Pearl Harbor? Ellroy suele hundirse más en sí mismo y en las historias cuanto menos atiende a ese grupo.Si hay algo que saca de las casillas a Ellroy es que lo comparen con Raymond Chandler. Pero en un largo ensayo reciente alaba a Ross MacDonald: "Vivimos vidas de sucesos públicos comprobados y drama interior no registrado -dice-. Somos la infraestructura humana secreta de la historia." Sin falsos pudores, definió en un reportaje: "Los libros que escribo son esfuerzos sobrehumanos de concentración, construcción y pasión". Mucho de ese esfuerzo está en Perfidia. Aunque al mismo tiempo uno se pregunta por los tres libros que seguirán. Una tensión que es la esencia misma de la gran cultura popular.
11.6.15
Padura: "Este premio es un triunfo de la literatura cubana"
Premio Princesa de Asturias de las Letras, es autor de una famosa saga policiaca
El escritor cubano Leonardo Padura, en su casa de La Habana. / Alejandro Ernesto./elpais.com
Suele bromear Leonardo Padura con que es un escritor muy trabajador pero de imaginación corta. Lo único que hace, asegura, es observar la realidad cubana, mirar lo que pasa en sus calles y le sucede a sus gentes y luego ponerlo todo en hojas de papel que más tarde suelen convertirse en novelas. No es mala definición para bucear en la obra de este novelista habanero nacido en 1955 y creador de la famosa saga policiaca de Mario Conde, un descreído y alcoholizado comisario revolucionario cubano con el que Padura ha diseccionado la Cuba más negra y menos oficial –también la oficial– durante los últimos 25 años. Padura es hoy el novelista más importante e reconocido de su generación, y por ello obtuvo el miércoles el Premio Princesa de Asturias de las Letras, un honor que más que un éxito personal él considera “un triunfo para la literatura cubana”.“Soy un escritor cubano, pertenezco a una generación que ha vivido y sufrido muchas cosas, buenas y malas, y siento un gran sentido de pertenencia hacia mi ambiente y mi gente en Cuba, así que este premio lo considero un reconocimiento a todo ello”, dijo desde La Habana al conocer la noticia. Es la primera vez que un escritor cubano gana este premio, por lo que para él tiene un valor muy especial. “El único antecedente es Javier Sotomayor, plusmarquista mundial de salto de altura, que en 1993 obtuvo el Príncipe de Asturias del Deporte. Por eso hoy me siento como si hubiera saltado 2,45”.
A través de las vidas de Conde y de sus castigados amigos, uno de ellos un paralítico veterano de la guerra de Angola, los cubanos se enteraron de las miserias del mundo habanero de las drogas o de la prostitución masculina y femenina que se ejercía en algunas esquinas de la ciudad,“En un momento como este, ante un premio como este, Mario Conde diría: ‘Vamos a gozarla, mi hermano, porque hemos sufrido bastante y nos lo merecemos”, dice un Padura radiante al otro lado del teléfono, tras asegurar que si tuviera “el hígado de Mario Conde” ya hubiera caído “la primera botella de ron” (eran las 7 de la madrugada en la Habana).Padura es heredero de una larga tradición literaria y ha recogido el testigo de grandes de la literatura cubana como Guillermo Cabrera Infante y Alejo Carpentier, al que considera el maestro de la novela histórica, de cuya metodología es deudor. Infante y Carpentier ganaron el Cervantes, pero la historia de esta edición del premio Princesa de Asturias tiene que ver con Mario Conde —”el bueno”, dice, para diferenciarlo del banquero—. Todo comenzó hace dos décadas, cuando una mañana sin previo aviso recibió la llamada de la entonces editora de Tusquets, Beatriz de Moura, para proponerle publicar su novela ‘Máscaras’, una de las novelas policiacas de la saga, en la que por primera vez se abordó de forma descarnada el mundo marginal y marginado de los homosexuales en la Cuba revolucionaria.Tras aquella llamada (1996) todo cambió en la vida de Padura, literariamente hablando. De Moura publicó con gran éxito la cuatrilogía Las Cuatro estaciones (Paisaje de Otoño, Pasado Perfecto, Vientos de Cuaresma y Máscaras), con Mario Conde de protagonista en todas ellas, que convirtió al novelista del barrio de Mantilla en el cronista social de Cuba por excelencia y en un escritor de referencia. “Yo crecí como escritor en Tusquets, por eso en gran medida este premio también es de la editorial”, asegura Padura.
En su novela policiaca los crímenes son lo de menos. “A mí con un muerto me basta para toda la novela, con eso tengo para contar la historia que me interesa”.Tras la publicación de Las Cuatro estaciones llegaron más novelas de Mario Conde, pero también otros libros soberbios, como ‘La Novela de mi vida’ (uno de los mejores, según buena parte de la crítica), ‘El hombre que amaba a los perros’, en la que sus críticas al estalinismo tienen como telón de fondo el asesinato de León Trotsky por el anarquista español Ramón Mercade, o ‘Herejes’. Conde nunca desapareció, iba y venía a su albur, pero desde el inicio tanto en Cuba como en el resto del mundo sus lectores entendieron que los crímenes para Padura eran lo de menos. “A mí con un muerto me bastaba para toda la novela, con eso tenía para contar la historia que me interesaba”.A través de las vidas de Conde y de sus castigados amigos, uno de ellos un paralítico veterano de la guerra de Angola, y siguiendo el hilván de unos asesinatos que eran únicamente pretextos para hablar de la realidad más descarnada y habitualmente ausente de los medios oficiales, los cubanos se enteraron de las miserias del mundo habanero de las drogas, de la prostitución masculina y femenina que se ejercía en algunas esquinas de la ciudad, de los intríngulis de los juegos de naipes o del tráfico de obras de arte o de la doble vida que disfrutaban algunos dirigentes comunistas. Y sí, la sociedad cubana fue cambiando a lo largo de los años y Mario Conde lo hizo con ella. Ya en La Neblina del ayer (premio Hammett 2006) el Conde había abandonado la policía y se buscaba la vida vendiendo y comprando libros viejos en moneda dura.El anuncio del premio le llegó cuando se rueda en La Habana una serie de televisión y una película (producidas por Tornasol) basada en Las Cuatro estaciones. “Es una coincidencia alegre, como también lo es este momento tan especial de Cuba, cuando el diferendo con EE UU parece llegar a su fin”. El éxito de un escritor cubano en su país se mide por el precio alcanzado por sus obras en el mercado negro. Padura está satisfecho. Los libros de Conde llegaron a canjearse por dos latas de leche condensada en los momentos más duros del Periodo Especial. “Imaginará que despues de eso no hay nada”.
Hijo de la novela negra norteamericana
Los héroes de Padura tratan de ver más allá de las relucientes superficies ante las que se enfrentaban, para desenmascarar el oscuro mundo en el que estaban incrustadosLa manera de mirar el mundo de Mario Conde, el detective que Leonardo Padura se sacó de su chistera para auscultar los malos y los buenos latidos de la Cuba contemporánea, los construyó el novelista cubano con la lectura de la novela negra norteamericana. Hablar de escritores norteamericanos, tratándose del escritor cubano, es hablar de Dashiell Hammett, y es hablar también de Raymond Chandler. Por lo tanto entramos en el territorio de los desencantos, desilusiones, opacidades mil y burocracias kafkianas. Algo de todo esto nos resulta familiar en los detectives de Hammett y Chandler. Así que Padura lo que hace es trasladar toda la capacidad de los héroes de aquellos paradigmas de la narrativa negra americana, toda su intuitiva tozudez, para ver más allá de las relucientes superficies ante las que se enfrentaban, para desenmascarar el oscuro mundo en el que estaban incrustados.
El escepticismo de Mario Conde se mueve como pez en las aguas turbias, no sea que un inoportuno optimismo (personal e histórico) lo haga incurrir en un diagnóstico equivocado. Cuando en una novela de Padura aparece un cadáver en una playa, no estamos solo en el comienzo de una investigación criminal, estamos en el comienzo de un proceso de desciframiento social y político. En una playa también puede haber un hombre paseando un perro. No hay crimen al que deba acudir Conde, esta vez no se lo necesita, pero surge un hilo ominoso que conduce hasta un pasado político nefasto. Estoy hablando, por supuesto, de El hombre que amaba los perros, una novela de terror político, género que seguramente no existe, pero que Padura lo borda. En Herejes procede igual. Dos historias, dos metáforas. Para Padura la novela siempre es un arma de indagación. La condición humana es un enigma en busca de su detective exacto.
No sé hasta qué punto los miembros del jurado de este prestigioso premio, son conscientes de que han premiado no solo a un gran urdidor de ficciones, sino también a una tendencia narrativa y a un género. Así que hoy están de parabienes el género negro y la novela de alta calidad.
10.6.15
Donna Leon: "El crimen perfecto es muy fácil de cometer"
La regina de la novela negra publica Sangre o amor, una nueva aventura de Guido Brunetti
La escritora Donna Leon, pregonera de Sant Jordi 2014. /Marta Pérez./lavanguardia.com Una buena zancadilla delante de unas escaleras, y "¡zas!", ahí está el crimen perfecto. La "receta" se la "da" a Efe Donna Leon, la "regina" de la novela negra, la americana que cambió su país por Venecia, en cuyas calles transcurre, de nuevo, su último libro, una declaración de amor a la ópera."La ópera, en concreto la ópera barroca, me apasiona aunque 'Tosca' también me encanta", explica la escritora (Nueva Jersey, 1942) sobre la elección de tema para la última aventura de Guido Brunetti, Sangre o amor, "tan, tan lírico" que Universal Music Spain ha editado con el mismo título una "banda sonora" que contiene 50 arias seleccionadas por la escritora.Le aburre hasta el bostezo, asegura, el resto de las obras compuestas por Puccini, pero "Tosca", "tan ridícula en su planteamiento", es "simplemente fantástica" en lo que se refiere a su personaje femenino.La idea de que una representación de esa ópera en el veneciano teatro de La Fenice fuera el arranque de "Sangre o amor" le vino, como todas, "subito", en cuanto "vio" en su cabeza a una diva que recibe "asustada" una cascada de rosas amarillas al finalizar su representación."Es como ser un esquiador de salto de trampolín: vas subiendo la rampa, poquito a poquito y cuando estás arriba ya sabes que todo irá como la seda cuando te tires, es decir, cuando comience a escribir", detalla.Desde que tiene la idea, revela, pueden pasar nueve meses o un año hasta que concluye el libro, que siempre tiene "365 páginas": "está claro cuánto tengo que escribir cada día", se ríe a carcajadas, encantada de estar de nuevo en España y de participar, como hizo ayer, de "una fiesta" como la Feria del Libro.Leon, que vive desde hace 34 años en Venecia y que se niega en redondo a que sus libros sean traducidos al italiano para poder seguir viviendo "en paz", quiso para la novela que hace la 25 de sus "brunettis" que su protagonista fuera la soprano Flavia Petrelli."Brunetti ayudará Flavia, a la que acosa un admirador, porque son amigos de la infancia y en el libro se ve cómo él se siente, en cierta forma, atraído por ella, pero no cae, porque su relación con Paola es muy poderosa", "presume" sobre la "integridad" de su detective.La soprano, "sin embargo", "no es un mujer sino una diva", es decir, recalca, "antepone siempre su carrera a cualquier otra cosa", un "género humano" que ella conoce bien por su implicación con la música clásica -ha fundado en la Toscana un grupo de cámara-".Sin "destripar" lo que sucede, Leon sí sugiere que "es casi demasiado fácil" el crimen perfecto."Mi amiga Ruth Rendell -la escritora de novela negra británica, fallecida el pasado 2 de mayo- me lo explicó: una pistola es terrible, sangre por todas partes; para usar el veneno hay que estudiar mucho, pero un buen empujón por las escaleras, sobre todo a una persona mayor, es infalible", enumera.La escritora se levanta y finge ir acompañando a la "anciana y riquísima tía María a bajar unas escaleras"."Si la empujo y sobrevive me culpará, pero si le pongo la zancadilla y yo misma ruedo con ella, aunque no la mate no me acusará", y se parte de nuevo de risa.Ya tiene "pensadísimo" su próximo libro, que saldrá en primavera del año próximo."Es terrible porque trata de una víctima patética. Será un crimen cometido quince años antes y que pareció un accidente. Tengo que levantar las piernas de tantas cosas horribles que pasan por debajo", avanza.Leon volverá a España el 19 de enero de 2016 pero no para presentar un libro, sino para representar en Pamplona la ópera "Partenope", de Haendel. "Estoy absolutamente emocionada", confiesa.Le gusta mucho hacer lo que hace y siempre está activa, pero no es víctima de su trabajo: "Vivo y vivo bien"; como su detective, que ha encontrado, sugiere sobre su futuro, "el secreto de la juventud eterna".Con lo que no está tan feliz ni satisfecha es con el "panorama" que sufre desde sus ventanas en Venecia, que visitan cada año 30 millones de personas."Cada día atracan siete cruceros y cada uno provoca la misma contaminación que 15.000 coches al ralentí. Lo veo desde mi casa, apenas a medio kilómetro. Su fin es matarme, lo sé", concluye más en serio que en broma.
2.6.15
Salem: "La solemnidad obliga al arte a tomar viagra para que se le ponga dura"
El escritor Carlos Salem presenta una nueva versión de los evangelios con En el cielo no hay cerveza
Gilipollas, cabrones, hijos de puta.... La mala lengua ennoblece las
páginas de la última novela de Carlos Salem, según una vieja y hermosa
tradición. En el cielo no hay cerveza sigue el camino de la novela negra más o menos clásica que abrieron Camino de ida y Un jamón calibre 45.
En esta última aventura literaria, Salem recupera a Poe, detective y ex
periodista de apropiado apellido, para narrar una serie de asesinatos
en serie vinculados con el mundo del sensacionalismo.
Y también con la cerveza, con la religión, con el sexo y con lo mejor
y lo peor del ser humano. Salem reflexiona sobre el fracaso y sobre el
éxito con una relectura de los evangelios reescritos desde la
perspectiva del siglo XXI.
- En la novela cumple la fantasía oscura de muchos telespectadores, elimina al equipo de un 'Sálvame' alternativo. ¿Ve mucha televisión 'rosa'?
- No, procuro evitarla porque me parece que verla es ya un acto de complicidad. Eso no es circo ni es teatro, es basura y de la misma manera que prohiben emitir pornografía en horario infantil, también deberían eliminar esos contenidos. Me parece una aberración que haya políticos que acudan a programas de este tipo, no hay que olvidar que estamos hablando del futuro de un país. Se llaman periodistas pero no lo son.
- ¿Y lo de poner Poe a su narrador? ¿ A qué se debe esa obsesión por el azar que añade a su personalidad?
- Bueno, a Poe le llaman así porque es medio poeta y medio cabronazo, así que sí que tiene algo de mí, aunque he de decir que ahora estoy mucho más tranquilo. Este personaje piensa que es un rey Midas al revés, todo lo que toca lo estropea y lo vuelve mierda, y aunque ha triunfado a su pesar escribiendo novelas eróticas, tiene un aire de maldito. En este libro se enfrenta a la paradoja del éxito y también se enamora. Me gusta meterle en problemas complicados. Lo de las cerillas y el azar es una excusa para poder echarle la culpa de sus decisiones a otro que no sea él.
- Más mitomanías: Eduardo Mendoza, Raymond Chandler, Mortadelo y Filemón...
- Yo soy muy amante del género negro y de Raymond Chandler, 'El largo adiós' está para mí entre las 10 mejores novelas que he leído en mi vida. Lo que pasa es que cuando te pones a analizar un poco la realidad ves que la investigación criminal y los asesinatos suelen ser bastante chapuceros, genios del crimen como Moriarty no existen, tampoco hay detectives perfectos como Sherlock Holmes. La parte de Mortadelo y Filemón supongo que se centra sobretodo en Arregui, un agente contratado por el Vaticano serio y hosco que se disfraza de las formas más ridículas. Mendoza me enseñó que con la dama encorsetada de la literatura española se puede jugar un poco, levantarle la falda y tocarle el culo.
- ¿Es el género policiaco en el que se siente más cómodo o prefiere la poesía?
- Yo tengo dos piernas en mi vida literaria, una es el género policiaco y la otra la poesía. Mi amante fue la poesía, me casé con la novela y ahora tengo un trío con gemelas. No hay ninguna diferencia con excepción de que en la poesía te desnudas, eres sincero. En la novela puedes esconderte un poco detrás de los personajes.
- Usted dice que ha hecho una novela de cerveza-ficción.
- Eso empezó como una broma con mi libro 'Yo lloré con Terminator 2' y con mi blog y el relato 'El huevo izquierdo del talento'. En el fondo lo que quería era rescatar un poco el lenguaje canalla de la picaresca, que nació aquí en España pero que hemos perdido. Parece que creemos que lo serio es ser solemne, y yo he dicho muchas veces que la solemnidad mata al arte o le obliga a tomar viagra para que se le ponga dura. Esto es un evangelio de cerveza-ficción porque los protagonistas de la historia, Diosito y Poe, se pasan la mayor parte del tiempo de bares por Lavapiés llevando una vida bohemia.
- En esta obra dedica mucho espacio a la hora de describir física y psicológicamente a las mujeres que aparecen en su libro.
- Se ha dicho que las mujeres tienen un papel muy secundario en mis novelas, pero yo creo que una novela es una narración de lo que yo quiero contar, la mayoría de mis novelas tienen que ver más con la amistad y tal vez por eso los personajes femeninos no tengan un papel tan protagónico. Aún así, en mi anterior obra de ficción, 'Muerto el perro', pongo voz en primera persona y presente a una protagonista de 50 años que es una ama de casa adinerada normal que se dedica a matar a unos cuantos cabrones. 'En el cielo no hay cerveza' tiene a Angélica de la Guarda, una mujer que es tan torpe y brillante como un hombre, sólo que más sabia. En ningún momento digo que sea una rubia despampanante, lo que sí quise hacer notar es que es una chica encaprichada con los gatos. También hay otras historias de amor con Flor y Magdalena.
- Se ha declarado un ateo respetuoso con la religión.
- No creo que ningún cristiano tenga que sentirse ofendido por el contenido de mi libro. Hay amigos míos creyentes que la han leído y se han descojonado. Aquí yo invento un hermanastro de Jesús tan ilegítimo que Dios, en mi novela, se corresponde más con el perfil de las divinidades griegas como Zeus, que baja y se acuesta con mujeres o castiga a quien quiere. Diosito es como un un chico moderno de ahora, con carrera pero sin trabajo, algo friki, un nene de papá en general. Lo que le pierde es su obsesión por ser famoso, él en realidad no tiene ningún mensaje que entregar, es un pobre fracasado. Yo le voy a enviar la novela al Papa a ver qué me dice, creo que le va a gustar.
- ¿Y a los presentadores de Telecinco?
- Que se jodan. Si les ofende, se lo merecen, han hecho mucho daño a la sociedad, mucha gente quiere ser 'tronista' en la vida por su culpa y rechaza otras opciones dignas. Si esa es la España que nos ha dado la prensa del corazón en estos últimos 20 años pues que les den, ellos no defienden nada, venden basura. Me gustaría que los lectores les maten como hago yo en casa, cambiando de canal.
1.6.15
Claroscuros de novela
El premio Goncourt Pierre Lemaitre muestra su vocación policiaca con Irène
El escritor francés y premio Goncourt Pierre Lemaitre, en una imagen del 2013./Hélene Pambrun./elperiodico.com
Dice que su profesión no tiene nada de sexi y que cuando describe su trabajo tiene la sensación de hablar del de un zapatero. Un oficio. Pierre Lemaitre (París, 1951) se considera "novelista" y no escritor, situándose en el bando de los que "cuentan historias" y no de los que "escriben textos", según la peculiar taxonomía de Raymond Chandler.Catapultado en el 2013 por el premio Goncourt gracias a Nos vemos allá arriba (Salamandra), espléndida tragicomedia situada en el colofón de la Gran Guerra, Lemaitre regresa a las librerías españolas con una novela de género, Irène (Alfaguara / Bromera) publicada originalmente en el 2006. Se trata de la primera de cinco entregas de una saga protagonizada por Camille Verhoeven, un inspector de policía que apenas alcanza el metro y medio de altura. Es un homenaje literario de Lemaitre a sus mentores a través de la historia de un asesino en serie que imita los crímenes de las novelas de autores tan dispares como Bret Easton Ellis, Émile Gaboriau, James Ellroy o Willliam McIlvanney.Es también una muestra de la devoción que siente por la pintura flamenca, porque Lemaitre escribe obsesionado por el detalle, la definición de los personajes y la importancia de los segundos planos propia de las tablas flamencas. Por eso el protagonista de Irène lleva un apellido holandés. "Es un buen personaje, porque es complejo", dice su creador, satisfecho con los servicios prestados por el inspector Verhoeven, una especie de alter ego. "Lo he vestido con algunos rasgos míos. Eso de la agresividad, lo difícil que es convivir con él (pregúntale a mi mujer, ya verás) y su capacidad inmediata para molestar a la gente… Yo, si me dejo llevar, también puedo hacerlo. Empezar, por ejemplo, una conversación con un banquero diciéndole: 'señor, odio a los banqueros'. Así que con el personaje de Camille me permito forzar las cosas y ser todavía más desagradable. ¡Y eso me encanta!". La impulsiva confesión sobre los banqueros no es sorprendente en uno de los 77 autores franceses de novela negra que en el 2012 firmaron un manifiesto de apoyo al líder del Frente de Izquierdas, Jean-Luc Mélenchon.Otra cosa que le molesta sobremanera es que el policiaco siga considerándose un género menor. "Cuando me dieron el Goncourt hubo quien dijo que me habían premiado por mi primera novela, como si no hubiera escrito siete anteriormente. Además, no hay un solo autor de novela negra en la Academia francesa, ni siquiera Simenon".Amor y muerte
Lemaitre defiende en un pasaje de Irène que en literatura el crimen es tan antiguo como el amor. "Mira la historia de Edipo. Hay sexo y amor. Se acuesta con su madre, mata a su padre. Un crimen, un incesto. Eros y Tánatos. Siempre es eso. No hemos inventado nada desde entonces. La Ilíada y la Odisea podrían resumir casi toda la literatura mundial. Después de Homero, repetimos a Homero. Se escribe siempre el mismo libro. Por eso los mitos vuelven siempre". ¿Y cuál es el que se esconde tras 'Irène'? "En Irène el mito es el de un Edipo al revés porque Camille tiene ganas de matar a su madre". Eso sólo lo logrará al final de una pentalogía que Lemaitre hace tiempo que dio por finalizada. "La historia de Camille se ha terminado porque el personaje ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Pero la novela negra, no. Me gusta. ¿Por qué tendría que dejarlo? Si usted me da una buena razón para dejarlo, lo dejo", bromea sentado en el café El Refugio, no lejos de Montmartre, al que llega vestido con una camiseta y una americana negras que le dan un aire neoyorquino a lo Lou Reed.Entre sus proyectos tiene dos novelas en marcha y el guion para una serie de televisión, policiaca, claro, fascinado por esa fusión de escritura y cine que ha favorecido esa segunda generación televisiva que se inicia con 'The wire'. En su trabajo, ese que no tiene nada de sexi, el escritor buscará el embrión de la novela y luego se volcará en los personajes. "Porque son ellos los que van a sostener una buena historia".
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